Esperaba un milagro para empezar a creer – Entrevista a José Ma. Márquez Vigil, ejecutivo de Banca convertido en cooperante (La Vanguardia, 210302)

JMMarquezV

-¿Ha arruinado usted un brillante futuro?

-Eso dicen. Yo trabajaba para un banco holandés en Amsterdam dirigiendo el área de “project finance”: proyectos que se financian a través de bancos sindicados. Así construimos por ejemplo Eurodisney.

-Vaya, que era usted un niño bien.

Sí, de familia adinerada, abogado, economista, con un buen sueldo, un coche muy bonito y muy rápido, muchos amigos y muchas y variadas novias. Lo abandoné todo.


-…Pues más de uno quisiera.

-En realidad tenía 8.000 necesidades y cubría 7.950. Siempre me faltaba satisfacer 50 para sentirme plenamente feliz. Ahora tengo tres necesidades y cubro las tres.

-¿Qué provocó el cambio?

Estaba a gusto con mi vida, pero era consciente de lo que significaba trabajar en un banco de negocios: enriquecer a los ricos.

-¿Realmente es así?

-Los que ya tienen casas, coches, barco y una buena cuenta bancaria multiplican su dinero a base de información privilegiada. Estoy seguro de que si pensaran que en realidad lo que están haciendo es robar a los pensionistas, a la pobre viejecita que tiene sus ahorrillos invertidos en Telefónica, no lo harían, porque es lo mismo que atracarles.

-¿Usted era consciente?

-No del todo, pero a mediodía dejaba mi coche, cogía una moto cutre y me iba a dar clases a barrios marginales ocultándoselo a mis compañeros.

-¿Por qué?

-Preocuparse por los perdedores es ser un perdedor. Pero necesitaba dar salida a las cosas en las que en el fondo creía: intentar ayudar a los demás y mejorar como persona. Finalmente me atreví, pedí un año de excedencia y me fui con la madre Teresa de Calcuta.

-¿Pero cómo tomó la decisión?

-Mil veces dices sí y mil veces dices no. “Vas a tirar tu futuro por la borda” te dicen los allegados y racionalmente tienen razón. Así que me fui con muchas garantías: mis ahorros estaban en buenos fondos y sabía que podía volver. Luego, cuando aprendes a vivir el día a día, te das cuenta de que tanto pensar en el futuro te esclaviza.

-¿Y qué tal el aterrizaje en la leprosería?

-Muy fuerte. Llegue, con mi novia de aquella época. Nos instalaron en un hotel con ratas, donde compartíamos el baño unos cuarenta. El trabajo voluntario consistía en ayudar por la mañana en un manicomio y por las tardes recoger moribundos.

-…Y sin secretaria.

-Sí, ja, ja. El primer mes me tenía que sujetar los pies para no salir corriendo. Gracias al ego que tenía entonces resistí: ¿cómo iba a volver a casa con las orejas gachas? Recuerdo que coincidí con un portugués que duró una semana y casi me voy con él a esconderme en Lisboa.

-¿Pero qué labor le dio la madre Teresa?

-Limpiar los escupitajos de los tuberculosos, los excrementos y las heridas llenas de gusanos de los enfermos. A uno le saqué un millar del cráneo; le salían por el oído, por la nariz… Yo decía: “¡Qué es esto, Dios mío!”.

-¿Y cuándo cambió la percepción?

Tú llegas allí con mentalidad de occidental y vas pactando contigo mismo. Te dices por ejemplo: “A ver si veo un milagrito y empiezo a creer en todo esto que no me creo nada”. Y luego te das cuenta de que el milagro es el del amor, el de la madre Teresa y sus hermanas, el de los enfermos.

-Suena ajeno.

-Lo sé. La madre Teresa me decía: “Los enfermos están haciendo mucho más por ti que tú por ellos”. Cuesta, pero al final lo entiendes y empiezas a recibir y a cambiar.

-¿Y cómo pasó de Calcuta a Malawi?

-La primera persona que me habló de ese país africano que es tan pobre que no tiene ni guerras fue mi dentista. Un país superpoblado, analfabeto, con la tasa más elevada de sida y con una esperanza de vida de 37 años. Fui allí a trabajar con unas monjas españolas los 6 meses que me quedaban de excedencia.

-¿Y qué hacía?

Vacunar, limpiar, ayudar al sastre, trabajar en la huerta… Aprendí mucho de la gente de allí y llegó un momento en que me dije: “Ya llevo un año recibiendo, primero en Calcuta y luego aquí; ya me toca dar”. ¿Cuál era mi valor añadido? Continuamente me preguntaba si los blancos debíamos estar allí.

-Siempre nos metemos allí donde no nos llaman.

-Ojalá no hubiéramos ido nunca. Pero si les estamos metiendo el dedo en el ojo, por lo menos administrémosles la pomada para el escozor. Ese es el trabajo de las misiones, ir poniendo parches a los abusos causados por nuestra economía y nuestro modo de vivir.

-¿Qué proyecto creó?

-Las ONG están en las ciudades; en los pueblos perdidos sólo están los misioneros, una profesión en extinción. Yo opté por ayudar a las congregaciones locales a obtener medios. Así creamos en Malawi las clínicas móviles que atienden a 40.000 pacientes, un proyecto para huérfanos del sida que asiste a 3.250 huérfanos, otro para obtener medicación y ropa para que vayan a la escuela.

-¿Cree que en Malawi necesitan nuestra vieja ropa de marca?

-Es cierto que en muchos colegios los niños acaban aprendiendo los nombres de los ríos de EE.UU. porque esos son los libros que les llegan. Esa gente pasará su vida plantando maíz, por eso mis proyectos de educación son de salud, higiene y agricultura.

-Hay que promover los recursos locales.

-Estoy de acuerdo, y para ello me dedico a aplicar todo lo que aprendí en el banco.


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Archivado bajo alma, budismo, espiritu, iluminacion, meditacion, paz interior

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