Los extraordinarios y sorprendentes conocimientos de los antiguos

antiguos

Si hay una  fuerza que   distingue  a  los   seres  humanos   de   los  animales es  la religión. Por   alguna   razón   extraña   que   nadie   ha   podido   explicar,   el  hombre  ha sido   siempre   un   animal   religioso.   Los   escépticos   del   siglo   XVIII   trataron   de explicarlo   diciendo   que   era   una   mera   superstición:   el hombre   temía   a   las   fuerzas   naturales,   así   que   personalizó   los   truenos   y relámpagos como dioses y a ellos elevó sus rezos. Pero esto no explica por qué   nuestros   antepasados   durante   la   glaciación   de   Riss,   hace   más   de  200.000   años,   quisieron   hacer   esferas   perfectamente   redondas,   cuando   no había   ninguna   aplicación   práctica   obvia   para   ellas.   Al   parecer,   la   única explicación posible es que son objetos religiosos, una especie de disco solar. Y el   Homo erectus   -o  quienquiera que las hiciese- sin duda no tenía ninguna necesidad de temer al sol. El período Cuaternario llega hasta los tiempos actuales, si bien se distinguen dentro de él 2 períodos: Pleistoceno y Holoceno. El primero comprende desde los 1’8 millones de años hasta el 9000 a. C. aproximadamente. A partir de entonces estamos en el Holoceno. El Pleistoceno se divide a su vez en diferentes subperíodos en razón de las características climáticas: El cuaternario antiguo o Pleistoceno Inferior (entre 1.600.000 y 700.000 años), con  clima cálido y húmedo durante unos 600.000 años, deteriorándose progresivamente a lo largo del empeoramiento climático conocido como Glaciación de Günz. Durante esta fase se produjeron violentas erupciones volcánicas, afectando principalmente al centro de Francia y nordeste de la Península Ibérica. La Europa meridional se libró de la ola de frío. La flora se refugia en zonas abrigadas como los fondos de los valles y será a partir de allí, donde se desarrollarán las nuevas masas forestales como son el abedul, haya, nogal, pino y encina. Durante esta primera fase, la fauna está compuesta por animales supervivientes de las formas terciarias, como los carnívoros de grandes dientes, simios, caballos de tres dedos, etc. Durante el período glaciar Günz los principales elementos de la fauna son: mamut, ciervo, oso, lince, macaco, nutria, rinoceronte y león cavernario.

 

El Pleistoceno Medio (entre 700.000 y 130.000 años) se inicia con la interglaciación Günz-Mindel, la cual dura unos 50.000 años. La fauna propia de este período de clima muy húmedo y cálido es: elefante, rinoceronte, caballo, hipopótamo, etc., perdurando varios de los representantes arcaicos del Terciario. Entre los 650.000 y los 300.000 años se desarrolla la glaciación Mindel. Es una etapa prolongada de clima semiárido y fresco: no muy frío al principio y con fases bastante rigurosas y secal al final. Este nuevo enfriamiento hizo desaparecer los últimos animales procedentes del Terciario. La flora sufre una gran degradación con avance de la tundra, quedando los bosques de especies muy resistentes en los valles más protegidos. En el interglaciar Mindel-Riss (de 300.000 a 250.000 años a.C.), el alto grado de humedad permitió la expansión de diversas especies arbóreas de hoja caduca y plantas termófilas. La fauna de este período responde al paisaje de transición, de circunstancias templadas y húmedas: elefante de piel desnuda, rinoceronte, hipopótamos, ciervos, gamos, grandes bóvidos y équidos. La glaciación de Riss (250.000-125.000 años) ocupa la última parte del Pleistoceno Medio. Su característica principal es la existencia de períodos fríos muy marcados, con una fauna muy adaptada al frío como son los elefantes, uro, ciervo y rinoceronte de narices tabicadas. El descenso del nivel del mar fue en algunas zonas de centenas de metros. El Pleistoceno Superior (entre 125.000 y 10.000 años). Se ha dividido en varias etapas: El interglaciar Riss-Wurm se desarrolló entre el 125.000 a 80.000 años. Es una etapa calurosa: en la cornisa cantábrica se caracteriza por las formaciones de bosque y por especies como el rinoceronte de narices tabicadas y el ciervo. La glaciación de Wurm (aproximadamente de 80.000 a 8.000 a.C.) se subdivide en el sudoeste de Europa en cuatro etapas agrupadas en dos bloques: Antiguo (Wurm I y II), correlativo a la cultura del Paleolítico Medio y Reciente (III y IV), en el Paleolítico Superior. La oscilación Wurm I y el interestadio Wurm II (80.000 a 55.000 a.C.) presentan, respectivamente, un clima frío y húmedo y una situación atemperada con bosques de caducifolios. El Wurm II (55.000 a 35.000 a.C.) parece ser de frío acentuado: están presentes el mamut y el rinoceronte lanudo, es baja la proporción de arbolado y se ha sustituido por praderas y estepas.

El interestadio Wurm II/III (35.000 a.C.) parece ser muy húmedo y cálido. En Cantabria se reinstala el bosque templado, con abundancia de ciervo y rinoceronte. De este período son las formas culturales de transición Paleolítico Medio/Paleolítico Superior. El Wurm III (35.000-18.500 a.C.) es de carácter estépico: baja proporción de especies arbóreas y clima muy frío. A partir de este momento se suceden las culturas del Paleolítico Superior: Auriñaciense, Gravetiense, Solutrense y Magdaleniense. La transición Wurm III/IV se produjo entre 18.500 y 15.000 a.C. Como ejemplo de fauna tendríamos el elefante, caballo, ciervo, bisonte, gamo, jabalí, etc. La flora estaba representada por el pino negro, el abedul, la encina, el sauce, etc. Asimismo,  ciertas  herramientas  de  pedernal  que  datan de  la  glaciación de Riss muestran una factura compleja que las eleva a la categoría de obras de   arte,   puesto   que   es   indudable   que   van   mucho   más   allá   de   cualquier requisito   práctico.   En   Boxgrove,   en   los   Cotswolds, Inglaterra,  se   hallaron   herramientas parecidas   que   datan   de   hace   medio   millón   de   años.   Esto   induce   a   pensar que   o   bien   los   fabricantes   de   herramientas   eran   unos   artistas   que   se enorgullecían   de   su   trabajo   -y   encontraban   en   él   un   medio   de   «realizarse», como   dice   el   psicólogo   Abraham   Maslow.  O   que   las   herramientas   eran objetos rituales que estaban relacionados con sacrificios religiosos y posíblemente   con   el   canibalismo   ritual.   En   ambos   casos   volvemos   a   tener   indicios claros  de  que  el  hombre  había  evolucionado  hasta  dejar  muy  atrás  la presunta  etapa del mono, incluso cuando su aspecto continuaba siendo muy simiesco. Ahora bien, el impulso religioso se basa en la sensación de que hay un significado   oculto   en   el   mundo.   Los   animales   se cree que consideran   el   universo   como algo   muy   natural;   pero   la   inteligencia   lleva   aparejada   una   sensación   de misterio   y   busca   respuestas   donde   la   estupidez   ni   tan   sólo   es   capaz   de percibir interrogantes. Las montañas o los árboles gigantescos se convierten en dioses; los relámpagos y los truenos, también; y lo mismo el sol, la luna y las estrellas. Pero   ¿por   qué   adquirió   el   hombre   esta   sensación   de   misterio,   de significados   ocultos?   Hemos   visto   que   la   explicación   racionalista   -que   dicha sensación se basa en el miedo- es insuficiente. Cuando un animal contempla el   maravilloso   espectáculo   de   un   amanecer   o   un   crepúsculo   se cree que lo   percibe solamente   como   un   fenómeno   natural.   El   hombre,   en   cambio,   lo   percibe como algo  hermoso;  el  amanecer o  el  crepúsculo  despierta cierta respuesta en   él,   igual   que   el   aroma   de   la   comida   al   prepararla.   Pero   la   respuesta   al aroma   de   la   comida   se   debe   al   hambre   física.   ¿Qué   clase   de   hambre despierta   un   crepúsculo?   Si   pudiéramos   responder   a   esa   pregunta, responderíamos a la pregunta de por qué el hombre es un animal religioso.

 

Colin Henry Wilson (nacido el 26 de junio de 1931 en Leicester), es un escritor del Reino Unido, así como un destacado filósofo. Los principales temas de su obra son la criminalidad y el misticismo. Nacido y educado en Leicester, Reino Unido, dejó los estudios a los 16 años. Cuando tenía 24 años, publicó The Outsider (1956), que examina el papel del proscrito social en varias obras literarias y figuras culturales, donde examina a Albert Camus, Jean-Paul Sartre, Ernest Hemingway, Hermann Hesse, Fyodor Dostoyevsky, William James, T. E. Lawrence, Vaslav Nijinsky y Vincent Van Gogh, y donde Wilson discute su percepción de la alienación social en su obra. El libro fue un éxito de ventas y ayudó a popularizar el existencialismo en Gran Bretaña. Sin embargo, el elogio de la crítica fue breve. Colin Wilson también ha escrito obras sobre temas metafísicos y ocultistas. En 1971 publicó The Occult: A History, realizando una exégesis de Aleister Crowley, G. I. Gurdjieff, Helena Petrovna Blavatsky, la cábala, la magia primitiva, Franz Anton Mesmer, Gregor Rasputin, Daniel Dunglas Home y Paracelso, entre otros. También escribió una biografía especialmente objetiva de Crowley: Aleister Crowley: The Nature of the Beast, así como biografías de Gurdjieff, C. G. Jung, Wilhem Reich, Rudolf Steiner, y P. D. Ouspensky. Originalmente Colin Wilson se concentró en el desarrollo de lo que llamaba la “Facultad X”, que incrementaba la percepción y proporcionaba habilidades como la telepatía o la percepción energética. En sus obras posteriores sugiere la posibilidad de la existencia de vida tras la muerte y de los espíritus, que personalmente analiza como miembro del “Ghost Club”. En 1996 escribió “From Atlantis to the Sphinx”, que en español se publicó con el título “El Mensaje Oculto De La Esfinge”, en el que me he basado para escribir éste y otros artículos.

Cuando   Émile   Cartailhac   vio   los grabados   de   la   cueva   de   Laugerie-Basse   en   Les   Eyzies,   reconoció inmediatamente   que   «hay   aquí   algo   más   que   la   prueba   de   un   maravilloso temperamento   artístico;   aquí   intervienen   motivos   e   intenciones   que desconocemos...».  Émile Cartailhac (1845 – 1921) fue un arqueólogo francés. Nació en Marsella y estudió Derecho, a pesar de sentirse atraído desde joven por la prehistoria. Enseñó arqueología en Tolosa. En 1867 se le encargó la sección de prehistoria de la Exposición Universal de París. Al igual que el también prestigioso arqueólogo Gabriel de Mortillet, puso en duda la autenticidad de los descubrimientos de arte rupestre paleolítico en la cueva de Altamira, en Cantabria (España), en 1879, y rectificó públicamente con el artículo La grotte d’Altamira, Espagne. “Mea culpa” d’un sceptique en 1902, después de que se encontraran en Francia otros restos artísticos del Paleolítico. Cartailhac descartó  la  idea de  que el  Hombre de Cro-Magnon  pintara porque   tenía   tiempo   libre   y   señaló   que   los   habitantes   de   las   islas   de   los mares del Sur disponen de mucho tiempo libre pero casi nunca pintan en las rocas. En cambio, los bosquimanos que a duras penas subsistían produjeron abundancia de arte rupestre. Fueron   los   aborígenes   australianos   y   los   indios   de   América   quienes finalmente   proporcionaron   la   respuesta:   los   dibujos   tenían   finalidades mágicas.   Su   objetivo   era   crear   una   relación   entre   el   cazador   y   su   presa.   El antropólogo Ivar Lissner lo explica en  Man, God and Magic:  «Se hechiza a un animal por medio de su efigie, y el alma del animal vivo corre la misma suerte que   el   alma   de   su   segundo   ser…   Un   cazador   también   puede   representar   la muerte   de   su   presa   de   manera   ceremonial   matándola   en   efigie,   utilizando ciertos rituales muy antiguos…».

 

El Hombre de Cro-Magnon es el nombre con el cual se suele designar al tipo humano correspondiente a ciertos fósiles de Homo sapiens, en especial los asociados a las cuevas de Europa en las que se encontraron pinturas rupestres. Suele castellanizarse y abreviarse como Cro-Magnon, sobre todo para su uso en plural (cromañones). Cro-Magnon es la denominación local de una cueva francesa en la que se hallaron los fósiles a partir de los que se tipificó el grupo. Su datación (40 000 y 10 000 años de antigüedad) se toma como el hito que da comienzo al Paleolítico superior desde el punto de vista antropológico, mientras que el límite moderno no lo marca la aparición de ninguna modificación física, sino ambiental y cultural: el fin de la última glaciación y el comienzo del actual período interglaciar (periodo geológico Holoceno), con los periodos culturales denominados Mesolítico y el Neolítico. El uso del concepto “hombre de Cro-magnon” como alternativo a otras denominaciones está abandonado por los prehistoriadores y paleontólogos en la actualidad, aunque puede encontrarse su uso en las publicaciones, normalmente como sinónimo de Homo sapiens en el paleolítico, sin más precisiones. Los primeros hombres modernos europeos se agrupaban hasta hace poco en dos variedades: la raza de Cro-Magnon, más robusta, y la variedad de Combe Capel, Brno o Predmost, más grácil. En realidad, esta dicotomía pretendía justificar el binomio cultural Auriñaciense-Perigordiense y hoy en día se ha abandonado, estando sólo generalizado el uso del término cromañones para los hombres modernos paleolíticos. Variedades más tardías (hombre de Grimaldi o de Chancelade) tampoco parecen tener diferencias somáticas que justifiquen una completa diferenciación poblacional de tipo racial. No obstante, durante mucho tiempo se popularizó la errónea identificación de esos tres tipos humanos con las tres divisiones raciales o razas humanas de la antropología clásica: Cro-Magnon con la raza blanca o caucasoide, Grimaldi con la raza negra o negroide y Chancelade con los esquimales o raza amarilla o mongoloide.

Las  finalidades mágicas de los dibujos son una   prueba   más   de   que   el   hombre   antiguo   era   un animal   supersticioso.   Pero   ¿cómo   es   posible   que   fuera   un   animal   tan estúpido que no cayese en la cuenta de que su magia no daba resultados… que   cuando   el   chamán   de   la   tribu   celebraba   alguna   ceremonia   complicada para atraer a los bisontes o los renos al lugar donde los cazadores les habían tendido   una   emboscada,   los   animales   sencillamente   no   hacían   acto   de presencia? Dicho de otro modo, si la magia era ineficaz, ¿por qué el hombre no la abandonó al cabo de unas cuantas generaciones? Los   escépticos   contestarán   que   probablemente   rezar   no   sirve   para nada   y,  pese   a   ello,   las   personas   siguen   rezando.   Pero   se   trata   de   un   caso totalmente   distinto.   Las   plegarias   parecen   encontrar   respuesta   con   la frecuencia suficiente para dar pábulo a más plegarias; los escépticos afirman que son coincidencias o ilusiones vanas, y no hay ninguna manera obvia de decidir   quién   tiene   razón.   Pero   un   chamán   tribal   -como   los   que   aparecen pintados   en   tantas   cuevas   de   Dordoña-   celebra   un  largo   y  complicado  ritual la   noche   antes   de   la   cacería   y   su   objetivo   es   atraer   animales   a   un   lugar determinado.   Si   una   y   otra   vez   no   daba   resultado,   los   cazadores   pronto   se percatarían de que era una pérdida de tiempo. De   hecho,   hay   indicios   interesantes   de   que,   por   alguna   razón   extraña, sí parece dar resultados. Llama   la   atención   que   chamanes   de   todo   el   mundo,   de   culturas   sin ninguna relación entre sí, tengan las mismas creencias básicas y los mismos métodos básicos.  Joseph John Campbell (1904 –1987), mitólogo, escritor y profesor estadounidense, mejor conocido por su trabajo sobre mitología y religión comparada,  en su obra   Las   máscaras   de   Dios,  publicada   en   1959, refiriéndose   a   la   tribu   ona   de   Tierra   del   Fuego   y   a   los   indios   nagajnek  de Alaska,   comenta:   «Sacados…   de   las   dos   comunidades   cazadoras   más primitivas   de   la   Tierra,   en   polos   opuestos   del   mundo,   sin   comunicación, ciertamente   durante   milenios,   con   ningún   punto   común   de   origen tradicional… los dos grupos tienen, no obstante, el mismo concepto del papel y el carácter del chamán…».

 

En el verano de 1933, un escocés de 39 años llamado Alexander Thom ancló su yate de vela en East Loch Roag, al noroeste de la isla de Lewis, en las Hébridas. Thom era un ingeniero aeronáutico cuya pasión de toda la vida era   navegar   a   vela.   Al   salir   la   luna,   alzó   los   ojos   y   vio   que   sobre   ella   se  recortaban las piedras verticales de Callanish, «el Stonehenge de Escocia».  Las islas británicas estan llenas de restos megalíticos en toda su extensión. Si bien el más famoso sin duda es Stonehenge, hay numerosas expresiones de esta costumbre neolítica. La más importante en Escocia es Callandish Stones, situada en las Islas Hébridas Exteriores, un grupo de grandes islas ubicadas al NO de Escocia.  Este círculo megalítico habría sido construido entre el 2900-2600 a.C., si bien hubo algunas construcciones previas al 3000 a.C., por lo que sería unos 500 años anterior a Stonehenge. La primera piedra colocada correspondería al gran monolito central, de 5 metros de altura, seguida por la erección de 13 megalitos de la piedra local, rodeándolo en forma de circunferencia de unos 13 metros de diámetro. Hacia su extremo norte se extiende una larga avenida de 80 metros de longitud flanqueada por 19 monolitos, con otros caminos con hitos líticos incompletos en dirección sur y oeste. Posteriormente, en el 1800 a.C., se construyó un cuarto camino flanqueado también por rocas en dirección este. En el centro se encuentra también un “cairn“, que consiste en un apilamiento artificial de piedras usadas en la antiguedad para señalar una tumba, estructura que sería la más tardía del conjunto, construída entre el 1800 y el 1000 a.C, ya que tras esta fecha el monumento se abandonó definitivamente. Este monumento es solo el principal de un largo número de conjuntos megalíticos localizados en la isla de Lewis y en las cercanías de la aldea de Callanish, de los que se han identificado 20, numerados del I al XX. ¿Cuál fue el objetivo de esta construcción? Como en el caso de Stonehenge y de todos los monumentos megalíticos en general, sólo cabe especular y plantear teorías. Los arqueoastrónomos son los reyes de esta especulación, afirmando que Callandish era un observatorio espacial. Esta estructura se describió por primera vez en 1680, por escritos de John Morrisone, un nativo local. Pero las excavaciones para exponerlas desde su base se concretaron en 1857. Boyle Somerville, en 1912, sugirió el alineamiento del camino Este con la aparición de la constelación de Las Pléyades en el año 1800 a.C , un grupo de brillantes estrellas asociadas con ritos funerarios en varias culturas.

 

Pero la opinión más popular asocia el camino Este con el nacimiento de la luna llena en otoño, por lo cual se lo ha considerado como un calendario lunar, no solar. Algunas leyendas locales le dan colorido a la historia del lugar. Una leyenda atribuye la presencia de este monumento a un santo local, San Kieran, quien enfrentado a gigantes que vivían en la isla y que rehusaron abandonar el paganismo por la fe cristiana, los convirtió en piedras como castigo. Otra leyenda dice que las piedras fueron llevadas a las islas en barcos y erigidas por unos “hombres negros” bajo la dirección de sacerdotes ataviados con mantos de coloridas plumas. Después   de   cenar,  Alexander Thom   subió   andando   hasta   ellas   y   al   recorrer   con los   ojos   la   avenida   de   menhires,   se   dio   cuenta   de   que   su   eje   principal,   que iba de norte a sur, señalaba directamente la estrella Polar. Pero Thom sabía que   cuando   se   erigieron   las   piedras, probablemente   antes   que   la   Gran Pirámide,   la   estrella   Polar   no   estaba   en   la   misma   posición.   Era sorprendente que los   hombres   que   construyeron   el   monumento consiguieron señalar con tanta exactitud el norte geográfico. Haría falta algo más que conjeturas para lograr una precisión tan increíble como la que se ve en   Callanish.   Un   método   consistiría   en   observar   la   posición   exacta   del   sol naciente   y   del   sol   poniente   y   luego   bisecar   la   línea   entre   ellos. Pero   esto sólo  puede  hacerse  con exactitud  en  terreno  llano,  donde  ambos  horizontes están nivelados. Otro consistiría en observar alguna estrella cerca del polo al caer la noche, volver a observarla doce horas después, antes del amanecer, y   bisecar   esa   línea.   Thom   se   dio   cuenta   de   que   resultaría   una   tarea complicadísima,   que   requeriría   el   empleo   de   plomadas   y   estacas   verticales. Era obvio que aquellos ingenieros antiguos estaban muy avanzados. Thom   empezó   a   estudiar   otros   círculos   de   piedras,   la   mayoría   de   los cuales   eran   virtualmente   desconocidos.   Quedó   convencido   de   que   sus constructores   eran  hombres  con  una  inteligencia  igual  a  la   suya,   o  superior. Un   programa   de   televisión   sobre   las   ideas   de   Thom   los   llamó   «Einsteins prehistóricos».

 

La   idea   dejó   estupefactos   -y   enfurecidos-   a   la   mayoría   de   los arqueólogos.   El   astrónomo   sir   Norman   Lockyer   había   comentado,   hacia principios   del   siglo   XX,   que   Stonehenge   podía   ser   una   especie   de calculadora   astronómica   que   señalaba   las   posiciones   del   sol   y   de   la   luna. Pero  nadie  había tomado  muy en serio sus palabras,  puesto que la  mayoría de   los  expertos  estaban   convencidos   de   que   los   constructores   de Stonehenge eran salvajes supersticiosos que probablemente llevaban a cabo sacrificios   humanos   en   la   piedra   que   hacía   de   altar.   Thom   afirmaba   ahora que, al contrario, eran geómetras magistrales. Asimismo,   la   mayoría   de   los   círculos   de   piedra   no   eran   realmente círculos. Algunos   tenían   forma   de   huevo   y   otros,   de   letra   «D».   Sin   embargo,   la geometría   era   siempre   precisa,   como   pudo   descubrir   Thom   a   lo   largo   de años de estudio y cálculo. ¿Cómo lo hacían? Thom descubrió finalmente que los   «círculos»   estaban   construidos   alrededor   de   «triángulos   pitagóricos»,   es decir,   triángulos   cuyos   lados   tenían   una   longitud   de   3,   4   y   5   unidades respectivamente, por lo que el cuadrado de la hipotenusa era igual a la suma de los cuadrados de los otros dos lados. ¿Y   por   qué   querían hacer  aquellos   círculos?   La   respuesta era más difícil. Seguramente para calcular cosas tales como las fases de la luna, el movimiento del sol entre los solsticios y los equinoccios y para predecir los eclipses.  Pero  ¿por  qué  querían   predecir  los eclipses?  Thom  reconocía  que lo ignoraba, pero contaba la historia de dos antiguos astrónomos chinos que perdieron   la   cabeza   por   no   haber   predicho   un   eclipse. Lo   cual  significaba que los antiguos concedían una importancia grande a los eclipses. Había otro problema interesante. Si aquellos hombres antiguos eran tan buenos   en   geometría,   ¿cómo   registraban sus cálculos?   Los   constructores   de megalitos no nos han dejado ninguna tablilla de piedra o de barro en la que aparecieran  inscritas   proposiciones   geométricas.   Pero   la   verdad  es   que   nos consta   que   los   antiguos   griegos   se   sabían   las   obras   de   Homero   -y   de   otros poetas-   de   memoria.   Habían   cultivado   su   memoria   hasta   ser   capaces   de recitar cientos de miles de líneas. La   Iliada   y la   Odisea   que nosotros leemos en libros se habían transmitido durante siglos en la memoria de los bardos, personas encargadas de transmitir las historias, las leyendas y poemas de forma oral además de cantar la historia de sus pueblos en largos poemas recitativos. De ahí que éstos fueran tan respetados.

 

Cuando   murió   en   1985,   a   la   edad   de   91   años,   Alexander   Thom   ya   no era   considerado   un   chiflado.  Gran   número   de   respetables   arqueólogos   y expertos   en   la historia   antigua   de   Inglaterra   se   habían   convertido   en   sus   más firmes   partidarios.   Asimismo,   el   astrónomo   británico   Gerald   Hawkins   había confirmado las aseveraciones más importantes de Thom introduciendo datos procedentes de monumentos como Stonehenge en su ordenador en Harvard y demostrando que existían alineamientos astronómicos. Uno   de   los   seguidores   más   interesantes   de   Thom,   la   profesora escocesa Anne Macaulay, había seguido los pasos de Thom con una teoría que   era   igual   de   controvertida.   En   Science   and   Gods   in   Megalithic   Britain,  Macaulay parte del supuesto de Thom de que la geometría más antigua era una tradición no escrita y relacionada con la astronomía.Luego se preguntó a sí   misma   cómo   podían   los   antiguos   astrónomos   almacenar   su conocimiento a falta de escritura fonética, que parece fue inventada por los griegos y los fenicios después del 2000 a.C. Obviamente, la respuesta tiene que ser   que   lo   guardaban   en   la   memoria.   Pero   no   se   trata   de   la   memoria   en   el sentido   que   damos   hoy   a   la   palabra.   Es   un   hecho   poco   sabido   que   los  antiguos habían creado un complejo arte de la memoria que ellos pensaban que   podía   compararse   con   cualquiera   de   las   otras   artes   o   ciencias.   La estudiosa Frances Yates ha escrito sobre ella en su libro   The Art of Memory  (1966)   y   muestra   cómo   podemos   localizar   sus   orígenes   en   los   antiguos griegos y cómo siguió existiendo hasta la época de Shakespeare. El arte de la memoria no dependía sencillamente del poder del cerebro, sino   de   una   complicada   serie   de   ayudas   mnemotécnicas, o mecanismos   que nos   ayudan   a   recordar.   Lo   que sugiere   Anne   Macaulay   es   que   el   alfabeto   fonético   se   creó   como   una   serie de   ayudas   mnemotécnicas   para   anotar   las   posiciones   de   las   estrellas polares,   y   que   la   palabra   «Apolo», uno de los más importantes y polifacéticos dioses olímpicos de la mitología griega y romana, así como  dios   de   la   música,  era   una   de   estas ayudas mnemotécnicas básicas.

 

Las letras, de la A a la U, se crearon como ayudas   mnemotécnicas   para   ciertos   teoremas   geométricos   o   figuras geométricas,   con   los   cuales   había   números   asociados. De   hecho,   el   punto de   partida   de   Anne   Macaulay   fue   su   estudio   de   la   antigua   escala   musical griega. Su   teoría   de   la   historia   antigua   y   la   geometría   de   los   círculos megalíticos   es   demasiado   complicada   para   exponerla   en este artículo. Pero   Anne   Macaulay   saca   una   conclusión   que  hace   pensar:  que   cuando   se usa este «código» para condensar la salida meridional extrema de la luna, el lugar   ideal   para   construir   un   observatorio   es   precisamente   donde   se encuentra   Stonehenge.   Otra   conclusión   es   que   todo   esto   indica   que   es probable   que   la   antigua   ciencia   griega,  incluida la ciencia de Pitágoras   (que nació alrededor del   540   a. C.),   tuviera   su   origen   en   Europa,   lo   cual   es exactamente lo contrario de una sugerencia que se hizo en el siglo XIX en el sentido   de   que   Stonehenge   fue   construido   por   griegos   micénicos.   Anne Macaulay  sugiere   la   posibilidad   de   que   los   primitivos   griegos   fueran comerciantes de estaño británicos procedentes de Cornualles. Dado   que   sabemos   que   la   construcción   de   Stonehenge   empezó   hacia el 3100 a.C., su teoría también da a entender que la escritura fonética es alrededor de 1.500 años más antigua de lo que suponemos. La  importancia   de   toda   esto   reside  en   la sugerencia   de   que   existían   formas   avanzadas   de   geometría   y   astronomía mucho antes de que aparentemente hubiera un método exacto de ponerlas por escrito.  Anne Macaulay cree, al igual que Thom, que puede leerse en la geometría de los círculos   y   monumentos   megalíticos,   y   que   sus   constructores   intentan transmitirnos un mensaje,. justamente del mismo modo que Robert Bauval y Graham   Hancock   creen  que   los   antiguos   egipcios transmitían un mensaje en la geometría de Gizeh.

Robert Bauval es un ingeniero y escritor, nacido el 5 de marzo de 1948 en Alejandría, Egipto, de padres de origen belga. Fue educado en el colegio para muchachos ingleses La escuela de Alejandria, en Egipto, y en el Colegio franciscano en Buckinghamshire, Reino Unido. Su familia fue expulsada de Egipto durante el gobierno de Gamal Abdel Nasser. Ha pasado la mayor parte de su tiempo viviendo y residiendo en otros países del Oriente Medio y África. Ingeniero civil, desde muy joven se interesó por la egiptología y en la década de 1980 inició una investigación sobre las Pirámides de Egipto que intentaba combinar la astronomía y la historia. Ha publicado numerosos artículos sobre este tema y varios de sus hallazgos han sido presentados en el British Museum. Está dedicado desde 1979 al estudio del significado de las pirámides. Interesado ya no tanto en el cómo, sino en el porqué fueron construidas, y cuál pudo haber sido el origen de la majestuosa e imponente presencia en el desierto de las Pirámides, de su compleja estructura, su tamaño y su vocación de eternidad. Con los años se unió a Adrian Gilbert y la combinación de sus esfuerzos dio como resultado la investigación publicada y documentada de las conclusiones que se plantean, titulada El misterio de Orión (The Orion Mystery, Unlocking the Secrets of the Pyramids) publicado en 1994, acerca de la correlación de las construcciones piramidales del Antiguo Egipto con respecto a la observación estelar. El misterio de Orión es su primer libro, en el cual explica su teoría sobre la Correlación de Orión con respecto a su posible influencia astronómica sobre la ubicación de las Pirámides en el desierto de Guiza.  Bauval es conocido especialmente por su teoría sobre la Correlación de Orión (TCO). Esta teoría establece una relación entre la pirámides egipcias de la IV dinastía, en la meseta de Guiza, y el alineamiento de ciertas estrellas de la constelación de Orión llamada comúnmente Cinturón de Orión o las Tres Marías. Una noche, mientras trabajaba en Arabia Saudí, fue con su familia y un amigo a las dunas arenosas del desierto de Arabia para realizar un trabajo de campo. Su amigo le señaló la Constelación de Orión y mencionó que Mintaka, la estrella más pequeña y oriental del Cinturón de Orión, estaba ligeramente desviada de las demás.

 

Bauval estableció una conexión entre el trazado de las tres estrellas principales del Cinturón de Orión, y la posición de las tres pirámides principales de la necrópolis de Guiza. Esta teoría ha inspirado los libros y otras de otros autores como Javier Sierra. Sierra y Bauval trabajaron juntos en el estudio de una hipotética Edad De Oro de la Humanidad, situada en el pasado más remoto, que debió extinguirse unos 10.500 a. C. y que fue el origen de todas las civilizaciones que conocemos. Las hipótesis de Robert Bauval han sido rechazadas por arqueólogos e historiadores, considerándolas una forma de pseudociencia. Se ha discutido especialmente su afirmación sobre la supuesta existencia hace unos 12.500 años de una civilización progenitora avanzada y actualmente olvidada, que podría identificarse con la legendaria Atlántida, aunque no con ese nombre. No obstante algunos egiptólogos han aceptado la idea general de la posible existencia de cierta correlación astronómica, que podría haber sido representada y situada sobre ciertas estructuras y orientaciones de los monumentos del Antiguo Egipto, aunque no las correlaciones defendidas por Bauval y otros autores. En particular, la Teoría de la Correlación de Orión con las pirámides de Guiza no ha sido aceptada. Sin embargo, algunas ideas de Robert Bauval han sido defendidas por algunos científicos como el Dr. I.E.S. Edwards, que en una declaración de 1992 afirmó: “En mi opinión (Bauval) ha hecho varios descubrimientos interesantes”. Sin embargo, el propio Bauval reconoce que al realizar esta declaración, Edwards no conocía directamente el material utilizado para desarrollar sus teorías: “Probablemente no hubiera mostrado su apoyo a ideas tan controvertidas como vincular a Guiza con fechas como 10.500 o 11.500 a. C”. Por su parte, el escritor escocés Graham Hancock es licenciado en sociología y se dedica a la escritura de libros sobre ocultismo y misterios del mundo. Se le considera uno de los creadores de la llamada teoría de la correlación de Orión, en la que se afirma que las pirámides representan al Cinturón de Orión.

Nuestros   antepasados empezaron  a   usar   ayudas   mnemotécnicas para anotar los movimientos del sol y de la luna hace,  como   mínimo, 35.000 años. En   el   decenio   de   1960,   un   investigador   del   museo   Peabody de Historia Natural de la Universidad Yale, en USA,   llamado Alexander Marshack, se encontraba estudiando la historia de la civilización y se   sentía   peocupado   por   lo   que   él   llamó   «una   serie   de  súbitamentes».   La ciencia había empezado «súbitamente» con los griegos; las matemáticas y la astronomía   habían   aparecido   «súbitamente»   entre   los   egipcios,   los mesopotámicos   y   los   chinos;   la   civilización   misma   había   empezado «súbitamente» en la Media Luna de las tierras fértiles del Oriente Medio. En   resumen,   preocupaba   a   Marshack   la   misma   pregunta   que   había preocupado   a   Schwaller   de   Lubicz   y   a   John   Anthony   West.   Y   al   igual   que Schwaller   y   West,   Marshack   decidió   que   estas   cosas   no   habían   aparecido «súbitamente», sino que eran fruto de miles de años de preparación. René A. Schwaller de Lubicz (1887 – 1961), nació en Alsacia y Lorena, y es reconocido por sus estudios sobre el arte arquitectónico egipcio y el libro donde expuso sus investigaciones: la filosofía, espiritualidad, matemáticas y ciencia. Su trasfondo cultural es alquímico inspirado en Paracelso y diferentes grupos de estudioso de la naturaleza. Estudió la arquitectura del arte egipcio como fondo de conciencia innato, que establece paralelismos entre la ciencia moderna y la antigua.Schwaller de Lubicz llegó a radicarse en Egipto en 1938 y durante los siguientes 15 años estudió el simbolismo de los templos, en particular el de Luxor, encontrando lo que consideró pruebas de que los antiguos egipcios fueron el último ejemplo de sinarquía porque fueron gobernados por un grupo de iniciados de elite. John Anthony West escribió una estupenda obra, titulada “La Serpiente Celeste” (Serpent in the Sky). En la elaboración y fundamentación de este libro, West se basa en la monumental obra del erudito alsaciano René A. Schwaller de Lubicz (1891-1962), cuya vastedad de estudios no han sido aún aquilatados en su totalidad.

 

Para De Lubicz, los templos de Egipto manifiestan diversas medidas terrestres y cósmicas, además de toda una serie de correspondencias con los ritmos de la naturaleza, los movimientos de los cuerpos celestes y determinados períodos astronómicos. Las coincidencias de dichas relaciones entre estrellas, planetas, metales, colores y sonidos, así como entre diversos tipos de vegetales y animales, y entre las diversas partes del cuerpo humano, le son revelados al iniciado por medio de una ciencia de los números. La tesis central del trabajo de John Anthony West es que la esfinge de Gizeh precede al Egipto dinástico, entre otras cosas porque al observar la erosión dejada por el agua en el monumento, no se observan en ninguna otra estructura de Egipto, lo anterior confirmado con un equipo de científicos. La evidencia es que la civilización egipcia constituyó una herencia y no una creación derivada de un desarrollo, entroncándonos así con la leyenda de la Atlántida. Alexander Marshack sentía   curiosidad  por   saber   si   había   algún   indicio   arqueológico   de   que el hombre se entregara a actividades estacionales, que él llama «divididas en factores   temporales», como   la   agricultura   en   los   tiempos   de   «antes   de   la civilización». En  ese  momento  quedó  fascinado  por  las  extrañas  señales  que  vio  en fragmentos de hueso que databan de la edad de piedra. Al examinarlas con el microscopio, comprobó que estaban hechas con numerosas herramientas diferentes,   lo   cual   era   señal   de   que   no   databan   de   la   misma   época.   Por último   sacó   la   conclusión   de   que   una   serie   de   señales   que   formaban   una línea curva en un hueso de 35.000 años de antigüedad eran anotaciones de las fases de la luna. Lo cual quería decir que, en cierto sentido, el hombre de Cro-Magnon habían inventado la «escritura». Pero, ¿por qué iban a importarle los movimientos del sol y de la   luna?   En   primer   lugar,   porque   era   inteligente,  al menos tan   inteligente   como   el hombre moderno. Probablemente se consideraba a sí mismo muy civilizado, igual   que   nosotros.   Y   una   persona   inteligente   necesita   tener   un   sentido   del tiempo de la historia. Marshack menciona un palo calendario de los indios pima,   de   América,   que   representa   su   historia   durante   44   años.   Esto   quiere decir que el «narrador» indio podía coger el palo, señalar algún año lejano y contar su historia, que estaba representada por medio de puntos y espirales u otras señales apenas visibles. Es probable que el hombre de Cro-Magnon de hace 35.000 años hiciera lo mismo.

Y   un   calendario   sería   útil   para   los   cazadores porque les diría cuándo volverían los ciervos u otros animales. Sería útil para las   mujeres   embarazadas   que   quisieran   saber   cuándo   llegaría   el   momento de dar a luz. De hecho, un calendario es una de las necesidades básicas de la civilización, el equivalente al reloj del hombre moderno. Pero   claro,   nos   estamos   olvidando   de   otro   factor   muy   importante.   Si Schwaller está en lo cierto, al hombre de Cro-Magnon le interesaban el sol y la luna   por   otra   razón:   porque   era   sensible   a   sus   ritmos   y   los   experimentaba como   fuerzas   vivas.   Hoy   día,   hasta   el   más   escéptico   de   los   científicos reconoce   la   influencia   que   ejerce   la   luna   en   los   pacientes   mentales. Todo médico que haya trabajado en un hospital confirmará que la luna llena afecta a ciertos pacientes. Sin embargo, comparado con los pueblos aborígenes, el hombre   civilizado   ha   perdido   la   mayor   parte   de   su   sensibilidad  ante  la naturaleza. Si queremos comprender a nuestros antepasados de Cro-Magnon, debemos   tratar   de   imaginar   seres   humanos   que   sean   tan   sensibles   al   sol,   a la luna   y   a   otras   fuerzas   naturales, tales como el   magnetismo   de   la   Tierra,  como el paciente mental lo es a la luna llena. En  su obra The   Roots   of   Civilisation,   Marshack   comenta:   «Aunque   en   el paleolítico   superior   las   explicaciones   se   hacían   mediante   historias   y   por medio   de   imágenes   y   símbolos,   intervenía   en   ello   un   alto   grado   de inteligencia,   cognición,   racionalidad,   conocimiento   y   habilidad   técnica».Dicho   de   otro   modo,   el   hombre   de   la   edad   de   piedra   poseía   todas   las capacidades necesarias para crear civilización. Y   sin   embargo,   aunque   se   encontraba   al   borde   de   la   civilización   hace  35.000   años   y   vivía   en   una   comunidad   lo   bastante   avanzada   como   para necesitar   un   conocimiento   de   la   astronomía,   se   nos   pide   que   creamos   que, de hecho, tardó otros 25.000 años antes de que empezara a dar los primeros pasos vacilantes hacia la construcción de las primeras ciudades. Resulta poco verosímil.

 

La Diosa Blanca (The White Godess) es un tratado poético-mitológico del escritor inglés Robert Graves, publicado en 1948. La Diosa Blanca es un libro  importante para el estudioso de la mitología. La historia explica que existe una Diosa de muchos rostros, adorada por los paganos bajo innumerables nombres. Es, a la vez, tierna y pavorosa, piadosa y terrible, su mano oscila entre la calidez de la naturaleza y sus facetas más hostiles. Robert Graves define La Diosa Blanca como una “gramática histórica del lenguje poético del mito“. Su hipótesis se construye sobre la mitología y poesía de Gales e Irlanda, aunque se expande a casi toda la Europa pagana. Apoyándose en la lingüística, Graves argumenta que la adoración de aquella Diosa multiforme encierra el secreto de toda expresión artística que sobrevive al tiempo. Geraves intenta demostrar que el concepto de “Religión Matriarcal” como origen de todas las mitologías y creencias, se extiende desde los mitos y leyendas más antiguos hasta los estudios más respetables de su época, apoyándose, además, en la monumental obra de Sir James Frazer: La rama dorada (The golden bough). Robert Graves incluye al cristianismo en su hipótesis de trabajo, señalando que el único elemento original del cristianismo es la figura de Jesús, pero el Jesús humano, el Jesús rabí; no ya el hijo de Dios, en cuya labor encarna perfectamente lo que se espera de todo héroe mitológico. La Diosa Blanca estudia el lenguaje poético y el lenguaje mitológico en su vínculo más pretérico: el culto a la Diosa. Robert Graves traza un estudio profundo sobre la cuestión, aportando pruebas basadas únicamente en la intuición, según él, la única herramienta realmente confiable al momento de penetrar en el lenguaje onírico del mito y la poesía. Explica, por ejemplo, la caída de la Diosa a manos del culto monoteísta; y la lenta pero eficaz demonización de la mujer como entidad impura, menor y degenerada; estigmas que persisten aún hoy, y que persistirán -profetiza- si continuamos viviendo dentro de la estructura mental planteada por las religiones occidentales. El culto a la Diosa Blanca no es una deificación de la mujer, sino la adoración al Todo en su múltiple faz de Madre, Hija y Amante. Robert Graves, además, incluye un novedoso sistema de interpretación y traducción del lenguaje mítico, al que llama Iconotropía (movimiento del símbolo). La metodología requiere un vasto conocimiento mitológico, pero también la intuición de los poetas. Se aplica retrocediendo el discurso, un mito o un poema, por ejemplo, a sus imágenes estructurales. De este modo es posible captar la esencia de todos los mitos y poemas afines con la Diosa Blanca, pues sólo ellos poseen raíces lo suficientemente profundas como para someterlas a este método.

La Diosa Blanca nos detalla el origen ancestral de los arquetipos, de los alfabetos como versión desmejorada de los antiguos íconos paganos. Pronto surge una maravillosa lengua hecha de árboles y estrellas, que, a su vez, encarna distintos valores, sabidurías y maldiciones. El mito como origen, como fuente de la humanidad, sobreviviendo a duras penas en nuestros tiempos, dormido y anestesiado en los versos infames de algún poeta proscrito. En   este   libro   desconcertante   y   oscuro Robert Graves   propone   un   punto   de   vista   que   está   totalmente   de   acuerdo   con   las conclusiones   de   Marshack, ya que arguye   que   el   culto   a   la   diosa   luna   (la   «diosa blanca»)   fue   la   religión   universal   original   del   género   humano   y   que   en   una etapa bastante posterior fue suplantada por el culto al dios sol Apolo, al que Graves   considera   símbolo   de   la   ciencia   y   la   racionalidad:   esto   es,   del conocimiento   del   cerebro   izquierdo   en   contraposición   a   la   intuición   del cerebro derecho que él asocia con la diosa. Graves   cuenta   que   estaba   leyendo   la   traducción   que   lady   Charlotte Guest   hizo   de   la   epopeya   galesa   The   Mabinogion   cuando   encontró   un poema  incomprensible titulado  «The song  of  Taliesin». De pronto  intuyó  que los versos eran una serie de acertijos medievales cuyas   respuestas   él   conocía.   También   supo,   «por   inspiración»,   que   los acertijos estaban relacionados con una tradición galesa sobre una Batalla de los   Árboles,   que   en   realidad   trataba   de   una   lucha   entre   dos   sacerdocios druídicos por el control del saber.  Los árboles, las plantas y las hierbas tenían una gran importancia para los celtas. Para ellos toda la Naturaleza estaba animada y penetrada de fuerzas y energías. A través de esa conciencia profundizaban en la magia de las plantas y lograban conocimientos muy extendidos. Los templos de los celtas eran bosquecillos o bosques sagrados. Antes de su asimilación a los griegos y la conquista de los romanos no construían templos. Muchos autores informan sobre torres sagradas, pero se refieren siempre a un lugar en el bosque, a un calvero. César, en su Guerra de las Galias, nos informa sobre sus tradiciones. El santuario típico celta estaba situado, pues, en pleno bosque. El nemeton era un lugar de intercambio sagrado entre el mundo divino y el mundo de los hombres. Todo nemeton es un omfalos, es decir, un centro del mundo.

 

En el centro de los rituales druidas se encontraban robles, de los cuales crecían muérdagos. La poda de los muérdagos se realizaba en el sexto día del ciclo lunar. El druida, el sacerdote de los celtas, cortaba las ramas personalmente con una hoz de oro. La hoz de oro contenía símbolos lunares y solares, el oro como símbolo del sol y la hoz como símbolo de la luna. Las ramas se juntaban en una tela blanca, y los druidas tenían que portar también una vestidura de color blanco. Los árboles del culto de los druidas eran el tejo, el avellano, el serbal y el roble. El roble era un símbolo de conocimiento y poder. Cuando en él crecía un muérdago, significaba que el dios estaba presente en ese árbol. El muérdago se consideraba símbolo de la fuerza siempre fresca de la vida, pues mientras que en el invierno todas las otras plantas se encuentran en un estado recogido, casi sin vida (la savia no circula por el tronco ni por las ramas, sino que se encuentra concentrada debajo de la tierra en una parte de la raíz), el muérdago porta en sus ramas frutos blancos, encarnando así la fuerza juvenil de la vida eterna y representando la inmortalidad. El manzano jugaba también un papel muy importante. La isla de Avalón era una isla mística llena de misterios ubicada al oeste y en cuyo suelo había numerosos manzanos que cargaban la inmortalidad, el conocimiento y la sabiduría. En la mitología griega las manzanas de las Hespérides tienen el mismo significado; también se encuentran en un lugar desconocido al final del mundo. Un motivo celta conocido es la llamada “batalla de los árboles” (“Cad Goddeu”), que es mencionada por J.R. Tolkien en su obra El señor de los anillos. La versión popular de este mito cuenta cómo Gwydion protegió a los bretones de las islas de una terrible derrota, convirtiéndolos en árboles y troncos, y dejándolos así triunfar sobre sus enemigos. Según Robert Graves, en su interpretación no se trata aquí de la descripción de una batalla física, sino de una confrontación espiritual en las mentes de los sabios druidas, una forma de disputa filosófico-esotérica. El alfabeto druídico era un secreto que se guardaba celosamente, pero sus   dieciocho   letras   eran   nombres   de   árboles,   cuyas   consonantes representaban los meses de los cuales eran característicos los árboles, a la vez   que   las   vocales   representaban   las   posiciones   del   sol,   con   sus equinoccios y solsticios. El «calendario de los árboles» se usó en toda Europa y Oriente Medio en la edad del bronce, y se asociaba con la Diosa de la Triple Luna. Dice   Graves   que   este   culto   fue   reprimido   poco  a   poco   por  el   «afanoso culto   racional   al   dios   solar   Apolo,   que   rechazó   el   alfabeto   arbóreo   órfico   a favor   del   alfabeto   fenicio   comercial   -el   conocido   ABC-   y   dio   comienzo   a   la literatura y la ciencia europeas».

La idea de Graves corrobora la de Anne Macaulay en el sentido de que el alfabeto moderno estaba asociado con Apolo. También corrobora muchas de   las   sugerencias acerca   de   la mentalidad «mágica» del hombre de Cro-Magnon, que poco a poco ha cedido ante la mente «bicameral» de hoy. Julian Jaynes fue un psicólogo norteamericano que murió en 1997 y que escribió un sólo libro titulado “El origen de la conciencia en la ruptura de la mente bicameral”. Un libro genial, donde propone una teoria en clave evolutiva acerca de uno de los misterios de nuestra especie: me refiero a la asimetria interhemisférica que para Jaynes supone la preexistencia de dos cerebros en vez de uno. Aunque nosotros tenemos la sensación de que nuestra experiencia es unitaria, en realidad este fenómeno -para Jaynes- es bastante reciente. Se trata de un hito evolutivo, un acontecimiento que sólo apareció hacia el 2000 antes de Cristo. La idea es que en el hombre primitivo habia dos mentes funcionando independientemente de manera que la conciencia tal y como la entendemos hoy -de forma unitaria- es el producto de aquella ruptura de asimetrias entre el hemisferio izquierdo y el hemisferio derecho. La idea de un hemisferio que emite y lee patrones y de otro hemisferio que los piensa, narra o ejecuta, se encuentra en muchos pensadores de la neurociencia y se apoya en ciertas evidencias que encuentran -por ejemplo- que las alucinaciones auditivas de los esquizofrénicos se producen en el hemisferio derecho y probablemente tambien los paroxismos vocales del sindrome de la Tourette. En este sentido las ideas de Jaynes dan la razón a los que piensan que la esquizofrenia seria un trastorno ligado a la aparición del lenguaje y relacionado con la asimetría interhemisférica que favoreció -en la deriva evolutiva- un mayor grosor del hemisferio izquierdo. Según   Graves,   no   necesitó   «preparar»   La   diosa   blanca   en   el   sentido normal de la palabra, sino que «le fue impuesto». Y lo que «le fue impuesto» fue todo un sistema de conocimiento, que está basado en una mentalidad que es   totalmente   distinta   de   la   nuestra. O sea, basada en   premisas   «lunares»   en   lugar   de «solares».

 

Resulta evidente que esto es también lo que trata de describir en líneas generales  Schwaller,  en su obra Sacred  Science,   y que  contribuye   a  explicar su   oscuridad.   Trata   de   describir   una   visión   remota   y   olvidada   de   la   realidad, empleando un lenguaje que no es en absoluto apropiado para ello. La   mención   de   calendarios   antiguos   nos   recuerda   inevitablemente el famoso calendario maya que, como señala Graham Hancock, es mucho más exacto que el moderno calendario gregoriano. Hancock cita a un arqueólogo que se  pregunta   la razón por la que los   mayas   crearon   un   calendario   tan   increíblemente exacto,   pero   en cambio aparentemente no comprendieron   el   principio   de   la   rueda.   Sabemos que   los   mayas   heredaron   su   calendario   de   los   olmecas, mil años antes, pero eso sólo significa que ahora hay que preguntar por qué los olmecas no comprendieron el principio de la rueda. Hancock   sugiere   que   la   respuesta   puede   ser   que   los   mayas   -y   los olmecas- no inventaron el calendario, sino que lo heredaron. Exactamente la sugerencia que hizo Schwaller de Lubicz para explicar el carácter avanzado de la ciencia egipcia. Todos los indicios que hemos considerado hasta ahora señalan que Hancock y Schwaller tienen razón. Lo   cual   sigue   sin   responder   a   esta   pregunta:   ¿Por   qué   querría   alguien un calendario tan exacto? Una posibilidad intrigante la ha sugerido un investigador moderno que se llama   Maurice   Cotterell,   en   un   libro   titulado   The  Mayan   Prophecies, escrito conjuntamente   con   Adrian   Gilbert,   colaborador   de   Robert   Bauval   en   El  misterio de Orión. Cotterell es un ingeniero y científico informático que se sintió interesado por   los   aspectos   científicos   de   la   astrología.   Cuando   estaba   en   la   marina mercante   se   fijó, además de en otros temas,   en   que   el   comportamiento   de   sus   compañeros   de   a   bordo parecía   ajustarse   a   sus   signos   astrológicos:   que   los   signos   «de   fuego» (Aries, Leo y Sagitario)   son más agresivos que los de «agua» (Cáncer, Escorpión y Piscis). Ahora   bien,   de   hecho,   un   estadístico   llamado   Michel   Gauquelin   ya había   planteado   esta   cuestión. Y había  publicado   un   estudio   que   indicaba   que   hay pruebas   estadísticas   auténticas   de   ciertas   proposiciones   de   la   astrología, tales   como:   que   nacen   más   científicos   y   médicos   bajo   el   signo   de   Marte,   y que   nacen   más   políticos   y   actores   bajo  el signo de Júpiter.

Un   psicólogo   escéptico,   el doctor   Hans   Eysenck,   fue   lo   bastante   imparcial   como   para   examinar   estos resultados,   tras   lo   cual   sorprendió  a   sus   colegas   reconociendo   públicamente que   parecían   ser   razonables.   Eysenck   trabajó   luego   con   un   astrólogo inglés llamado   Jeff   Mayo   y   estudiaron   conjuntamente   dos   grandes   muestras   de sujetos   elegidos   al   azar,   para   ver   si   las   personas   nacidas   bajo   signos   «de fuego»   (Aries,   Leo,   Sagitario)   y   signos   «de   aire»   (Géminis,   Libra,   Acuario) son más extravertidas que las nacidas bajo signos «de tierra» (Tauro, Virgo, Capricornio)   y   «agua»   (Cáncer,   Escorpio,   Piscis).   Y   aunque   las probabilidades en contra eran de 10.000 a 1, las estadísticas, que afectaron a unas 4.000 personas, demostraron que efectivamente era así. Cotterell quiso saber cómo era esto posible. ¿Hay algún factor cósmico que   cambie   de   un   mes   a   otro   y   explique   este   resultado   intrigante?   A   los signos   del   zodíaco   (Aries,   Tauro,   etcétera)   se   les   llama   signos   «del   sol» porque   el   sol   nace   sobre   un   fondo   de   constelaciones   diferentes   cada   mes. Pero parece que las constelaciones no pueden influir en los individuos, toda vez que están a años luz de distancia. En cambio, el sol hace algo que ejerce gran influencia en la Tierra. Este horno   grande   y   rugiente   despide   un   chorro   continuo   de   energía   debido   al cual   las   colas   de   los   cometas   salen   a   borbotones   detrás   de   ellos   como banderas ondeando al viento. También tiene variaciones llamadas «manchas solares»,   que   son   enormes   erupciones   magnéticas   que   pueden   causar interferencias radiofónicas y magnéticas en la Tierra. Emiten un «viento solar» de partículas magnéticas que causan la aurora boreal. Cotterell   decidió   partir   del   razonable   supuesto   de   que   el   campo magnético   del   sol,   en   particular   la   actividad   de   las   manchas   solares,   puede ser lo que afecta a los embriones humanos. Debido a que está hecho de plasma, o gas supercalentado, el sol no gira de manera uniforme, como gira la Tierra. Su ecuador gira casi un tercio más rápidamente   que   sus   polos:   26   días   por   «vuelta»,   mientras   que   los   polos tardan   37 días.

 

A  causa  de  ello,   sus   líneas   de  magnetismo   se  tuercen  y   a  veces sobresalen del sol igual que los muelles sobresalen de un colchón roto. Esto son las «manchas solares».  Cotterell se sintió muy interesado al saber que no sólo cambia el sol el tipo de radiación que emite cada mes, sino que, además, hay cuatro tipos de radiación solar, que se siguen unos a otros de acuerdo con un orden. Así que  la   actividades   del   sol   no   sólo   parecen   corresponderse   con   los   cambios astrológicos   mensuales   llamados   «signos   solares»,   sino   también   con   los cuatro tipos de signo: fuego, tierra, aire, agua. Debido a que la Tierra también gira alrededor del sol, una rotación solar de   26   días   tarda   28   días   vista   desde   la   Tierra.   La   Tierra   recibe   una   lluvia alterna de partículas negativas y positivas cada siete días. Los biólogos saben que el débil campo magnético de la Tierra influye en las células vivas y puede afectar la síntesis del ADN en las células. Así que Cotterell   pensó   que   era   muy   probable   que   los   cambios   en   el   campo magnético   del   sol   afectasen   a   los   bebés   en   el   momento   de   la   concepción.   Si  así ocurría, había descubierto la base científica de la astrología. Los   astrólogos   a   quienes   explicó   su   teoría   no   acabaron   de   quedar convencidos. Según la astrología, lo que nos afecta es el momento en que se produce el nacimiento y no el de la concepción. Sin embargo, esto no parece tener   sentido. Después   de   todo,   el   bebé   ya   ha   vivido   nueve   meses   cuando llega el momento de nacer. De hecho, otro científico ya estaba trabajando en una teoría parecida; en  The Paranormal.. Beyond Sensory Science  (1992), el físico  Percy   Seymour  sugiere   que   el   feto  recién  formado  se  ve   afectado  por la   «red  magnética»  del  sistema  solar,   que   se  extiende  como  pata  de  gallina entre  el sol, la  luna  y los planetas.  Cotterell sencillamente  hacía caso  omiso de la luna y los planetas por considerarlos sin importancia. Al obtener un puesto de trabajo en el Cranfield Institute of Technology, Cotterell   se   apresuró   a   introducir   sus   datos   en   el   potente   ordenador   del instituto. Quería determinar la interacción de los dos campos magnéticos del sol, debida   a   sus   diferentes   velocidades   de   rotación   en   los   polos   y   el ecuador, y el movimiento de la Tierra alrededor del sol. Lo que salió del ordenador fue un gráfico que mostraba un ciclo rítmico definido   cada   once   años   y   medio.

Los   astrónomos   han   calculado   el   «ciclo» de manchas solares en 11,1 años. Así pues, parecía que Cotterell se estaba acercando. Los   dos   campos   magnéticos   interactivos   del   sol   vuelven   al   punto   de partida, por así decirlo, cada 87,45 días, a lo que Cotterell dio el nombre de bit.   Al   examinar   su   gráfico,   vio   que   el   ciclo   de   manchas   solares   se   repite   y vuelve   al   punto   de   partida   cada   187   años.   Pero   hay   otra   complicación:   la llamada «capa  neutra»  del  sol,  que  es  la  zona  alrededor del  ecuador donde el   norte   y   el   sur   se   compensan   perfectamente.   Esta   capa   se   comba   por efecto del campo magnético del sol, de modo que se mueve un bit cada 187 años,   lo   que   da   un   ciclo   total   -antes   de   que   vuelva   al   punto   de   partida-   de  18.139 años. Y cada 18.139 años el campo magnético del sol se invierte. Cotterell  comprobó  que  este  período  se  dividía  en 97 períodos de 187 años, consistentes en cinco ciclos principales, tres de 19 veces 187 y dos de 20 veces 187. Al observar que 20 veces 187 años equivalen a 1.366.040 días Cotterell sintió   gran   interés.   Había   despertado   su   curiosidad   uno   de   los   documentos astronómicos mayas conocidos por el nombre de   Códice de Dresde,   que los mayas   utilizaban   para   calcular   los   eclipses,   así   como   los   ciclos   del   planeta Venus,   a   los   que   concedían   muchísima   importancia.   Los   mayas   declaraban que Venus «nació» en el año 3114 a. C., el 12 de agosto. Immanuel Velikovsky creía que Venus había «nacido» de Júpiter y se acercó a la Tierra  cuando se dirigía a ocupar su posición actual. Los mayas calculaban usando un   período   complicado,   que   llamaban   tzolkin, de 260 días.  Y,   según   ellos,   un ciclo completo del planeta Venus equivalía a 1.366.560 días. Cotterell se fijó en   que   esta   cifra   era   igual   a   la   suya   de   1.366.040,   más   dos   tzolkin.   Se preguntó   si   era   posible   que   los   mayas   hubieran   sacado   por   casualidad   la misma   conclusión   sobre   los   ciclos   de   manchas   solares   y   que   su   complejísimo calendario se basara en él. Algo   más   le   hacía   pensar   que   quizá   estaba   bien   encaminado.   Había observado un hecho bastante curioso: que el bombardeo magnético del sol se intensifica durante los períodos de baja actividad en los ciclos de manchas solares.   Esto   parecía   contradictorio, ya que lo   lógico   era   esperar   que   disminuyera. Sacó  la   conclusión  de   que  el   fenómeno   tenía   que  ver   con   los   cinturones   de radiación que hay alrededor de la Tierra y que se denominan «cinturones de Van  Allen»   porque   fueron   descubiertos   por  el   científico   espacial   James   Van Allen en 1958. Estos cinturones se deben al campo magnético de la Tierra y atrapan   la   radiación   solar,   que,   de   no   ser   por   ellos,   destruiría   la   vida   en   la Tierra.

 

Los cinturones de Van Allen son ciertas zonas de la magnetosfera terrestre donde se concentran las partículas cargadas. Son llamados así en honor de su descubridor: James Van Allen. Fueron descubiertos gracias al lanzamiento del satélite estadounidense Explorer 1, que fue en principio un fracaso debido a su forma alargada, que, junto con un sistema de control mal diseñado, entorpeció el ajuste a la órbita. Estos cinturones son áreas en forma de anillo de superficie toroidal en las que protones y electrones se mueven en espiral en gran cantidad entre los polos magnéticos del planeta. Hay dos cinturones de Van Allen: El cinturón interior se extiende desde unos 1.000 km por encima de la superficie de la Tierra hasta más allá de los 5.000.  El cinturón exterior, que se extiende desde unos 15.000 km hasta unos 20.000 km, no afecta a satélites de órbitas altas/medias, como pueden ser los geoestacionarios, situados a unos 35.000 km de altitud.  Con los satélites de órbita baja (LEO) se ha de buscar un compromiso entre la conveniencia de una altitud considerable para evitar la resistencia residual de la alta atmósfera, que acorta la vida útil del satélite, y la necesidad de estar por debajo de los 1.000 km para no sufrir largas permanencias en los cinturones de radiación ni atravesar áreas de elevada intensidad, muy perjudiciales para dichos satélites. Una región del cinturón interior, conocida como Anomalía del Atlántico Sur (SAA), se extiende a órbitas bajas y es peligrosa para las naves y los satélites artificiales que la atraviesen, pues tanto los equipos electrónicos como los seres humanos pueden verse perjudicados por la radiación. Estos cinturones de radiación se originan por el intenso campo magnético de la Tierra que es producto de su rotación. Ese campo atrapa partículas cargadas (plasma) provenientes del Sol (viento solar), así como partículas cargadas que se generan por interacción de la atmósfera terrestre con la radiación cósmica y la radiación solar de alta energía. Estos cinturones, altamente radiactivos, contienen antiprotones, antipartículas de enorme fuerza electromagnética.

Cotterell pensó que los cinturones de Van Allen quedan supersaturados de   partículas   magnéticas   durante   los   períodos   de   gran   actividad   de   las manchas   solares   y,   de   esta   manera,   reducen   la   cantidad   de   radiación   que llega   a   la   superficie   de   la   Tierra.   En   los   períodos   de   poca   actividad   de   las manchas   solares,   permiten   el   paso   de   las   partículas.   Y   Cotterell   creía   que causan esterilidad y otros problemas. Cotterell se inclinaba a datar la decadencia de los mayas a partir de 627 d. C.,   año   en   que   la   Tierra   estaba   recibiendo   un   bombardeo   máximo   de magnetismo del sol. Ahora se dio cuenta de que 627 d. de C. era también el  final   del   ciclo   maya   (de   1.366.560   días)   a   partir   del   «nacimiento   de   Venus» en 3114 a. C.  Era también el  momento  en  que  el  ciclo magnético del  sol se invertía. El nacimiento de Venus fue la fecha de la anterior inversión. Sin duda no podía ser una coincidencia. Bastante   más   preocupante   era   el   hecho   de   que   el   próximo   ciclo   maya terminaría el 22 de diciembre de 2012, fecha en que el campo magnético del sol  volvería   a   invertirse.   Cotterell   señala   que   actualmente   se   registra   un descenso   de   la   fertilidad   en   los   países   desarrollados   y   que   la   causa   puede ser este cambio en el ciclo de manchas solares. Graham   Hancock cita   el   año   2030   como   el momento en que, de acuerdo con las previsiones, se producirá una inversión de los polos magnéticos de la Tierra que causará numerosas catástrofes. Si Cotterell   está   en   lo   cierto,   tal   vez   la   Tierra   experimente   problemas   18   años antes. Pero es posible que, después de todo, tanto Hancock como Cotterell se equivoquen. La Tierra superó su anterior cambio en el campo magnético del sol   -en   627   d. C.-   sin   ninguna   catástrofe   visible.   En   el   citado   año,   el emperador   bizantino   Heraclio   invadió   Asiria   y   Mesopotamia   y   derrotó   a   los persas  cerca de  Nineveh, el  profeta  Mahoma  hostigó  a  los habitantes de  La Meca desde Medina y los japoneses mandaron enviados a China. Al parecer, ninguno de los citados se fijó en la inversión del campo magnético del sol. En   cuanto   al   campo   magnético   de   la   Tierra,   los   científicos   actuales   no tienen  ninguna   idea   sobre  cuál  es  su   causa,   y  mucho  menos  de  por  qué   su polaridad   se   invierte   de   vez   en   cuando.   Así   que   está   claro   que   no   puede haber   ninguna   razón   científica   por   la   que   deba   suceder   en   2030   en   vez   de dentro de mil años.

 

Con   todo,   las   ideas   de   Cotterell   han   sido   una   aportación   importante   al estudio   de   las   civilizaciones   antiguas.   Parece   haber   demostrado   de   forma muy   convincente   que   el   calendario   maya   tiene   un   sólido   fundamento científico  y   -una  vez  más-  que   el   hombre  antiguo  parecía  saber  mucho  más sobre los cielos de lo que creen los astrónomos modernos. Asimismo,   si   los   mayas   basaron   su   calendario   en   el   ciclo   de   manchas solares, entonces debemos suponer que este conocimiento se basaba en la intuición más que en el interés puramente científico. Schwaller de Lubicz dice que todo ser vivo está en contacto con las energías del universo, y que cada hora del día tiene sus diferentes  neters  o vibraciones. La sabiduría de los sacerdotes de El Ojo de Horus es evidente en la historia que cuenta cada templo, en las formas que utilizaron como símbolos. El sólo verlos, trae a la mente la acción vital que representan, con la cualidad que se gana al hacerla. Al utilizar hombres con cabeza de animal como símbolos los transforman en ideas que evocan la característica vital del animal, traen a la mente la función que el animal cumple en el universo. Un hombre con cabeza de chacal adquiere sus características, su instinto de orientación en el desierto, siguiendo sus huellas siempre se llega a tierra cultivada. Es entonces, un excelente guía. Cada símbolo evoca una comprensión. La forma simple de un pájaro evoca en la mente el vuelo, la libertad. Un disco solar sobre la cabeza de un hombre habla de su claridad, de la sabiduría que irradia, de la información que tiene, del nivel de su conciencia. Estudiaron detenidamente los animales e insectos. Así recolectaron un profundo conocimiento sobre su vida, sobre su actividad principal, sobre sus características vitales, los hábitos que desarrollaba para lograrlo, su dieta alimenticia, la duración de su gestación, sus hábitos sexuales, el sentido principal de su existencia. Escogieron los animales más idóneos para representar una acción vital y lo que logra el universo cuando se ejecutan. El proceso del gusano que se arrastra y teje para luego transformarse en mariposa. Entre todos los pájaros, el halcón es el que mejor ve. Tiene un cerebro óptico con la vista más perfecta y desarrollada. Por eso es escogido como símbolo para representar esa función vital, el sentido de la vista. Una figura humana con cabeza de halcón es un ser que todo lo ve, que domina el panorama, viendo perfectamente cada uno de los detalles en los que enfoca su atención.

Estas figuras llamadas dioses o Neters por los egiptólogos que creen que Egipto era panteísta y que adoraba a los animales, sólo representan una acción vital, un comportamiento que transforma y perfecciona. Cada acción importante de la vida tiene un símbolo que la representa, comunica la transformación que ocurre en la esencia del individuo que la ejecuta, lo que se obtiene. Un par de brazos indican adoración, unas piernas, la acción de caminar; una boca, la acción de hablar. Y por último, cada templo guardó un código secreto embebido en el símbolo mismo, sólo conocido por los altos sacerdotes y maestros con información sobre fuerzas y energías fundamentales, cómo controlarlas y utilizarlas para prestar servicio a su pueblo. En templos como en el de Horus en Edfu, el sumo sacerdote dirigió a los discípulos más evolucionados a desplazar su conciencia en el tiempo, abriendo el inconsciente para revivir y comprender las vidas pasadas en su proceso de reencarnación. Si Alexander Marshack está   en   lo   cierto,   el   hombre   de   Cro-Magnon   estudió   los   cielos   porque   era consciente de  estas energías  o  vibraciones,  y  sin  duda cabe  decir  lo  mismo de los incas y los mayas. Uno   de   los libros   más   desconcertantes   que   jamás   se   hayan   escrito sobre   el   problema   de   la   astronomía   y   el   hombre   antiguo es   Hamlet’s   Mill  (1960), de Giorgio de Santillana y Hertha von Dachend. En la mitología griega se asocia a Orión con El Cazador. En el libro Hamlet’s Mill, un ensayo sobre la precesión de los equinoccios de la Tierra o movimiento de bamboleo y su importancia en la mitología, Giorgio de Santillana y Hertha Von Dechend exponen la idea de que el rey Nimrod, decrito en la Biblia como un poderoso cazador ante el Señor, es otra manifestación del arquetipo de Orión, indicando que esta constelación era un importante elemento cultural en la mitología mesopotámica, igual que lo era en la egipcia y en la griega. También exploraban la antigua idea, que se puede encontrar expresada claramente en los Comentarios sobre el sueño de Escipión, de Macrobio, de que, entre una vida y la siguiente, las almas de los hombres viven en la Vía Láctea, y de que las puertas a través de las que pasan de un lado al otro de la vida estaban en los dos puntos del cielo donde la eclíptica se cruza con la Vía Láctea. Una de esas puertas se encuentra en la constelación de Géminis, a la izquierda del Orión, y la otra entre Escorpio y Sagitario.

 

En astronomía, la precesión de los equinoccios es el cambio lento y gradual en la orientación del eje de rotación de la Tierra, que hace que la posición que indica el eje de la Tierra en la esfera celeste se desplace alrededor del polo de la eclíptica, trazando un cono y recorriendo una circunferencia completa cada 25776 años, período conocido como año platónico, de forma similiar al bamboleo de un trompo o peonza. El valor actual del desplazamiento angular es de 50.290966″ por año, o alrededor de 1° cada 71.6 años.Este cambio de dirección es debido a la inclinación del eje de rotación terrestre sobre el plano de la eclíptica y la torsión ejercida por las fuerzas de marea de la Luna y el Sol sobre la protuberancia ecuatorial de la Tierra. Estas fuerzas tienden a llevar el exceso de masa presente en el ecuador hasta el plano de la eclíptica. Históricamente se le atribuye el descubrimiento de la precesión de los equinoccios a Hiparco de Nicea como el primero en dar el valor de la precesión de la Tierra con una aproximación extraordinaria para la época. Las fechas exactas no son conocidas, pero las observaciones astronómicas atribuidas a Hiparco por Claudio Ptolomeo datan del 147 a.C. al 127 a.C. Algunos historiadores sostienen que este fenómeno ya era conocido, al menos en parte, por los antiguos sabios de la India, existen indicios también de que el astrónomo babilonio Cidenas hubiese advertido este desplazamiento ya en el año 340 a.C. La rotación de la Tierra causa un ensanchamiento ecuatorial, y un achatamiento polar de unos 21 km aproximadamente. Además el eje de rotación de la Tierra está inclinado 23º 26′ con respecto a la perpendicular a la eclíptica (el plano que contiene la órbita solar de la Tierra). Por tanto, una mitad del ensanchamiento ecuatorial se sitúa sobre el plano de la eclíptica y la otra mitad debajo. Durante los equinoccios, los ensanchamientos de cada lado de la eclíptica están a la misma distancia del Sol y este no produce momento de fuerza. En cambio, todo el resto del tiempo, y sobre todo en los solsticios, el ensanchamiento de uno de los lados de la eclíptica no se encuentra a la misma distancia que el ensanchamiento del otro lado, y se produce un momento de fuerza creado por el Sol, que tiende a llevar el exceso de masa presente en el ecuador hasta el plano de la eclíptica y provoca el movimiento de precesión de la Tierra.

Si no existiese el achatamiento y la Tierra fuese esférica, la atracción del Sol no produciría un momento de fuerza sobre la Tierra y no habría modificación de la dirección del eje terrestre. Durante unos pocos meses o años el eje terrestre se dirige hacia prácticamente el mismo punto sobre la esfera celeste, debido a la conservación del momento angular de la Tierra. El cambio en la dirección del eje de rotación de la Tierra provoca una variación del plano del ecuador y, por tanto, de la línea de corte de dicho plano con la eclíptica. Esta línea señala en la esfera celeste la dirección del punto Aries, que retrograda sobre la eclíptica, fenómeno denominado precesión de los equinoccios. Las consecuencias de este fenómeno son: El polo norte celeste se mueve en relación a las estrellas, estando ahora próximo a la Estrella Polar (alfa de la Osa Menor);  el primer punto de Aries, intersección del ecuador con la eclíptica, retrograda sobre el ecuador en el mismo período, es decir, 50.290966″ por año. A principios de la Era cristiana el Sol se proyectaba al comienzo de la primavera en la constelación de Aries. Actualmente, 2000 años después, ha girado un ángulo = 50,2511 x 2000 = 27,92º, proyectándose en Piscis. Además la precesión cambia la declinación y ascensión recta de cualquier estrella. Con el transcurso del tiempo el cielo nocturno va cambiando radicalmente. Tomemos como ejemplo las constelaciones de Scorpius y Orión, cuyas ascensiones rectas son 17 horas y 5 horas respectivamente: en el hemisferio norte Scorpius es una constelación de verano y Orión lo es de invierno. Dentro de unos 12.000 años ambas constelaciones intercambiarán su relación con las estaciones: Scorpius será invernal, y Orión, estival. Para entonces sus ascensiones rectas valdrán 5 horas y 17 horas respectivamente.

 

En comparación con Hamlet’s Mill, La diosa blanca  de Graves parece un modelo de claridad. Santillana era un profesor de historia de la ciencia muy respetado, pero las editoriales especializdas en libros para universitarios rechazaron  Hamlet’s  Mill   y  finalmente   publicó   la   obra   una   editorial   comercial   poco   conocida.   Así que los colegas de Santillana en la universidad tuvieron dos razones para no hacer caso del libro: no sólo era increíblemente oscuro, sino que, además, el hecho   de   que   lo   publicara   una   editorial   no   especializada   equivalía   a reconocer   que   el   libro   estaba   por   debajo   de   los   niveles   de   erudición aceptables.   A   decir   verdad,   parece   que   la   opinión   general   de   los   círculos universitarios   era   que   el   libro   demostraba   que   Santillana   había   pasado   a engrosar el gremio de los chiflados. Sin embargo, a pesar de su oscuridad, el libro se ha abierto paso lentamente,   toda   vez   que   es   imposible   leer   unas   cuantas   páginas   sin   reconocer que   dice   algo   de   tremenda   importancia   y   que   Santillana   sabe   exactamente de qué está hablando. Desde   hacía   mucho   tiempo,   Santillana   era   consciente   de   que   había   un punto en el que la historia de la ciencia se fundía con la mitología. Y Hamlet’s  Mill   deja   bien   claro   que   en   algún   momento   Santillana   debió   de   tener   una revelación   sobre   la   mitología   que   le   dejó   abrumado   porque   le   produjo   la sensación de que se le había confiado algún secreto asombroso del pasado. Su   colaboradora,   Hertha   von   Dachend,   era   antropóloga   y   alumna   del mismo Leo Viktor Frobenius (1873 – 1938), etnólogo y arqueólogo alemán, nacido en Berlín, que se orientó al estudio de la cultura africana y que había visto a los pigmeos africanos disparar una flecha contra   el   dibujo   de   un   antílope.   También   Von   Dachend   pensaba   que   los mitos eran algo más que tonterías primitivas. Y «dio con un filón de oro» (al decir   de   Santillana)   cuando   se   fijó   en   que   dos   minúsculas   islas   del   Pacífico, sin   más   distinción   que   el   extraordinario   número   de   lugares   sagrados   que había   en   ellas,   estaban   situadas   exactamente   en   el   Trópico   de   Cáncer   y   el Trópico de Capricornio, el punto en que el sol «se para» y luego vuelve sobre sus pasos en los solsticios. La observación de Von Dachend confirmó que el «hombre primitivo» sentía un profundo interés por la astronomía y, por tanto, era menos primitivo de lo que se suponía. Santillana   ya   había   sacado   la   misma   conclusión.   Años   antes   había reconocido que una de las características básicas del hombre antiguo era «la atención   minuciosa,   constante   e   inmensa   que   prestaba   a   las   estaciones. ¿Qué   es   un   solsticio   o   un   equinoccio?   Representa   la   capacidad   de coherencia,   deducción,   intención   imaginativa   y   reconstrucción   que difícilmente   podríamos   atribuir   a   nuestros   antepasados.   Y   pese   a   ello,   allí estaba. Yo la vi».

Dice   Santillana   que   mucho   antes   de   que   se   inventara   la   escritura,   el hombre estaba obsesionado por las medidas y el contar, por los números… y por   la   astronomía.   Y   luego,   empleando   un   lenguaje   que   hace   pensar   en Alexander   Thom,   habla   de   aquellos   «Newton   y   Einstein   olvidados   desde hace tanto tiempo». Santillana   opinaba   que   este   conocimiento   antiguo   se   basaba   en   el tiempo,   «el   tiempo   de   la   música». El   argumento   básico  de  Hamlet’s  Mill   puede   expresarse   de   manera   muy sencilla:   que   el   hombre   antiguo   no   sólo   tenía   conocimiento   de   la   precesión de   los   equinoccios, supuestamente   descubierta   por   el   griego   Hiparco   en   el 134 a. de C., sino que, además, codificó este conocimiento en docenas de mitos. Esta tesis es interesante, aunque no es de las que hacen época. Pero eso es sólo la mitad de la historia. Santillana dice: “Este   libro   es   muy   poco   convencional…   Para   empezar,   no   hay   ningún sistema   que   pueda   presentarse   en   términos   analíticos   modernos.   No hay   ninguna   clave,   y   no   hay   ningún   principio   a   partir   del   cual   pueda deducirse   una   presentación.   La   estructura   procede   de   una   época   en que   no   existía   un   sistema   en   el   sentido   que   damos   nosotros   a   la palabra   y   sería   injusto   buscar   uno.   Difícilmente   podía   haberlo   entre personas que se aprendían de memoria todas sus ideas“. Dicho   de   otro   modo,   lo  que   el   lector   normal   espera  de   él   es   que   hable de los mitos antiguos y luego los explique en términos de la precesión de los equinoccios.   Está   tratando   de   decir   que   no   es   tan   sencillo.   «El   tema   posee naturaleza de holograma, algo que tiene que estar presente en conjunto en la mente». Hay   una   manera   más   sencilla   de   expresar   lo   que   Santillana   trata   de explicar.   En   todo   el   mundo,   en   los   mitos   de   docenas   de   culturas   diferentes, hay  leyendas  que obviamente  expresan  la misma historia. Sir James  Frazer hizo   de   esto   el   punto   de   partida  de   su   famoso   libro   La   rama   dorada.   Frazer decidió que la clave del misterio era el concepto de la fertilidad de la tierra, la necesidad   de   una   buena   cosecha.   El   rey   era   un   mago   cuyos   poderes garantizaban la lluvia. Si los poderes empezaban a fallar, el rey era ofrecido como sacrificio a los dioses. Finalmente, el sacrificio se volvió simbólico y se convirtió  en  un  ritual   en  el  cual  el   dios   era   enterrado  y  brotaba   de   nuevo  en primavera.

 

El   problema,   en   este   caso,   es   que   se   presupone   que   los mitos se formaron después de que el hombre se convirtiera en agricultor. Lo que   se   desprende   de   Hamlet’s   Mill   es   que   Santillana   estaba   totalmente convencido   de   que   son   mucho   más   antiguos.   Incluso   hay veces   en   que   sospechamos   que   insinúa   que   se   remontan   a   decenas  de miles de años atrás. En efecto, Santillana presenta un rico tapiz de leyendas de los esquimales,  los   islandeses,   los   antiguos   escandinavos,   los   indios   norteamericanos,   los   finlandeses,   los   hawaianos,   los   japoneses,   los   chinos,   los hindúes, los persas, los romanos, los antiguos griegos, los antiguos hindúes, los   antiguos   egipcios   y   docenas   de   otros   pueblos,   y   pregunta:   ¿cómo   se formaron   estas   extrañas   similitudes   a   menos   que   los   mitos   tengan   algún origen   en   común?   Y   se   inclina   a   creer   que   este   origen   reside   en   la astronomía. Su   punto   de   partida   es   un   molino   de   trigo   que   pertenecía   al   héroe islandés   Amlodhi, cuyo   nombre   nos   ha   llegado   convertido   en   Hamlet.   Al principio este molino producía paz y abundancia. Existía en los tiempos de la «Edad   de   Oro».   Esta   edad   tocó   a   su   fin   y   entonces   el   molino   produjo   sal. Finalmente   fue   a   parar   al   fondo   del   mar,   donde   molía   arena   y   creó   el remolino  gigante  llamado   Maelstrom, que   Edgar   Allan   Poe   utilizó   en su obra “Un descenso al Maelstrom“, en que dice: “Kircher y otros imaginan que en el centro del canal del Maelström hay un abismo que penetra en el globo terrestre y que vuelve a salir en alguna región remota“. ¿Por qué un molino? Seguramente porque una rueda de molino, el sol, atraviesa   las   constelaciones   en   una   dirección   -Aries,   Tauro,   Géminis, etcétera-   mientras   los   equinoccios   se   mueven   en   la   dirección   contraria: Géminis, Tauro, Aries, etc..  Lo   que   encarnaba   el   molino   era   la   idea   «de   catástrofes   y   la   reconstrucción   periódica   del   mundo».   Así   que   los   mitos   antiguos   tratan   de catástrofes   como   el   Diluvio.   Pero   las   «eras»   que   terminan   en   catástrofe   se deben a la precesión de los equinoccios, lo cual significa que nos movemos de era en era: desde la era de Leo en el 10000 a.C. hasta la actual era de Piscis, y la próxima era de Acuario.

La precesión de los equinoccios se terminó de entender a finales del siglo XIX a pesar de que ya Hiparco de Nicea consiguió medir la precisión terrestre con una aproximación extraordinaria para su época (134 a. C.). Mientras que la relación del gran ciclo equinoccial con el esoterismo y las Eras Astrológicos, es un fenómeno más reciente y data de las corrientes esotéricas y teosóficas en boga a principios del siglo XX y que duraron hasta la postguerra, personajes como Rudolf Steiner, filósofo austriaco y fundador de la antroposofía, y Paul Le Cour, esoterista francés, fueron de los primeros en darle forma al concepto. De acuerdo con este punto de vista, cada una de estas épocas constituye un hito en la historia. De acuerdo con Paul Le Cour, la Era de Piscis comenzó con el advenimiento del cristianismo y terminará 2160 años. Después comenzará la era de Acuario. Según Max Heindel, fundador de la Fraternidad Rosacruz, la Era de Piscis se ha iniciado en el 498 y la de Acuario comenzará en 2658. En tanto que Rudolf Steiner rechaza este punto de vista y argumenta que la Era de Acuario comenzará en 3573, cuando el equinoccio de primavera se aproxime a la mitad de la constelación de Acuario.Para los esoteristas, la historia humana se puede interpretar mediante las eras astrológicas, pues los astros tendrían una influencia en los asuntos humanos, y, por tanto, los tránsitos de una era a otra pueden ser interpretados como saltos o cambios fundamentales en la línea del tiempo de la evolución humana. Se cree que la nueva Era de Acuario será una Edad de Oro, una edad del conocimiento, en la cual la humanidad se liberará gradualmente de las ataduras mentales y espirituales que ha sufrido durante cientos de años. Para otros habrá un cambio radical en las relaciones humanas y en la civilización en su conjunto, ya que las eras afectan la forma de pensar y a los valores morales de la humanidad, donde la influencia de Acuario, según dicen, estaría ya empezando a notarse en aspectos como el desarrollo individual, social, cultural, científico y tecnológico y en la globalización alcanzada durante el siglo XX.

 

Obviamente,   si   los   antiguos   pensaban   que   la   precesión   estaba relacionada   con   grandes   catástrofes   periódicas,   que   destruían   a   gran   parte del   género   humano,   le   concederían   gran   importancia   y   la   estudiarían minuciosamente.   Según   Santillana,   el   molino   de   Amlodhi   es   una   imagen   de la precesión de los equinoccios. En   nuestro   tiempo,   los   teóricos   de   la   teoría   de   los   «astronautas   de   la antigüedad»,   como   Von   Däniken,   han   señalado   los   indicios   de   conocimiento avanzado   entre   los   antiguos   y   han   argüido   que   demuestran   que   este conocimiento   lo   trajeron   a   la   Tierra   visitantes   procedentes   del   espacio exterior.   Podrían haber explicado  que   la precesión   se   debía     a   la   inclinación   del   eje   de   la   Tierra,   que hace   que   ésta   se   mueva   como   una   peonza   o   un   giroscopio. Santillana, en el capítulo 21,   «The   Great   God   Pan   is   Dead», empieza   contando   la   historia   de   Plutarco   sobre   cómo   de   una   isla   griega surgió  una  voz que llamó  al piloto de un barco, un egipcio cuyo nombre era Thamus,   y   le   dijo:   «Cuando   llegues   frente   a   Palodes,   anuncia   que   el   gran Pan ha muerto».  Pan era el dios más joven del Olimpo y, aunque no era inmortal, gozaba del afecto de todos los dioses, incluido el propio Zeus. Cuenta el mito que Hermes tuvo que servir a un mortal, Dryops, uno de los numerosos hijos de Príamo, rey de Troya. Su tarea era la de cuidar de los rebaños de ovejas y esquilarlas cuando fuera necesario. En esto que el dios se enamora de la hija de su señor, Penélope, y para seducirla se convierte en cabra. De esta unión nació Pan. Tal vez esta fue la razón por la que aquel bebé vino al mundo con cuernos, barba de chivo, orejas puntiagudas, patas de cabra y todo cubierto de pelo. La comadrona quedó tan horrorizada que salió huyendo hacia las montañas a toda velocidad. Entonces Hermes cogió a su hijo, lo envolvió en pieles calientes de liebre y se lo llevó al Olimpo. Allí lo presentó a todos los dioses quienes decidieron ponerle el nombre de Pan (“pan” significa “todo”). La criatura se convirtió en la diversión del lugar por las bromas pesadas que gastaba y era especialmente querido por Dionisios. Pan era el dios de todo aquello que está relacionado con la vida pastoril. Le encantaba la música e inventó la siringa, de la era un auténtico virtuoso. Aparte de su afición por la música, Pan tenía otras aficiones: la de espiar y perseguir a las pobres ninfas y el de asustar a cualquier desdichado en medio de la soledad del bosque y más si le había interrumpido la siesta. Justo de esta última y divertida actividad proviene la palabra “pánico”.

Otra versión de su origen está en la batalla de Zeus contra los Titanes (Titanomaquia), en la que Pan utiliza sus horribles y escalofriantes gritos para asustar al enemigo. No se puede decir que Pan tuviera mucho éxito con las mujeres. Habitualmente éstas le despreciaban o salían huyendo directamente. Esto enfurecía bastante al dios y era la causa de que aquellas ninfas a las que les tocaba estar en su punto de mira tuvieran un destino trágico. Cuando Pan vio a la ninfa Eco, se volvió loco por ella. Pero Eco lo rechazó dado que ese momento su corazón pertenecía al joven Narciso. Como venganza, Pan provocó el pánico entre los pastores y éstos acabaron haciendo pedazos el cuerpo de la hermosa ninfa. Lo único que quedó de ella fue su voz, a la que únicamente se le permitió repetir las últimas palabras de los demás. Siringa, otra de sus víctimas, era una de las ninfas que formaban el séquito de Artemisa. Pan se sintió atraído por ella y comenzó a perseguirla sin descanso a través del bosque. Al llegar a la orilla de un río, Siringa se sintió perdida y rogó a sus hermanas que la salvaran, así que la ninfa fue transformada en un cañaveral. Cuando Pan fue a abrazarla se encontró entre sus manos restos de cañas. Entonces una suave brisa empezó a soplar y de las cañas salió una bella música. Así fue como Pan creó la siringa. En otra leyenda se cuenta que cuando Deméter, afligida por el rapto y violación de su hija Perséfone, se encerró durante largo tiempo en las profundidades de una cueva. Cuando la tierra comenzó a secarse y a dejar de dar frutos, los dioses vieron peligrar la vida de todos los seres vivos, incluida la raza humana. Se sentían impotentes y desesperados porque ninguno de ellos sabía dónde podía estar Deméter. Durante una de las muchas cacerías que emprendía Pan, una le llevó hasta el monte Elaios. Allí reconoció enseguida la figura de una mujer vestida de negro que lloraba sin cesar, dentro de una cueva. Era Deméter. Pan enseguida se lo comunicó a Zeus quien envió a las Moiras a consolarla y convencerla de que volviese a la superficie para restablecer el equilibrio en la tierra.

 

Tal como hemos dicho anteriormente, hay quien habla de la muerte del dios Pan. Thamus, un marinero que realizaba una travesía hasta las costas italianas, dijo haber escuchado una voz divina que le ordenó comunicar la muerte de Pan una vez llegado a su destino. Como el mar estaba calmo y silencioso al pasar por delante de Palodes, Thamus hizo lo que le había pedido la voz y de la costa llegaron grandes gritos y lamentaciones. El emperador romano Tiberio, que se interesaba por la   mitología,   hizo   comparecer   a   Thamus   para   escuchar   la   historia   de   sus propios labios. Sin embargo, tanto en el paganismo con en el wiccanismoreligion basada en antiguas creencias celtas,  se cree que Pan sigue vivo en forma de una fuerza poderosa presente en la Madre Naturaleza. Los   cristianos   tendían   a   interpretar   que   esta   historia   significaba   que Cristo   había   muerto, pues   Jesús   fue   crucificado   durante   el   reinado   de Tiberio.   Pero   Santillana   cita   a   continuación   muchos   mitos   extrañamente parecidos.   En   el   Tirol,   existen   leyendas   sobre   los   fanggen,   espíritus   de   los árboles que a veces entran en los hogares de los seres humanos en calidad de   sirvientes.   En   uno   de   los   cuentos   que   recogieron   los  hermanos Grimm,   un   hombre que se dirige a su casa oye una voz que llama: «Portador de yugo, portador  de   yugo,   diles   a   los   de   tu   casa   que   Giki-Gaki   ha   muerto».   Cuando   repite estas   palabras,   la   sirvienta   prorrumpe   en   llanto   y   desaparece.   Según Santillana, el «yugo» es el eje del molino de Amlodhi. Hay   muchas   variantes.   Un   hombre   está   contemplando   una   reunión   de gatos   cuando   uno   de   ellos   salta   a   lo   alto   de   una   pared   y   grita:   «¡Dile   a Dildrum   que   Doldrum   ha   muerto».   Al   llegar   a   casa,   el   hombre   cuenta   a   su esposa lo que ha visto y el gato de la casa grita: «Entonces soy el rey de los gatos», y desaparece chimenea arriba. Santillana   pregunta   si   es   posible   que   el   barco   de   Plutarco   sea   la constelación   Argos   y   que   lleve   a   bordo   el   cadáver   de   Osiris.  Y   es casualidad que el piloto se llame Thamus, como el rey de Platón que criticó a Tot (el dios Mercurio) por inventar la escritura, lo que convirtió al hombre en un ser mentalmente perezoso y puso fin a una era de «conocimiento interno» del universo. Luego cuenta la historia de unas mujeres que lamentan la muerte de un  dios,   esta   vez   Tamuz,   que   aparece   en   el   libro   de   Frazer   como   un   dios   del grano que muere con la estación.

Tamuz, nombre de la deidad babilonia de Tammuz, dios de la floración de primavera, es el décimo mes del calendario hebreo moderno, que comienza su cómputo a partir del mes de Tishrei con la Creación del mundo, y el cuarto mes según el ordenamiento de los meses en la Biblia, que comienza por Nisán, en conmemoración de la salida de los hebreos de la esclavitud en Egipto.El nombre otorgado al mes de Tamuz en la Biblia es simplemente “el cuarto mes“, siguiendo la numeración ordinal, al igual que el resto de los meses del año hebreo en la Torá: “El mes cuarto, el nueve del mes, cuando arreció el hambre en la ciudad y no había pan para la gente del pueblo”  (Reyes). Su nombre actual, Tamuz, tiene sus orígenes en los nombres de los meses de la antigua Babilonia, provenientes del idioma acadio, y de aquí fueron adoptados por los judíos allí desterrados entre 586 a. C. y 536 a. C., luego de haber sido llevados al exilio por el rey Nabucodonosor II. Tamuz no es recordado en la Biblia como nombre de este mes, sino al nombrar a la deidad homónima, el dios de la primavera y el florecimiento, que según la mitología babilónica, reinaba durante los tres meses de primavera -Nisán, Iyar y Siván- mientras que en Tamuz, al llegar el verano, Tammuz moría: “Me llevó a la entrada del pórtico de la Casa de Yahveh que mira al norte, y vi que allí estaban sentadas las mujeres, llorando a Tammuz” (Ezequiel). El nombre babilonio del mes de Tamuz se conservó no sólo en hebreo, sino también en otros idiomas de la zona de influencia, como el turco moderno, en el que el mes de julio se llama “Temmuz”. Tamuz cuenta siempre con 29 días, y es el mes que marca el comienzo del verano (boreal), paralelo a los meses gregorianos de junio y julio, según el año. Su signo del Zodíaco es Cáncer, por abundar los cangrejos en las aguas en esta época.

 

Pero en este contexto, a Tamuz, que es un dios secundario, se le menciona junto con muchos dioses importantes. ¿Qué hace   en   tan   distinguida   compañía? La   respuesta,   según   Santillana,   aparece   cuando   nos   enteramos   de   la  fecha   de   la   fiesta   de   Tamuz.   Tenía   lugar   durante   la   noche   del   19   al   20   de junio, la fecha que señalaba el comienzo del año egipcio. En aquel día, Sirio, la estrella perro,   salía   justo   antes   que   el   sol   (su   «orto   helíaco»).  Los egipcios veneraban a Sirio porque a lo largo de 3.000 años continuó saliendo en la citada fecha, desafiando la precesión de los equinoccios. Parece imposible, ya que la precesión afecta a todas las estrellas. Pero Sirio está muy cerca de la Tierra, relativamente hablando, ya  que es la segunda de las estrellas más próximas a ella, y tiene mucho «movimiento propio» que le permite, en apariencia, desafiar a la precesión. Había   otra   razón,   que   estaba   relacionada   con   el   hecho   de   que   los antiguos   egipcios   utilizaban   un   calendario   que,   al   igual   que   el   calendario juliano   de   los   romanos,   tenía   sólo   365   días   por   año,   en   lugar   de   365,25. Y esta ligera inexactitud también permitió que Sirio aparentemente desafiara a la precesión. De   manera   que   cuando   Sirio   también   sucumbió   a   la   precesión,   como sucedió finalmente, el gran dios Pan había muerto. Se   comprende   que   el   método   argumentativo   de   Santillana   desconcertara   a   los   estudiosos,   al   ver   cómo   salta   del   gran   dios   Pan   a   las sirvientas   y   los   gatos   atigrados,   y  a  Platón,   así   como   una   docena   de   otros ejemplos,   para   terminar   con   la   precesión y Sirio. Una   vez   más   hay   que   decir   que   es   imposible   entender   Hamlet’s   Mill   a  menos   que   tengamos   presente   que   no   es   sólo   un   intento   de   argüir   que   los mitos antiguos reflejan un conocimiento de la precesión. Si sólo se tratara de esto, Santillana hubiera podido salir del paso con un ensayo breve. Necesitó un   libro   grueso   y   sumamente   denso   para   expresar   lo   que   quería   someter   a nuestra   atención:   la   increíble   riqueza   de   la   mitología   mundial   y   el   hecho   de que  parece   señalar  alguna   forma  de  aprehender  el  universo  que  en  nuestra era   de   información   escrita,   radiada   y   televisada   tenemos   olvidada   desde hace   mucho   tiempo.   Hasta   se   toma   la   molestia   de   atacar  a   uno  de   los   más grandes   estudiosos   de   los   mitos,   Ernst   Cassirer,   a   quien   considera demasiado   «reduccionista».   Obviamente   piensa   que   lo   que   dice   es demasiado grande para exponerlo de forma lógica y directamente. A menudo comenta   que   explorar   tal   o   cual   relación   requeriría   todo   un   libro.   Quizá   si hubiera vivido lo suficiente para leer   Fingerprints of the Gods,   de Hancock, y El   misterio   de   Orión,   de   Bauval,   habría   comenzado   a   pensar   que   unas cuantas personas empezaban a comprender de qué estaba hablando.

Hasta   ahora   no   hemos   mencionado   una  cultura   que   tiene   mucho derecho   a   que   se   la   considere   la   «cuna   de   la   civilización»:   la   de   la   India antigua. En   general   se   piensa   que   la   India   fue   ocupada   originalmente   por   un pueblo  primitivo  llamado  «los   drávidas»   y   que   entre   el   1500   y   el   1200   a.   de C. arios de ojos azules descendieron desde el Afganistán y empujaron a los drávidas   hacia   el   sur,   tras   lo   cual   instauraron   su   propia   cultura   «védica»… una cultura cuyos mayores monumentos literarios son los himnos védicos. En   Harappa,   en   lo   que   actualmente   es   Pakistán,   había   unos   grandes montículos   que   se   sabía   que   ocultaban   las   ruinas   de   una   ciudad   antigua,   y en   1921   un   arqueólogo   indio   llamado   Daya Ram Sahni   sugirió   que   podía pertenecer   a   un   período   anterior   al   imperio   maurya,   que   fue   fundado   por Chandragupta,   más   o   menos   en   tiempos   de   Alejandro   Magno   (nacido   en   el 356 a. de C.). De hecho, las excavaciones efectuadas en Harappa revelaron que fue dos mil años y medio antes de Chandragupta. Las   excavaciones   empezadas   en   1922   en   Mohenjo-Daro, nombre   que significa «colina de los muertos», en el valle del Indo, 643 kilómetros y pico al   sudoeste   de   Harappa. Pusieron   al   descubierto   una   rica   e   insospechada civilización.   Aunque   parezca   increíble,   Mohenjo-Daro   resultó   tan   avanzada como   una   ciudad   griega   o   romana   posterior   y   estaba   construida   sobre plataformas de ladrillos de barro para protegerla de las inundaciones, con una estructura  cuadriculada   que   hacía   pensar   en   Nueva   York,  así como un   impresionante sistema  de  alcantarillas,  por  no  hablar  de   los  retretes   de  asiento.   El   tamaño de   la   ciudad   indicaba   que   había   dado   cabida   a   unas   40.000   personas.   El gran   número   de   estatuillas   femeninas   que   se   encontraron   sugería   que   se rendía culto a una deidad femenina, probablemente la diosa luna. Los sellos demostraron que poseían alguna forma de escritura. En   años   posteriores,   las   excavaciones   efectuadas   a   lo   largo   de   los  2.896 kilómetros y pico del valle del Indo revelaron más de 150 yacimientos, media docena de los cuales eran ciudades. Toda la zona comprendida entre el   mar   Arábigo  y   las   estribaciones   del   Himalaya   fue   en   otro   tiempo  la   patria de una gran civilización que rivalizaba con Egipto o Grecia. A esta civilización perdida se le dio el nombre de «cultura del valle del Indo».

 

Y aquí nos extenderemos en  la enigmática historia de Mohenjo-Daro ( cuyo nombre significa “El Montículo de los muertos” ), una antigua ciudad densamente poblada ubicada en territorio de Pakistán, próxima a las orillas del río Indo, en la zona que los arqueólogos han catalogado como “Cultura del Valle del Indo”, y que junto a Harappa, situada a poco más de seiscientos kilómetros de distancia más al noreste, constituían las dos ciudades más emblemáticas y conocidas de esta antigua civilización. Mohenjo Daro fue descubierta por el arqueólogo inglés John Hubert Marshall en el año 1.920 y declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1.980. Una de las tantas particularidades asombrosas de este sitio es la total ausencia de edificios que en un principio puedan identificarse como templos o palacios. Todos los edificios siguen un patrón uniforme dentro de una planificación urbanística impecable, con una o dos plantas en ladrillos de adobe con ausencia de adornos y ventanas, amplias avenidas y calles rectas,  muchas de ellas perfectamente pavimentadas, lo cual nos lleva inevitablemente a la existencia de la rueda, claramente demostrado en el jueguete encontrado en las excavaciones. Disponía de edificaciones rectangulares, red de drenajes, canales, tuberías y alcantarillado, incluídas sus arquetas de inspección. Se divide en dos zonas : “la ciudadela”, situada sobre un montículo artificial, que albergaba el área político-administratíva, y la “ciudad baja”, que concentraba las áreas residenciales, los talleres artesanales y los almacenes.Ninguna ciudad contemporánea ni en el Valle del Indo ni en todo el Antiguo Oriente tuvo instalaciones comparables a las de Mohenjo-Daro. Tanto su descubridor como sus sucesores en las excavaciones fueron de sorpresa en sorpresa. Conforme profundizaban niveles y estratos, aparecían elementos cada vez más sofisticados que documentaban un altísimo desarrollo artístico y técnico, a diferencia de las capas más superficiales, dando la sensación de una involución técnica y cultural. Al igual que la cultura sumeria, la del Valle del Indo también parece haber surgido de repente, sin haber testimonios previos de una evolución clásica, lo cual constituye un auténtico misterio. Y, en este caso, no lo es menos el de su desaparición, la cual fue atribuida a pueblos invasores de origen indoeuropeo.

Al día de hoy permanecen sin ser descifradas sus escrituras, aparentemente de tipo ideográfica y silábico. Pero, también al igual que el sumerio, sin correspondencia ni raíz alguna con otras escrituras de la zona, presentando en cambio una sorprendente similitud con la que aparece en las tabillas rongo-rongo de la Isla de Pascua. Para llegar a un idioma “traducible” y comprensible, hay que recurrir a antiquísimos textos védicos, escritos en sánscrito y supuestamente legados “por los dioses”, para tratar de encontrar referencias que aclaren algunos aspectos de la cultura y tecnología de Mohenjo-Daro. Entre estos textos, se encuentra el Mahabharata, un extensísimo poema épico de casi 215.000 versos, divididos en diez cantos lo que implica ocho veces más extenso que la Ilíada y la Odisea juntas, que describe Mohenjo-Daro como una ciudad de orígen remotísimo, al igual que Tiahuanaco en América. En este caso habría sido uno de los principales centros del denominado Imperio Rama, que se vió envuelto en sangrientos sucesos bélicos, donde tanto hombres como dioses estuvieron involucrados.  En 1979 apareció un libro, que causó revuelo, titulado “Destrucción Atómica en el 2000 a.C.” escrito por el investigador británico David Davenport. Después de haber pasado 12 años estudiando las antiguas escrituras hindúes y la evidencias in situ, afirmaba que Mohenjo-Daro presentaba clarísimas evidencias de haber sufrido una detonación nuclear, miles de años antes de nuestra era, dejando un panorama muy similar al de Hiroshima y Nagasaki, incluyendo la radiación y la típica vitrificación del suelo: “Había un epicentro de 50 yardas de ancho, donde todo fue cristalizado, fundido o derretido. A sesenta yardas del centro, los ladrillos estaban fundidos en un lado, indicando haber soportado una poderosa explosión” escribió.

 

Basado en sus estudios de muchos manuscritos antiguos, en los cuales además se mencionaban, repetida e inequívocamente, a los Vimanas como carros de guerra que volaban, Davenport se convenció de que el fin de Mohenjo Daro estuvo vinculado a una guerra entre los arios y los mongoles. Según sus elucubraciones, los arios controlaban muchas regiones gracias a una asociación con seres alienígenas.los annunakis, que buscaban extraer minerales y otros recursos naturales. Estos alienígenas habrían estado sumamente interesados en las riquezas minerales de Mohenjo Daro, y al ser una ciudad bajo dominio mogol, habrían acordado destruírla en nombre de los arios. Habrían dado a sus habitantes, calculados en alrededor de 200.000, un plazo de 7 días para evacuar la ciudad, enviándoles una clara advertencia de que todo allí iba a ser destruido. No obstante, algunos habrían desoído la advertencia, y ésta habría sido la razón por la cual en 1927, unos pocos años después de que los arqueólogos descubrieran los restos de la ciudad, se encontraran 44 esqueletos humanos, todos cuerpo a tierra, incluyendo un padre, madre e hijo, en plena calle, con la cara hacia el suelo y sosteniéndose las manos.La intrigante teoría de Davenport fue analizada con sumo interés por la comunidad científica, y entre las opiniones favorables se contó la del internacionalmente conocido especialista William Sturm, quien dijo: “La fusión de ladrillos en Mohenjo Daro no pudo haber sido causada por un fuego normal…”. Por su parte, el Profesor Antonio Castellani, ingeniero espacial romano, agregó: “es posible que lo que pasó a Mohenjo Daro no haya sido un fenómeno natural...”. Este misterioso evento de hace miles de años parece estar también reflejado además en el Mahabharata: “……Un solo proyectil, cargado con toda la potencia del universo. Una columna incandescente de humo y llamas, tan brillante como diez mil soles, se alzó en todo su esplendor. Era un arma desconocida, un rayo de hierro, un gigantesco mensajero de la muerte que redujo a cenizas las razas de los Vrishnis y Andakas, los enemigos contra quienes se utilizó.(… ) “El agua hirvió ( … ) carrozas de guerra fueron quemados por miles ( … ) los cadáveres de los caídos fueron mutilados por el terrible calor, tanto que ya no parecían seres humanos…”( … )” Sus cabellos y uñas desaparecieron; jarros y objetos de greda quedaron destrozados, sin motivo aparente, y los pájaros se volvieron blancos. Al cabo de pocas horas, todos los comestibles estaban infectados. Los soldados se lanzaron a los arroyos y trataron de lavar sus cuerpos y todo su equipo…...”.

La descripción concluye: “era una visión terrible ( … ) nunca antes habíamos visto un arma tan terrible”. Estos sucesos descritos en el Mahabharata se sitúan hacia el año 3.103 a.C. y desembocan en el “Kali Yuga” o “Edad Sombría”, una especie de apocalípsis del mundo antiguo conocido. Mahabharata significa “guerra de los bharatas”, y describe las luchas de dos familias o clanes reales, los Pandavas y los Koravas, ambas descendientes comunes del mítico Rey Bharata. Algunas de las traducciones de sus versos han resultado enormemente polémicas, negándose incluso la propia existencia de algunos en el texto original, o descalificándose los conocimientos de sánscrito de algunos de los eruditos que lo tradujeron. Al finalizar la II Guerra Mundial, el Mahabharata se puso de moda en Occidente, debido a que algunas de las traducciones parecían tener una enorme semejanza con los desgraciados momentos vividos en la contienda mundial, donde armas enormemente poderosas habían sido capaces de aniquilar a los hombres hasta un punto jamás visto hasta el momento. Su punto culminante fue la utilización de la bomba atómica, situación descrita con gran fidelidad miles de años antes de que los norteamericanos la utilizasen sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.Como ya comentamos previamente, existe en Oriente una gran cantidad de textos, tales como el Ramayana o el Libro de Krisna, entre otros, que describen con todo tipo de detalles la existencia de naves voladoras, o vimanas, así como de cohetes o misiles capaces de alcanzar largas distancias con sus mortíferas cargas.Aún aceptando todos los cuestionamientos realizados a la traducción del Mahabharata, hay muchas otras señales de una interrupción abrupta de la enigmática civilización de Mohenjo-Daro: esqueletos diseminados todos boca abajo en plena calle; la muerte los sorprendió huyendo; parte de los huesos de estos cadáveres parecen haberse consumido o volatilizado muy rápidamente; sólo treinta cadáveres en una ciudad de 200.000 habitantes. Por otro lado, ¿ de dónde proviene el nombre “el montículo de los muertos” ?¿porqué la evacuación repentina de su población?¿porqué la involución de su arte y ciencia?.

 

Otra extraña particularidad la constituye el hecho de que tanto los cadáveres hallados allí como en la ciudad de Harappa, distante unos 600 kilómetros, presentan un alto nivel de radioactividad. Pero hay más: también existe una especie de “epicentro” en el centro de la ciudad, de unos 45 metros de diámetro.Allí el terreno se encuentra cristalizado, y los bloques de piedra más cercanos fundidos o derretidos. En las edificaciones más próximas a este “foco” se puede observar que los ladrillos de las paredes expuestos al exterior y en dirección al supuesto “epicentro” también se encuentran fundidos o derretidos, una circunstancia que solo se podría haber producido exponiéndolos a temperaturas superiores a los 1.500º centígrados. Con los mismos síntomas de destrucción se han encontrado toda clase de objetos de alfarería, cerámica, joyería, etc, y señales de explosiones menores e incendios se encuentran también por doquier. Detractores de Davenport atribuyen la presencia de radioactividad a las propias características geológicas del terreno, donde se encuentran emplazadas las ruinas de Mohenjo-Daro. Y la presencia de objetos o superficies vitrificadas y materiales derretidos o fundidos, se ha asociado a fuerzas de la naturaleza ya observados en otras latitudes, como Escocia, Australia o Egipto, atribuíbles a probables rayos de gran intensidad. Sin embargo, no son solo Harappa o Mohenjo-Daro quienes apuntan en una dirección nuclear. Existen otros puntos geográficos con “huellas” de posibles deflagraciones nucleares en la India. En el estado de Rajasthan, unos 15 kilómetros al oeste de la ciudad de Jodhpur, hay un área de cinco kilómetros cuadrados que aparece cubierta de cenizas radioactivas y aparentemente, aún hoy día, sigue siendo causante de un gran número de casos de cáncer y malformaciones congénitas en los habitantes de las inmediaciones. También un enorme cráter de orígen desconocido en el cual se aprecia grandes áreas de roca completamente vitrificada, situado 400 km. al noreste de Mumbai, en el Lago Lorna, en las proximidades de Deccan, ubicado sobre una meseta de roca basáltica que lo hace prácticamente único en el mundo. De dos kilómetros de diámetro y 150 metros de profundidad, al cual en principio los científicos intentaron atribuírle un orígen volcánico, pero la evidencia geológica fue tan contundente que debieron cambiar de idea y sustituirla por la de la caída de un meteorito, aunque tampoco jamás se pudo encontrar ningún rastro de material meteórico.

Todo lo asombroso de estas situaciones, tomadas individualmente, se disipan en gran medida cuando se considera la antigüedad bajo el prisma de una globalización planetaria. Probablemente la llegada del homos sapiens habría tardado más de 20 millones de años, o podría incluso no haber llegado nunca, sin las mezclas de los “hijos de dios”con las “hijas de los hombres” a las que aluden todos los textos sagrados antiguos, que podrían referirse tanto a una relación sexual como a una inseminación artificial. Ello llevó a lo que se llamó la Edad de Oro de la humanidad, y en cuyo período existió una civilización única y globalizada, y desde cuya enseñanza original se sentó la base común a todas las ciencias, conocimientos y religiones humanas, a través de grandes instructores, que tuvieron por misión instruir y guiar a esta humanidad nacida sobre nuestro planeta. Ellos transmitieron a todas las razas y naciones de la Tierra unas verdades fundamentales, siendo ayudados a su vez en su misión por una pléyade de iniciados y discípulos de diversos grados. Tales hombres dirigieron a los pueblos nacientes, los civilizaron, les dieron leyes y como monarcas los gobernaron, los instruyeron y los guiaron. Hombres prominentes, semidioses y héroes de los cuales aún quedan vestigios en antiguos libros, códigos y monumentos, y cuya existencia se arrogan todos los pueblos del globalizado mundo antiguo. La contundente presencia y coincidencia de esta tradición universal en los documentos aun subsistentes, y de las gigantescas ruinas prehistóricas, para no citar otros testimonios, son imposibles de negar, como así tampoco su abrupto final. Esta edad dorada para el hombre fue dramáticamente interrumpida por confusas razones hace unos 12.000 años. Algo tremendo ocurrió en aquel entonces, y algo esencial se quebró. A partir de entonces todos los textos comienzan a hablar de dualidad, de blanco y negro, de ying y yang, de antagonismos.Hubo aparentemente una gran guerra, tanto en la tierra como en el espacio, cuyo orígen fue algún tipo de desobediencia fundamental, y en la misma habrían estado involucrados estos maestros superiores y también los homo sapiens, probablemente obligados a tomar partido por cada bando según dónde se encontraban geográficamente cuando estalló el conflicto .

 

Los dioses siempre fueron descriptos como muy poderosos, pero con debilidades “muy humanas” y que eran representados con dos espadas en posición vertical, como el “dios barbudo” de Tiahuanaco, que significaba “amistad con los hombres pero hasta cierto límite”, salvo aquellos que recibieran las señales secretas de reconocimiento. Las evidencias de radioactividad y cristalización aún presentes en restos arqueológicos, tanto en el Valle del Indo como en Australia, Egipto, entre otros, nos permite incorporar la hipótesis del uso de armas nucleares o equivalentes, cuyo uso simultáneo en varias partes del planeta pudo haber desencadenado un efecto dominó de desastres naturales como efectos colaterales. Hay investigadores que dan como probable un enfrentamiento protagonizado por centros en Gobi, Australia, Valle del Indo y Tiahuanaco. Norte América, por ejemplo, en la tradición aborígen, se dice que en el pasado remoto había sido “La Tierra de la Muerte”, debido a que “en una enorme guerra ocurrida allí se usaron terribles armas del cielo que devastaron ciudades y dejaron una misteriosa energía en el aire que mataba los cultivos, envenenaba a los sobrevivientes y arruinaba el suelo“. Los indios Hopi cuentan además en sus leyendas que la “Ciudad Roja” fue destruída por terribles armas del cielo, y que ellos eran los hijos del Arco iris, del sumergido Reino de Mu. La península del Sinaí fué fotografiada recientemente por la NASA, y llamó la atención que la misma apareciera ennegrecida, contrastando con la claridad típica del terreno en esa zona.Dicho oscurecimiento se debe a millones de millones de pedazos de roca ennegrecidas al haber estado sometidas a altísimas temperaturas de la misma manera que las rocas de Mohenjo Daro, esparcidas a lo largo y a lo ancho del terreno. Pero no se ha ofrecido ninguna explicación científica al respecto.  Los desiertos del mundo se consideraban geológicamente tierras fructíferas y exhuberantes, hasta que repentinamente se convirtieron en desiertos, sin que se hayan podido registrar históricamente cambios climáticos extremos o violentos que lo justifiquen. Restos similares a los hallados en Mohenjo Daro fueron encontrados por arqueólogos en una excavación en Elan, Alemania. El Director del Proyecto Manhattan, el Dr. Julius Robert Oppenheimer, recordado como “El Padre de la Bomba Atómica“, y que conocía el sánscrito, aportó contundentes opiniones a este respecto. Durante una conferencia en la Universidad de Rochester, siete años después de las pruebas nucleares estadounidenses en Nuevo México, un estudiante le preguntó si aquélla había sido la primer bomba atómica detonada, a lo que Oppenheimer respondió: “Sí, en los tiempos modernos“.

Al   este   del   Indo   se   extiende   el   vasto   desierto   de   Thar.   Al   encontrarse restos   de   ciudades   en   este   desierto,   los   estudiosos   se   preguntaron   cómo habían podido subsistir en un lugar tan árido. Luego las fotografías tomadas por   los   satélites   proporcionaron   la   respuesta. En   otro   tiempo   el   desierto   de Thar era una llanura fértil y la atravesaba un gran río. Había incluso señales inconfundibles de canales.   Actualmente   sólo   existe   una   pequeña   parte   del citado   río,   el   Ghaggar.   Los   estudiosos   sacaron   la   conclusión   de   que   el   río desaparecido era el Sarasvati, que se menciona en los himnos védicos.  Al parecer, en el apogeo de Mohenjo-Daro y Harappa, toda esta llanura era   uno   de   los   lugares   más   ricos   del   mundo.   En   una   época   en   que   los antiguos britanos eran agricultores de la Edad del Bronce y los griegos eran unas   cuantas   tribus   de   guerreros   micénicos,   una   de   las   más   grandes civilizaciones del mundo florecía en la tierra del Indo y del Sarasvati. Según   parece,   una   gran   catástrofe   destruyó   esta   civilización. Hay indicios de que la tierra se pandeó, debido a la presión de la placa tectónica que ha levantado el Himalaya, y el resultado   fue   una   serie   de   terremotos   y   erupciones   volcánicas.o de potentes explosiones,   que literalmente hundieron los ríos en la tierra. El coste en vidas humanas debió de ser atroz. Los Vedas están escritos en sánscrito, que es una lengua compleja que sir William Jones -en 1786- demostró que estaba emparentada con el griego, el   latín,   el   alemán   y   el   celta, lo   cual   fue   origen   de   la   expresión   «lenguas  indoeuropeas».   Y   si   los   Vedas   hablan   del   río   Sarasvati,   parece   claro   que fueron escritos antes de aproximadamente 2000 a.C., y no más tarde de 1500   a.C.,   como   al   principio   creían   los   eruditos.   Y   si, como   parece probable,  el   sánscrito   era   la   lengua   de   los   arios,   entonces   también   estaba claro   que   la   invasión   de   éstos   no   pudo   ser   en   una   fecha   tan   tardía   como 1500 a. C. Hay   cuatro   colecciones   principales   de   himnos   védicos:   el   RigVeda,   el Sama-Veda,  el  Yajur-Veda  y el  Atharva-Veda,  de los cuales se reconoce que el  Rig-Veda  es el más antiguo e importante. En   el   decenio   de   1980,   un   estudioso   de   los   Vedas,   David   Frawley, observó   que   los   himnos   del   Rig-Veda   están   llenos   de   un   simbolismo oceánico que parece sugerir que surgieron de una cultura marítima. Lo cual, desde luego, se contradecía con la suposición de que los arios procedían de alguna   parte   de   la   Europa   central.   También   reparó   en   que   algunos   himnos decían   que   los   «antepasados»   procedían   del   otro   lado   del   mar   y   que   se habían salvado de una gran inundación.

 

Frawley estudió las referencias astronómicas que contenían los himnos védicos y sacó la conclusión de que una referencia a un solsticio de verano en Virgo indicaba una fecha de alrededor de 4000 a. C., mientras que otra a un solsticio de verano en Libra señalaba aproximadamente a 6000 a. C. También   sacó   la   conclusión   de   que   los   autores   de   los   Vedas   conocían  la precesión de los equinoccios. Expuso estas ideas revolucionarias en un libro titulado  Gods, Sages and Kings  (1991). En   la   sección   de   astronomía   védica,   por   ejemplo,   habla   de   un   mito, según el cual, el dios del año, Prajapati, se enamoró de su propia hija Rohini  y   fue   castigado   por   un   dios   llamado   Rudra,   que   le   clavó   una   flecha   de   tres puntas.   Frawley   señala   que   Rudra   es   el   nombre   de   Sirio   en   la   astronomía védica, a la vez que la flecha de tres puntas es Orión y Rohini es la estrella  Aldebarán.   El   mito   indica   una   época   en   que   el   equinoccio   de   primavera   se movía   de   Géminis   a   Tauro,   alrededor   del   4000   a. C. Un estudioso llamado   B.   G.   Tilak   había   sido   uno   de   los   primeros   en   investigar   la astronomía de los Vedas y dedica todo un libro a Orión.  Nada de todo esto parecerá polémico a quien esté familiarizado con  la obraHamlet’s Mill. Se   observará   también   que   los   hindúes   védicos   mostraban   gran   interés por   las   mismas   estrellas   y   constelaciones   que   tenían   gran   importancia   para los   egipcios.   Frawley   señala   que   Orión   simboliza   tanto   el   Varuna   de   los hindúes,   como   el   Osiris   de   los   egipcios   y   el   Urano   de   los   griegos. Y   que   los mitos   de   estos   dioses   parecen   referirse   al   equinoccio   vernal   de   Orión alrededor del 6000 a. C. Frawley   reconoció   que   la   idea   de   una   cultura   marítima   que   databa   de antes   del   6000   a. C.   es   muy   polémica   y   que   lo   más   probable   es   que   se rechace   de   entrada.   Sin   embargo,   Charles   Hapgood   la hubiera   juzgado   muy   verosímil.   Y   lo   mismo   cabe   decir,   por   supuesto,   de aquel   notable   estudioso   de   la   cultura   maya   que   fue   Augustus   Le   Plongeon, que  sugirió que colonizadores procedentes de las tierras de los mayas habían navegado hasta Europa y la India miles de años antes de   Cristo.  Y   citó   el   Ramayana   en   el   sentido   de   que   la   India   y   China   fueron invadidas   y   conquistadas   por   unos   guerreros   a   los   que   se   conocía   como grandes   navegantes   y   arquitectos.   John   West   y   Graham   Hancock probablemente   corregirían   el   argumento   de   Le   Plongeon   y   sugerirían   que América   del   Sur,   Egipto   y   también   la   India   se   convirtieron   en   refugio   de supervivientes de alguna gran catástrofe mucho antes de 6000 a. C.

 

Los   interrogantes   que   Frawley   plantea   en   Gods,   Sages   and   Kings   se examinan  también  en un  libro titulado   In  Search of  the  Cradle  of Civilisation  (1995), de George Feuerstein, Subhash Kak y David Frawley. Los   autores   arguyen   que   la   India   es   la   «cuna   de   la   civilización»   y  que   hay   pruebas   de   que   la   cultura   védica   ya   existía   en   el   7000   a. C. Señalan   que   el   mito   según   el   cual   la   creación   tuvo   lugar   a   partir   de   un océano   de   leche   revuelto   parece   referirse   a   la   Vía   Láctea,   a   la   vez   que   el movimiento   de   revolución, como en la obra de Santillana, se   refiere   al   «molino   de Hamlet»   o   precesión.  Los   antiguos   hindúes   consideraban   un acontecimiento alarmante el paso del punto equinoccial de una constelación a otra (el final de una era). Los argumentos que se exponen en   In Search of the Cradle of Civilisation  hacen   pensar   inevitablemente   en   los   de   John   Anthony   West,   Robert Bauval   y   Graham   Hancock.   De   hecho,   los   autores   mencionan   la   opinión   de Robert Schoch, geólogo y profesor asociado de Ciencia y Matemáticas en el College of General Studies de la Universidad de Boston,  en el sentido de que es posible que el origen de la Esfinge se remonte   al   7000   a. C.   Pero   desconocían   los   argumentos   astronómicos que   desde   entonces   han   empujado   a   West,   Hancock   y   Bauval   a   retrasar la datación de la Esfinge hasta el 10500 a. C. Si estos argumentos son válidos, la sugerencia de   que  la   India   es   la   cuna   de   la   civilización,   porque  los   Vedas   parecen   referirse   a   fechas   tan   remotas   como   6000   a. C.,   pierde   gran   parte   de   su  fuerza. En   cambio,   también   podría   argüirse   que   los   datos   astronómicos   que  presentan   Feuerstein,   Kak   y   Frawley   demuestran   que   los   antiguos   hindúes compartían   la   obsesión   egipcia   por   observar   las   estrellas   y   la   precesión   de los   equinoccios.   En   tal   caso,   cabe   aplicar   a   la   India   antigua   los   mismos argumentos   que   al  Egipto  antiguo.  En   Egipto  tenemos  la  sugerencia   de   que puede  que  la  civilización  dinástica  del  tercer  milenio  fuera  precedida  de  una civilización mucho más antigua que fundaron los supervivientes de una gran inundación,   los   cuales   proyectaron   las   pirámides   y   construyeron   la   Esfinge en el 10500 a. C. En la India, al parecer, la gran civilización de la llanura del Indo   y   el   Sarasvati   tuvo   unos   precursores   cuyo   gran   logro   fue   el   Rig-Veda.  Frawley   sugiere   la   posibilidad   de   que   la   civilización   de   los   «precursores» datase   del   7000   a. C.,   que   casualmente   es   la   fecha   que   Schoch   sugirió para   la   Esfinge.   No   parece   haber   ninguna   buena   razón   por   la   cual   la civilización de los hindúes védicos no deba atrasarse también más de 3000 años.

 

El   «conocimiento»   del   hombre   antiguo   no   concordaba   con   el   sentido que   damos   hoy   a   esta   palabra, en que el conocimiento   puede   clasificarse   en   una enciclopedia.   Era   un   sentido   de   participación   intuitiva   en   el   universo,   un sentido   que   crecía   lentamente.   Santillana   dice:   «El   pensamiento   arcaico   es cosmológico   por   encima   de   todo;   afronta   las   consecuencias   más   graves   de un   cosmos   de   maneras   que  repercuten  en   la   posterior  filosofía   clásica…   No puede reducirse a algo concreto». Un   animal   experimenta   la   sensación   de   ser   una   criatura   que   debe ajustarse   -de   manera   esencialmente   pasiva-   al   universo   que   la   rodea. Cuando dejó  de  ser  un mero  animal,  el  hombre  también dejó  de ser  pasivo. Empezó a tener la sensación de que podía hacer algo por controlar el mundo en el cual se encontraba. Al principio este intento de ejercer control llegó por medio   de   diversos   rituales,   incluido   el   canibalismo   ritual.   El   «hombre verdadero» empezó como animal religioso. Al   cabo   de   unos   cuantos   cientos   de   años,   el   hombre   de   Neandertal había evolucionado tanto que su cerebro era una tercera parte mayor que el del hombre moderno. El zoólogo Nicholas Humphrey no entendía por qué el cerebro   del   gorila   es   mucho   mayor   de   lo   necesario,   hasta   que   comprendió que era debido a la vida social del gorila, que es extraordinariamente rica. En efecto, un gorila recién nacido asiste a una especie de universidad en la cual aprende un comportamiento social complejísimo. Es casi seguro que ocurría lo mismo en el caso del hombre de Neandertal. Sin   embargo,   fue   el   hombre   de   Cro-Magnon   quien   dio   el   siguiente   paso,   al   crear   la   magia   cinegética.   Tuvo   la   sensación   de   que   le   daba   un  control   nuevo   del   universo.   Y   también   estudió   los   movimientos   de   la   luna. Nosotros   suponemos   que   meramente   necesitaba   algún   tipo   de   calendario que   le   informara   de   las   migraciones   de   los   animales,   pero,   como   es   obvio, tanto   Graves   como   Schwaller   lo   considerarían   bajo   una   luz   totalmente distinta.   Dirían   que   formaba   parte   de   un   rico   y   complejo   sistema   de conocimiento,   un   sistema   «lunar»   que   no   se   parecería   en   nada   a   nuestro conocimiento «solar». Está claro que esto es lo que Santillana también trata de expresar.

En   algún   momento   -quizá,   como   sugiere   Jaynes,   en   una   fecha   tan reciente   como   1250   a. C.-   el   hombre   empezó   a   crear   conocimiento «solar»,  la clase de conocimiento que se puede incluir en las enciclopedias, los diccionarios y las tablas de logaritmos. La diferencia que existe entre los dos tipos de conocimiento es muy fácil de expresar: se trata de la diferencia entre la visión interior y la simple información. Cuando Arquímedes salió de un   salto   del   baño   y   gritó   «¡Eureka!»   acababa   de   tener   una   súbita   visión interior de los cuerpos flotantes. Expresó esta visión interior bajo la forma de una «ley» que cualquier colegial puede aprenderse de memoria. Todo cuerpo sumergido en un líquido pierde  una  parte de su peso, o sufre un empuje  de abajo   arriba,   igual   al   del   volumen   del   agua   que   desaloja.   Parece   bastante sencillo. Pero ¿cómo lo utilizaríamos si, al igual que Arquímedes, tuviéramos que idear un método para averiguar si un orfebre ha adulterado el oro de una corona   con   algún   metal   de   baja   ley?   La respuesta consiste en sumergir la corona en una vasija llena de agua hasta el borde y medir el líquido derramado para determinar su volumen exacto. Luego tomar exactamente el mismo volumen de oro puro y pesarlo. Si la corona pesa menos, no es oro puro. Para   resolver   este   problema necesitamos una visión interior de la ley de los cuerpos flotantes. Por esto, en  el   Fedro   de Platón,  el  rey  Thamus  expresa  dudas  cuando el dios Tot le dice que su invención de la escritura es un gran avance para la raza humana. El rey contesta que sólo servirá para hacer que el hombre sea mentalmente perezoso y para disminuir sus facultades mentales. El   conocimiento   solar,   que   puede   almacenarse   en   enciclopedias,   es utilísimo;   pero   no   puede   substituir   realmente   aquel   sentido   íntimo   del universo   -y   de   nuestra   participación   en   él,   que   nuestros   antepasados,   que observaban las estrellas, fueron los primeros en adquirir. Esto nos lleva a una de las conjeturas más recientes e interesantes sobre estos antepasados que observaban las estrellas. Se produjo un importante   avance   cusndo Robert Bauval   y   Graham   Hancock   sugirieron exactamente   por   qué   los   antiguos egipcios   construyeron   la   Esfinge   alrededor   de   10500   a. C.   y   la   gran pirámide   8.000   años   después.  Robert Bauval y Graham Hancock, en su obra  Guardián   del   Génesis,  se   refieren   a   la   Esfinge.  Es   una   notable   obra   de investigación basada en simulaciones hechas con ordenador de los cielos del antiguo   Egipto.   La   esencia   del   libro   reside   en   este   comentario:   «…   nuestra hipótesis es que los  monumentos de Gizeh, los  cielos  pasados, presentes y futuros que se extienden sobre ellos y los textos funerarios antiguos que los vinculan   entre   sí   expresan   los   lineamientos   de   un  mensaje.   Al   tratar   de   leer este mensaje, no hemos hecho más que seguir el viaje de “iniciación” de los Reyes-Horus de Egipto…».

 

Bauval   reconstruyó   los   cielos   en   el   2500   a. C.   y descubrió que el «pozo de ventilación» meridional que salía de la Cámara del Rey   señalaba   directamente   el   Cinturón   de   Orión,   a   la   vez   que   el   pozo parecido   que   salía   de   la   Cámara   de   la   Reina,   que   había   debajo,   señalaba   la estrella   Sirio,   a   la   que   los   egipcios   identificaban   con   Isis,   del   mismo   modo que   identificaban   la   constelación   de   Orión   con   Osiris.   Estos   alineamientos convencieron   a   Bauval   de   que   la   pirámide   fue   realmente   construida   cuando los egiptólogos piensan que fue construida. También   recordamos   que   la   única   vez   que   las   posiciones   de   las   tres pirámides en el suelo reflejan las posiciones de las tres estrellas del Cinturón de Orión es el 10500 a. de C., año en que Orión está más cerca que nunca  del   horizonte   meridional   del   «ciclo   precesional»,   que   dura   25.920   años. Después de eso, Orión parece subir muy despacio por los cielos y, en 2500 d. C.,   habrá   alcanzado   su   punto   más   alto   y   empezará   a   descender   de nuevo. Los   egipcios   llamaron   a   esa   vez   anterior,   la   del   10500   a. C.,   Zep  Tepi, la   «primera vez», y la identificaron con una especie de edad de oro, el principio de  una nueva  época.  En  la  terminología  de Santillana,  fue  una  vez en que el molino produjo paz y abundancia. Hubiera   sido   muy   oportuno,   por   supuesto,   que   las   alineaciones sugiriesen que la pirámide se había construido en el 10500 a.C., porque contribuiría en gran medida a probar el convencimiento de Schwaller de que la Esfinge y las pirámides las construyeron los civilizadísimos supervivientes de alguna gran catástrofe: los atlantes. Pero Bauval   y   Hancock   señalan   que   hay   una   razón   muy   convincente   para creer   que   la   Esfinge   se   construyó   en   el   10500   a. C.   Si uno se encuentra de   pie   entre   las   patas   de   la   Esfinge   al   amanecer   del equinoccio de primavera del 10500 a. C., la Esfinge está orientada al este y   unos   momentos   antes   de   que   amanezca   vemos   la   constelación   de   Leo subiendo   por   encima   del   horizonte.   Si   ahora   nos   volvemos   en ángulo recto  de  cara al  sur, vemos  en  el  cielo  la  constelación  de  Orión,  con las   estrellas   de   su   cinturón   reflejando   exactamente   la   futura   planta   de   las pirámides.   Es   como   si   los   que   las   construyeron   nos   estuviesen   dejando   un mensaje   para   decirnos   no   sólo   cuándo   edificaron   la   Gran   Pirámide   sino también,   de   manera   implícita,   cuándo   sus   antepasados   construyeron   la Esfinge.   El   «pozo   de   ventilación»   del   sur   nos   dice   cuándo   edificaron   la pirámide,   y   la   alineación   de   las   pirámides,   que   refleja   el   cinturón   de   Orión, nos dice que están dirigiendo nuestra atención a 10500 a. C., en la era de Leo. Sin embargo, todavía nos queda por contestar la pregunta más intrigante: en tal caso, ¿por qué los egipcios construyeron la Esfinge en 10500 a. C. y las pirámides 8.000 años después?

Según se dice en Guardián del Génesis, la respuesta es astronómica. Tuvieron que   esperar   otros   8.000   años   para   que   algún   acontecimiento   importante ocurriese en el cielo. Mientras   tanto,   es   evidente   que   la   tesis   de   Bauval   y   Hancock   es   muy polémica.   Afirman   que   los   «sacerdotes»   originales   llegaron   a   Egipto   antes del   10500   a. C.,   que   conocían   muy   bien   la   precesión   y   que   sabían   que Orión   alcanzaría   su   punto   más   bajo   en   el   cielo   en   el   10500   a. C.   La Esfinge,   orientada   al   este,   fue   construida   para   señalar   el   principio   de   esta nueva era. ¿Se nos pide   realmente   que   creamos   que   los   antiguos   sacerdotes   hicieron   los proyectos   8.000   años   por   adelantado,   y   luego   llevaron   su   plan   a   la   práctica de forma tan brillante? Parece poco probable. El intento de demostrarlo que hacen Bauval y Hancock empieza con uno de   los   hechos   básicos   acerca   de   la   mentalidad   egipcia   antigua:   que   los antiguos   veían   Egipto   como   un   equivalente   terrestre   del   cielo,   con   la   Vía Láctea encarnada por el Nilo. Egipto era una imagen del cielo. ¿Y   cuál   era   la   finalidad   básica   de   estos   sacerdotes   e   iniciados   que construyeron   la   Esfinge?   Fue   una   que   nos   permite   comprender   por   qué Schwaller de  Lubicz  se  encontraba  tan  a  gusto  en  la mentalidad del antiguo Egipto: la búsqueda de inmortalidad, la misma búsqueda que llevaban a cabo los alquimistas cuando intentaban crear la piedra filosofal. El   argumento   de   Guardián   del   Génesis   depende   mucho   de   textos egipcios   como,   por   ejemplo,   El   libro   de   los   muertos,   los  textos   de   las pirámides,   y  El   libro   de   lo   que   está   en   el   duat.   A   menudo   estos   textos   nos dicen,   con   gran   precisión,   lo   que   podemos   inferir   de   la   astronomía.   Duat  suele   traducirse   por   «cielo»,   pero   Bauval   y   Hancock   presentan   buenos argumentos   a   favor   de   la   tesis   de   que   se   refiere   a   una   parte   concreta   del cielo: aquella zona donde Orión y Sirio podían verse en la «orilla derecha» de la Vía Láctea en el 2500 a. C. Y tenía importancia sólo en el momento del solsticio de verano, el momento en que Sirio salía al amanecer y señalaba el desbordamiento del Nilo. El siguiente paso importante de este argumento se refiere a  Zep Tepi, “la  primera vez“, o mejor dicho, el lugar donde se suponía que había sucedido. Podríamos   decir   que   se   trata   de   la   versión   egipcia   del   Jardín   del   Edén.   A juzgar   por   lo   que   dicen   muchos   textos,   parece   que   se   halla   situado   en   la zona   de   las   Grandes   Pirámides   y   de   las   antiguas   ciudades   de   Menfis   y Heliópolis, justo al sur del delta del Nilo.

 

Éste es el lugar donde Osiris e Isis gobernaban  conjuntamente, antes de que el hermano de Osiris, Set, el  dios de   las   tinieblas,   le   asesinara, desmembrara   y   esparciera   las   partes   de   su cuerpo.   Isis   logró   juntarlas   y   utilizar  el   pene   de   Osiris   durante   el tiempo suficiente para quedar preñada. Su hijo fue Horus, que vengaría a su padre, igual que Hamlet.  Geb,   el   padre   de   Isis   y   Osiris,   al   principio   dio   a   Set   y   a   Horus   sendas  mitades   del   reino   de   Egipto.  Luego   cambió   de   parecer   y   se   lo   dio   todo   a Horus, uniendo así la tierra de Egipto. Según los historiadores, esta unión del Alto  Egipto  y   el   Bajo   Egipto   ocurrió   en   tiempos   del   rey   Menes,   alrededor  de 3000 a. C. Pero los mitos egipcios sugieren claramente que tuvo lugar en otro momento.  El   cuerpo   de   Osiris,   que   había   sido   localizado   en   el   sur   de   Egipto,   flotó   Nilo   arriba,   desde   su   tumba   de   Abydos   en   el   sur,   hasta   «la tierra de Sokar», la zona de Rostau, el nombre antiguo de Gizeh, y hasta Heliópolis en  el   norte.  Ahora,  finalmente,  Osiris  puede   partir  camino  de   su  hogar  en  el reino de los cielos, en Orión. Y partirá de Gizeh. ¿Cuándo   sucedió   esto?   Los   autores   arguyen   que   los   datos   astronómicos dan la fecha de 2500 a. C. ¿Y   dónde?   Según   Hancock,   hay   una   pintura   de   una   pirámide   de   la tierra   de   Sokar,   con   corredores   y   pasadizos   que   recuerdan   mucho   los   de   la Gran Pirámide. Y por supuesto, Bauval arguye en  El misterio de Orión  que el faraón, identificado   con   Osiris,   partió   de   la   Cámara   del   Rey   de   la   Gran Pirámide cuando el «pozo de ventilación» señalaba Orión. El   ciclo  empezó   -según  Bauval  y   Hancock-  en  el   10500 a. C.,   cuando   Orión   (Osiris)   se   encontraba   en   el   nadir   de   su   ciclo precesional.   Y   si   Hancock   está   en   lo   cierto,   estos   supervivientes   de   alguna gran  inundación   pensaron   que   la   catástrofe   indicaba   el   final   de  una  era. Y, desde luego, el principio de otra. Este siguiente ciclo duraría 25.920 años, y la mitad del ciclo, cuando Orión empieza a descender otra vez, ocurrirá en el 2460 d. C. Supongamos   que   los sacerdotes   astrónomos   que   construyeron   la   Esfinge   en   el   10500   a. C., también se proponían construir las pirámides de tal manera que su ordenación  reflejara  exactamente  el   Cinturón  de  Orión  y  expresara  así  un  mensaje importante   dirigido   a   alguna   era   futura.   La   pregunta   obvia   es:   ¿cuándo se llevaría a cabo la construcción?  Supongamos, lo que es ahora virtualmente cierto, que estos sacerdotes conocían todo lo referente a la precesión de los equinoccios. Esto es, sabían que los equinoccios no ocurren una y otra vez sobre la misma constelación, y que, al igual que la manecilla de un reloj, se mueven lentamente alrededor de las   constelaciones  y  tardan   2.200  años  en  pasar  de  una  cifra   a  otra.  Por  si fuera   poco,   la   manecilla   de   este   reloj   se   mueve   hacia   atrás… razón   por   la   cual   se   da   a   este   fenómeno   el   nombre   de   «precesión».

El equinoccio   más   imporante   es   tradicionalmente   el   que   tiene   lugar   en primavera, al empezar el año: el equinoccio vernal. Y el «punto vernal» es el lugar exacto del zodíaco que la «manecilla» señala en aquel momento. En astronomía se denomina punto Aries o punto vernal al punto de la eclíptica a partir del cual el Sol pasa del hemisferio sur terrestre al hemisferio norte, lo que ocurre en el equinoccio de primavera sobre el 21 de marzo (iniciándose la primavera en el hemisferio norte y el otoño en el hemisferio sur). Los planos del ecuador celeste y la eclíptica (el plano formado por la órbita de la Tierra alrededor del sol o el movimiento aparente del sol a lo largo de un año) se cortan en una recta, que tiene en un extremo el punto Aries y en el extremo diametralmente opuesto el punto Libra. El punto Aries es el origen de la ascensión recta, y en dicho punto tanto la ascensión como la declinación son nulas. Debido a la precesión de los equinoccios este punto retrocede 50,290966” al año. Ahora el punto Aries no se halla en la constelación Aries (como cuando fue calculado por primera vez, hace por lo menos un par de miles de años) sino en su vecina Piscis.  En el 10500 a. C., el punto en cuestión estaba en Leo. Como   eran   buenos   astrónomos,   estos   sacerdotes   sabían   lo   que sucedería   durante   los   siguientes   mil   años   y   pico.   En   primer   lugar,   el   punto vernal   se   movería   hacia   atrás,   de   Leo   a   Cáncer,   luego   a   Géminis,   luego   a Tauro, hasta que en nuestra propia era se encontraría en Piscis, a punto de entrar en Acuario. Al ocurrir esto, el cuerpo de Osiris -la constelación de Orión- subiría en el   cielo   y   parecería   desplazarse   hacia   el   norte   subiendo   por   la   «orilla» derecha de la Vía Láctea. Ahora   bien,   obviamente   llegaría   un   momento   en   que   Osiris   alcanzaría «la   tierra   de   Sokar»   en   el   cielo:   la   tierra   donde,   abajo   en   el   suelo,   se   había construido   la   Esfinge.   Y   entonces,   con   las   ceremonias   correctas,   finalmente podría ocupar el lugar que le correspondía como señor del cielo. Así   que,   por   fin,   era   el   momento   de   construir   el   gran   Templo   de   las Estrellas   donde   esta   ceremonia   llegaría   a   su   punto   culminante.   ¿Y   dónde estaba   el   punto   vernal   en   ese   momento?   ¿Exactamente   dónde   señalaba   la manecilla del reloj precesional? Entre 3000 y 2500 a.C., el punto vernal estaba en la orilla «occidental» de la Vía   Láctea   y   pasaba   lentamente   por   delante   de   la   cabeza   del   toro, Tauro. Esta   cabeza   la   forma   un   grupo   de   estrellas   llamadas   Híadas,   de   las   que sobresalen dos por ser las más luminosas. Si ahora miramos desde el cielo su reflejo en la tierra de Egipto, vemos el Nilo y la «tierra de Sokar», que incluye Menfis, Heliópolis y Rostau (Gizeh).

 

Y si miramos hoy, desde arriba, el lugar donde se «reflejan» las dos estrellas brillantes de las Híadas, también vemos dos pirámides: las llamadas Pirámide   Acodada   y   la   Pirámide   Roja,en   Dashur,   construidas   por   el   faraón Snefru, el padre de Keops. Bauval   y   Hancock   sugieren   muy   razonablemente   que   Snefru   las construyó   en   aquel   lugar   por   un   motivo:   para   señalar   el   principio   del   gran designio. ¿Y   dónde   está   Osiris   (Orión)   en   ese   momento?   También   ha   llegado virtualmente   a   «Sokar». Las Híadas son un conspicuo grupo de estrellas que forman parte de la constelación de Taurus. Astronómicamente conforman un cúmulo abierto a solo 150 años luz de distancia y junto con la notable estrella Aldabarán (a 60 años luz, es decir que se interpone entre nosotros y el cúmulo) conforman la cabeza del toro.  Desde antiguo fue difícil interpretar el origen de su nombre, es decir ¿Por qué se llamaban así?. Algunos recurrieron a una interpretación mitológica y poética, por ejemplo para Helénico de Lesbos, fueron las hermanas de Hías, que apenadas por su muerte lo lloran interminablemente y presentan ese aspecto neblinoso característico de las lágrimas que opacan la visión en los ojos tristes.  El astrónomo Arato en cambio no estaba de acuerdo con esta explicación y ensayaba una propia, “las estrellas de este asterismo representan las ninfas de Dódona que fueron premiadas por Zeus con el eterno cielo, como recompensa a su esmero y cuidados como nodrizas del dios Baco”, decía.  Otros en cambio compartían la idea que el nombre definiría el dibujo que formaran en el cielo y de hecho las Híadas se parecen a una “V” o nos parecería una letra Upsilon si fueramos griegos. Entonces podría ser que el nombre derive de una forma arcaica de decir “las estrellas en forma de upsilon”, pero es mucho más probable que el nombre sea de una antigüedad mayor que la escritura y quienes bautizaron estas estrellas no supieran nada de letras.  Otra posibilidad es que el nombre describa un significado práctico y a esta línea adhería el gran dramaturgo griego Eurípides, que en su obra “Ión”, describen las Híadas como una confiable señal de navegación. Veamos un bello fragmento que describe como la oscuridad del atardecer reemplaza al día: “La noche, de negro manto empujaba su carro…y los astros la acompañaban; la pleyade caminaba y el lancero Orión con ella… por encima de ellos la Osa, retorciendo su dorada cola en el Polo, el disco de la luna que divide los meses… y las Híadas, señal la más clara para los navegantes…”.

Es por esto que algunos creen encontrar en la raíz de una arcaica palabra griega para “lluvia” el origen de este nombre, pues su presencia anunciaba el comienzo de la época lluviosa y por tanto el fin de la temporada de navegación.  El   punto   vernal   y   la   constelación   de   Orión, así como la estrella Sirio (Isis),  se encuentran ahora en la misma zona del cielo. No  era así  en  el  10500 a. C.  Al  colocarte  de cara  al  este  hacia Leo, que   es   donde   estaba   situado   el   punto   vernal,   había   que   girar   90   grados completos   para   mirar   hacia   Orión.   Ahora,   ocho   mil   años   después,   se   han reunido. Por esta razón, según Bauval y Hancock, la Gran Pirámide se construyó ocho   mil   años   después   de   la   Esfinge.   Los   «cielos»   estaban   finalmente preparados   para   ella.   Y   la   lógica   de   lo   que   dicen   los   dos   autores   parece virtualmente   irrefutable.   Siempre   y   cuando   estemos   de   acuerdo   en   que   los antiguos   egipcios   sabían   todo   lo   relativo   a   la   precesión   y     que   Orión   era   su   constelación   más importante,   entonces   es   imposible   no   estar   de   acuerdo   en   que   el   momento en   que   el   punto   vernal   entró   en   la   misma   zona   que   Orión   fue   tal   vez   el momento más importante de la historia de Egipto. Vino   seguidamente   la   construcción   de   las   pirámides   en   Rostau (Gizeh), dispuestas de forma que señalaran claramente la Primera Vez en el 10500 a. C. Vino luego la ceremonia con que el faraón mandaba a Osiris de vuelta a su   lugar   apropiado   y   con   la   que   también   obtendría   la   inmortalidad   para   sí mismo y para su pueblo. Esta   ceremonia   tenía   lugar   en   el   momento   en   que   Sirio   salía   al amanecer.   Pero   empezaba   diez   semanas   antes.   Sirio   permanecía   ausente durante setenta días por debajo del horizonte, debido al hecho de   que   la   Tierra   está   inclinada   sobre   su   eje.   Y   también   lo   estaba,   desde luego, su casi vecina Orión: Osiris. Parece   muy   probable   que   cada   año   se   celebrara   una   ceremonia   cuyo objetivo   era   «rescatar»   a   Osiris.   Pero   la   ceremonia   que   se   celebró   en   el momento   del   solsticio   de   verano, el   acontecimiento   que   anunciaba   el desbordamiento del Nilo, en el año después de terminarse la Gran Pirámide, sería culminante. El faraón, Horus, es de suponer que se trataba de Keops, tenía que emprender un viaje para hacer que su padre, Osiris, volviese a la vida. Bajo su forma de sol, tenía que cruzar el gran río de la Vía Láctea en su barca solar y  viajar al horizonte oriental, donde Osiris se encontraba cautivo.

 

Bajo su forma de rey,   tenía   que   cruzar   el   Nilo   en   una   barca,   luego   viajar   a   Gizeh,   para  colocarse ante el pecho de la Esfinge.  Bauval y Hancock nos explican como  el   «hijo   de   Osiris»   salió   del   vientre   de   Isis,   es   decir,   la   estrella Sirio, al amanecer en el solsticio de verano… Fue entonces, y allí, tanto en el horizonte del cielo como en el «horizonte» de la tierra donde el rey Horus tenía que encontrarse enfrente de la Puerta de Rostau (Gizeh).  Vigilando esa   puerta   en   el   horizonte   de   la   tierra   encontraría   la   figura   gigantesca de  un  león:  la   Gran  Esfinge.   Y  vigilando  esa  puerta   en   el   horizonte  del cielo su equivalente celestial encontraría la constelación de Leo. Los texto de las pirámides explican que el principio del viaje de Horus al  otro   mundo   tuvo   lugar   70   días   antes   de   la   gran   ceremonia.   Veinticinco   días después,   el   sol   ha   cruzado   el   «río»   -la   Vía   Láctea-   y   ahora   se   mueve   en dirección   este   hacia   la   constelación   de   Leo.   Y   45   días   después   -al   finalizar los 70 días- el sol se encuentra entre las patas de Leo. En el suelo, el faraón está en la orilla oriental del Nilo, cruza el río en la barca solar -tal vez la barca que se encontró enterrada cerca de la pirámide en 1954-, luego avanza, pasando por las dos pirámides, de Dashur, hasta el pecho de la Esfinge. En ese momento, según los textos, tiene que hacer frente a una prueba ritual, bastante parecida a las que celebran los francmasones y se describen en   La  flauta   mágica   de   Mozart.  Se   le  permite   escoger   entre   dos   caminos,  o bien por tierra o por mar, para viajar al otro mundo y rescatar a su padre. La flauta mágica (título original en alemán, Die Zauberflöte) es un singspiel en dos actos con música de Wolfgang Amadeus Mozart y libreto en alemán de Emanuel Schikaneder. Es la última ópera escenificada en vida del compositor y estrenada en Viena, el 30 de septiembre de 1791 bajo la dirección del propio Mozart, apenas dos meses antes de su muerte. El singspieles un tipo de ópera popular cantada en alemán, en el que se intercalan partes habladas. Además de ser gran obra musical expresa unos valores a modo de crítica. Cuando Mozart estrenó La flauta mágica tenía treinta y cinco años y sólo le quedaban dos meses de vida. El empresario teatral Emanuel Schikaneder pasaba graves apuros económicos y el compositor, gran amigo suyo desde los años de juventud y en su misma situación financiera, resolvió escribir para él una obra que podría dar dinero. Al conocer que un teatro rival iba a estrenar otra ópera con igual asunto, se modificó por completo la acción dotándola, además, de una significación simbólica supuestamente de acuerdo con ciertas prácticas masónicas, logia a la que según algunos autores pertenecían.

El elemento mítico y maravilloso adquirió en La flauta mágica un gran relieve. Schikaneder era hermano masón de Mozart. Fue el primero que interpretó a Papageno, mientras que el papel de la Reina de la Noche era interpretado por Josepha Hofer, cuñada de Mozart. Otros intérpretes del estreno fueron: Benedikt Schack (Tamino), Anna Gottlieb (Pamina), Franz Xaver Gerl (Sarastro), Johann Joseph Nouseul (Monostatos), Herr Winter (Orador) y Barbara Gerl (Papagena). Interpretaron a las tres damas Mlle Klöpfer, Mlle Hofmann y Mme Elisab[e]th Schack; a los tres muchachos Anna Schikaneder, Anselm Handelgruber y Franz Anton Maurer; a los dos sacerdotes Johann Michael Kistler y Urban Schikaneder y, finalmente, los dos hombres armados fueron Johann Michael Kistler y Herr Moll. Según muchos historiadores y críticos, podría haber influencias masónicas en la ópera, ya que Mozart fue iniciado la logia masónica de Viena llamadaZur Wohltätigkeit (“La Beneficencia“) el 14 de diciembre de 1784. Cuando se produjo el estreno de La flauta mágica, la masonería acababa de ser prohibida en el imperio austriaco por su relación en ese país con los Iluminados de Baviera. Muchas de las ideas y motivos de la ópera recuerdan los de la filosofía de la ilustración. La flauta mágica sigue siendo importante dentro del repertorio operístico estándar y aparece como la número 1 en la lista de Operabase de las óperas más representadas en todo el mundo para el período 2005-2010. Su estatus como obra maestra de la ópera es incuestionable y ciertamente único dentro del más reducido ámbito del singspiel, donde no tiene comparación posible. Algunas de sus melodías son muy familiares, como el dúo de Papageno y Papagena, o el aria de coloratura de la Reina de la Noche titulada Der Hölle Rache kocht in meinem Herzen (La venganza del infierno hierve en mi corazón) y el aria del príncipe Tamino. En el año 1791, Schikaneder, conocido actor, escritor, y empresario teatral entre otras actividades, propone a Mozart la posibilidad de colaborar para hacer una ópera juntos. Ni Mozart ni Schikaneder estaban pasando por un buen momento económico, y pensaron que de esta manera podrían salir adelante. Mozart aceptó la idea, y mientras componía la música para la ópera, empezó a componer el Réquiem y su ópera La clemencia de Tito. En su estreno, no tuvo suficiente éxito. Hoy es una de las mas representadas en todo el mundo.

 

El argumento de la ópera ha sido muy discutido. Mientras que muchos investigadores la ven simplemente como un cuento de hadas, otros la ven llena de simbolismo y referencias a la masonería. En ese sentido, y a pesar de la fuerte influencia de la cultura popular, La flauta mágica es una guía de una iniciación masónica según el Rito Zinnendorf. De igual modo, muchos autores, entre ellos Gérard Gefen, han visto una prefiguración de Ignaz von Born en el papel de Sarastro. Von Born era un individuo con gran influencia en la masonería austriaca de la época, y fue quien apadrinó el ingreso de Mozart a la misma. Mucha gente considera que el triple acorde de la obertura de esta ópera es un claro signo masónico (la “batería masónica“), que anunciaría el carácter propagandístico de la obra, con objeto de difundir la masonería en un momento en el que el Imperio austrohúngaro intentaba prohibirla. Asimismo, el tema de la lucha entre la luz y la oscuridad, es un símbolo recurrente en las enseñanzas masónicas. Se cree que el libreto pudo estar inspirado en la obra Lulú o la flauta mágica, pero también que pudo tener otras fuentes, como Rey de Egipto, de Philippe von Greber o Sethos, de Jean Terrason. Los autores   creen   que   el   camino   terrestre   era   una   calzada   inmensa, de   la   cual todavía   quedan   restos,   que   comunicaba   el   Templo   del   Valle   con   la   Gran Pirámide.  En   otro  tiempo   estuvo  cubierta  con  losas  de  piedra  caliza  y   había estrellas pintadas en el techo. El   «camino   acuático»   todavía   no   se   ha   descubierto,   pero   los   autores creen   que   era   un   corredor   subterráneo   que   se   mantenía   medio   lleno   de agua que se extraía del Nilo mediante la acción capilar.  Citan   a  un   ingeniero   francés,   el   doctor  Jean   Kerisel,   que   sugiere   la posibilidad   de   que   la   Esfinge   se   alce   sobre   un   túnel   de   700   metros   de longitud que conduce a la Gran Pirámide. Lo que ocurrió a continuación es conjetura y nada más, sólo que debió de   terminar   con   la   reaparición   de   Orión   y   Sirio   por   encima   del   horizonte oriental. Bauval y Hancock creen que esta ceremonia era la unión simbólica del Alto Egipto y el Bajo Egipto, esto es, del cielo y la tierra. Es claro que los sacerdotes   que   la   planearon   la   consideraban   el   acontecimiento   principal   de la historia de Egipto después de la Primera Vez.

¿Y quiénes eran estos sacerdotes? Bauval y Hancock decían que   «hombres   serios   e   inteligentes»,  y   también   mujeres,  actuaban   en   verdad   entre   los   bastidores   de   la   prehistoria   en   Egipto.  Y  proponen   que   uno   de   los   numerosos   nombres   por   los   que   se   les conocía era el de «Seguidores de Horus». También dicen que su objetivo,   al   que   sus   generaciones   fueron   fieles   durante   miles   de   años con   el   rigor   de   un   culto   mesiánico,   puede   que   fuese   llevar   a   buen término un gran proyecto cósmico. Hablan   seguidamente   del   Templo   de   Edfú,   algunas   de   cuyas   partes datan de la Era de las Pirámides, aunque su forma actual se construyó entre el   237   y   el   57   a. C.   Sus   «Textos   de   Construcción»   hablan   de   eras anteriores   que   se   remontan   hasta   la   Primera Vez,   cuando   el   dios   Tot   copió las palabras de los sabios en un libro con el título curiosamente moderno de Especificaciones de los túmulos de comienzos de la era primitiva,   incluido el Gran   Túmulo   Primitivo   mismo,   donde   fue   creado   el   mundo.   El   profesor Iodden   Edwards   cree   que   este   túmulo   es   la   enorme   roca   sobre   la   que   se erigió la Gran Pirámide. Según   los   Textos   de   Construcción,   los   diversos   templos   y   túmulos   los proyectaron   Siete Sabios,   incluida   la   «mansión   el   dios», seguramente   la Gran   Pirámide,   lo   cual   parece   corroborar   la   creencia   de   Bauval   de   que   las pirámides se proyectaron, y quizá se construyeron en parte,  al mismo tiempo que   la   Esfinge.   Los   Siete   Sabios   eran   supervivientes   de   una   inundación catastrófica y llegaron de una isla. Estos Siete Sabios parecen idénticos a los Dioses Constructores,   los   Superiores   y   los   Seguidores   de   Horus   (Shemsu  Hor),  a los que se hace referencia en otros escritos tales como los Textos de las Pirámides. Los Seguidores de Horus no eran dioses, sino seres humanos que   reconstruyeron   el   mundo   después   de   la   gran   catástrofe…   a   la   que precedió la Era de los Dioses. Ésta   es,   pues,   la   tesis   fundamental   de   Guardián   del   Génesis:   que   un grupo   de   sacerdotes   supervivientes   de   alguna   catástrofe   virtualmente crearon   el   antiguo   Egipto   tal   como   lo   conocemos.   Podría   considerarse   la continuación   de   Hamlet’s   Mill   y   de   Death   of   the   Gods   in   Ancient   Egypt,   de Jane  B.  Sellers,  que  también  arguye   de  forma  convincente  que  los   antiguos egipcios conocían todo lo relativo a la precesión. Pero va más allá que estos libros   en   sus   argumentos   matemáticos   y   astronómicos.   Sus   argumentos sobre   las   alineaciones   astronómicas   de   la   Esfinge   y   las   pirámides representan   un   esfuerzo   notable.

 

La egiptóloga Jane   Sellers   ya   había   hablado   de   un «código   precesional»   de   números,   y   Graham   Hancock   resume   sus resultados   en   Fingerprints   of   the   Gods.  Pero   al   utilizar   las   simulaciones hechas por ordenador, Bauval eleva todo esto a un nuevo nivel de precisión.  Y  el   resultado   es   que,   incluso   los   que   tienen   dudas   sobre   la   idea   de   una sucesión   sacerdotal   que   durase   miles   de   años,   tendrán   que   admitir   que   los cálculos matemáticos parecen irrefutables. Los autores sacan otra conclusión interesante. Preguntaron al ordenador exactamente   dónde   estaba   situado   el   punto   vernal   en   el   10500   a.   de   C.   La respuesta fue «que se encontraba 111,111 grados al este de la estación que había   ocupado   en   el   2500   a.   de   C.   Entonces   había   estado   a   la   cabeza   de Híadas-Tauro, cerca de la orilla derecha de la Vía Láctea; 8.000 años antes se   hallaba   directamente   debajo   de   las   patas   traseras   de   la   constelación   de Leo». Y si este punto tiene un «doble terrenal», entonces parecería insinuar la existencia de algún secreto no descubierto debajo de las patas traseras de la Esfinge. Los Textos de los Sarcófagos hablan de «una cosa sellada que está en la oscuridad, con fuego a su alrededor, y contiene la exhalación de Osiris, y   está   puesta   en   Rostau».   ¿Podría   ser   que   ese   «algo   escondido», en   una cámara   debajo   de   las   patas   traseras   de   la   Esfinge, sea   un   «tesoro»   que transformará   nuestro   conocimiento   del   antiguo   Egipto?   Edgar   Cayce   predijo el   descubrimiento   de   una   Sala   de   Registros   debajo   de   la   Esfinge   hacia finales   del   siglo   XX,   y   Hancock   y   Bauval   se   preguntan   si   actualmente   no estará   investigando   esto   el   equipo   de   «egiptólogos   oficiales»   que   son   los únicos a quienes se permite acercarse a la Esfinge.  Egdar Cayce fue uno de los psíquicos más célebres de Estados Unidos, ya que se supone que poseía facultades de clarividencia y percepción extrasensorial, aunque nunca fueron demostradas con rigor científico. Entraba en estado de trance hipnótico durante sus llamadas «lecturas» (readings) y respondía a las preguntas de un individuo. Estas lecturas mencionaban, al principio, la salud física del individuo. Fue un gran investigador de la reencarnación por medio de «regresiones» a vidas pasadas. Mucha gente lo visitaba para buscar ayuda a sus males y dolencias. El ARE (Asociación para Investigación y Aclaración) actualmente conserva todas las lecturas.

Cayce consideraba más importante su dedicación al trabajo social (la mayoría de sus «lecturas» las realizó para personas que estaban enfermas) o la teología cristiana (Cayce fue toda su vida un miembro de la iglesia protestante «Discípulos del Cristo»). Se ganaba la vida con su trabajo fotográfico, pero recibía también modestas donaciones que lo ayudaban, ya que no cobraba nada por sus tratamientos y consultas. Sus procedimientos eran múltiples: medicinas, masajes, hidroterapia, ejercicios, hierbas y remedios naturales. Veía las causas de la enfermedad que, a veces, se remontaban a reencarnaciones distantes y enseñaba cómo disolver los karmas pendientes. Según el escritor francés Louis Pauwels, que narra la historia de este personaje en su libro El retorno de los brujos (Le Matin des Magiciens, 1960, libraire Gallimard), Cayce era un hombre muy sencillo, sin apenas formación cultural, que cuando dormía era capaz de recetar la solución médica de cualquier enfermedad, desde que a la edad de cinco años cayera en coma a causa de un pelotazo del que parecía que no sobreviviría, siendo víctima de una enfermedad incurable que no quiso revelar a nadie. Edgar Cayce también era conocido como el Profeta Durmiente. La obra Guardián del Génesis  termina con un interrogante, lo cual quizá es   inevitable.   Porque   la   verdadera   pregunta   que   hay   detrás   de   esta investigación del pasado remoto es: ¿qué significa todo esto? Tenemos que reconocer que ni siquiera el conocimiento más exacto del código precesional egipcio y su religión de resurrección nos acerca más a responder algunas de las preguntas más obvias sobre su logro. Ni tan sólo una tan sencilla como la que se refiere a cómo levantaron bloques de 200 toneladas…El antropólogo Ivar Lissner cita   un   ejemplo   de   magia   chamánica   que   observó   el   antropólogo   E. Lucas   Bridges,  hijo del primer colono de Usuhaia, Tierra de Fuego,   y   que   al   principio   decepciona   porque   parece   un   truco   de prestidigitación. Bajo la nieve y a la luz de la luna, el chamán ona Houshken canta una salmodia durante un cuarto de hora antes de llevarse las manos a la boca y sacar una tira de piel de guanaco, más o menos del tamaño de un cordón   de   zapato. Luego   aparta   lentamente   las   manos   hasta   que   la   tira adquiere alrededor de 1,20 metros de longitud. Entonces entrega uno de los extremos   a   su   hermano,   que   retrocede   hasta   que   los   1,20   metros   se convierten en  unos 2,40.

 

Seguidamente Houshken vuelve a coger  la tira,  se lleva   la   mano   a   la   boca   y   se   traga   la   tira.   «Ni   siquiera   un   avestruz   hubiera podido   tragarse   2,40   metros   de   piel   de   un   solo   golpe   y   sin   ningún   esfuerzo visible». Houshken   no   ha   escondido   la   tira   en   una   manga   porque   va   desnudo. Después   de   esto,   se   saca   de   la   boca   algo   que   semeja   masa   de   pan semitransparente   que   parece   estar   vivo   y   gira   a   gran   velocidad.   Luego,   al separar   más   las   manos,   la   «masa   de   pan»   sencillamente   desaparece.  De nuevo   da   la   impresión   de   que   se   trata   de   un   juego   de   manos   hasta   que recordamos que el chamán está desnudo. F.   Bruce   Lamb,  en un libro titulado   Wizard of the Upper Amazon,  expone la crónica más clara y más detallada que ofrece la literatura atropológica sobre la se ha convertido en un clásico de su   campo,   el   explorador   Bruce   Lamb   hace   de   amanuense   de   un   joven peruano   llamado   Manuel   Córdova Rios,   que   en   1902   fue   secuestrado   por   los indios   amahuacas   de   Brasil.   Córdova   pasó   siete   años   entre   los   indios   y   da cuenta detallada de su forma de vivir. Y   como   Córdova   llegó   a   ser   jefe   de   la   tribu,   también   nos   permite empezar  a  comprender  lo  que  debía   representar  ser  un   cacique-chamán  en el   paleolítico.   El   libro  transmite el  notable sentido  de unidad  que  existe  en  una  tribu primitiva, en   la   cual   cada   uno   de   sus   miembros   es,   en   cierto   modo,   parte   de   un  organismo.  La   «magia»   parece   desempeñar   un   papel   inevitable   en   la existencia   de   los   cazadores   que   viven   en   estrecho   contacto   con   la naturaleza. Uno   de   los   capítulos   más   notables   de   Wizard   of   the   Upper   Amazon  describe   cómo   el   anciano   jefe   Xumu   preparó   a   Córdova   durante   diez   días con una dieta especial, que incluía brebajes que producían vómitos y diarrea y  aceleraban  los latidos del corazón. Luego,  con otros  miembros de la  tribu, recibió   un   «extracto   de   visión»   cuyo   efecto   fue   inundarle   de   extrañas sensaciones,   colores   y   visiones   de   animales   y   otras   formas   naturales. Hicieron   falta   muchas   de   estas   sesiones   antes   de   que   Córdova   pudiera dominar el caos que la droga producía. Finalmente, una noche los indios se internaron mucho en la selva y pasaron varias horas recogiendo   enredaderas   y   hojas.   Luego   trituraron   lo   que   habían   recogido   y con un complicado ritual lo metieron en la olla de barro cocido.

Los   preparativos   continuaron   durante   tres   días   y,   una   vez terminados, el extracto verde se echó en unos cacharros pequeños.Un cazador que pasaba por una temporada de mala suerte se acercó al jefe   de   la   tribu   y   describió   una   serie   de   percances   debido   a   los   cuales   su familia estaba medio muerta de inanición. El jefe le dijo que volviera la noche siguiente para la ceremonia del «extracto de visión»  (honi xuma). En   la   ceremonia   participó   un   grupo   numeroso.   Poco   después   de   beber el   extracto,   empezaron   las   visiones   en   colores,   que   todos   compartieron.   El «canto de la boa» trajo una gigantesca boa constrictor que cruzó el claro de la   selva   seguida   por   otras   serpientes,   luego   hubo   un   largo   desfile   de   pájaros, entre   los   que   había   un   águila   gigantesca,   que   extendió   las   alas   delante   de ellos, les miró con ojos amarillos y centelleantes y abrió y cerró el pico varias veces. Después vinieron muchos más animales y Córdova explica que ya no recuerda muchas cosas de lo que sucedió, «porque el conocimiento no tenía su origen en mi conciencia ni en mi experiencia».  Estas experiencias duraron toda la noche. Al día siguiente, el jefe, Xumu, preguntó al cazador «con mala suerte» si ahora   podía   dominar   a   los   espíritus   de   la   selva.   El   hombre   contestó   que   su comprensión   se   había   renovado   y   que   la   selva   satisfaría   todas   sus necesidades. A este respecto vale la pena mencionar la parábola de los lirios, de Jesús, tal como se explica en el evangelio de Mateo:  “Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: No trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.”.

 

Más   adelante,   Córdova   se   fue   de   caza.   El   día   antes   se   celebraron complicados rituales, con bebida de pociones, baños de hierbas y exposición del   cuerpo   a   varias   clases   de   humos,   producidos   quemando   el   pelo   de   un animal y plumas de un ave a la que cazarían. En medio de la ceremonia final, un   búho   se   posó   en   una   rama;   los   cazadores   bailaron   alrededor   del   animal mientras entonaban una salmodia ritual y le pedían que dirigiera sus flechas hacia   los   diversos   animales   que   fueron   nombrando.   Finalmente,   el   búho   se fue volando y se acostaron todos. Córdova   describe   la   cacería   y   cuenta   que   tuvo   que   aprender   a reconocer   todas   las   señales   de   la   selva:   el   olor   de   los   mamíferos   o   las serpientes,   el   significado   de   una   ramita   quebrada   o   de   una   hoja   caída.   Y después   de   dar   muerte   a   varios   cerdos   silvestres,   el   jefe   del   grupo   de cazadores   le   describió   el   método   que   empleaban   para   tener   la   certeza   de que los cerdos pasaran siempre por allí.  Primero hay que matar al jefe de la manada, que suele ser una hembra, y enterrar su cabeza en un agujero profundo, de cara a la dirección contraria a la que siguen los animales, en medio de   salmodias   rituales   dirigidas   a   los   espíritus   de   la   selva.   Si   esto   se   hace  correctamente,   seguro   que   los   cerdos   pasarán   siempre   por   aquel   lugar cuando   recorran   su   territorio,   y   si   observan   los   hábitos   de   los   animales,   los cazadores siempre pueden estar al acecho cuando vuelvan. Una   noche   oyeron   la   peculiar   llamada   de  un   insecto.  Los   cazadores   se pusieron   alerta   al   instante   y   dos   de   ellos   se   internaron   sigilosamente   en   la selva. Al cabo de unas horas, volvieron con un insecto envuelto en una hoja.  Hicieron   una   jaula   diminuta   y   explicaron   que   la   posesión   de   un   wyetee   tee  garantizaría   buena   caza.   Al   día   siguiente,   los   cazadores   se   escondieron   en chozas   camufladas   en   los   árboles   alrededor   del   claro  de   la   selva.   Tal   como habían predicho, el  wyetee tee  trajo tal abundancia de caza que tuvieron que construir otro tendedero para ahumarla. Andando   el   tiempo,   Xumu   eligió   a   Córdova   como   sucesor.   No   lo   hizo sencillamente porque Córdova supiera disparar con un fusil y tuviese espíritu empresarial   suficiente   para   enseñar   a   la   tribu   a   fabricar   y   vender   caucho, sino   porque   poseía   la   clase   de   sensibilidad   que   le   permitiría   comprender   a sus compañeros.

Según Córdova: “Durante mi formación me di cuenta de que se producían cambios sutiles en   mi   proceso   mental   y   en   mis   modos   de   pensamiento.   Me   fijé   en   un aceleramiento   mental   y   en   cierta   clarividencia   que   me   permitía   prever acontecimientos  y  reacciones  de  la  tribu.  Concentrando  mi  atención  en un solo individuo, podía adivinar sus reacciones y propósitos y prever lo que  haría   o  lo  que  pensaba  hacer…   El   anciano  dijo   que  mi   facultad  de prever   y   conocer   los   acontecimientos   futuros   mejoraría   y   aumentaría, también   que   podría   localizar   e   identificar   objetos   desde   una   gran distancia“. En efecto, Córdova tuvo visiones de la muerte de su madre que, al volver a la civilización, comprobó que habían sido acertadas. El   jefe   indio   también   poseía   esta   facultad   de   la   clarividencia. «Esperamos   en   el   poblado   durante   muchos   días   después   de   que   saliera   el grupo de cazadores. Finalmente, el jefe dijo que volverían al día siguiente...». Y por supuesto, Xumu tenía razón. Se   ve   claramente   que   gran   parte   de   la   «magia»   de  los indios es una especie de telepatía. Cuando Xumu se interna con él en la selva   para   una   iniciación   mágica,   a   Córdova   no   le   cabe   ninguna   duda   de   que entre ellos hay comunicación telepática. «El   jefe   habló  en   tono  bajo,   agradable. Empiezan   las   visiones.  Había captado   por   completo   mi   atención   con   estas   palabras   de   magia.   Al   instante noté   que   desaparecían   las   barreras   que   pudiera   haber   entre   nosotros; éramos como uno solo». Entonces   el   jefe   hace   que   aparezcan   visiones   que   Córdova   comparte. La   explicación   de   los   escépticos  de que   el   jefe   no   hace   más   que   utilizar   la sugestión,   no   se   ajusta   a   los   hechos.   El   jefe   dice:   «Empecemos   por   los pájaros», y aparece la imagen increíblemente detallada de un pájaro. Según Córdova «Nunca había   percibido   yo   imágenes   visuales   tan  detalladas…  Entonces   el   jefe   hizo que apareciese una hembra y el macho ejecutó su danza de apareamiento. Oí todos los cantos, llamadas y otros sonidos. Su variedad superaba todo lo que había oído hasta entonces». Más adelante hay otra descripción larga de visiones que compartió toda la tribu. Después de beber el «extracto de visión», una salmodia da origen a una   procesión   de   animales,   entre   los   que   hay   un   jaguar   enorme.   «Este animal tremendo avanzaba arrastrando los pies y con la cabeza baja, la boca abierta   y   la   lengua   colgando.   Dientes   horribles   y   grandes   llenaban   la   boca abierta.   Un   cambio   instantáneo   de   porte   para   adoptar   un   aire   de   alerta malévola hizo temblar al círculo de visionarios de fantasmas».

 

De hecho, Córdova se dio cuenta de que era él quien había provocado la   aparición   del   jaguar,   con   el   que   una   vez   se   había   encontrado   en   un sendero de la selva y al que había mirado fijamente hasta obligarle a apartar los   ojos.   Los   demás   miembros   de   la   tribu   también   reconocieron   esto   y   el resultado fue que dieron a Córdova el apodo de «Jaguar». Córdova habla luego de escenas de combate con tribus enemigas y con los   caucheros   invasores,   que   habían   obligado   a   los   amahuacas   a   buscar nuevos territorios. Tiene visiones de un poblado en llamas y del jefe matando a   un   plantador   de   caucho.   El   «espectáculo»   termina   con   escenas   en   su nuevo   poblado.   Es   obvio   que   en   esta   sesión   visionaria   todos   ven   lo   mismo, como si estuvieran sentados en un cine viendo una película. Pero la película es   una  creación  de   sus   propias   mentes.  En   su  introducción   a   Wizard   of   the  Upper   Amazon,   Andrew   Weil,   investigador   de   Harvard,   comenta: «Evidentemente,   estos   indios   experimentan   el   inconsciente   colectivo   como una realidad inmediata, no sólo como una construcción intelectual». Más adelante, Córdova cuenta que al morir el anciano jefe, él ocupa su lugar.   Descubre   que   durante   las   visiones   causadas   por   la   droga,   las salmodias le permiten controlar lo que se ve: “Por  complicadas   y   extrañas   que   fueran   las   visiones,   obedecían   a   mis deseos  tal  como los  expresaba  cantando.  Cuando  se dieron cuenta  de que yo dominaba sus visiones, todos los hombres consideraron que mi posición   era   infinitamente   superior   a   la   suya.   Adquirí   al   mismo   tiempo una   conciencia   más   aguda  de   mi   entorno   y   de   la  gente   que   tenía  a   mi alrededor…   una   sensación   de   clarividencia   que   me   permitía   prever cualquier situación difícil que pudiera producirse“. También   hereda   del   anciano   jefe   la   facultad   de   hacer   uso   de   sus sueños. «Una noche, en el campamento de la boa, en sueños tuve visiones de   que  algo   iba  mal   en  Xanada…»   Al   volver,   pudo  comprobar  que   una   tribu vecina estaba invadiendo su territorio. Cuando finalmente regresó a la civilización, Córdova conservó lo que el anciano   jefe   le   había   enseñado.   Las   visiones   de   la   muerte   de   su   madre -durante una epidemia de gripe- resultaron ciertas. Y «por extraño que pueda parecerles,   como   mínimo   he   visto   por   anticipado   otros   dos   acontecimientos importantes   de   mi   vida.   Explíquenlo   como   les   plazca,   pero   yo   creo   que   fue resultado de lo que me enseñó Xumu».

Un escéptico objetaría que todas estas cosas no prueban nada. Córdova sencillamente   había   tomado   parte   en   rituales   que   los   indios   creían   que producirían   resultados   y   cuando   llegaron   los   resultados   creyeron   que   su magia   había   sido   la   causa.   Sin   embargo,   esto   es   sencillamente   todo   lo contrario   de   la   impresión   que   transmite  Wizard   of   the   Upper   Amazon,   en   el que  no  puede  haber  duda  alguna,   como  dice  Andrew  Weil,  de  que  estamos hablando del «inconsciente colectivo» como de una realidad cotidiana. El   siguiente   ejemplo   de   poder   chamánico   no   puede   explicarse   diciendo que fue algún tipo de autoengaño colectivo. Sir Arthur Francis Grimble era un administrador colonial británico que en 1914 pasó a desempeñar el cargo de comisario residente en las islas Gilbert, en  el   océano  Pacífico.   Más  adelante  describiría  los  cinco  años  que  pasó  en la islas en una deliciosa autobiografía titulada  Pattern of Islands  (1952), que obtuvo   un   merecido   gran   éxito.   El   libro   se   ocupa   principalmente   de   la   vida cotidiana   y   el   autor   utiliza   un   tono   realista   que   es   muy   apropiado.   Sin embargo,   en   uno   de   los   capítulos   describe   un   acontecimiento   tan   extraño que parece no tener ninguna explicación normal.  Un   anciano   jefe   llamado   Kitiona   criticó   la   delgadez   de   Grimble   y   le recomendó   que   comiese   carne   de   marsopa.   Grimble   preguntó   cómo   podía adquirir carne de marsopa y le dijeron que el primo hermano de Kitiona, que vivía en el poblado de Kuma, era «llamador de marsopas» hereditario. Grimble   había   oído   hablar   de   lo   de   «llamar   a   las   marsopas»,   es   decir, de   que   ciertos   chamanes   poseían   la   facultad   de   hacer   que   las   marsopas salieran a la orilla mediante alguna clase de magia; Grimble la clasificaba con el   truco   indio   de   la   soga.   Preguntó   cómo   se   hacía   y   le   contestaron   que dependía de poder tener cierto sueño. Si el «llamador de marsopas» lograba tener   dicho   sueño,   el   espíritu   salía   de   su   cuerpo   y   podía   visitar   a   la   gente-marsopa e invitarla a un banquete y un baile en el poblado de Kuma. Cuando las   marsopas   llegaban   al   puerto,   el   espíritu   del   soñador,   regresaba apresuradamente a su cuerpo y alertaba a la tribu… Grimble   se   mostró   interesado   y   Kitiona   prometió   que   mandaría   su   canoa a buscarle cuando su primo estuviese preparado. A su debido tiempo llegó la canoa y Grimble fue llevado a Kuma. Llegó acalorado,   sudoroso   e   irritable,   y   fue   recibido   por   un   hombre   gordo   y amistoso que le explicó que era el «llamador de marsopas».

 

El   hombre   se   metió   en   una   choza   protegida   por   hojas   de   cocotero recién trenzadas. «Emprendo mi viaje», dijo al despedirse. Grimble se instaló en la choza contigua. Dieron las cuatro, que era la hora en que debían producirse resultados según   había   prometido   el   mago;   no   pasó   nada.   Sin   embargo,   las   mujeres estaban   trenzando   guirnaldas,   como   si   fuera   a   celebrarse   una   fiesta,   al tiempo   que   iban   llegando   amigos   y   parientes   de   los   poblados   vecinos.   A pesar del ambiente festivo, hacía un calor agobiante. Su  fe   empezaba   a   flaquear   a   causa   de   la   tensión   cuando   de   la   choza del   soñador   salió   un   aullido   sofocado.   Dió  un   salto   y   vió   que   su   pesado cuerpo   salía   disparado   de   cabeza   a   través   de   las   pantallas   de   hojas. Cayó cuan largo era, se levantó trabajosamente y con pasos vacilantes se   apartó   de   la   choza,   la   saliva   brillando   en   su   mentón.   Se   quedó   de pie unos  instantes,  dando  manotazos  en  el  aire y  quejándose  con una extraña   nota   aguda   que   hacía   pensar   en   un   perrito.   Luego   empezó   a hablar   a   borbotones:   «¡Teirake!   ¡Teirake!   (¡Levantaos!   ¡Levantaos!)… ¡Que   vienen,   que   vienen!   Bajemos   a   recibirlas».   Echó   a   andar pesadamente en dirección a la playa. Un   rugido   se   alzó   del   poblado:   «¡Que   vienen,   que   vienen!».   Se encontró   corriendo   a   la   desbandada   con   otras   mil   personas   hasta   los bajíos,   chillando   a   todo   pulmón   que   las   amigas   del   oeste   ya venían.   Grimble  corría   detrás   del   soñador   y   los   otros   convergieron   en   él desde   el   norte   y   el   sur.   Se   desplegamos   formando   una   larga   línea, unos   al   lado   de   otros,   y   Siguieron  corriendo   atropelladamente   por   los bajíos. Acababa de meter la cabeza en el agua para refrescarse cuando un  hombre,  que   corría  cerca   de   él,  profirió   un  aullido  y  señaló.  Otros   le imitaron,   pero   al   principio   no   pudo   ver   nada   debido   a   los   reflejos cegadores   del   sol   en   el   agua.   Cuando   por   fin   pudo   verlas,   todos chillaban   como   locos.   Ya   estaban   bastante   cerca,   avanzando   hacia ellos   a   gran   velocidad.   Cuando   llegaron   al   borde   de   las   aguas azules   junto   al   arrecife,   aflojaron   la   velocidad,   se   desplegaron   y empezaron a nadar hacia atrás y hacia delante enfrente de la línea que formaban. Entonces, de repente, desaparecieron.

En medio del silencio tenso que se produjo a continuación, pensó que   se   habían   ido.   La   decepción   fue   tan   grande   que   no   se   paró  a pensar  que,  aun  así,  acababa  de  ver  una  cosa  muy  extraña.  Estaba   a punto   de   tocar   la   espalda   del   soñador   para   despedirse   cuando   se volvió   hacia   él con   cara   tranquila   y   musitó,   al   tiempo   que   señalaba hacia   abajo:   «El   rey   procedente   del   oeste   viene   a   verme».   Sus   ojos siguieron su mano. Allí, a menos de diez metros, estaba la enorme   silueta   de   una   marsopa   suspendida   como   una   sombra reluciente   en   las   aguas   verdes   y   cristalinas.   Detrás   de   ella   había   toda una flotilla de marsopas. Avanzaban   hacia   ellos  en   extensa   formación,  con   separaciones   de   dos   o   tres   metros   entre   ellas,   y   cubrían   todo   el   espacio que   alcanzaba   su  vista.  Se   movían   tan   lentamente  que   parecían  estar en trance. Su jefe pasó muy cerca de las piernas del soñador. Éste se volvió sin decir palabra y echó a andar a su lado camino de las bajíos, sin   prisas.   Grimble   los  seguía   a   uno   o  dos   pasos   de   su   cola   casi   inmóvil.   Vió que a derecha e izquierda de ellos, otros grupos se volvían de cara a la playa de uno en uno, los brazos alzados, la cara inclinada sobre el agua. Brotó   un   parloteo   en   voz   baja   y   retrocedió   un   poco   para   poder abarcar toda la escena. La gente del poblado daba la bienvenida a sus invitados a tierra con palabras arrulladoras. Sólo los hombres andaban al   lado   de   las   marsopas;   las   mujeres   y   los   niños   seguían   su   estela   y batían   palmas   suavemente   para   marcar   el   ritmo   de   una   danza.   Al acercase   a   los   bajíos   de   color   verde   esmeralda,   la   quilla   de   las marsopas   empezó  a  tocar  la  arena  y  los   animales  movieron  las  aletas como si  pidieran ayuda. Los hombres se inclinaron  para rodearlas con los brazos  y ayudarlas a salvar los  obstáculos. Las marsopas no mostraban   la   menor   señal   de   alarma.   Era   como   si   su   único   deseo   fuese alcanzar la playa. Cuando   el   agua   sólo  llegaba   hasta   los   muslos,   el   soñador alzó   repentinamente   los   brazos   y   llamó.   Los   hombres   situados   en   los flancos  se acercaron  para rodear a las  visitantes,  diez  o más  hombres por   cada   animal.   «¡Arriba!»   ,   gritó   entonces   el   soñador,   y   los   pesados cuerpos   negros   fueron   medio   arrastrados   y   medio   llevados   a   cuestas, sin  que  se  resistieran,  hasta  el  borde   de  la  marea.  Allí  los  depositaron en  tierra,  aquellas   formas   bellas  y  dignas,  totalmente  en  paz,  mientras el   infierno   se   desataba   a   su   alrededor.   Hombres,   mujeres   y   niños empezaron   a   dar   saltos   y   a   hacer   gestos   mientras   proferían   chillidos que   desgarraban   el   cielo;   luego   se   quitaron   las   guirnaldas   y   las arrojaron alrededor de los cuerpos inmóviles, empujados por una súbita y   terrible   furia   de   jactancia   y   burla.   Grimble   todavía   se   resiste   a recordar aquella última escena: la gente enloquecida, los animales tan triunfalmente quietos.

 

Los   dejaron   con   las   guirnaldas   donde   yacían   y   volvieron a sus   casas.   Más   tarde,   cuando   la   marea   se   retiró   y   quedaron varadas   lejos   del   agua,   los   hombres   bajaron   con   cuchillos   para cortarlas   en   pedazos.   Aquella   noche   hubo   banquete   y   baile   en   Kuma. Reservaron   para   Grimble  una   porción   de   carne   como   la   que   reciben   los jefes.   Esperaban   que   la   hiciera   curar   y   que   fuese   la   dieta   para   su delgadez.   La   salaron   debidamente,   pero   Grimble  no   se sintió  con   ánimos   de comerla… Parece claro que no hay gran diferencia entre la «magia» que Córdova aprendió en el  Alto Amazonas y  la magia  de  los «Ilamadores  de  marsopas» en   el   Pacífico   Sur.   Aparentemente,   ambas   se   basan   en   alguna   extraña capacidad telepática… o en lo que Weil llama «el inconsciente colectivo».  Puede parecer que al aventurarnos a entrar en este reino de la «magia» primitiva   hemos   dejado   atrás   todo   el   sentido   común.   Sin   embargo,   aunque resulte   extraño,   la   sugerencia   de   que   soñar   puede   producir   facultades «paranormales» -o, mejor dicho, aprovechar facultades que todos poseemos, cuenta con cierto respaldo científico. A   principios   del   decenio   de   1980,   el   doctor   Andreas   Mavromatis,   de   la Brunel   University   de   Londres,   dirigió   a   un   grupo   de   estudiantes   en   la exploración   de   los   «estados   hipnagógicos»,   es   decir,   los   estados   de   la conciencia entre el sueño y la vigilia. En   un   libro   titulado   Mental   Radio   (1930),   el   novelista   norteamericano Upton   Sinclair   habló   de   las   facultades   telepáticas   de   su   esposa,   May,   que había sido telepática desde la infancia. May Sinclair explicó que para llegar a un   estado   mental   telepático,   ante   todo   tenía   que   concentrarse. No concentrarse   en   algo,   sino   sencillamente   estar   muy   alerta.   Luego   tenía   que producir una profunda relajación, hasta encontrarse al borde del sueño. Una vez en tal estado, la telepatía era posible. Mavromatis   aprendió   solo   a   hacer   lo   mismo:   a   provocar   estados   de concentración   y   profunda   relajación   simultáneas.   Lo   que   ocurre   en   estos estados es que vemos ciertas imágenes o situaciones con extrema claridad.

En un libro titulado  Beyond the Occult,  Colin Wilson describe su propia experiencia: “Yo   mismo   lo   conseguí   por   casualidad   después   de   leer   el   libro   de Mavromatis   titulado   Hypnogogia.   Hacia   el   amanecer,   me   desperté   a medias,   flotando   todavía   a   la   deriva   en   una   agradable   somnolencia,   y me encontré contemplando un paisaje montañoso dentro de mi cabeza. Era   consciente   de   que   estaba   despierto   y   de   yacer   en   la   cama,   pero también   de   contemplar   las   montañas   y   el   paisaje   de   color   blanco, exactamente   como   si   estuviera   mirando   algo   en   la   pantalla   de   un televisor. Poco después de esto, volví a quedarme dormido. La parte más interesante de la experiencia fue la sensación de contemplar el pai-saje,   de   poder   concentrarme   en   él   y   desviar   mi   atención,   exactamente igual que cuando estaba despierto. Un   día,   cuando   Mavromatis   estaba   medio   dormido   en   un   círculo   de estudiantes, escuchando mientras uno de ellos «psicometraba» algún objeto que  tenía  en  la  mano  (tratando  de   «sentir»  su  historia),  empezó   a  «ver»  las escenas que el estudiante estaba describiendo. Luego empezó a alterar sus visiones   hipnagógicas   -capacidad   que   había   adquirido   por   medio   de   la práctica-   y   descubrió   que   el   estudiante   empezaba   a   describir   sus   visiones alteradas. Convencido   ahora   de   que   los   estados   hipnagógicos   estimulan   la telepatía,   pidió   a   los   estudiantes   que   «captasen»   las   escenas   que   él imaginaba   y   comprobó   que   lo   conseguían   con   frecuencia.   Su   conclusión   es que «algunas imágenes hipnagógicas que aparentemente “no hacen al caso” podrían… ser fenómenos con sentido que pertenecieran a otra mente». Dicho de   otro   modo,   que   T.   S.   Eliot   podría   estar   equivocado   al   pensar   que   «cada uno   de   nosotros   piensa   en   la  llave,   cada  uno  en  su   prisión».   Tal   vez,   como  sugirió   Blake,   el   hombre   puede   salir   de   su   prisión   interior   «en   el   momento que lo desee». La   telepatía   es,   de   hecho,   quizá   la   más   probada   de   las   facultades «paranormales»   y,   en   general,   los   estudiosos   de   lo   paranormal   están   de acuerdo   en   que   las   pruebas   de   su   existencia   son   irrefutables.   El   libro   de Mavromatis va más  allá y sugiere que hay un vínculo entre la telepatía y los estados oníricos. Diríase,   pues,   que   lo   que   Mavromatis   ha   reproducido   bajo   control   con sus   estudiantes   es   lo   que   los   indios   amahuacas   eran   capaces   de   hacer utilizando   drogas   psicotrópicas   bajo   la   dirección   de   su   chamán:   alcanzar   la «conciencia de grupo».

 

Es posible imaginar lo que sucedió cuando  el «llamador de marsopas» entró en su choza. Al igual que Mavromatis, se había enseñado a sí mismo el arte de soñar de forma controlada: de sumirse en un trance hipnagógico que él   puede   controlar.   Tenemos   que   suponer   que   entonces   podía   dirigir   sus sueños hacia el reino de las marsopas y comunicarse directamente con ellas. Los   experimentos   efectuados   con   marsopas   inducen   a   pensar   que   son animales   muy   telepáticos.  Por   medio   de   la   «hipnosis»   las   marsopas   fueron inducidas a nadar hasta tierra y permitir que las sacasen a la playa. En  Man, God and Magic,  Ivar Lissner señala que hace unos 20.000 años,   en   el   umbral   entre   la   auriñaciense   y   la   magdalaniense,   de repente   dejaron   de   hacerse   retratos   y   estatuillas   de   la   figura   humana. «Parece obvio que los artistas ya no se atrevían a representar la forma humana   en   efigie».   Lo   que   sugiere   es   claro.   Nuestros   antepasados creían   firmemente   que   la   magia   cinegética, con   el   uso   de   representaciones   de   la   presa, era   eficaz   y   mortífera,   y   que   de   ningún   modo   debían representarse seres humanos.  Volvamos   una   vez   más   a   la   pregunta:   ¿por   qué   el   hombre   ha evolucionado   tan   rápidamente   en   el   último   medio   millón   de   años   -y   en particular   en   los   últimos   50.000   -cuando   su   evolución   había   estado virtualmente estancada durante millones de años? En términos darwinistas no hay ninguna respuesta obvia. Que se sepa, no «sucedió» nada que de repente obligase al hombre a adaptarse mediante un aumento de la inteligencia. Lo que sugiere el presente capítulo es la posibilidad de que la respuesta no   sea   obviamente   «darwinista».   El   propio   Darwin   no   era   un   darwinista rígido.  Aceptó  la   opinión  de   Lamarck   en   el   sentido  de   que  los   seres   pueden evolucionar   porque   quieren.   Pero   no   aceptó   que   esto   fuera   el   mecanismo principal   de   la   evolución.   Más   recientemente,   sir   Julian   Huxley,  que era   darwinista,   sugirió   que,   en   su   etapa   actual,   el   hombre   se   ha convertido   en   el   «director  ejecutivo   de   la   evolución»;   esto   es,   ahora   tiene   la inteligencia necesaria para hacerse cargo de su propia evolución.

En   1950,   el   doctor   Ralph   Solecki,   del   Smithsonian   Institute,   accedió   a formar   parte   de   una   expedición   al   Kurdistán   iraquí   para   excavar   en   cuevas donde  se   habían   encontrado   huesos   del   hombre   de   Neandertal.   En   un   libro titulado   Shanidar,   The   Humanity   of   Neanderthal   Man   (1971),   describe   sus hallazgos en la cueva de Shanidar. Descubrió en ella esqueletos de varios neandertales que habían muerto a   causa   de   un   derrumbamiento   y   a   los   que   habían   enterrado   de   manera ritual.   Las   cenizas   y   los   restos   de   comida   que   se   encontraron   sobre   las sepulturas sugerían un banquete fúnebre, a la vez que ocho tipos diferentes de   polen   de   flores   silvestres   de   vivos   colores   parecían   indicar   que   habían cubierto   los   muertos   con   una   colcha   de   flores,   o   habían   hecho   una   pantalla con ellas. El esqueleto de un hombre viejo e incapacitado que obviamente no había   podido   trabajar   durante   muchos   años   reveló   que   cuidaban   a   sus ancianos.   Estaba   claro   que   aquella   gente   tenía   creencias   religiosas   de alguna clase. Asimismo,   en   una   cueva   de   La   Quina,   en   Dordoña,   entre   las herramientas   que   se   recuperaron   había   no   menos   de   76   esferas   perfectas. Había   también   un   disco   plano   de   pedernal   delicadamente   trabajado,   de   20 centímetros   de   diámetro,   sin   ningún   propósito   concebible…   excepto   como disco solar. El hombre de Neandertal enterraba a sus muertos revestidos con el pigmento llamado «almagre», hábito que, al parecer, tomó en préstamo el hom- bre  de  Cro-Magnon.   En  Sudáfrica  se  han  encontrado  muchas   minas  de  alma- gre neandertales, la más antigua de las cuales tiene cien mil años. De uno de los   yacimientos   mayores   se   habían   extraído   un   millón   de   kilos   de   mineral; luego   habían   vuelto   a  llenar   cuidadosamente  el   agujero,   es   de   suponer  que para aplacar a los espíritus de la tierra. Todo   esto   explica   por   qué   el   subtítulo   del   libro   de   Solecki   es   The  Humanity   of   Neanderthal   Man:   puede   que   estos   seres   tuvieran   cara simiesca,   pero   eran   decididamente   humanos.   Y   está   claro   que   eran religiosos.   Sin   embargo,   en   ningún   yacimiento   neandertal   del   mundo   se   ha encontrado el menor vestigio de arte rupestre. Resulta extraño que el hombre de   Neandertal   poseyera   almagre   e   incluso   «lápices»   de   dióxido   de manganeso negro, que se encontraron en Pech-de-l’Aze, y que, pese a ello, nunca los usara para dibujar una imagen en una superficie plana. Diríase que el  hombre  de  Neandertal  era religioso,  pero, que  sepamos,  no  practicaba  la «magia», como los cromañones que le suplantaron.

 

¿Es   posible   que   la   religión   y   la   «magia»   den   las   pistas   que   permitan aclarar   por   qué   el   hombre   evolucionó   tan   rápidamente   durante   el   último medio millón de años? Es verdad que no sabemos nada de la evolución que pudo   tener   lugar   entre   los   cráneos   «canibalizados»   del   hombre   de   Pekín hace   medio   millón   de   años   y   el   entierro   ritual   del   neandertal   hace   cien   mil años-   a   menos   que   las   herramientas   de   la   glaciación   de   Riss se   usaran   con   fines   rituales.   Pero   las   minas   de almagre  neandertales  revelan  que  se   produjo  alguna  evolución  importante  y que   esta   evolución   estuvo   relacionada   con   la   religión   y   el   enterramiento. ¿Veneraban   el   almagre,   como   ha   sugerido   Stan   Gooch,   porque   tenía   el color de la sangre?. Y   luego   encontramos   al   hombre   de   Cro-Magnon   practicando   la   magia cinegética,   que   debió   de   darle   una   nueva   sensación   de   control   de   la naturaleza, así como de su propia vida. Es muy posible que considerase que sus chamanes eran dioses, del mismo modo que el hombre primitivo de una edad   posterior,  como  en   Great   Zimbabwe,   África,   y   en   Angkor, Camboya,   tenía   a   sus   reyes-sacerdotes   por  dioses.   La   magia   era   la   ciencia del   hombre   primitivo,   toda   vez   que   cumplía   la   función   básica   de   la   ciencia, que   consiste   en   ofrecer   respuestas   a   las   preguntas   básicas.   Ya   no   era   un animal pasivo, una víctima de la naturaleza. Trataba de comprender y, en lo referente a las cuestiones importantes, tenía la sensación de comprender. Otro aspecto  básico  debe ponerse  de  relieve. Los rituales  fúnebres del hombre de Neandertal indican claramente que creía que había vida después de   la   muerte.   Y   todos   los   chamanes,   desde   Islandia   hasta   Japón,   se consideran   a   sí   mismos   mediadores   entre   este   mundo   y   el   mundo   de   los espíritus. En todo el mundo, los chamanes han declarado que al someterse a los   rituales   y   las   pruebas   para   ser   chamanes,   entraron   en   el   mundo   de   los espíritus   y   hablaron   con   los   muertos.   Los   chamanes   creen   que   su   poder procede de los espíritus y de los muertos.

La importancia de esta observación reside en que el sacerdote-chamán se   siente   poseedor   de   una   comprensión   tanto   del   cielo   como   de   la   tierra   y esto   es   algo   que   incluso   un   cosmólogo   moderno   se   mostraría   reacio   a pretender. Se sentía en la posición de quien posee conocimiento divino y no cabe duda de que el resto de la tribu compartía esta opinión. Lo cual induce  a pensar que hace 40.000 años, puede que hasta 100.000, el hombre había alcanzado un estado de ánimo extrañamente «moderno». Se sabe que este estado de ánimo existía en Egipto y en Sumeria, en la antigüedad. De hecho, todas las civilizaciones antiguas de las que tenemos noticia eran teocracias. Si Hapgood tiene razón al creer que en el 7000 a. C.   existía   una   civilización   marítima   mundial,   entonces   es   seguro   que   dicha civilización   compartiría   la   misma   visión   del   mundo.   Los egipcios   consideraban   que   su   reino   era   un   reflejo   exacto   del   reino   de   los cielos.   Y   si   Schwaller   de   Lubicz   y   Robert   Bauval   están   en   lo   cierto   al   creer que   la   Esfinge  fue   construida   por   supervivientes   de   otra   civilización   hacia  el 10500 a. C., entonces no cabe duda de que dicha civilización opinaba lo mismo   sobre   la   relación   íntima   entre   el   cielo   y   la   tierra,   los   dioses   y   el hombre.   Y   si   el   profesor   Arthur   Posnansky, paleontólogo, antropólogo y arqueólogo austriaco,   no   se   equivoca,   lo   mismo opinaban   los   antiguos precursores de los  incas,   que  construyeron   Tiahuanaco   más   o   menos   en la misma época. ¿Cuándo   acabó   esta   visión   teocrática   de   alcance   mundial?   Sin   duda alguna  ya  había  desaparecido   en   tiempos  de  Sócrates  y   Platón.   En  un   libro titulado  The Origin of Consciousness in the Breakdown of the Bicameral Mind  (1976),   el   psicólogo   de   Princeton   Julian   Jaynes   arguye   que   el   momento decisivo fue reciente: el año 1250 a. C. El punto de partida de Jaynes es la ciencia relativamente nueva que se denomina «fisiología del cerebro dividido» y que, por tener gran importancia, requiere una breve explicación. El cerebro consta de dos mitades que son virtualmente reflejo la una de la otra. Pero las funciones de estos dos hemisferios no son en modo alguno idénticas.   Esto   se   refiere   de   manera   particular   a   la   «capa   superior»   del cerebro   humano,   la   corteza   cerebral,   que   es   la   que   más   se   ha   desarrollado durante el último medio millón de años.

 

Incluso   en   el   siglo   XIX   se   había   reconocido   que   las   dos   mitades   de nuestro cerebro cumplían funciones diferentes. La función del habla reside en la   mitad   izquierda   del   cerebro   y   los   médicos   observaron   que   las   personas que   sufrían   una   lesión   en   dicha   mitad   experimentaban   dificultades   para expresarse   con   claridad.   El   lado   derecho   del   cerebro   estaba   relacionado   con el reconocimiento de formas y dibujos, por lo que el artista que sufría daño en ella perdía todo su talento artístico. Se dio el caso de uno que ni siquiera pudo dibujar un trébol: puso las tres hojas una al lado de otra, en el mismo nivel. Sin   embargo,   si   la   lesión   afectaba   al   lado   izquierdo,   el   artista   sólo perdía la capacidad de expresarse claramente y continuaba siendo tan buen artista.   Y   un   orador   con   una   lesión   en   el   lado   derecho   del cerebro podía ser tan elocuente como siempre, aunque no pudiera dibujar un trébol. El   lado   izquierdo   del   cerebro   también   tiene   que   ver   con   la   lógica   y   el raciocinio: por ejemplo, hacer un   crucigrama.   El   lado   derecho   interviene   en   actividades   tales   como   la apreciación   musical   o   el   reconocimiento   de   caras.   En   resumen,   podría decirse que el lado izquierdo es un científico y el derecho, un artista. Una   de   las   cosas   extrañas   de   la   fisiología   humana   es   que   el   lado izquierdo   del   cuerpo   lo   controla   el   lado   derecho   del   cerebro   y   viceversa. Nadie sabe muy bien por qué, excepto que probablemente contribuye a que la   integración   sea   mayor.   Si   el   lado   izquierdo   del   cerebro   controlase   el   lado derecho   del   cuerpo   y   viceversa,   podría   haber   «disputas   en   la   frontera».  Tal como   están   las   cosas,   cada   lado   tiene   un   pie   apoyado   firmemente   en   el territorio del otro. Si   se   quitara   usted   la   «tapa»   de   la   cabeza,   la   parte   superior   de   su cerebro   -los   «hemisferios   cerebrales»-   parecería   una   nuez   con   las   dos mitades   comunicadas   por  medio   de   una   especie   de   puente.   Este   puente   es un   nudo   de   nervios   llamado   «cuerpo   calloso»   o   «comisura».   Pero   los médicos averiguaron que hay algunos individuos anormales que no tienen comisura   y,   pese   a   ello,   parecen   funcionar   perfectamente.   Esto   les   indujo   a preguntarse si podrían evitar los ataques epiléticos cortando la comisura. Lo probaron con pacientes epilépticos y pareció que daba buenos resultados. Se producía   una   gran   reducción   de   los   ataques   y   el   paciente   parecía   no   sufrir ningún   daño.   Entonces   los   médicos   se   preguntaron   para   qué   servía   la comisura.   Alguien   sugirió   que   tal   vez   servía   para   transmitir   los   ataques   de epilepsia;   y   otra   persona   apuntó   que   quizá   su   función   era   impedir   que   el cerebro se combara por el medio.

En   el   decenio   de   1950   los   experimentos   efectuados   en   Norteamérica empezaron a aclarar muchos aspectos del problema. Alguien observó que si un   paciente   «de   cerebro   dividido»   chocaba   con   una   mesa   con   el   lado izquierdo   del   cuerpo,   no   parecía   darse   cuenta   del   golpe.   Empezó   a   resultar evidente   que   el   efecto   del   cerebro   dividido   era   impedir   que   una   mitad   del cerebro se enterase de lo que sabía la otra mitad. Si a un gato con el cerebro dividido se le enseñaba algún truco con un ojo tapado y luego se le ordenaba hacerlo   con   el   otro   ojo   tapado,   el   animal   quedaba   desconcertado.   Al   final resultó obvio que tenemos literalmente dos cerebros. Además,   si   a   un   paciente   de   cerebro   dividido   se   le   mostrara   una manzana   con   el   ojo   izquierdo   y   una   naranja   con   el   derecho   y   luego   se   le preguntase qué era lo que acababa de ver, contestaría: «Una naranja». Si se le   pidiera   que   con   la   mano  izquierda   escribiese   lo   que   acababa   de   ver, escribiría:   «Una   manzana».   Una   paciente   de   cerebro   dividido   a   quien   le enseñaron   un   dibujo   indecente   con   el   cerebro   derecho   se   ruborizó;   al preguntarle por qué se ruborizaba, dijo la verdad: «No lo sé». La persona que se   ruborizaba   era   la   que   vivía   en   la   mitad   derecha   del   cerebro.   La   paciente vivía en la mitad izquierda. Esto   nos   ocurre   a   todos,   aunque   en   los   zurdos   los   hemisferios   del cerebro   están   al   revés   y,   por   ende,   la   situación   se   invierte.   La   persona diestra  vive   en   la   mitad   izquierda, la   mitad   que «hace  frente»  al   mundo  real.   La   persona  que   vive  en  el  lado  derecho   es   un desconocido. Cabría objetar que usted y yo no somos pacientes de cerebro dividido. Esto   no   cambia   nada.   Mozart   comentó   una   vez   que   las   melodías   rondaban por   su   cabeza   completas   y   que   lo   único   que   tenía   que   hacer   era   anotarlas.  ¿De   dónde   procedían?   Es   obvio   que   del   lado   derecho   de   su   cerebro,   del «artista». ¿Adónde iban? Al lado izquierdo del cerebro, donde vivía Mozart. Dicho de otro modo, Mozart era un paciente de cerebro dividido. Y si Mozart lo era, entonces también lo somos los demás. La persona a la que llamamos «yo»   es   el   científico.   El   «artista»   vive   en   la   sombras   y   apenas   somos conscientes de su existencia, excepto cuando nuestro estado anímico es de profunda relajación o de «inspiración».

 

Jaynes   empezó   a   interesarse   por   el   asunto   cuando   experimentó   una alucinación   auditiva.   Estaba   echado   en   un   diván,   dándole   vueltas   a   un problema hasta quedar mentalmente agotado, cuando de pronto oyó que una voz decía por encima de su cabeza: «Incluye el conocedor en lo conocido». Preocupado por su cordura, Jaynes empezó a investigar las alucinaciones y descubrió,   con   alivio,   que   alrededor   del   diez   por   ciento   de   las   personas   las han tenido. Jaynes   reparó   entonces   que   en   gran   parte   de   la   literatura   antigua, como la epopeya   de   Gilgamés,   la   Biblia, o la   Ilíada,  los  héroes   están   siempre   oyendo voces: las voces de los dioses. También se fijó en que estos héroes antiguos carecían   por   completo   de   lo   que   nosotros   llamaríamos   «ser   interior».  No podemos aproximarnos a estos héroes inventando espacios mentales detrás de   sus   ojos   feroces   como  hacemos   los   unos  con   los   otros.   El   hombre   de  la  Ilíada   no   tenía   subjetividad   como   nosotros;   no   tenía   conciencia   de   su conciencia del mundo, ningún espacio mental interno para hacer conjeturas. Jaynes   sugiere   que   lo   que   llamamos   «subjetividad», la   capacidad   de mirar   dentro   de   nosotros   y   decir:   «Veamos,   ¿qué   pienso   yo   de   esto?»-   no existía   antes   de   aproximadamente   1250   a. C.   Piensa   que   la   mente   de estas   gentes   antiguas   era   «bicameral»,   o   sea,   que   estaba   dividida   en   dos compartimentos. Y cuando a un hombre primitivo le preocupaba lo que tenía que   hacer   a   continuación,   oía   una   voz   que   le   hablaba,   justamente   como   la oyó   Jaynes   cuando   se   encontraba   echado   en   el   diván.   Pensaba   que   era   la voz   de   un   dios, o   de   su   jefe,   al   que   consideraba   un   dios.   En   realidad, procedía del lado derecho de su cerebro. Según   Jaynes,   la   conciencia   propia   empezó   a   crecer   lentamente después   del   3000   a. C.   más   o   menos,   debido   al   invento   de   la   escritura, que creó una nueva clase de complejidad. Y durante las grandes guerras que convulsionaron   el  Oriente  Medio  y   el   Mediterráneo,   en  el   segundo   milenio  a. C.,   la   vieja   mentalidad   ingenua   ya   no   pudo   hacer   frente   al   mundo   y   los seres   humanos   se   vieron   obligados   a   adquirir   una eficacia   nueva,   con   el   fin   de   sobrevivir.   «Atropellado   por   algún   invasor   y viendo cómo su esposa era violada, un hombre que obedeciera a sus voces atacaría   inmediatamente,   desde   luego,   y,   por   ende,   es   probable   que resultara muerto». El hombre que sobreviviese necesitaría la capacidad de reflexionar y de disimular sus sentimientos.

Según Jaynes, la primera señal de este «cambio de parecer» surgió en Mesopotamia.   El   tirano   asirio   Tukultininurta   hizo   construir   un   altar   de   piedra alrededor de 1230 a. C., en el que aparece el rey arrodillado ante el trono  vacío del dios, mientras que en tallas anteriores se veía al rey hablando con el dios. Ahora está solo,. atrapado en el lado izquierdo de su cerebro. El dios ha desaparecido. Un texto cuneiforme de la época contiene estas líneas: “A uno que no tiene dios, al andar por la calle, el dolor de cabeza le envuelve como una prenda”.Está   hablando   de   estrés,   de   tensión   nerviosa,   de   pérdida   de   contacto  con el lado derecho del cerebro, con su sensación de «sentirse a gusto en el mundo».   Parece   que   estemos   observando   el   nacimiento   del   «hombre alienado». Y según Jaynes, es en este momento cuando la crueldad entró en la   historia. Vemos   tallas   asirias   en   las   que   aparecen   hombres   y   mujeres empalados y niños decapitados. No es necesario estar de acuerdo con toda esta tesis para reconocer su importancia.   La   principal   objeción   que   se   le   pone   es   que   se   ha   demostrado que   muchos   animales   poseen   conciencia   de   sí   mismos.   Un   experimentador anestesió   a   varios   animales,   les   pintó   la   cara   de   rojo   y   los   dejó   enfrente   de un espejo grande. La mayoría de los animales no mostraron el menor interés por su reflejo, pero los chimpancés y los orangutanes fueron la excepción. Se inspeccionaron   la   cara   con   gran   interés,   lo   que   parece   indicar   que   poseen conciencia   de   sí   mismos.   Y   si   los   chimpancés   y   los   orangutanes   poseen conciencia   de   sí   mismos,   es   difícil   imaginar   siquiera   al   más   primitivo   de   los seres humanos totalmente desprovisto de ella. Asimismo,   nuestro   reconocimiento   de   que   el   hombre   moderno   está «separado de sí mismo» parece dar a entender que somos nosotros los que somos   «bicamerales»   y   tenemos   la   mente   dividida   en   dos   compartimentos, mientras que el hombre primitivo era «unicameral», como probablemente parsa con la mayoría de los animales. Sin embargo, a pesar de estas objeciones, es obvio que Jaynes está en lo   cierto   cuando   sugiere   que   algún   cambio   básico   se   produjo   en   la   raza humana en cierto momento de su historia y que después de ese momento el hombre se encontró atrapado en una forma más estrecha de conciencia. Con todo, compensamos la pérdida aprendiendo a utilizar la capacidad de raciocinio con mayor eficacia, y nuestra civilización tecnológica es el resultado.

 

Schwaller   de   Lubicz   estaba   totalmente   convencido   de   que   hay   una diferencia fundamental entre la mentalidad egipcia y la del  hombre moderno y habla de ello una y otra vez en todos sus libros. Una   de   las   formas   más   importantes   de   esta   diferencia  puede   verse   en los jeroglíficos. Las palabras, según Schwaller, fijan su significado. Si lees la palabra   «perro»,   evoca   un   concepto   vago,   abstracto   de   la   «condición   de perro». Pero si contemplas la fotografía, incluso el simple dibujo de un perro, el animal está mucho más vivo. Todo   el  mundo ha utilizado alguna vez  esas   gafas   rojas  y   verdes  que hacen que las fotografías se vuelvan tridimensionales. Miras la fotografía con los   ojos   sin   gafas   y   parece   borrosa,   con   manchas   rojas   y   verdes superpuestas unas a otras. Luego coges unas gafas de cartón que tienen un ojo de celofán rojo y otro de celofán verde y la fotografía deja de ser borrosa y   adquiere  tres   dimensiones.   Según  Schwaller,  nuestras  palabras  son  como la   fotografía   borrosa.   El   jeroglífico   es   una   imagen   que   cobra   vida súbitamente. Schwaller dice: «Cada jeroglífico puede tener un significado fijo, convencional   para   su   uso   común,   pero   incluye   todas   las   ideas   que puedan   estar   relacionadas   con   él,   y   la   posibilidad   de   comprensión personal». En un capítulo titulado «Experimental Mysticism» del libro   A New Model  of   the   Universe,   Ouspensky,   discípulo   de   Gurdjieff,   describe   cómo   utilizó   algún   método   no   especificado, probablemente   óxido   nitroso,   para   lograr   la conciencia «mística». Una de las características de este estado de ánimo era que   cada   palabra,   cada   cosa,   le   recordaba   docenas   de   otras   palabras   y cosas. Cuando miraba un cenicero, éste liberaba tal torrente de significados y   asociaciones, que escribió en un papel: «Uno podría volverse loco a causa de un cenicero».  De modo parecido, Schwaller dice: «Así pues, los jeroglíficos no son metáforas en realidad. Expresan directamente lo que quieren decir, pero el sig- nificado   sigue   siendo   tan   profundo,   tan   complejo   como   podría   ser   la   ense- ñanza   de   un   objeto   (silla,   flor,   buitre),   si   hubiera   que   considerar   todos   los significados que se le pueden atribuir. Pero por pereza o hábito, eludimos este proceso mental analógico y designamos el objeto por medio de una pa-labra que para nosotros expresa un único concepto fijo».

En   The   Temple   of   Man,   utiliza   otra   imagen.   Si   decimos   «hombre   que anda»,   imaginamos   un   hombre   andando,   pero   de   una   manera   vaga, abstracta.   Pero   si   vemos   una   imagen   de   un   hombre   andando   -incluso   un jeroglífico-,   el   hombre   se   vuelve   real.   Y   si   el   hombre   que   anda   está   pintado de  verde,   entonces  también   evoca   la  vegetación  y   el  crecimiento.  Y   aunque andar   y   crecer   parecen   no   tener   absolutamente   ninguna   relación   entre   sí, podemos sentir la relación en la imagen del hombre verde. Esta facultad que tiene el jeroglífico de evocar una «realidad» dentro de nosotros es a lo que se refiere Schwaller cuando habla de la «posibilidad de comprensión personal». Nos suena, por así decirlo. En el mismo libro, en un capítulo sobre la mentalidad egipcia, vuelve a tratar   de   explicarse.   A   nuestro   método   moderno   de   vincular   ideas   y pensamientos   lo   llama   «mecánico»,   como   una   palanca   unida   rígidamente   a algún   engranaje.   En   cambio,   la   mentalidad   egipcia   es   «indirecta».   Un jeroglífico   evoca   una   idea,   pero   también   evoca   docenas   de   otras   ideas relacionadas.   Y   trata   de   explicarse   por   medio   de   una   imagen   sencilla.   Si miramos   fijamente   un   punto   de   color   verde   vivo   y   luego   cerramos   los   ojos, veremos   el   color   complementario, el   rojo,   dentro   de   nuestros   párpados.   El occidental diría que el verde es la realidad, y el rojo, alguna clase de ilusión dependiente   de   esa   realidad.   Pero   un   egipcio   antiguo   hubiera   tenido   la sensación de que el rojo es la realidad, porque es una visión interior. Es importante no interpretar mal esto. Schwaller no dice que la realidad externa   sea   una   ilusión.   Lo   que   dice   es   que   los   símbolos   y   los   jeroglíficos pueden   evocar  dentro   de   nosotros   una   realidad   más   rica,   más   compleja.  La gran   música   y   la   gran   poesía   producen   el   mismo   efecto.   Estos   versos   de Keats: Las aguas móviles en su sacerdotal tarea de ablución pura en torno a las costas humanas de la tierra evocan, de algún modo, un rico complejo de sentimientos, que es la razón por la   cual   Eliot   dijo   que   la   verdadera   poesía   puede   comunicar   antes   de   ser comprendida. La percepción normal nos muestra meramente cosas sencillas, privadas   de   su   «resonancia».   Un   paralelo   sencillo   sería   un   libro,   que   es   un objeto   sólido   de   forma   rectangular;   esto   es   su   «realidad   externa».   Pero   lo que hay dentro del libro puede hacer que emprendamos un viaje mágico. La realidad   del   libro   está   oculta   y   para   una   persona   que   no   sepa   leer,   el   libro sería meramente un objeto físico.

 

Cuando   examinamos   esto   a   la   luz   de   lo   dicho   sobre   los lados izquierdo y derecho del cerebro, podemos ver inmediatamente que un jeroglífico   es   una   imagen   y,   por   tanto,   lo   capta   el   lado   derecho   del   cerebro.  Una palabra es una sucesión de letras y la capta el lado izquierdo el cerebro. ¿Dice   Schwaller   simplemente   que   los   egipcios   eran  «gente   de   cerebro derecho» y nosotros somos «gente de cerebro izquierdo»? Sí,   en   efecto,   pero   hay   mucho   más   que   eso.   Dice   que   los   egipcios poseían   una   clase   de   inteligencia   diferente   de   la   del   hombre   moderno,   una inteligencia   que   es   igual   y   en   muchos   aspectos   superior.   Schwaller   la   llama «inteligencia innata» o «inteligencia del corazón». Parece el tipo de doctrina que predicaba D. H. Lawrence o Henry Miller, y hasta cierto punto lo es. Pero hay   muchas   más   cosas   implícitas   de   lo   que   Lawrence   y   Miller   pensaban.   A pesar   de   su   «inteligencia   del   corazón»,   ambos   escritores   se   veían   a   sí mismos esencialmente como hombres modernos, por lo que las críticas que dirigen   contra   el   siglo   XX   a   menudo   resultan   negativas   y   destructivas. Ninguno de los dos parece ser consciente de las posibilidades de una forma distinta de ver. Una   de   estas   posibilidades   es   obvia.   Si   pensamos   en   lo   que   Manuel Córdova aprendió en la selva del Amazonas, podemos ver que entrañaba el aprendizaje   de   ciertas   «facultades»   que   parecen   casi   míticas.   En   primer lugar,   la   facultad   de   participar   en   el   «inconsciente   colectivo»   de   la   tribu. Fijémonos en que Córdova pudo ver una procesión de pájaros y otros animales y que   los   vio   de   forma   mucho   más   detallada   que   por   medio   de   la   percepción normal.   El   jefe   de   la   tribu   le   había   enseñado   a   hacer   uso   activo   de   su hemisferio   derecho,   que   a   su   vez   proporcionaba   mucha   más   riqueza,  y más asociaciones, que la percepción visual normal. Sería   un   error   pensar   que   la   telepatía   es   una   facultad   «paranormal». Con   una   serie   de   experimentos,   que   llevó   a   cabo   en   el   decenio   de   1960,   el doctor   Zaboj   V.   Harvalik,   físico   de   la   universidad   de   Misuri,   demostró   que tenía   una   base   científica.   Para   empezar,   Harvalik   se   sintió   intrigado   por   el arte   del   zahorí,   es   decir,   la   facultad   de   ver   lo   que   está   oculto   y   que,   al  parecer,   poseen   todos   los   pueblos   primitivos.   Al   observar   que   la   varilla   del zahorí, una ramita bifurcada que sostienen las dos manos por las dos puntas de la horquilla,  reaccionaba siempre a una corriente eléctrica, empezó a sospechar   que   el   arte   del   zahorí   es   básicamente   eléctrico.   Hincó   verticalmente en tierra dos cañerías de agua, separadas por unos 18 metros, y conecto sus extremos con una batería potente. En cuanto encendió la corriente, la varilla reaccionó retorciéndose en sus manos. Hizo la prueba con algunos amigos y descubrió   que   todos   podían   hacer   de   zahorí,   si   la   corriente   era   suficiente.   Una   quinta   parte   de   ellos   pudieron   detectar incluso   corrientes   de   sólo   dos   miliamperios.   Todos   mejoraron   de   forma constante con la práctica.

Harvalik también reparó en que las personas que parecían incapaces de hacer   de   zahorí   «sintonizaban»   repentinamente   después   de   beber   un   vaso de   whisky.  Era   obvio   que   el   whisky   las   relajaba   e   impedía   la   injerencia   del «lado izquierdo del cerebro». Harvalik   descubrió   que   una   tira   de   papel   de   aluminio   enrollada   en   la cabeza   bloquea   por   completo   la   capacidad   de   hacer   de   zahorí,   lo   cual también demuestra que el fenómeno es básicamente eléctrico, o magnético. Un   maestro   zahorí   alemán   llamado   De   Boer   era   capaz   de   detectar corrientes bajísimas, de una milésima de miliamperio. Incluso podía detectar las señales de las emisoras de radio, para lo cual daba la vuelta lentamente hasta   quedar   de   cara   a   la   emisora.   Sintonizando   una   radio   portátil   en   la misma   dirección,   Harvalik   comprobaba   que   De   Boer   había   acertado. Asimismo,   De   Boer  podía  seleccionar  determinada   frecuencia   con  exclusión de   las   demás,   lo   cual   se   parecía   a   nuestra   capacidad   de   «sintonizar»   con conversaciones diferentes en una fiesta. Cuando alguien  inventó un  magnetómetro capaz de detectar  las  ondas cerebrales,   Harvalik   se   preguntó   si   un   zahorí   también   podría   captarlas.   Se colocaba de espaldas a una pantalla en su jardín, con tapones en los oídos, y   le   decía   a   algún   amigo   que   caminase   hacia   él   desde   el   otro   lado   de   la pantalla. La varilla de zahorí captaba la presencia del amigo cuando éste se hallaba a unos tres metros de distancia. La distancia se multiplicaba por dos si   Harvalik   le   pedía   al   amigo   que   pensara   en   cosas   «excitantes»:   por ejemplo, en la sexualidad.  Parece,   pues,   que   el   arte   del   zahorí   es   simplemente   la   facultad   de detectar   señales   eléctricas.   Pero   ¿cómo   las   detecta   la   varilla   de   zahorí?   Al parecer, alguna parte del cuerpo,  Harvalik sacó la conclusión de que eran las glándulas   suprarrenales,   capta   la   señal   y   la   transmite   al   cerebro,   que   a   su vez hace que los músculos tengan convulsiones. Los músculos estriados que intervienen en ello están sometidos al control del lado derecho del cerebro.  Los experimentos de Harvalik se describen en Christopher Bird,  The Divining Hand,  1979. El arte del zahorí, al igual que la telepatía, es una facultad del lado derecho del cerebro.

 

Si el arte del zahorí y la telepatía tienen explicación científica, entonces es posible comprender cómo el chamán de la edad de piedra podía influir en el   movimiento   de   los   bisontes   o   los   ciervos,   y   garantizar   el   éxito   de   los cazadores dibujando estos animales y poniendo así en marcha el proceso de «asociación» que describe Schwaller. Todo esto nos pone en condiciones de empezar a construir una «histo ria alternativa». En un libro titulado   Early Man,   hay una especie de gráfico suelto que muestra la evolución del hombre desde los simiescos driopiteco y ramapiteco   hasta   el   hombre   moderno,   pasando   por   el   australopiteco   y   el Homo   erectus.   El  problema   de   los   gráficos   de   esta   clase   es  que   nos  dan   la idea   de   que   tuvo   lugar   una   progresión   ininterrumpida,   por   medio   de   la selección   natural   y   la   supervivencia   de   los   mejor   dotados,   que   llevó inevitablemente al  Homo sapiens sapiens. La   objeción   que   se   pone   a   este   panorama   es   que   hace   que   todo parezca   demasiado   mecánico.   Por   esto   el   libro   de   Michael A. Cremo,   Forbidden  Archaeology,   ofrece un recordatorio oportuno de que no es el único punto de vista.   Con   la   sorprendente   afirmación   de   que   puede   que   el   hombre anatómicamente   moderno   lleve   millones   de   años   en   la   Tierra,   al   menos Cremo   hace   que   pongamos   en   duda   esta   visión   mecánica   de   la   evolución. Hay   que   hacer   hincapié   en   que   la   visión   «mecánica»   no   es «darwiniana». Darwin  nunca  fue  dogmático  hasta  el  extremo  de  afirmar  que la selección natural fuese el único mecanismo de la evolución. Son sólo sus seguidores   neodarwinianos   quienes   han   convertido   su   pensamiento   en dogma.. Empecemos,   pues,   a   formular   una  historia   alternativa   suponiendo que   tal   vez   Mary   Leakey   tiene   razón   al   sugerir   la   posibilidad   de   que   un hombre que andaba con el cuerpo erguido y parecía «humano» existía ya en la Tierra hace tres millones y medio de años. También señaló que había estudiado un período de medio millón de años   en   la   garganta   de   Olduvai,  durante   el   cual   no   hubo   cambios   en   las herramientas.   El   hombre   permaneció   invariable   porque   no   tenía   ningún motivo   para   evolucionar.   Dedicaba   la   mayor   parte   de   sus   energías   a permanecer simplemente vivo. En   tal   caso,   ¿por   qué   empezó   a   evolucionar   con   una   rapidez   tan grande? Al hombre moderno le resulta casi imposible ponerse en el lugar de un ser   sin   civilización,   sin   cultura,   sin   nada,   excepto   la   naturaleza   que   le rodeaba.   Hasta   los   indios   amahuacos,   que   describe   Manuel   Córdova,   vivían en   chozas   y   utilizaban   lanzas,   arcos   y   flechas.   Pero   al   menos   permiten   que nos   hagamos   una   idea   de   lo   que   debe   de   ser   vivir   en   contacto   con   la naturaleza de día y de noche. Los indios de Córdova leen todas las señales de   la   selva, todo   lo   que   se   ve   y   se   oye,   del   mismo   modo   que   nosotros leemos   el   periódico   de   la   mañana.   Y   nuestros   antepasados   remotos   debían de poseer la misma capacidad con el fin de sobrevivir.

Tenemos   que   imaginárnoslos   rodeados   de   presencias   no   vistas, algunas   visibles,   algunas   invisibles.   Y   tenemos   que   imaginárnoslos   en estrecho   contacto   con   la   naturaleza,   más   estrecho   del   que   podemos concebir.   Schwaller   de   Lubicz   intenta   transmitir   cierto   sentido   de   la conciencia del hombre primitivo, aunque, forzoso es reconocerlo, se refiere a los egipcios antiguos: «… cada ser vivo está en contacto con todos los ritmos y armonías de todas las energías de su universo. El medio de este contacto es, por supuesto, la misma energía que contiene este ser vivo en particular. Nada separa este estado energético que hay dentro de un ser vivo individual de la energía en que se encuentra inmerso…». Dicho de otro modo, Schwaller ve al hombre primitivo -y a los animales primitivos- inmerso en un mar de energías como un pez en el agua. Es como si fuera parte de ese mar, ún nudo de energía más denso que el que le rodea y sostiene.   Schwaller   habla   de   neters,   palabra   egipcia   que   suele   traducirse por «dios», pero que aquí significa algo que está más cerca de una vibración de energía individual.  En   cada   mes   de   cada   estación   del   año,   cada   hora   del   día   tiene   su  neter,   porque   cada   una   de   estas   horas   tiene   su   carácter   propio.   Se sabe que la campanilla azul florece al amanecer y se cierra al mediodía como   la   flor   de   loto…   ciertas   frutas   requieren   el   sol   de   la   tarde   para madurar   y   adquirir   color…   Un   pimentero   joven,   por   ejemplo,   se   inclina hacia   el   sol   abrasador   de   la   mañana,   que   es   diferente   del   sol   de cocción   de   la   tarde.  Sacaremos   la   conclusión   de   que   existe   una relación entre la fruta, por ejemplo, su sabor, y el sol de su maduración, y, en el caso del pimentero, entre el fuego de la pimienta y el fuego del sol. Hay una armonía en su «naturaleza». Si un buen horticultor planta sus coliflores en el día de luna llena, y   un   mal   horticultor   las   planta   cuando   hay   luna   nueva,   el   primero obtendrá coliflores ricas y blancas y el segundo no cosechará más que plantas raquíticas. Es suficiente intentar esto para probarlo. Y lo mismo ocurre   con   todo   lo   que   crece   y   vive.   ¿Por   qué   estos   efectos?   ¿Rayos directos   del   sol   o   rayos   indirectos   reflejados   desde   la   luna?   Desde luego,   pero   por   otra   razón,   una   razón   menos   material:   la   armonía cósmica. Las razones puramente materiales ya no sirven para explicar por qué hay que tener en cuenta la estación, incluso el mes y la fecha exacta para obtener los mejores resultados. Entran en juego influencias cósmicas invisibles.  Schwaller no sólo permite ver por   dentro   el   estado   anímico   de   los   egipcios,   sino   también   el   motivo   por   el  cual   el   hombre   primitivo   prestaba   tanta   atención   al   sol   y   a   la   luna.   Por   esto hacía   piedras   y   discos   solares   perfectamente   esféricos   y   por   esto,   más adelante,   enterraría   a   sus   muertos   en   túmulos   circulares.   El   sol   -y   la   luna- significaba   para   él   infinitamente   más   de   lo   que   puede   significar   para   el hombre moderno.

 

Schwaller   hace   otro   comentario   fundamental   que   es   tan   válido   para   el primitivo   Homo   sapiens   como  para   los   antiguos   egipcios,  que   daban   por sentado   que   había   vida   después   de   la   muerte.   La   vida   en   la   tierra   era   sólo una pequeña parte del gran ciclo que empezaba y terminaría en otro mundo. Los   espíritus   de   la   naturaleza   y   los   espíritus   de   los   muertos eran   tan   reales   como   las   personas   vivas.   Las   complicadas   prácticas funerarias del hombre de Neandertal indican claramente que también él daba por   sentado   que   existía   vida   después   de   la   muerte. Y   lo   mismo   indican   las sugerencias   de   canibalismo   ritual, porque   el   caníbal   tiene   la   intención   de absorber el principio vital de su enemigo. Podemos decir que los agujeros en los   cráneos   hallados   en   la   cueva   de   Chukutien,   que   hacen   pensar   que   el  hombre de Pekín era caníbal, también sugieren que creía en los espíritus. Cualquier   clase   de   ritual   indica   un   nivel   de   inteligencia   que   supera   la meramente   animal.   Un   ritual   simboliza  acontecimientos   en  el   mundo   real,   y un   símbolo   es   una   abstracción.   El   hombre   es   el   único   ser   capaz   de abstracción.   De   manera   que   si   el   hombre   de   Pekín   se   permitía   practicar   el canibalismo ritual, esto ya parecería sugerir que era verdaderamente humano.   Y   como   es   difícil   imaginar   alguna   clase   de   ritual   sin   comunicación, entonces también tenemos que imaginar que era capaz de hablar.  La explosión  del  cerebro  tal vez se  debiera  a   la  aparición  del   habla  y   esta   teoría   también   requiere   que   expliquemos   lo   que   el   hombre   primitivo tenía que decir. La sugerencia de canibalismo ritual y, por tanto, de religión,  proporciona una respuesta. El hombre de Pekín no tenía ninguna necesidad de   preguntarle   a   su   esposa:   «¿Has   hecho   la   colada?».   Pero   si   vivía   en   el mundo rico y complejo que sugiere Schwaller de Lubicz, en el cual cada hora del  día  tenía  su   neter  o  vibración  individual,  y   en  el  cual  el   sol,  la  luna  y   los espíritus de los muertos eran presencias vivas, entonces la lengua tenía, por así decirlo, un objeto sobre el cual ejercitarse.

El   hombre   de   Pekín   nos   proporciona   otra   pista.   En   1930,   el jesuita Teilhard   de Chardin, paleontólogo y filósofo francés,   visitó,  en   París,  al   abad   Henri Breuil (1877 – 1961), naturalista, arqueólogo, prehistoriador, geólogo y etnólogo francés.  y   le   enseñó   un   fragmento   de   hueso ennegrecido.   «¿Qué   piensa   usted   que  es   esto?»  El   abad   lo  examinó,   luego dijo:   «Es   un   fragmento   de   asta   de   ciervo   que   ha   sido   expuesto   al   fuego   y luego   trabajado   con   alguna   tosca   herramienta   de   piedra».   «¡Imposible! -exclamó   Teilhard-.   Procede   de   Chukutien.»   «No   me   importa   de   dónde proceda   -dijo   Breuil-   El   hombre   le   dio   forma…   un   hombre   que   conocía   la utilización del fuego». El   fragmento   de   asta   tenía   alrededor   de   medio   millón   de   años   de antigüedad.   Y   dado   que   lo   habían   tallado   con   una   herramienta   después   de quemarlo, debemos suponer que primero lo quemaron deliberadamente. Así que el  Homo erectus  usaba el fuego.  Tenemos   que   pensar   que   se   proveía   de   fuego   cuando  veía  que   un relámpago   abatía   un   árbol   -o   algún   fenómeno   parecido-   y   entonces   se encargaba   de   que   continuara   ardiendo   siempre,   seguramente encomendando   a   algún   miembro   del   grupo   que   mantuviera   el   fuego encendido.   Y  es   obvio   que   este   concepto  de  mantener  un  fuego  encendido, durante   año   tras   año,   daría   al   «vigilante   del   fuego»   un   fuerte   sentido   de motivación   y   de   tener   una   meta.   Y   como   tener   una   meta   contribuye   a   la evolución,   he   aquí   otra   posible   causa   de   la   «explosión   del   cerebro».   Al parecer,   el   hombre   de   Pekín  conocía   el   fuego   y   tenía   alguna   clase   de   ritual religioso. Schwaller   hace   la   importante   observación   de   que   la   ciencia,   el   arte,   la medicina y la astronomía de los egipcios no deben verse como aspectos diferentes   de   la   vida   egipcia,   sino   que   todos   eran   aspectos   de   lo   mismo:   la religión en el sentido más amplio. La religión era idéntica al conocimiento. Lo   mismo   debía   de   suceder   en   el   caso   de   los   descendientes   del hombre de Pekín. Habían pasado del nivel meramente animal al nivel donde el   conocimiento   podía   definirse   empleando   algún   tipo   de   lenguaje.   Ver   un árbol   o   un   río   o   una   montaña   como   un   dios,   o un   neter,   sería verlo   bajo   una   luz   nueva   y   extraña.   Incluso   hoy,   la   persona   que   se   ha convertido   a   una   religión   ve   el   mundo   bajo   esta   luz   extraña   que   hace   que todo   parezca   diferente.

 

El escritor George Bernard Shaw hace   decir   a   un   personaje   de  su obra,  Vuelta   a  Matusalén,   que   desde   que   su   mente   despertó,   hasta   las   cosas   pequeñas resultan   ser   cosas   grandes.   Éste   es   el   efecto   del   conocimiento.   Trae   un sentido de la distancia del mundo material, y un sentido de control. Sin   embargo,   el   hombre   de   Neandertal   era   religioso   y,   aun   así, desapareció de la historia. Esto puede deberse a una sola razón: que el ser que   le   suplantó   tenía   un   sentido   aún   mayor   de   la   precisión   y   del   control.   Sin duda   el   hombre   de   Neandertal   tenía   su   propia   forma   de   magia   cinegética. Pero, comparada con la magia del hombre de Cro-Magnon, con sus chamanes,   rituales   y   dibujos   rupestres,   era   tan   tosca   como   una   bicicleta   comparada con un automóvil. Este   sentido   de   la   precisión   y   del   control   aparece   ilustrado   en   una historia   que  la escritora  Jacquetta   Hawkes   cuenta   en   su   libro   Man   and   the   Sun   (1962). Señala Hawkes que la   falta   de   cualquier   representación   o   símbolo   solar   en   el   arte   del paleolítico,   tal   vez   no   signifique   que   el   sol   no   desempeñara absolutamente   ningún   papel   en   él.   Un   rito   que   se   practica   entre   los pigmeos   del   Congo   previene   contra   semejante   suposición.  El arqueólogo alemán Leo Viktor Frobenius  viajaba   a   través   de   la   jungla   con   varios   de   estos   hábiles   y   valientes pequeños   cazadores   cuando,   al   caer   la   noche,   surgió   la   necesidad   de carne   fresca.   El   hombre   blanco   preguntó   a   sus   compañeros   si   podían matar   un   antílope.   La   insensatez   de   la   pregunta   los   dejó   atónitos. Explicaron   que   aquel   día   no   podían   cazar   con   buenos   resultados porque   no   habían   hecho   los   preparativos   apropiados.   Prometieron   que saldrían   de   cacería   por   la   mañana.   Frobenius   sintió   curiosidad   por saber en qué podían consistir los preparativos, así que se levantó antes de   que   amaneciera   y   se   escondió   en   la   cima   de   la   colina   que   habían elegido. Aparecieron todos los pigmeos del grupo, tres hombres y una mujer,   y   al   poco   alisaron   la   superficie   de   una   pequeña   extensión   de arena   y   trazaron   un   dibujo   en   ella.   Se   quedaron   esperando;   luego,   al salir   el   sol,   uno   de   los   hombres   disparó   una   flecha   contra   el   dibujo, mientras   la   mujer   alzaba   los   brazos   hacia   el   sol   y   profería exclamaciones.   Los   hombres   se   internaron   corriendo   en   la   selva.   Al acercarse   al   lugar,   Frobenius   se   encontró   con   que   el   dibujo representaba   un   antílope   y   la   flecha   estaba   clavada   en   el   cuello.   Más adelante,   después   de   que   los   cazadores   volvieran   con   un   hermoso antílope que tenía el cuello atravesado por una flecha, algunos de ellos arrancaron   mechones   de   pelo   del   animal   y   llenaron   una   calabaza   con su sangre, cubrieron el dibujo con todo ello y luego lo borraron.

El mitólogo norteamericano Joseph Campbell   añade:   «Lo   más   importante   de   la   ceremonia   de   los   pigmeos era   que   se   celebrase   al   amanecer,   que   la   flecha   se   clavara   en   el antílope exactamente cuando un rayo de sol cayera sobre él...». Es   fácil   ver   que   el   cazador   de   Cro-Magnon,   utilizando   esta   técnica,   se sentiría   como   el   moderno   cazador   que   emplea   un   fusil   de   gran   potencia dotado   de   mira   telescópica.   En   comparación,   la   magia   del   hombre   de Neandertal, que era más antigua, debía de parecer tan tosca como un arco y una flecha. Seguramente éste   fue   el   motivo   de   que   el   hombre   de Cro-Magnon   se   convirtiera   en   el   fundador   de   la   civilización moderna.   Su   dominio   de   la «magia»   le   daba   un   sentido   de   optimismo,   de   tener   una   meta,   de   control, como ningún animal había poseído antes. Un   elemento   fundamental   de   esta   evolución   fue   la   autoridad   del   jefe. Entre   los   animales,   el   jefe   es   sencillamente   el   más   dominante.   Pero   si   el hombre de Cro-Magnon se parecía a sus descendientes de Egipto, Sumeria y Europa, o   incluso   al   jefe   de   los   indios   amahuacas   de   Brasil,   entonces   sus reyes no eran sencillamente figuras dotadas de autoridad, sino sacerdotes y chamanes, hombres que conocían a los «espíritus» y a los dioses. Esto tenía una   importancia   inmensa   para   el   hombre   antiguo.   Lo   mismo ocurría en el antiguo Egipto, bajo su faraón-dios. De manera que si hubo una civilización en la «Atlántida» antes de 11000  a. C.,   y   en   Tiahuanaco,  en  los   Andes,   y   en   el   Egipto   predinástico,  entonces podemos afirmar categóricamente que se trataba de una «teocracia faraónica», gobernada por un rey del cual también se creía que era un dios. Las pirámides las construyeron hombres que creían de forma total y sin ninguna   duda   que   su   faraón   era   un   dios   y   que   erigir   tan   magníficas estructuras   significaba   servir   a   los   dioses.   Esta   creencia   da   a   una   sociedad una   meta   y   una   dirección   que   es   imposible   que   tenga   un   grupo   de   meros animales,   por   dominante   y   astuto   que   sea   su   jefe.   Cuando   el   hombre primitivo empezó a creer que el jefe de su tribu estaba en comunicación con los dioses, dio uno de los pasos más importantes en su evolución.

 

http://oldcivilizations.wordpress.com/2013/02/28/los-extraordinarios-y-sorprendentes-conocimientos-de-los-antiguos/

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