Todo es uno y tú eres eso – Entrevista a Antonio Cutanda, escritor y promotor de la paz (Ima Sanchís, 290305)

cutanda

Tengo 47 años. Nací en Caracas. Desde los 7 años hasta los 22 viví en Valencia y ahora vivo en Córdoba. Estoy licenciado en Psicología y fui terapeuta durante diez años. Ahora soy escritor y dirijo el Proyecto Avalon por una cultura de paz. No existe patria, ni idea ni religión que merezca el tributo de una sola vida humana. Creo que todos somos uno.

-Hace diez años se quemó todo el valle de Requena.

-Valencia.

-Sí. Un grupo de amigos decidimos reforestar con especies autóctonas, básicamente con encina. Sabíamos que de cada cien encinas que plantábamos, sólo crecerían de cinco a diez.

-¿Sólo?


-Así es la vida. También sabíamos que era posible que sólo una llegara a envejecer. Pero que esa única encina sería capaz de repoblar el bosque. Ése es el espíritu de Avalon.

-¿Plantar semillas para un mundo mejor?

-Sí, para una cultura de paz. Un proyecto internacional educativo que se sostiene en las tradiciones espirituales y en el que colaboran la Fundación Cultura de Paz, la Fundación Vicente Ferrer y Mayor Zaragoza.

-¿Y cuál es su principio base?

-Si queremos un mundo mejor, hay que empezar por trabajarnos a nosotros mismos.

-Deme una idea que me dé que pensar.

-Creo que la paz es inevitable. Existirán conflictos y guerras mientras exista ego, que no es más que la conciencia de separación de uno con respecto al resto del universo. Pero a la larga la evolución de la conciencia nos va a llevar a una superación del yo.

-¿Por qué?

-Es inevitable.

-No lo sabemos. No sabemos hacia dónde vamos. No sabemos nada.

-Déjeme que le cuente un cuento sufí: un sultán inicia un viaje. Ve a un hombre muy viejo plantando un manzano y ordena a su séquito que se detenga: “Anciano, ¿por qué plantas un manzano si con la edad que tienes ni siquiera vas a llegar a probar sus frutos?”. Y el anciano le responde: “Porque yo probé los frutos de otros que plantaron manzanos antes que yo y sé que, aunque yo no llegue a probar las frutas de este manzano, alguien las disfrutará”.

-Muy generoso.

-Si los planteamientos de lo que vamos a hacer en la vida dependen del tiempo que suponemos que tenemos, no haremos nada y tampoco disfrutaremos.

-¿Y usted cómo lo sabe?

-Todos los místicos de todas las religiones hablan de las mismas vivencias, de esos estados de conciencia en los que se supera el espejismo de ser un yo aislado.Yésa es la esencia de una cultura de paz. Mientras haya fronteras entre los otros y yo habrá fricción, y donde hay fricción acaba habiendo fuego, violencia y dolor. El gran descubrimiento es percibir que todo es uno y tú eres eso.

-¿Qué hacemos los que no somos monjes bondadosos ni nos hemos iluminado?

-No exigir a otros que el mundo sea mejor, entender que si no cambia uno, no puede cambiar el mundo. Había una vez un joven que se acercó al jardinero: “Estoy descorazonado, este mundo está lleno de injusticias, avaricia, desamor. Me gustaría cambiarlo. ¿Pero qué puede hacer un solo hombre?”. “Tú puedes cambiar el mundo cambiándote a ti mismo -le dijo el jardinero-. Cada hombre es la humanidad entera”.

-Interesante, pero….

-“No es necesario que lo entiendas -le dijo el jardinero-. El pájaro no entiende los mecanismos del vuelo y sin embargo vuela. Está en su naturaleza volar, como está en nuestra naturaleza alcanzar el amor”. “¿Y qué debo hacer para cambiar?”, preguntó el joven.

-¿Y?

-“No intentarlo. Has de desear el cambio en ti y permitir que ocurra”.

-¿Y usted se lo cree?

-Creo que el amor es nuestra esencia, amor entendido como esa fuerza universal de atracción y de reunificación. Creo que eso es lo que nos pide nuestra conciencia, por eso consideramos que lo mejor del mundo es enamorarse, por ese anhelo de unidad.

-¿Hay un camino posible?

-Tomar conciencia, pero eso implica estar muy atento a lo que hay fuera, no vivir ensimismado. Mi cuento favorito habla de un maestro zen al que un alumno le pregunta: “¿Cuál es la clave para llegar a la iluminación?”. El maestro responde: “Atención”. “¿Atención a qué?”, insiste el discípulo. “Atención, atención”, contesta el maestro. “¡Sí, bueno, ¿pero cómo se hace eso?!”. Y le responde: “Atención, atención, atención”.

-Muy sabio.

-Las respuestas no hay que buscarlas en manuales ni en libros de autoayuda, las tenemos todos dentro, y la única manera de evocarlas es mediante una atención consciente a lo que nos rodea, porque esa atención es la que nos lleva a enamorarnos de lo que nos rodea.

-Ésa es la vía mística.

-Sí, tanto en el cristianismo como en el islam. Si prestas atención a lo que te rodea, llega un momento en que te enamoras, te quedas hechizado de lo que te rodea, de la vida. Hay que dejar atrás el runrún del diálogo cerebral constante, que nos impide estar en el presente, y observar lo que hay a nuestro alrededor en cada instante.

-Y en última instancia, ¿qué hay?

-Belleza, como dice Ibn Arabi, maestro de maestros considerado por el islam el místico más grande de todos los tiempos. La belleza, nos dice, es la mayor de las teofanías (manifestación de Dios). Ver la belleza en todas las cosas es la mejor manera de encontrar a Dios. Y también dice que la teofanía de Dios más perfecta, por ser la belleza más perfecta, es lo femenino creador.

-Qué sorpresa.

-No lo creen únicamente los sufíes, también el judaísmo dice que Dios tiene rostro de mujer. Pero al final es esa capacidad de ver la belleza lo que te lleva al amor.


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