Vivo sin dinero: ¡eso sí que es ser rica! – Entrevista a Heidemarie Schwermer, autora del libro Vivere senza soldi (La Vanguardia, 090402)

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Cuánto dinero lleva usted encima?

-Nada de nada.

-¿Ni un solo euro?

-¡Mis dedos no han tocado todavía un euro! Vivo sin dinero desde hace ya seis años.

-¡Seis años! ¿Y de dónde saca la comida?

-Me la dan en un restaurante biológico. A cambio, yo les cocino, les limpio…

-¿Y la ropa?

-Sé de personas con las que puedo intercambiarla.

-Lleva al cuello un collarcito…

-Un regalo. Yo también regalo cosas.

-¿Como qué?


-Mi tiempo, mi ayuda, mi conversación, mis habilidades… O las intercambio por un bono de autobús. El otro día ayudé a unos padres a resolver un conflicto con sus hijos y me regalaron sus pases para la ópera.

-¿Entiende usted de niños?

-Fui profesora de niños, y lo dejé. Luego fui psicoterapeuta, y lo dejé también.

-¿Por qué?

-Yo me hice profesora porque quería mejorar el mundo. Pero no avanzaba: el sistema educativo está concebido para alimentar el intelecto de los niños, pero no el corazón.

-¿No exagera?

-A los niños se les orienta para ser competitivos en algo, y así conseguir un trabajo y que ganen dinero y más dinero. ¿Eso es todo, señores? ¿Y qué pasa con sus vidas? ¿Lo ve? ¡Todo está enfocado a tener y no a ser!

-Y cambió la pedagogía por la psicología.

-Sí. Me especialicé en terapia gestáltica y ganaba mucho dinero en mi consulta. Tuve 15 coches sucesivos, una casa llena de cosas… Y tampoco me pareció que así el mundo mejorase mucho…

-Y dejó también la psicología.

-Lo dejé todo. Fui regalando a vecinos y amigos mis libros, el coche, mis muebles, mis pertenencias… Cuando el salón de casa quedó vacío… ¡me puse a bailar, a bailar..! Me sentí tan ligera, tan libre, tan feliz…

-¿Y sus cuentas corrientes?

-Mi madre siempre decía: “¡Cómo me gustaría que me tocase la lotería para regalaros dinero!” Eso hice yo con mi dinero: lo repartí entre mis hijos y luego cancelé las cuentas.

-¿No le han dicho que está loca?

-Sí, muchas veces. Pero que conste una cosa: yo no incito a nadie a que haga como yo.

-¿Y por qué hace esto?

-Empecé a plantearme si realmente necesitamos tantas cosas, y comprar y comprar. Y me convencí de que no, de que son posibles formas de vida que no pasen por el dinero.

-El dinero, como símbolo del coste de las cosas, es un invento práctico, comodísimo.

-Fue un gran avance, es verdad, muy útil para el intercambio… hasta que se convirtió en un valor en sí mismo, y acumularlo es la meta, y su posesión mide el valor de la gente: “tanto tienes, tanto vales”. ¡Estoy en contra!

-Cuando su casa quedó vacía, ¿qué hizo?

-Abandonarla. Unos amigos iban de viaje y me dejaron la suya a cambio de arreglarles el jardín. Ahora duermo en la buhardilla de la oficina de unos amigos. Yo les limpio y me ceden también el uso de un ordenador.

-¿No es una vida muy dura?

-Al principio lo pasé mal. No quise pedir ayuda a nadie. La soledad… Fue duro. Pero, poco a poco, haciendo trabajos a cambio de cosas, creando una red de trueque…

-¿Cómo es eso?

-Fundé con otras personas, en Dortmund, un centro de intercambio de “dar y tomar”: cada uno da lo que tiene y toma lo que necesita. Clases de cocina por clases de idiomas, un par de horas de canguro por un corte de pelo, pintar un piso por arreglar un jardín…

-No me imagino viviendo sin un duro…

-Pues yo, ahora, ¡soy más rica que nunca! Tengo de todo. Y hago lo que me apetece…

-Yo tengo que pagar el cole de los niños.

-¡No le pido que haga usted como yo! Pero le sugiero pensar esto: ¿puede prescindir de algunas cosas por las que hoy se afana tanto?

-Seguramente sí. Parece usted Jesús diciendo: “Si tienes dos túnicas, regala una”.

-Ja, ja. O lo de “las flores del campo no necesitan vestidos, ni los pájaros casa”, ¿eh? Sí… ¡yo hasta abandoné la seguridad social!

-Imagínese que se pone muy enferma.

-¡No imagino eso! Si imaginas algo, induces que suceda… Y si quieres algo, lo logras.Entre mis amigos hay médicos que me cuidarían, y yo les compensaría luego.

-No pagará usted impuestos, claro.

-No. Como no tengo domicilio fijo, no tengo ni derecho a voto. Soy una “sin techo”.

-Alguien podría decirle: “Es usted una mujer antisocial y una insolidaria”.

-Y me lo han dicho. Que soy una vaga, una aprovechada… ¡Es muy injusto! Mi idea es que pueden hacerse cosas, cooperar y trabajar mucho sin que medie el dinero. Y lo hago. Verme hacerlo da rabia a cierta gente.

-Descríbame cómo sería su mundo ideal.

-Un mundo de individuos responsables: cada uno toma lo que necesita y da luego lo que puede: ¡todo el mundo tiene algo que ofrecer! Por ejemplo, en esta cafetería yo me tomaría un café y me iría… Se entiende que luego, en otro sitio, yo daría algo, un servicio, un trabajo, una ayuda a otro. ¡Serían menos horas encerrados trabajando en fábricas y habría más relaciones interpersonales! Y se acabarían los abismos entre ricos y pobres.

-Primero deberíamos ser todos santos.

-Todos debemos mejorarnos a nosotros mismos: esto es muy importante y es viable.

-¿Y qué hace con lo que gana con su libro?

-Lo he repartido. Y ahora pido que me remuneren lo que escribo con servicios.

-¿Aguantará usted así… hasta el final?

-Sí, ¡me gusta mi vida! Escribo, hago cada día lo que me apetece: vivo. ¡Soy muy rica!

-Desde el verano de 1997 hasta marzo de 1999 viví la enfermedad y muerte de mi hija Alba. Y no sólo fue una terrible experiencia, sino también un revulsivo a mi forma de entender la vida.

-¿En qué ha cambiado?

-En medio de los acontecimientos veía surgir preguntas y evidencias inesperadas y también una especie de poesía profunda que aunaba de forma incomprensible el dolor y la plenitud de la existencia. Tomé conciencia de cuestiones tan importantes que me parecía increíble no haberlas conocido antes.

-A Alba le diagnosticaron un tumor cerebral a los 21 años.

-Sí, Alba era como cualquier chica de su edad. Era vital y estaba en la flor de la vida. La enfermedad la llevó hasta la muerte, pero nosotros ganamos.

-¿Qué quiere decir?

-Que llegó hasta el final siendo ella misma. Sus ganas de vivir no se volvieron en su contra, con ellas atravesó el túnel. He aprendido muchísimas cosas de Alba, su inteligencia emocional estaba mucho más desarrollada que la mía y algunos de sus comportamientos los entendí tiempo después.

-¿Por ejemplo?

-Cuando empezó a estar enferma se emperró en comprar un perro. Alba y yo vivíamos solos en un apartamento y me parecía que la situación ya era bastante complicada como para sumarle un cachorro. Pero le prometí que después de la operación se lo compraría. Entonces Alba, instalada en la clínica, y rodeada de revistas de animales, le contaba a todos (médicos, enfermeras…) cómo sería su perro.

-¿Hablar de su futuro perro le ayudaba a crear vínculos emocionales?

-Sí, era increíble: las relaciones con los otros se hacían más fáciles. Cuando se quedó calva por la radioterapia, se pasaba horas peinando su peluca y de nuevo yo no podía entender cómo en una situación tan grave podía estar tan pendiente de su aspecto.

-¿Acabó entendiéndolo?

-Necesitaba sentirse atractiva, nunca se quejaba delante de sus amigas y lo justo delante de los médicos. Supo canalizar toda su energía positiva y crear vínculos con los que la rodeaban. En ningún momento dejó de preocuparse por los demás. Llegó hasta el final siendo ella misma.

-¿Por eso dice que han ganado?

-Sí, me siento muy orgulloso de ella, tengo la sensación de que hemos sacado la matrícula de honor en la asignatura de la vida. Alba ha dejado una especie de comunidad emocional (médicos, enfermeras, pacientes…) que de vez en cuando nos vemos y la recordamos con una sonrisa. Pienso que nuestra forma de calcular la vida está equivocada.

-¿A qué se refiere?

Que no deberíamos tener en cuenta la cantidad de vida, sino la calidad de vida. No forzosamente una vida que acaba con 22 años es una vida malograda. Hay personas de 90 años que jamás han dado nada y que lo único que han hecho es daño a los otros, ésa sí es una vida desperdiciada. En cambio Alba en su corta vida dejó una estela enorme y no dejó tras de sí un dolor trágico, sino una atmósfera de paz, de calma y de cariño.

-¿Habló de la muerte con ella?

-Un día hablamos del destino. Alba encendió un cigarrillo y me preguntó: ¿por qué me pasa esto? “Tal vez tu destino sea ser el punto de referencia de los que te rodean, aunque puedes escoger serlo o no serlo.” No hablamos más del tema, pero escogió seguir ese destino y a mí me tocó acompañarla hasta su estrella, y eso es lo más importante que he hecho en mi vida.

-¿Y qué ha descubierto en ese camino?

-Que realmente no nos conocemos. Cuando Alba ya no podía levantarse de la cama había momentos en los que hacíamos broma y reíamos de verdad… ¡Éramos muy felices! Y luego pensaba: ¿cómo es posible en estas circunstancias…? Pues es posible porque tienes otra percepción de las cosas. Cuando abres de verdad tus sentidos, cuando cambias el miedo por entrega, todo se transforma. He aprendido una gran lección: la importancia de manifestar el amor. El amor sin expresar no sirve para nada.

-¿Se abren mundos nuevos?

-Por primera vez pude rozar una imprecisa realidad del alma, un complejo de emociones, sueños, presentimientos. Hoy sé que es posible caminar con la vida en contra, asumir las condiciones más duras y no perder el sentido de uno mismo. Entonces, la vida y la muerte se convierten en otra cosa. Parece como si no fuera lo más importante.

-Cuénteme uno de esos sueños.

-Le contaré uno de Alba: “He soñado que todo estaba lleno de mariposas. Eran tan bonitas… De todos los colores y volaban. Hacían que me sintiera muy bien. Luego venía una niña. Una niña morena. Era muy guapa, y no decía nada, sólo me miraba. Venía con las mariposas y me esperaba”.

-¿Qué sintió usted?

-Una bocanada extraña de alegría, porque aunque sabía que era un sueño de muerte, en algún sitio una niña rodeada de mariposas la esperaba. Supe por casualidad que la palabra griega “psyché” (alma) significa también mariposa y que solían imaginar el alma como una mariposa que escapa del cuerpo después de la muerte. Yo le compré a Alba un móvil de mariposas y lo colgué sobre su cama.

-¿Intentó prepararla para la muerte?

-Sí, visité diversos gurús y grupos de duelo que me dieron una clave importante: “No la retenga, deje que se vaya”. Intenté acompañarla y rodearla de cosas hermosas. Alba siempre tendrá 22 años.


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Archivado bajo alma, budismo, espiritu, iluminacion, meditacion, paz interior

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