El cerebro es un sistema físico – entrevista a Steven Pinker

El Guardian tildó a Steven Pinker de “agente provocador de la ciencia”, la revista Time lo llamó “pop star evolucionita”, el Washington Post lo saludó como “niño prodigio” y el Times de Londres lo aclamó de dos maneras, como “psicólogo cognitivo número uno A” y “papito de la ciencia”. No obstante, Pinker, profesor de psicología del Departamento de Neurología y Ciencias Cognitivas del Instituto de Tecnología de Massachusetts, mit, es más que un científico superestrella, pues también es autor de los exitosos libros Cómo funciona la mente y El instinto del lenguaje. Su nueva obra, Tábula rasa: la negación moderna de la naturaleza humana (todavía no traducida al español), seguramente continuará su cadena de éxitos editoriales y lo mantendrá en el epicentro de las discusiones sobre el significado y las implicaciones de la psicología evolutiva, rama que cada vez cobra mayor importancia.

Los psicólogos evolutivos al estilo de Pinker sostienen que la mente humana, al igual que el cuerpo, ha sido diseñada por la selección natural mediante el proceso de evolución biológica. Los hallazgos de la psicología evolutiva están transformando de manera dramática la forma como los politólogos, los economistas, los antropólogos, los psicólogos sociales, los lingüistas y los críticos de los estudios culturales conciben las instituciones sociales y políticas. Si Pinker y sus colegas tienen razón, resulta que sí hay una naturaleza humana innata común a todos los hombres.

Eso sí, no se trata de la naturaleza humana de nuestro abuelo. Los psicólogos evolucionistas argumentan que el cerebro es un sistema físico con circuitos neuronales incorporados que generan un comportamiento ambientalmente apropiado y que se especializan en el manejo de diferentes problemas adaptativos y, además, que la mayor parte del funcionamiento del cerebro es inconsciente. A causa de que nuestros cerebros evolucionaron para manejar los problemas enfrentados por nuestros antecesores de la Edad de Piedra, algunos comportamientos innatos nos hacen estar desadaptados en el mundo moderno. Entre éstos se encuentra nuestra tendencia a dividir a las personas según estén dentro de nuestro círculo y/o fuera de él, o nuestra apetencia por lo dulce, que les ayudaba a nuestros antepasados a seleccionar la fruta madura en un mundo donde la comida escaseaba, pero que lleva a la obesidad generalizada en sociedades donde abunda el alimento. Para actividades como el aprendizaje social, el lenguaje, la alimentación, el apareamiento y muchos otros comportamientos inconscientes existen módulos cerebrales innatos.

La psicología evolutiva deja desconcertados a muchos intelectuales y científicos, y Pinker ha sido víctima de fuertes ataques de la derecha y de la izquierda. Algunos marxistas, como el profesor de Harvard Richard Lewontin y el recientemente fallecido Stephen Jay Gould, aseveran que la psicología evolutiva es poco más que una fatua especulación de cafetería, mientras que los comentaristas conservadores de Weekly Standard y de First Things acusan a Pinker de socavar las bases religiosas de la moralidad.

El libro Tábula rasa, que combina los aportes científicos de la genética, la neurociencia, la cibernética y la biología evolutiva, es la réplica de Pinker a tales críticas. En este libro deconstruye con maestría lo que llama los principales “mitos” sobre la psicología humana, que han dominado y distorsionado el discurso intelectual sobre la naturaleza humana durante el último siglo.

Pinker, oriundo de Montreal, cursó sus estudios de pregrado en la Universidad de McGill en 1976 y obtuvo su Ph. D. en psicología en Harvard en 1979. Después de ser profesor en Harvard y Stanford, pasó al mit a comienzos de los ochenta. El corresponsal científico de ReasonRonald Bailey y su director editorial Nick Gillespie hablaron con él en Washington D.C., donde estaba dando una conferencia en la Institución Carnegie.


¿Cuál es el propósito de 
Tábula rasa, tu nuevo libro?

Explorar por qué el concepto de naturaleza humana y los enfoques biológicos sobre la mente en general se consideran tan sospechosos políticamente. ¿Por qué suscitan tanta emoción? ¿Por qué se piensa que hay en juego importantes asuntos morales y en cambio no se piensa lo mismo sobre cuestiones empíricas relacionadas con el funcionamiento de la mente humana?

Algunos de los asuntos que exploro preocupan a la izquierda, que considera reaccionarios los enfoques evolutivos y genéticos del estudio de la mente. Otros molestan a la derecha, para la cual un punto de vista materialista de la mente, que incorpore la computación, la neurociencia, la evolución y la genética, socava las bases de la moralidad y nos deja sólo un peligroso amoralismo.

En el libro mencionas tres “mitos” modernos: la tábula rasa, el buen salvaje y el fantasma en la máquina. Explícalos brevemente.

La doctrina de la tábula rasa plantea que la mente no tiene una estructura única y que toda su organización es resultado del medio ambiente, por medio de la socialización y el aprendizaje. La concepción de la tábula rasa goza de popularidad entre quienes piensan que cualquier rasgo humano se puede alterar con cambios apropiados en las instituciones sociales. También es popular en las alas más radicales del feminismo, aunque no entre sus planteamientos originales, que hacían énfasis en la necesidad de equidad entre los sexos. Me parece que hasta cierto punto es afín a las concepciones marxistas de la sociedad. No es que Marx literalmente creyera en la tábula rasa, pero sí concebía que no se puede hablar inteligentemente sobre la natura-leza humana sin tener en cuenta su interacción siempre cambiante con el medio ambiente social.

La doctrina del buen salvaje afirma que el ser humano no tiene impulsos malévolos y que toda la maldad es producto de las instituciones sociales. El mito del buen salvaje está en la base de quienes consideran que la violencia es un comportamiento aprendido, eslogan que se repite sin cesar en las noticias sobre la violencia. También está detrás de la idea romántica de que los violentos inconformes en realidad ven la hipocresía de la sociedad y retan a las instituciones sociales desde un punto de vista marginal, y no que se trata de psicópatas a quienes deberíamos impedir que creen caos en el resto de la sociedad.

La doctrina del fantasma en la máquina dice que a las personas las habita una alma inmaterial, donde está localizado el libre albedrío y la capacidad de elección y que no se puede reducir a una función cerebral. La concepción del fantasma en la máquina subyace en la derecha cultural y religiosa, como por ejemplo quienes buscan modelar el debate sobre las células madre en términos del momento en que se infunde el alma.

Pero también se encuentra presente en forma más vaga entre quienes temen que un punto de vista materialista —la idea de que la experiencia y la elección humanas son productos de un órgano físico llamado cerebro— corroa la moralidad, el significado y el propósito final del hombre.

¿Por qué llamas mitos a estas ideas?

Porque están erradas. Hablemos de la tábula rasa. Mirando con la sola lógica, las tábulas rasas no hacen nada. Simplemente existen. En cambio, los seres humanos sí hacen cosas. Le encuentran sentido a su medio ambiente, adquieren un lenguaje, interactúan unos con otros, usan el razonamiento para producir lo que desean. Aun si reconocemos, como es obligatorio hacerlo, que el aprendizaje, la socialización y la cultura son aspectos indispensables del comportamiento humano, es preciso admitir que no podemos tener cultura a menos que, como primera medida, poseamos algún tipo de circuitos innatos que puedan inventar y adquirir la cultura.

El mito del buen salvaje lo han refutado los estudios acerca de los cazadores recolectores y las sociedades en general, que muestran que la violencia y la guerra son universales humanos. Los informes sobre tribus remotas que nunca han oído hablar de una guerra han resultado ser leyendas urbanas. Me parece que a numerosos intelectuales de Occidente siempre los había impresionado que muchas de las batallas entre los cazadores recolectores concluían apenas mataban al primer par de personas. Esto llevó a la idea de que la guerra entre las sociedades anteriores a los Estados era más que todo un ritual. Pero, a decir verdad, si uno hace los cálculos y cuenta los cadáveres, dos muertos en una banda de cincuenta personas son mucho más que los de septiembre 11 en una sociedad del tamaño de la nuestra.

Algunos estudios cuidadosos muestran que los cazadores y recolectores tomaban la guerra muy en serio. Construían las armas más destructivas que su ingenio les permitía. Y si lograban salirse con la suya masacraban a todo hombre, mujer o niño que se les atravesara. En nuestra sociedad, que es muchísimo más pacífica que los grupos indígenas, si uno le pregunta a la gente si ha tenido la fantasía de asesinar a alguien, algo así como entre el 70 y el 90% de los hombres y el 40 y el 60% de las mujeres dicen que sí se les ha ocurrido.

Y los demás mienten.

[Risas] Hay también partes del cerebro que parecen asociarse con la violencia y las explosiones de ira. Lo conocemos en parte por accidentes y operaciones en las que se les retiraron áreas cerebrales a algunas personas. Al quitársele una especie de freno inhibidor, el individuo se vuelve más proclive a la violencia.

Como científico cognitivo repienso el problema en términos mecanicistas. Así como en el caso preciso de la tábula rasa, no podemos aprender nada si carecemos de alguna especie de aparato de aprendizaje. La violencia humana es un comportamiento muy poco aleatorio. No es algo que pueda surgir de un simple error de funcionamiento. La idea popular es que la violencia es una especie de enfermedad o problema de salud pública; esto es lo que creen todas las instituciones de salud mental.

En Tábula rasa dices que Hobbes tenía razón y Rousseau estaba equivocado. ¿Es la civilización básicamente el desarrollo de instituciones diseñadas para mantener a raya la violencia masculina?

En efecto, pienso que en ello hay mucho de cierto. Para eso es la ley y para eso sirve también la democracia. No creo que éstas hayan podido borrar del mapa esos impulsos, y las vidas que imaginamos pueden no ser muy distintas de las que vive el guerrero yanomamo. Pero uno no las lleva a cabo. Uno puede tener ideas criminales y lujuriosas en el corazón, pero no necesariamente se reflejan en las acciones.

¿Por qué es un mito el fantasma en la máquina?

La neurociencia está mostrando que todos los aspectos de la vida mental —cada emoción, cada patrón de pensamiento, cada recuerdo— pueden ligarse a la actividad fisiológica o a la estructura del cerebro. La ciencia cognitiva ha mostrado que algunas hazañas antiguamente concebidas como realizables sólo por la materia gris pueden ser replicadas por las máquinas, que los motivos y propósitos se pueden comprender en términos de retroalimentación y de mecanismos cibernéticos y que es posible entender el pensamiento como una especie de computación. No idéntica a la de tu PC, pero de todas maneras una forma de computación, una especie de opaco análogo a la computación en paralelo. De manera que la inteligencia, antes tomada como milagrosa —algo que la mera materia no podría de ninguna manera lograr—, puede ahora concebirse como una clase de proceso computacional.

¿Consideras que estamos pasando por un ciclo de sentimiento anticientífico o tecnofóbico? La biotecnología, en particular, ha suscitado la ira tanto de la derecha como de la izquierda.

Me parece que parte del miedo a la biotecnología en realidad procede de la noción del fantasma en la máquina. Uno de los grandes temores con respecto a la clonación, la idea absurda de que con ella se va a crear un ejército de zánganos sin inteligencia, proviene del modelo mental de la clonación según el cual se estaría duplicando el cuerpo sin alma. El otro temor es que se trata de una especie de embate faustiano a la inmortalidad, el deseo arrogante de volvernos inmortales, que se basa en un modelo mental de la clonación como forma de duplicación del alma junto con el cuerpo. De modo que si yo me clono a mí mismo, en realidad ése voy a ser yo. Gran parte del debate sobre la clonación procede de las falsas concepciones de lo que ésta es. Lo cual me parece muy lógico, si el modelo mental que la mayor parte de las personas tiene de otros seres humanos es el de un cuerpo habitado por un fantasma.

También me parece que opera la contraposición entre las nociones de pureza y contaminación. Es una especie de mito del buen salvaje. Los psicólogos cognitivos lo llaman “esencialismo intuitivo”, o sea, que los seres vivos tienen una esencia que da lugar a sus propiedades biológicas. Es fácil pensar en alimentos genéticamente modificados como seres vivos cuya esencia ha sido contaminada por elementos ensuciadores, en contraposición al enfoque biológico, según el cual los organismos son grupos de genes que varían continuamente con el curso de la evolución.

En un libro anterior, Cómo funciona la mente, dices que es posible que no lleguemos nunca a comprender la mente. ¿Todavía lo crees?

Posiblemente nunca la comprendamos en un nivel intuitivamente satisfactorio. Desde el punto de vista científico, me parece que podemos sentirnos satisfechos con saber que todos los aspectos de la experiencia consciente pueden estar ligados a algún proceso mental o ser causados por él. Pero lo que se siente en realidad al tener un cerebro es una de esas paradojas de siempre, que probablemente depende de la manera como nuestra mente conceptualiza las cosas. Yo lo asemejaría a nuestra perplejidad sobre cómo pudo comenzar el tiempo en el big bang. Es imposible no pensar en cómo sería todo antes del big bang o qué efecto tiene el que el universo se vuelva curvo en la cuarta dimensión. ¿Cómo exactamente se ve eso? No se trata de un problema de déficit en la física; el problema está en las carencias de nuestra intuición. Hay un aspecto de la realidad que nunca puede ser satisfactorio de manera intuitiva aunque nuestra mejor ciencia diga que es cierto.

En el nuevo libro planteas: “Es posible que en nuestra concepción de la naturaleza humana debamos darle cabida a un concepto explicativo precientífico: el destino”. ¿Qué quieres decir con eso?

Por destino no entiendo lo que está ordenado desde antes por la Divinidad, sino la fortuna incontrolable. No podemos explicar más o menos la mitad de las variaciones en asuntos tales como la personalidad y el intelecto, y sospecho que este 50% de la variación no se encuentra ni en los genes ni en la familia sino posiblemente en acontecimientos aleatorios en el desarrollo, la manera como se forma nuestro cableado cerebral, en medio de los constreñimientos de los genes.

Entonces, por alguna razón, durante el desarrollo ¿algo hizo zig en vez de zag?

Sí; de pronto es que al crecer los axones del cerebro hicieron zig en vez de zag. Puede ser que uno haya inhalado un virus o la madre de uno lo haya hecho, o que le haya tocado el camarote de arriba o el de abajo. Toda suerte de acontecimientos incontrolables pueden desempeñar un papel importantísimo en convertirnos en lo que somos. La verdad es que hay razones para sospechar, a partir de los estudios del desarrollo biológico de los organismos simples, que el azar ha tenido mucho que ver. Cuando se observan bien, se ve que las cepas genéticamente homogéneas de los ascárides y las moscas de la fruta cultivadas en un medio ambiente de laboratorio monótono y controlado no son iguales. No sólo muestran diferencias físicas; también tienen diferencias en longevidad.

Has expuesto las raíces esencialmente materialistas de la sociedad humana. ¿Cómo no implica esto que los seres humanos somos monos precisamente de la manera que incomoda tanto a la derecha?

Sí somos monos, pero una especie particular. No somos chimpancés ni gorilas. Somos una especie de mono con un cerebro muy grande entre cuyas facultades está la capacidad de aprender de la historia por medio del lenguaje y los documentos preservados, tener un sentido moral y poder percibir las consecuencias de nuestras acciones.

La verdad es que no sé en qué parte del cerebro está localizado el sentido moral porque, de cierta manera, incluye un gran número de facultades diferentes. La moralidad abarca un sentido de autonomía e intercambiabilidad de intereses, y además está ligada a nociones de pureza y profanación y a nociones de conformidad con las normas de una comunidad. Si tomáramos una persona y le interceptáramos sus intuiciones morales, obtendríamos una mezcolanza de sentimientos, muchos de los cuales no coinciden con la moralidad como la concebiría un filósofo moral.

La gente, por ejemplo, tiende a equiparar la moralidad con la jerarquía superior, como lo observamos en el lenguaje. Palabras como noble son ambiguas pues significan tanto un rango alto como una gran calidad moral. Lo vemos en la adoración a la gente famosa: las personas piensan que la princesa Diana y John Kennedy Jr. tenían una moral elevada, aunque no eran sino personas del promedio. Se tiende a confundir la belleza física con moralidad. Si uno muestra una serie de fotografías y se le pide a la gente que juzgue qué tan bondadosas piensa que son las personas de las fotos, resulta que a las más bonitas se las considera también las mejores.

Todo esto significa que la psicología de la moralidad es multifacética. No hay una sola respuesta sobre dónde se halla la moralidad en el cerebro. Las últimas investigaciones han apuntado hacia la parte del cerebro llamada corteza prefrontal ventromedial, esa área que se encuentra encima de las cuencas de los ojos. Cuando dicha sección se afecta a causa de alguna lesión neurológica temprana, crecemos con lo que da la impresión de ser falta de conciencia, e incapacidad de relacionarnos y de pensar cómo resolver conflictos. Pero sospecho que se trata de un sistema complejo en el que entran en juego muchas partes del cerebro.

El ser humano viene dotado de cerebro. Y ese cerebro nos da placer y satisfacción a partir de ciertos resultados. Apreciamos la belleza. Nos enamoramos. Tenemos un sentido de justicia y moralidad. No sé por qué se considera tan terrible satisfacer estos valores particulares que nuestros cerebros nos proporcionan.

En el caso de la moralidad hay una especie de lógica de base: que es inherentemente contradictorio imponer a los demás cánones de comportamiento que uno no quiere que se le apliquen a uno mismo. Un egoísta amoral puede ser capaz de imponerse por la pura fuerza bruta y atemorizar a los demás, pero si queremos justificar la manera como nos comportamos con el prójimo, si somos parte de una comunidad en la que el bienestar de la persona depende de los demás, no hay más remedio que recurrir a alguna lógica moral. Por eso, el meollo universal de la moralidad es en todas las culturas una especie de regla de oro de las mentalidades.

¿Cómo le suena el enfoque materialista a la izquierda? ¿No se siente el impulso de decir: “Tomemos estos monos humanos y entrenémoslos de una manera que sea más perfecta”?

La izquierda le teme a que, si en efecto existe una naturaleza humana, no seamos libres para diseñar una sociedad mejor en el futuro. Les preocupa que seamos marionetas o muñecos de carne puestos en el extremo de unas cuerdas y que estemos destinados a crear un mundo de opresión y desigualdad. Pero no se dan cuenta de que la inteligencia humana es un sistema combinatorio abierto.

El lenguaje es el mejor ejemplo: aunque venimos equipados con un conjunto de reglas gramaticales y un vocabulario fijos, podemos emitir un conjunto impresionante de oraciones que nunca han sido proferidas en el pasado, cada una de las cuales corresponde a un pensamiento específico. La creatividad abierta del lenguaje es sólo la manera de llevar al mundo exterior la creatividad abierta del pensamiento. Podemos dar con nuevas formas de resolver conflictos o de lograr objetivos sociales de la misma manera en que somos capaces de cranear soluciones tecnológicas nuevas para los problemas. No es necesario un fantasma sin restricciones para explicar el ingenio humano.

Además, un buen número de personas piensa que existe una especie de lógica que impulsa el progreso moral humano. A eso se refiere el filósofo Peter Singer cuando habla del “círculo en expansión”. Las intuiciones que pueden haber evolucionado para manejar la vida en el clan o en la tribu nos permiten ahora extender la compasión a otras personas y tratarlas como si tuvieran intereses equivalentes a los nuestros. En el transcurso de la historia hemos expandido este círculo desde el clan a la tribu, a la nación, a ambos sexos, a todas las razas y a toda la humanidad. El hecho de tener esta clase de progreso moral no significa que se haya borrado y reprogramado la naturaleza humana, sino simplemente que un mecanismo que evolucionó para manejar el clan se puede aplicar a grupos más grandes de seres humanos.

¿No socava un enfoque materialista las nociones de la Ilustración sobre el libre albedrío y la autonomía? Tal como lo señalas en tu libro, ya se están usando excusas como: “No fui yo, fue mi amígdala. Darwin me lo hizo hacer. Los genes se comieron la tarea que me puso el profesor”.

Lo que llamamos libre albedrío es el producto de una serie particular de circuitos cerebrales, que se presume están concentrados en los lóbulos prefrontales y responden a contingencias de responsabilidad, crédito, culpa, castigo y premio, y que alteran sus operaciones como consecuencia de ello.

Nuestra decisión de exigir que la gente responda por su comportamiento forma parte del medio ambiente en el cual funciona el cerebro. Nuestro cerebro puede responder a un ambiente en el cual a las personas se les responsabiliza por sus actos, razón por la cual debemos seguir haciéndolo.

Más específicamente, es innecesario invocar un alma o algún proceso misterioso de libre albedrío para que las personas respondan por sus actos. De hecho, se puede sostener exactamente lo opuesto: si en realidad estamos totalmente libres de constreñimientos, si hay un yo o un alma que puede hacer lo que le viene en gana, entonces sí es una tontería hacer que la gente responda por sus actos. El alma podría siempre hacer caso omiso de las contingencias de crédito, culpa, castigo o premio: “No me importa que pienses que estoy mintiendo, que soy un maldito tramposo. Hago lo que me da la gana”.

Hay una caricatura sobre la evolución que muestra una secuencia en la cual un pez saca la cabeza del charco, luego se ve un anfibio, un reptil y un primate, y acaba con un hombre encorbatado. Las cuatro primeras figuras tienen globos sobre la cabeza que dicen: “Come, sobrevive, reprodúcete”. El último globo, que está sobre la cabeza del hombre, dice: “¿Qué significa todo esto?”. Nuestros genes están interesados sólo en replicarse a sí mismos; la evolución nos diseñó a nosotros, y a todos los otros seres vivos, con tal propósito en mente. Tú escribiste que si decidieras no reproducirte estarías diciendo: “Si a mis genes no les gusta, se pueden ir al carajo”. ¿Cómo se explica la capacidad de desafiar el imperativo evolucionista?

No creo que la evolución nos diseñara para reproducirnos sino para disfrutar del sexo y querer a los hijos. A los hijos nuestros, en todo caso. Hay una falacia en la que muy fácilmente se cae, especialmente cuando se oyen explicaciones sobre la evolución que acuden a la metáfora de los “motivos” de los genes. Es fácil confundir los motivos metafóricos de los genes con los verdaderos motivos de la persona integral.

Por razones pedagógicas se puede adjudicar una actitud a los genes, y ayuda pensar que los impulsa un supuesto deseo de hacer copias de sí mismos. Pero es importante no confundirse con lo que las personas desean. No creo que la mayor parte de la gente quiera hacer copias de sí misma. La forma como los genes logran su objetivo metafórico de dejar copias de sí mismos es haciendo un alambrado cerebral para que a uno le guste el sexo y ame a los pequeños. En un mundo sin contracepción, eso basta para que los genes hagan copias de sí mismos. Si uno cambia el mundo de manera que sí haya contracepción y adopción, y muchas otras cosas que rompan estas antiguas contingencias de causa y efecto, entonces se pueden tener los mismos deseos pero éstos no necesariamente darán como resultado bebés.

¿Qué nos dice la psicología evolutiva sobre cómo debe ser la sociedad?

Un concepto sobre la naturaleza humana le da a uno luces acerca de los intereses humanos, de lo que hace feliz a la gente en general. Pero comprenderlo no nos proporciona información sobre cómo negociar la felicidad de una persona en contraposición a la de otras en casos de conflicto. Por eso siempre tendremos discusiones políticas y morales, etc.

Muchos críticos de la psicología evolutiva temen que ésta pueda exacerbar las desigualdades sociales y económicas al justificarlas con bases biológicas.

Si los seres humanos son mentalmente indistinguibles o no es un asunto empírico, y no vamos a convertir a las personas en clones por el mero deseo de que lo sean, aun basados en la dudosa premisa de que esto fuera lo más deseable.

No obstante, sí podemos adoptar medidas que nos permitan una mayor igualdad si decidimos que es socialmente deseable. Pienso que lo único que la biología nos dice es que en ello hay costos así como beneficios. Ésta no es una idea nueva, pero la gente ha señalado que la igualdad del resultado y la de la oportunidad no sólo son diferentes sino que necesariamente están en conflicto. Esto no significa que necesariamente tengamos que sacrificar la igualdad de resultados. Sólo que las diferentes ideologías políticas se pueden organizar con el criterio de qué punto a lo largo de la negociación argumenta cada una que es el mejor.

Un marxista autoritario extremo sacrificaría toda la libertad para conseguir la igualdad de resultados y quizás una posición libertaria extrema sacrificaría cualquier clase de igualdad de resultados en aras de la igualdad de oportunidades. Si éstos son los términos del debate, la ciencia no nos puede decir cuál es el punto óptimo en ese tire y afloje.

Ahora bien, el principio moral respecto de la igualdad es simplemente que a las personas no se las puede prejuzgar con base en los promedios de ciertos grupos, los grupos a los que pertenecen. O sea, no se debe discriminar a alguien por razones de sexo o de etnia. Lo cual no quiere decir que todas las razas y grupos étnicos y todos los sexos sean indistinguibles, aunque pueden serlo. Lo que quiere decir es que ni siquiera es necesario preocuparse por eso pues lo que se debe hacer es tratar a los individuos como individuos.

La explicación que da la psicología evolutiva sobre el comportamiento humano es clara y sucinta, pero como lo dice el físico Steven Weinberg: “Mientras más comprensible se vuelve el universo, menos sentido parece tener”.

Puede no tenerlo en un cierto sentido cósmico, en el sentido en que lo decía un joven personaje en la película Annie Hall de Woody Allen: “El universo se está expandiendo y algún día se partirá en mil pedazos y ahí se acabará todo, ¿de modo que para qué tengo yo que hacer las tareas?”. Hay un punto en el cual la ansiedad de Woody Allen —lo que podríamos llamar la “preocupación de Karamazov”— está confundiendo dos niveles de análisis. La primera escala consiste en miles de millones de años y un universo que puede haber empezado a existir y después desaparecer. La segunda es la escala de las horas, minutos y años en los que vivimos nuestra vida. Así como no nos preocupa poner el computador sobre la mesa después de que el físico dice que en el nivel atómico casi todo es espacio vacío, no nos preocupa que la vida sea una farsa sólo porque el neurocientífico dice que la moralidad procede del cerebro.

Ahora estamos observando el interior de los cerebros, y el sentido moral es un aspecto inexplicable de la experiencia humana con la que tenemos que vivir, porque así precisamente está conformado nuestro cerebro. Podemos hacer el ejercicio mental de salirnos del cerebro y observar cómo funciona, pero al vivir nuestra vida y tratar a los demás como individuos, éstas son las intuiciones que no podemos evitar, y, repito, no arbitrariamente sino por razones que incluso podemos apreciar cuando nos salimos de nosotros mismos.

Este maravilloso recurso que tenemos, de ser capaces de salirnos y contemplar desde afuera cómo funciona nuestro cerebro ¿no nos deja la sensación de que todo en última instancia carece de sentido?

[Riéndose] Ajá.

En otras palabras, salvo en la ciencia, en realidad ¿no hemos avanzado mucho más allá de Descartes cuando buscamos bases para el significado y la existencia?

Sí, en cierto sentido. ¿Pero cuál es la alternativa? No es que estemos abandonando alguna alternativa coherente. No fue que el día de la creación Dios decretó que tal o cual es el significado de la vida. La misma curiosidad que nos lleva a salirnos de nosotros mismos y preguntarnos “¿Por qué tenemos intuiciones morales?” también nos hace salirnos del mundo de Dios y preguntarnos: “¿Bueno, qué le dijo a Dios que creara esto como significado de nuestra existencia?”.

De manera que nunca deja de roernos una ansiedad existencial, pero permíteme regresar al asunto de si considerar la moralidad como producto del cerebro se constituye en licencia para la amoralidad. En la práctica, es menos peligroso que creer que la moralidad en última instancia se fundamenta en los mandamientos de una autoridad religiosa. El 11 de septiembre es sólo el más reciente ejemplo de que la moralidad derivada de la religión lleva a atrocidades terribles.

Autor: Juan Carlos González A. – Elmalpensante.com

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