Las trampas de la mente: la maldad del Demonio – Autor: Mariano Merino

maldad

Nacemos vacíos y morimos llenos, pero llenos de historias de vidas ajenas. En nuestro camino es muy poco lo que aportamos a nuestra propia vida; la gran mayoría de las ideas que nos acompanan en calidad de equipaje son entregadas por otros. Y de ellas, la inmensa mayoría tienen un solo objetivo: amoldarnos para ser adecuados a algo o a alguien, no para hacernos libres. No nos entregan conceptos para liberarnos sino para encerrarnos en las trampas de la mente. Nos hacen obedientes y estúpidos. Nos hacen creer sin cuestionar. Matan en nosotros la urgencia de las preguntas, la curiosidad. Crean dicotomías falsas para que las adoptemos y sigamos, como la idea del Bien y el Mal. Dios o Demonio. Y nos dan a elegir, creando todo un sistema de recompensas y castigos muy conveniente a sus fines: si elegimos a Dios, el Bien, nos premian con una buena estadía “en el más allá”, lugar o estado que nadie ha visto y que nadie da fe de que exista, lo que es muy conveniente; pero si elegimos al Demonio, el Mal, nos castigan con la ferocidad y la brutalidad del “más acá”, con las torturas del infierno en esta tierra, con azotes y hasta con quemarnos vivos. Y lo cumplen, como lo muestra la historia.

¿Por qué nos castigan? Porque al statu quo no le interesan los que piensan, los que cuestionan, los que hacen preguntas. Al general sólo le interesan los soldados que obedecen y mueren sin decir palabra. Al cura y al Papa sólo le interesan los feligreses que creen a pié juntillas lo que se les dijo, los que aceptan la fe como verdad incommovible. Y a los políticos aquellos acólitos que obedecen consignas sin analizarlas. A ninguno de los poderes terrenales les interesa la inteligencia. La persona que piensa es un enemigo para ellos. Por eso nos castigan, porque algunos de nosotros elegimos la opción de optar por el “Mal” y ellos quieren evitarlo

¿Significa eso que somos satánicos? ¿Adoradores del Diablo? ¿En lugar de hacer el Bien hacemos el Mal? No. Significa que somos adoradores del acto de dudar, del que cuestiona, del que no tiene fe pero sí tiene inteligencia, es decir, del que busca respuestas.

Dios comenzó su cosecha cuando creó el Paraiso Terrenal e implantó las reglas de la casa: tomarás y disfrutarás de todo, dijo, menos del fruto de ese árbol. Dios fué el primer represor de la humanidad. No explicó por qué no quería que se tocara ese fruto; se limitó a reprimir, a prohibir, a exigir obediencia. A Dios no le interesan los inteligentes porque pueden llegar a cuestionarlo a El mismo. Tiene varios nombres, Dios, Jesús, Jehova, Alá, pero son todos uno: represión. Dios reprimió la inteligencia, y al final hasta el sexo fué reprimido, y hasta se dieron el lujo de hacer parir a las vírgenes (en una morbosa satanización del sexo) o de enviar cuerpos de carne y hueso “al cielo”, en ese afán enfermizo de reprimir nuestra capacidad de pensar, de ser humanos.

Por el contrario, el Demonio implantó en la mente del hombre la primera semilla de la duda, del cuestionamiento. El ente del Mal fué quien realmente nos hizo el Bien. Fué quien indujo el primer proceso de investigación en la mente de la nueva especie. El Demonio fué quien nos hizo realmente hombres. Fué el único que nos dijo: eres inteligente, no creas lo que te dicen, tienes inteligencia, ¡úsala! El Demonio, el vilipendiado y perseguido Luzbel, fué el primer revolucionario de la creación. Nos hizo tomar consciencia de nuestra capacidad de dudar, de nuestra opción a desobedecer. Nos hizo ser conscientes hasta de nuestro propio cuerpo y de nuestros sentidos. Fué quien abrió una ventana en la alta pared que nos construyó Dios y dejó entrar el aire fresco.

Los poderes constituidos nos hacen odiarlo y perseguirlo porque nos quieren obedientes y estúpidos. Esa es la gran trampa de la mente: la maldad del Demonio.


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Archivado bajo alma, budismo, espiritu, iluminacion, meditacion, paz interior

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