Me lo enseñó un mendigo – Reflexiones de Mariano Merino

mendigo

¿Cuál es el bien más abundante en este planeta? La respuesta obvia, el aire. Lamento disentir: es la sabiduría. La encontramos en todas partes, se cuela por todas las rendijas, lo cubre todo. El jaguar sabe como cazar, el ave sabe como volar, el viento sabe como fluir, la gallina sabe donde picotear cuando le falta el calcio. Es el Tao.

¿Existirá algo a lo que la sabiduría no llega? Sí, nosotros, los humanos. Nacemos sabios, hambrientos de sabiduría, pero en el camino la vamos perdiendo. Nuestros padres, nuestras instituciones se encargan de ello. Hacen muy buena labor y somos los mejores alumnos. Nos matan la sensibilidad con sus falsas creencias, nos matan la intuición con su falsa lógica; terminan matándonos la humanidad que hay en nosotros con sus falsas excusas. Al final terminamos siendo inmunes a la sabiduría.

¿Lo hemos perdido todo? No. La sabiduría natural está en nosotros, latente, esperando a que despertemos. Y estas no son solo palabras; puedo probárselos, a ustedes que se rigen por la estricta lógica causal cartesiana: aíslense en cualquier lugar, en un banco de la plaza por ejemplo. Cierren los ojos y escuchen, escuchen los sonidos a su alrededor. Sólo escuchen. Al comienzo, una gran cacofonía, ruidos indescifrables, pero de a poco irán distinguiendo algunos, y luego de distinguirlos irán identificándolos. Es el canto de un pájaro, ahogado por el tráfago de los vehículos. Es el llanto de un niño. Es el ladrar de un perro callejero. Ya no es una nube de ruidos; todo ese escándalo se va transformando en una serie de sonidos. Luego, concéntrense en uno de ellos: el llanto de un niño, por ejemplo. Notarán que el niño se va perfilando en sus mentes: sabrán donde está, harán sus primeros intentos de intuir si es un hombrecito o una mujercita, si esta acompañado o perdido, etc. Y serán testigos participantes de un fenómeno: los ruidos se van apagando y el llanto cobra más y más intensidad en ustedes. Se separa del ruido circundante y adquiere identidad propia. Notarán que vuestro Yo se empieza a fundir con el Yo del niño que llora. ¿Qué significa este pequeño experimento? Que de golpe han borrado millones de años de “evolución” y han ocupado la sabiduría de la que venimos todos provistos. Ahí está, latente, en espera de que la usen y sean más humanos y menos máquinas.

¿Esto me lo enseñó un Maestro Budista, o un Premio Nóbel en sicología? No, me lo enseñó un mendigo. Sentados los dos en el mismo asiento, en una plaza. Yo, ensimismado en mis problemas y tratando de calmarme luego de una reunión con banqueros; él, en su mundo. De pronto, sin que medie nada, me dice “cierre los ojos y escuche”. Y miré asombrado que con los ojos cerrados me iba diciendo “atrás está pasando una camioneta Ford”, ” a la izquierda hay unos niños en sus bicicletas”, “en ese arbol hay un grupo de pajaritos”, etc. Luego del primer asombro, cerré mis ojos y comencé a ejecutar el mismo ejercicio que les planteé en el párrafo anterior. Y me di cuenta de que tenía razón. Yo estaba rodeado de vida y ni lo notaba siquiera. ¿Esto es desconocido? En absoluto. Es lo que hacen diariamente y a cada rato los encargados del sonar de un submarino, o los ciegos. Pero no lo sabemos. Mejor dicho, hemos perdido hasta el interés de saberlo. Nos limitamos a respirar, no a vivir.

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1 comentario

Archivado bajo alma, budismo, espiritu, iluminacion, meditacion, paz interior

Una respuesta a “Me lo enseñó un mendigo – Reflexiones de Mariano Merino

  1. Luis Angel

    Guau!un fenomeno sin duda
    excelente

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