El problema del Cómo Meditar – Reflexiones de Mariano Merino

indiferencia

Meditar no es solamente “vaciar” la mente; tampoco es adoptar posiciones difíciles y esperar, esperar… sin saber qué. Tradicionalmente asimilamos la meditación a una posición sentada, en posición flor de loto, con los dedos juntos, ojos cerrados, y cara angélica; pero eso no es meditar. Eso es reprimirse simplemente. Nosotros no vivimos corrientemente en esa posición, no vivimos sentados ni con los ojos cerrados. Cuando vivimos estamos en movimiento, muchas veces violentos. Y si vivimos normalmente así, ¿por qué cuando queremos entrar en nuestro interior adoptamos otra posición que en la práctica implica reprimir lo que normalmente somos nosotros mismos? Para Meditar es preciso cumplir 3 condiciones, que son: relajarse, observar, no juzgar. Veremos en qué consisten:


Relajarse. Para meditar hay que adoptar una posición que nos permita relajarnos. Si sentarnos con las piernas cruzadas en flor de loto es una de ellas, entonces bien para el que practica. Pero no es la única. Sentados, e incluso acostados o parados, frente a un bello paisaje, o frente al mar, también puede servir. Para relajarse hay sólo una norma: adoptar la postura que simplemente nos relaje. Cada cual tiene la suya. Y también cada cual tiene su espacio: un paisaje, el jardín, un rincón, cualquier lugar que nos lleve a la relajación.

Relajarse. ¿Qué significa exactamente este concepto? Según el Diccionario RAE, el verbo “relajar” significa en su acepción 13,  “Conseguir un estado de reposo físico y moral, dejando los músculos en completo abandono y la mente libre de toda preocupación”. Es lo que comúnmente conocemos bajo ese estado: abandono, reposo total, tranquilidad. Pero en Meditación el concepto agrega un atributo especial: el estado de relajación debe experimentarse en un estado de alerta. El que medita no se abandona sino que permanece en alerta, pese a que su cuerpo y su mente se relajan y vacían. El que esté en alerta permanente lo hace acreedor a la condición de observador de su propio estado y de la vida que fluye ante y a través de él, y al mismo tiempo a ente observado.

Es importante comprender esta diferencia, porque el relajamiento en la Meditación no necesariamente viene acompañado del “completo abandono” de los músculos. Usted puede meditar incluso corriendo. Es lo que hacen los deportistas exitosos de grandes distancias: corren vaciando la mente pero mantienen el alerta de su condición. Están relajados, según el Budismo, pese a que sus músculos experimentan enormes tensiones producto del esfuerzo. pero en ningún momento dejan su estado de alerta, lo que les permite reaccionar automáticamente a los desafíos del medio; por ejemplo, ante la inminencia de una subida o desnivel del camino, la mente sigue vacía pero el cuerpo se prepara y reacciona fabricando más adrenalina e inundando el torrente sanguíneo con ella hasta que pasa la prueba. No hubo ninguna orden mental para hacerlo; fue el cuerpo y su estado particular de Meditación el que provocó ese cambio y esa reacción. Ese mismo fenómeno es el que experimenta el espadachín cuando lucha con su katana en estado de No-mente frente a un adversario: se mueve y reacciona a la agresión del contrario de manera instintiva.

Observar. Meditar es transformarnos de observador en observado. Entrar en nuestro yo no es vaciar la mente, es mirarnos a nosotros mismos. Para esto debemos escuchar, aprender a observar. La naturaleza es nuestra maestra suprema. Escuchemos y sigamos nuestra respiración, o el paso de las horas o las estrellas. O simplemente el flujo de nuestra propia alma. Aprendamos a observar. O a escuchar. El humano moderno perdió la capacidad de escuchar a la naturaleza y por eso ella no nos hace partícipes de su flujo. En los grandes tsunamis, que mataron a cientos de miles de personas, no se supo de la muerte de ningún animal: ellos no han perdido la capacidad de escuchar a la madre naturaleza y reaccionar en consecuencia. Debemos aprender a observar nuestros flujos vitales, y de la mano de ellos nos iremos adentrando en nuestro Yo. Estaremos observándonos.

Observar. Según la RAE, es “Mirar con atención y recato, atisbar”, concepto ampliamente aplicable a toda experiencia humana en que alguien se relaciona con algo o alguien, pero en Meditación tiene un sentido más profundo: observar es atisbar el interior de uno mismo. Es abrir la mente a la posibilidad de ser uno mismo el observador y el observado, lo que equivale a decir que cuando Meditamos nos escapamos de este terrenal encierro, el cuerpo, y nos remontamos en las alas de la libertad para mirarnos desde afuera hacia adentro.

Suena esotérico pero no lo es. Hagamos una prueba sencilla: ganemos tranquilidad, adoptemos una posición que sea cómoda y simple, nada sofisticado, cerremos los ojos, y respiremos cadenciosamente. Con el mismo ritmo e intensidad, adquiriendo conciencia de nuestra respiración. Inspirar, exhalar. No perdamos la atención sobre nuestra respiración.  Al cabo de un momento nos iremos dando cuenta de que los ruidos exteriores se irán atenuando y acaban por desvanecerse y solamente existimos nosotros y nuestra respiración. A poco, sentiremos que formamos parte de un vasto espacio negro y vacío, y hasta nuestra respiración desaparece. Somos nosotros. O más bien, ese vacío inmenso e inexplicable. Si llegamos a este punto, podemos hacer un pequeño esfuerzo mental y nos remontaremos, volaremos, y podremos mirar hacia atrás y veremos nuestro cuerpo respirando. Ese cuerpo somos nosotros, pero estamos fuera de nosotros mismos. Nos estamos observando. Somos astrales. Nos miramos con atención. No se trata de una situación; es más bien, una sensación vivencial acompañada de una paz enorme, infinita. Somos nosotros en la primera etapa de la Meditación. En esta etapa, en la cual aún somos cuerpo, adquirimos la capacidad de sustraernos de la dimensión humana, pero seguimos siendo cuerpo. Aún no hemos usado la mente.

Siguiendo más adelante en este camino, veremos que coexisten los pensamientos con nosotros, estamos en medio de nuestra mente en la que todo es caos. Los pensamientos, las ideas, los recuerdos, todo fluye sin sentido ni control. Los observamos pasar pero no los adquirimos ni desarrollamos. Simplemente tenemos consciencia de su existencia pero nada más. Ni siquiera los reconocemos como nuestros. Estamos en plena Meditación, en que nos observamos, atisbamos nuestro interior, en un estado que se parece al trance pero se caracteriza por estar en una alerta consciente. Simplemente existimos, nosotros y nuestra mente.

Por entonces, nuestro cuerpo está completamente relajado y totalmente ajeno a lo que sucede con nuestro interior y nuestra mente. Tomen nota de que hemos desdoblado la mente del cuerpo, y ya no se interfieren ni influyen. Normalmente la mente envenena al cuerpo, lo pone tenso; en el estado meditativo esa relación no existe. Descansamos, en un descanso nunca experimentado hasta ahora.

Todo eso sucede cuando nos observamos,

No juzgar. Meditar es dejar pasar los pensamientos, y para ello es necesario no juzgarlos, no clasificarlos, no ponerles membretes. Simplemente, hay que dejar que entren en nosotros y vuelvan a salir. Hay que “verlos” entrar y salir, sin cuestionarlos; dejarlos pasar. Esto al comienzo es difícil pero luego de un pequeño entrenamiento verás que deja de serlo. Aprenderás a escuchar sin oír, o a mirar sin ver. La realidad pasará por tus sentidos sin que termines notándola, hasta que llegará un momento en que simplemente no entrará en tí, quedará afuera, y tú entrarás en una especie de trance, de vacío pero con una característica que la hace distinta al vacío normal: será un vacío consciente. Estarás sin pensamientos, pero en estado de alerta consciente.

No juzgar. Según el Diccionario RAE, hacer un juzgamiento significa tomar partido, elegir, comparar algo con una vara de medir y definir su valor, formar opinión sobre algo o alguien. De esta manera decimos o sentenciamos que algo está bueno o está malo. Emitimos un juicio.

En Budismo el concepto de “no juzgar” es más profundo. Significa adoptar la actitud de indiferencia frente a  nuestros pensamientos, e incluso frente a los actos de nuestra vida. No tiene una valoración negativa, como la usamos en occidente, sino más bien positiva: ser indiferentes significa dejar pasar, aceptar tal cual son los pensamientos o los actos, sin definir si son buenos o malos. No cuestionarlos. Significa ponernos en el caso del supremo observador, nosotros mismos. Al adoptar esta actitud, evitamos que esos pensamientos o actos nos dañen, nos causen dolor. Ellos existen,  simplemente son, sin que nosotros intervengamos en sus efectos ni en sus causas. Son ajenos a nosotros, no nos pertenecen.

La indiferencia extrema es uno de los componentes de la iluminación, estado al que acceden muy pocas personas, sólo los budas. Para nosotros, nos basta con conocer y adoptar esta manera de ver la vida y practicarla. Si las cosas no nos importan, no nos causan dolor. Si no las cuestionamos, pasan por nuestra mente sin dejar huellas y nos permiten relajarnos y observar.

Meditar no es un  proceso difícil. Como técnica, es relativamente simple. Diríamos que con cumplir las 3 condiciones arriba descritas, ya pueden ingresar al fascinante mundo del buscarse y encontrarse a sí mismos: al mundo de la Meditación. Pero estamos hablando de cumplirlas: ese es el desafío.

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Archivado bajo alma, budismo, espiritu, iluminacion, meditacion, paz interior

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