Las trampas de la mente: la obediencia – Reflexiones de Mariano Merino

hada

Todos nacemos inocentes, somos un vacío a llenar. También, todos nacemos inteligentes, con capacidad para desarrollar nuestras propias habilidades para resolver los problemas que el entorno nos depara. Por último, todos nacemos felices. La gran pregunta es, ¿por qué al  crecer perdemos esa inocencia, esa inteligencia, esa felicidad? ¿Qué hacemos mal durante nuestra existencia para recibir ese castigo, de perder aquello que nos definió cuando nacimos?

Perdemos esa poderosa trilogía de ventajas porque no hacemos nada por evitarlo.


Nuestra inocencia no nos defiende de nuestros padres, que son el primer eslabón de la cadena del sometimiento al que estaremos atados durante toda nuestra vida. Nuestros padres son los primeros destructores de nuestra vida: cambian la inocencia primigenia por la obediencia. En lugar de mantenernos inocentes, abiertos, inteligentes, nos obligan a someternos, a obedecer.

Nuestra inteligencia no nos defiende de la sociedad, que encarnada en mil instituciones nos hace profundizar en esa obediencia castrante. La escuela nos ensena a memorizar, no a pensar; nos obliga a obedecer dictados y normas. La religión nos obliga a creer sin cuestionar, a aceptar a dioses tiranos que se gozan de hacer sufrir a la humanidad cuando desobedecen sus dictados. El estado nos obliga a obedecer su copiosa normativa cuyo único fin es anularnos como personas. Todo enfila a obligarnos a obedecer y nuestra supuesta inteligencia no nos defiende.

Nuestra felicidad no nos defiende de las falsas recompensas del ego, que nos llenan de baratijas y cuentas de vidrio cuando obedecemos a los demás. No nos avisa cuando los aplausos nos hacen cegarnos a su verdadero significado: te aplaudo porque sigues cautivo. Porque obedeces.

Si tuviéramos padres de verdad, no maquinarias paridoras de carnes obedientes. Si tuviéramos sociedades distintas, preocupadas de nosotros como personas y no como engranajes obedientes y estúpidos. Si tuviéramos consciencia de la felicidad que perdimos cuando iniciamos nuestro caminar… volveríamos a ser felices, que al fin y al cabo, es el único destino para el que realmente nacimos.

¿Podemos lograrlo? Podemos, en la medida en que nos repleguemos a lo único que nunca cambió en este viaje: nuestro Yo interior, aquello que permaneció intocado e incólume en el centro de nuestro ser. Cuando nos libremos de todas las vidas ajenas que nos hemos acostumbrado a vivir y comencemos a vivir nuestra propia vida, la real, volveremos a ese estado de redención en que éramos inocentes, inteligentes, y sobretodo felices.


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Archivado bajo alma, budismo, espiritu, iluminacion, meditacion, paz interior

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