La confesión católica es un invento genial – Entrevista a Thorsten Wiesel, neurólogo y psiquiatra, Premio Nobel de Medicina, 270406

thorstenwiesel

Tengo 82 años, pero hace 50 que visto la misma talla de pantalones. Nací en Suecia: me enternece ver a los papás empujando cochecitos de bebé en el parque mientras las mamás trabajan. En Suecia yo era un socialdemócrata esperanzado; en EE.UU. soy un ciudadano enfadado más. La culpa sólo tiene sentido si nos obliga a intentarlo otra vez.

Yo me crié en un manicomio. Mi padre era psiquiatra y mi hermano padecía esquizofrenia y estaba internado. Toda la familia vivíamos en aquel hospital.

–¿El ambiente no le afectaba siendo niño?

–Al contrario. Recuerdo horas felices jugando al fútbol con los enfermos mentales y también compartiendo muchos buenos momentos en juegos de mesa y cantando. Tenía allí muchos amigos y me querían.

–Fue lógico que se hiciera psiquiatra.

–Entonces, la verdad, yo no era un buen estudiante. Lo único que puedo citar con orgullo académico de aquella etapa de mi vida fue que conseguí dirigir el equipo de atletismo de mi instituto.

–Ya es algo, doctor.

–Pero a los 17 años empecé a leer libros de investigación y me interesé por la ciencia.

–¿Por qué?

–Me interesaba el reto de descubrir. La psiquiatría, además de una tradición familiar, se convirtió así en una intensa vocación. Recuerde que entonces no teníamos antidepresivos y que la esquizofrenia de mi hermano tampoco tenía medicación. Yo presenciaba abismos de sufrimiento.

–¿Ha cambiado mucho el panorama?

–Ni la depresión, ni la esquizofrenia ni el alzheimer tienen todavía cura, pero sí pueden ser tratados con paliativos que marcan una gran diferencia. Comencé a investigar mientras me convertía primero en médico y después en psiquiatra. Dediqué mi primer año a estudiar la esquizofrenia, pero vi que aquello no era suficiente.

–¿Por qué?

–Toda mi vida había visto a mi padre rodear las enfermedades mentales y sus causas sin entrar nunca en la caja negra…

–¿La caja negra?

–¡El cerebro! Todas las respuestas tenían que estar allí y sin embargo no sabíamos nada sobre él. Me propuse abrir la caja negra del ser humano o por lo menos intentarlo.

–¿Cómo?

–Teníamos el maravilloso trabajo pionero de Ramón y Cajal, el padre de la neurología. Debíamos profundizar en él. Empezamos a trabajar en equipo y al poco tiempo recibí una oferta de la Universidad John Hopkins para investigar en EE.UU.

–Buen empujón.

–Pero no sólo por la oportunidad académica. En cierto modo, tuve que volver a rehacer todas mis conexiones cerebrales. Fue un enorme shock cultural y todo mi cerebro se adaptó con esfuerzo a los nuevos valores.

–¿Y ese shock fue bueno?

–Fue necesario. Cuando nacemos, el cerebro es como una enorme página en blanco en la que puedes escribir con tinta indeleble. La experimentación demuestra que, entre los seis meses y el año, nuestra capacidad para aprehender fonemas es sorprendente…

–¿Fonemas?

–¡¡¡Ba, be, bi, bu, bu, bu!!!

–El balbuceo de los bebés.

–En realidad, los bebés están experimentando así con los sonidos. A los dos añitos ya pueden empezar a hablar, pero por eso mismo han perdido esa capacidad de aprender inicial. Y es que la página de sus mentes comienza a estar escrita poco a poco. Van aprendiendo una lengua, pero ya no son capaces de interpretar todos los fonemas. A medida que aprendan su propia lengua, les será más difícil aprender otras.

–Aquí nos jubilamos aprendiendo inglés.

–Yo creo que con el resto de conocimientos de la vida sucede lo mismo que con el lenguaje. A medida que afianzas tus conocimientos, te resulta más difícil aprender otros. El cerebro se va especializando.

–Pero se puede aprender toda la vida.

–¡Por supuesto! Pero entonces se requiere un cierto shock que te obligue a replantearte tu visión del mundo. En ese sentido le hablaba de mi viaje a América. Me obligó a rehacer mis esquemas mentales y en el proceso aprendí muchísimo. Por eso, el sufrimiento o las conmociones personales también son una forma de aprendizaje y crecimiento personal. A veces hay que fracasar para crecer.

–Lo que no logra destruirte te fortalece.

–Al menos mentalmente, sí. Tras la John Hopkins, nos hicieron una oferta de Harvard y allí intensificamos el trabajo de investigación que premiarían con el Nobel.

–¿En qué consiste?

–Nos lo dieron por nuestros descubrimientos en el proceso de información en el sistema visual. Avanzamos en describir la especialización de las funciones cerebrales.

–Enhorabuena.

–No me la dé. El cerebro todavía es el jardín del Edén para los investigadores. Está todo por hacer: todavía no sabemos ni cómo aprendemos, ni cómo olvidamos ni cómo recordamos. Desconocemos los mecanismos que desencadenan las enfermedades mentales. Y tampoco sabemos nada sobre los mecanismos mentales del odio y del amor.

–¿Se imagina poder trasplantar las neuronas del amor al hemisferio del odio?

–Todo es imaginable porque todo está por hacer en la ciencia del cerebro.

–¿Tiene usted algún consejito de higiene mental?

–A menudo la gran diferencia en nuestras vidas la marca el modo en que nos tratamos a nosotros mismos.

–¿En qué sentido?

–Creo que demasiadas veces somos demasiado severos juzgándonos. Cuando fracase admítalo en seguida, pero dese en seguida también otra oportunidad. En ese sentido, sin entrar a juzgar su trascendencia espiritual, la confesión católica es un invento genial: un gran instrumento de higiene mental.

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Archivado bajo alma, budismo, espiritu, iluminacion, meditacion, paz interior

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