Las trampas de la mente: no creo en nada, sólo en mí

universalman

Es común escuchar esta frase: no creo en nada, sólo creo en mí. Es una frase desafiante y total. Para estas personas no existe Dios, y muchas veces ni las autoridades ni las normas sociales. Nada es nada. Pero estas personas no perciben que esa posición extrema es una forma de creer, de reafirmar la existencia de lo no creído, y al mismo tiempo de hacer desaparecer lo creído. En esta posición existe un conflicto y por esta razón esas personas en general se ponen en posición de desafío: no se puede no creer en lo que no se cree. De hacerlo, se le otorga estado de existencia a lo no creído; por eso es que no existen los ateos, por eso no existe el ateísmo ni puede existir. La única manera de “no creer” es adoptando la posición budista zen del testigo, del espectador, del que no toma posición alguna, del que es solamente consciencia y deja que las cosas sean simplemente, sin juzgar. La única manera de “no creer” es haciéndose a un lado y mirar el flujo pasar.

No es posible creer en algo porque ese algo no existe en sí mismo. Toda la realidad es un flujo, es algo que va, que cambia, que altera su estado a veces de manera imprevisible. Cualquier cosa en esa realidad no existe como tal sino como una vibración, como una onda, y si la percibimos sensorialmente es porque estamos en su misma frecuencia. Por lo tanto, ponerse en una posición de “creer”, de tomar partido, es una posición falsa. Nada es seguro, nada existe, ni siquiera nosotros que cuestionamos esa seguridad y esa existencia. Simplemente somos y fluímos. El budista zen no cree ni en Buda, sólo es espectador, sólo se deja llevar por el flujo del universo. Para él sólo el momento tiene existencia, pero ni ese momento tiene certeza. Es una realidad cuántica, no material, y se mueve en el mundo de lo cuántico.

La creencia en algo, en cualquier cosa o persona o entidad, es una trampa de la mente. Nada existe, ni siquiera el observador. Sólo existe el acto de observar, de ser testigo, y en esos momentos uno se funde con el universo. En esto consiste la belleza de la Meditación: en anular el yo externo y superficial, el ego, la personalidad y todas sus cargas (incluídas las creencias), y dejar emerger y florecer la consciencia, el yo interno y eterno. En resumen, en ponerse en consonancia con la vibración del universo. Es lo que los budistas llamamos “entrar en el vacío”.

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