Las trampas de la mente: la lástima – Reflexiones de Mariano Merino

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Desde pequeños nos han condicionado a ser compasivos, a sentir lástima por el prójimo en desgracia. Todas las religiones proclaman la compasión como uno de sus valores absolutos. No tener lástima equivale a ser deshumanizado. Pero, ¿es un punto de vista objetivo ese? No puedo dejar de pensar que si Jesús hubiera realmente tenido lástima, hubiera curado a todos los leprosos que encontró en el camino en lugar de usarlos como emblema de marketing de sus ideas. Más aún, ya que tenía linea directa con su “padre”,  ¿por qué no le pidió eliminar esa enfermedad que tantos estragos causó en la antiguedad, y sigue causando en algunos puntos del planeta?  ¿Por qué no anuló todas las enfermedades, que fueron “creadas” por su padre, según dicen? ¿Por qué creó o permite la pobreza? ¿Acaso esos niños que duermen en la calle no le inspiran lástima? Eso hubiera sido realmente compasión por el prójimo.


¿De donde viene este prurito de la lástima? Aquellos a los que conviene que seamos obedientes elaboran una serie de mecanismos para tenernos ocupados en todo, menos en desarrollar nuestra propia inteligencia. Y uno de esos mecanismos es la lástima. Ser compasivos, ¿con quién? Con el prójimo. No contigo mismo, sino con otro. En la medida que ocupes tu tiempo pensando en los otros, ese tiempo no podrá ser usado en pensar en tí, y por lo tanto no serás una amenaza. Por eso las religiones pregonan y difunden la compasión y la lástima… pero se cuidan de que sea un sentimiento hacia los demás, no hacia uno mismo. Pensar en uno mismo lo equiparan a pecado, lo llaman egoismo, lo combaten. El día en que nos exijan ser compasivos con nosotros mismos, nos transformarán en una amenaza para ellos. Y no lo harán, porque tontos no son.

¿Es malo no sentir lástima? No es una cosa valórica, de bueno o malo; lo que hay que hacer es analizar objetivamente qué significa. Seamos compasivos, tengamos lástima, pero de nuestra condición de “obedientes”, no por los pesares de los demás. ¿Es que no debemos ayudar a aquellos en desgracia? Debemos hacerlo en la medida en que realmente lo sintamos, de corazón. La compasión es un acto de amor y reside en el corazón; por lo tanto, dejemos que salga de él entonces. Compadezcámonos y ayudemos al prójimo porque así lo sentimos, no porque una norma religiosa o la emulación social nos lo impone.

Usemos la lástima como un acto de desarrollo personal, no como una herramienta de dominación. Las iglesias han sido, y siguen siendo, especialistas en usar la lástima de manera instrumental. Piden diezmos, limosnas, para “ayudar al prójimo”, pero luego nos enteramos por la prensa de que una de ellas ha pagado más de US$ 200 millones en un solo país para tapar las denuncias de abuso sexual contra menores que han cometido sus sacerdotes. ¿Es que esos US$ 200 millones estaban en una cajita esperando ser usados en la lucha contra la pobreza? Todas las religiones, de todas las denominaciones, están rodeadas de pobres y sufrientes… y ahí siguen, día a día. Las iglesias engordan, los pobres siguen enflaqueciendo. ¿Es esa la lástima que quieres sentir?

La lástima, la compasión, el amor, son sentimientos tuyos, te pertenecen. Son propios, forman parte de tí con distintas intensidades. Siéntelos, pero de verdad. Transfórmalos en un Activo en lugar de un Gasto, como te acondicionaron a hacerlo. Se un humano consciente, no seas obediente.


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Archivado bajo alma, budismo, espiritu, iluminacion, meditacion, paz interior

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