Yo de niño quería ser viejo – Entrevista con Georges Moustakis, poeta y cantautor (190107)

georgemoustakis

Tengo 73 años: por fin soy viejo que es lo que quería ser de niño. Nací en Alejandría, donde ya era un métèque, un charnego, y hoy lo sigo siendo. Estuve casado y soy soltero. ¿Religión? Ni siquiera soy agnóstico. En política soy un pesimista alegre o un optimista amargo. Crecer es elegir hasta convertir lo que has nacido en lo que eres.


¡Qué tranquila aceptación de lo que emana de Moustaki! No se incomoda ni se exalta ni se preocupa en ningún  momento de lo que dice ni de lo que puedan decir: deja que fluyan sus palabras como hacía su abuelo en el porche de su casa en Alejandría y así comprendo por qué él quería ser viejo ya de niño. Al escucharle, a mí también me parece noble y deseable llegar algún día a tener una gran barba blanca y a repasar saboreando lo vivido, con más placer todavía que si sucediera ahora (especialmente lo de Ángela Molina). Georges Moustaki sigue cantando y escribiendo poemas y ahora sus ‘Siete cuentos fronterizos’ (Belacqua). Y esperando que un héroe traidor como De Gaulle, un Gorbachov, un Mandela y un De Klerk hagan posible la paz en Oriente Medio.

Cuando yo era niño allá en Alejandría y me preguntaban qué quería ser de mayor, respondía: “De mayor quiero ser viejo”.

–¿Ni astronauta ni bombero?

–Yo quería ser viejo, porque veía a mi abuelo sentado al sol, feliz, viéndonos jugar a su alrededor en la calle y contándonos historias: lo adorábamos.

–Eran otros tiempos.

–Ser viejo entonces era ser respetado por todos, amado y escuchado, y yo quería que el tiempo pasara muy rápido para ser como mi abuelo y tener historias que contar.

–¿No quería ser como su padre?

–No. Mi padre era librero y andaba siempre agobiado por la librería. A los niños entonces la vejez no nos parecía triste ni solitaria ni degradante, sino noble y plena.

–Desde luego, eran otros tiempos.

–A los 30 me dejé barba, un poco por pereza, la verdad, y me salía blanca. Mis amigos me decían que me hacía parecer un viejo. Ahora por fin revela mi edad.

–¿Cómo acabó siendo usted el más célebre de los cantautores en francés?

–Yo hablaba griego por mi familia, y el árabe egipcio porque estábamos en Egipto.

–Platica usted en buen español americano.

–Bueno, también maltrato el inglés: el idioma que cuesta de aprender es el primero. Yo aprendí francés en el colegio francés, porque durante la guerra sólo permanecieron abiertos el colegio francés y el inglés y yo adoraba el francés.

–Y acabó usted de métèque, de charnego inmigrante en París.

–Ya era un transterrado en el colegio, donde había niños de más de quince idiomas, razas y religiones diferentes…

–Pues como hoy en los coles catalanes.

–Esa variedad es una gran oportunidad. A mí, eso siempre me ayudó a construirme una identidad propia con pedacitos de todas después de los choques culturales, que no nos impedían jugar juntos.

–Esos pedacitos suyos tienen hoy más de 70 años de experiencia.

–Y de muchas opciones. El hombre se realiza cuando convierte su identidad en una elección y deja de aceptarla como un destino.

–A veces el exceso de identidad mata.

–Eso explica uno de mis cuentos, el de Abraham-Ibrahim: un colono judío expulsado de sus tierras se convierte en árabe para seguir siendo él mismo.

–Esos traidores a su identidad original como Gorbachov hicieron avanzar la historia.

–O el propio De Gaulle, también llamado traidor en su día. Ya ve: el traidor y el héroe se confunden muy a menudo.

–Suárez con el franquismo; De Klerk con el apartheid…

–E Israel que espera el suyo. Por ahora, la mayor lucidez en Oriente Medio la ejercen esos grupos disidentes israelíes, ahora también llamados “traidores”, capaces de ver más allá del enroque en la propia identidad.

–Sus cuentos hablan de identidad y fronteras y de Oriente Medio.

–Lo conozco y me duele. No soy ni político ni politólogo…

–Pues mejor para usted.

–Pero soy un buen paseante por las calles y los barrios del mundo. Los dirigentes son el problema porque están en los despachos y las soluciones están en sus gentes, en las calles, aunque el discurso mediático haga parecer lo contrario.

–Suena a populismo.

–Intento ser lúcido. El poder nos quiere enrocados en nuestras identidades originales, para poder dirigirnos. A mí, mis opciones y los años me han convertido en un pesimista amargo o, si prefiere, en un pesimista alegre, como dice mi canción.

–¿Eso cómo se come?

–Acepto que los grandes problemas no tienen grandes soluciones, pero eso no me impide seguir buscándolas con una sonrisa. La razón me empuja al pesimismo, pero mi corazón se rebela hacia la alegría.

–Y le ha permitido amar y ser amado.

–Una mujer sobre todas me ayudó a ser quien soy: Edith Piaf.

–Una señora de leyenda.

–Edith me amó del modo más profundo posible: ayudando a construirme como persona. Vio en mí un creador y me regaló una guitarra, una máquina de escribir; sentimientos inexplicables y miles de palabras para tratar de explicarlos.

–¿Y las demás señoras de su vida?

–No las amé del mismo modo. Cuando eres un chaval, el amor ocupa toda tu mente y todas las horas de tus días, y transforma a los amantes para el resto de sus días.

–¿Cómo fueron ellas?

–Jeanne Moureau…

–¡Otra mujer eterna!

–Sí, pero yo ya tenía treinta y siete años y la vida ya ocupada y muyestructurada. Nuestra relación no era la médula de nuestra existencia, sino un complemento vital…

–¿Y después…?

–…

–¿…?

–…Estuvo Ángela Molina…

–¿Ha aprendido algo en estos años sobre las relaciones de pareja?

–Cuanto más viejo te haces, menos las comprendes.

–No me da usted muchas esperanzas.

–Es que la razón no le va a ayudar en esto. Sólo le puedo decir que mi sentimiento se renueva igual que la pulsión de amar, pero mi discernimiento no ha avanzado al explicarla.

–Inténtelo.

–Puede que haya solución para nuestra necesidad de soledad y de compañía, pero yo no la tengo.

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