“La imparable aceleración del tiempo” – Reflexiones de Mariano Merino sobre un artículo del Maestro Zen Dokushô Villalba en facebook.com

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Muy interesante el prólogo del Maestro Zen Dokushô Villalba, que reproducimos a continuación para darle respaldo y consistencia a estas reflexiones, aunque las escribimos porque quisiéramos puntualizar algunos aspectos en los que no concordamos con el autor. La frase que me hizo convertirme en budista fue una de Osho, “los budistas no creen ni en Buda siquiera”. Esa frase me hizo ver que mi búsqueda había terminado. Como budista, todo lo cuestiono, y no es ésta la excepción por la categoría del Maestro que me ocupa. Quizás la diferencia viene de los orígenes de la simbología empleada, espiritual en el suyo, matemática en mi caso, pero creo que vale la pena ser exhaustivo en lo conceptual por respeto a nuestros lectores.

¿Qué es el tiempo? Es una variable en la que transcurre nuestra vida terrenal. Es una variable cósmica, cuántica, no física. Por lo tanto no está sujeta a los fenómenos físicos como el movimiento sino a las leyes cuánticas, la principal la de Indeterminación de Heisenberg (Werner Heisenberg, 1927). En función a esta ley, no es posible calcular (determinar) la posición de una partícula en el entorno ya que su posición es aleatoria. Es decir, y más fácil, nunca podremos saber si lo que estamos viendo o percibiendo está ahí, en este momento. Y si no podemos determinar su posición, tampoco podemos “percibir” el tiempo en que transcurre. Es más, las leyes cuánticas predicen que hasta pudiera darse el caso en que esa partícula (usted, por ejemplo, si es que fuera una partícula) estuviera simultáneamente en 2 lugares distintos, incluso en ambos extremos del vasto universo. Y al mismo tiempo.

¿Por qué, entonces, percibimos el tiempo como lineal? Porque el sujeto que percibe, usted y yo, tenemos una física que es lineal, no cuántica. Somos fenómenos newtonianos, no cuánticos. Nuestro fenómeno somático es lineal, y se “mueve” en el tiempo de manera secuencial, de antes a después. En este momento somos un par de segundos “más viejos” que hace poco. En virtud de nuestra naturaleza, nunca seremos un par de segundos “más jóvenes”.  Pero ¿es que el tiempo que percibimos puede cambiar su velocidad? No. El tiempo es inmutable. Está definido y limitado por una velocidad, la de la luz (pese a que esta premisa está siendo muy cuestionada últimamente). Lo que cambia es la percepción del sujeto, y es por eso que podemos decir, como lo dice magistralmente Villalba, que notamos una aceleración en el tiempo. El tiempo no acelera, lo que acelera es nuestra percepción.

¿Es que éste es un fenómeno nuevo, como lo manifiesta Villalba? ¿Intervienen las variables tecnológicas en ésto? No, en absoluto. La tecnología es un concepto relativo, y tiene un lugar en el tiempo cronológico y en el espacio. Siempre han habido tecnologías de punta, aunque las de antes nos parezcan juguetes comparadas con las que el Maestro menciona. La percepción de aceleración del tiempo de una persona vieja y enferma de hace 500 años es la misma que la de una persona de hoy en las mismas condiciones. Lo mismo de una sana.

¿Qué ha cambiado, entonces? ¿Por qué ahora notamos que el tiempo se acelera? Es un problema conceptual, no físico. Al ser un fenómeno sujeto a la Ley de la Relatividad (Albert Einstein, 1905), es el sujeto el que percibe e interpreta su mundo en función a su propia percepción. Este principio ha sido mal interpretado por los divulgadores, y por eso se dice que el tiempo “cambia su velocidad”, en circunstancias de que lo que cambia es la percepción del sujeto con respecto al fenómeno.  Incluso se ha dicho que un astronauta “volvería más joven” que cuando partió, aunque nunca nadie ha explicado cómo hacer para que las células de su cuerpo disminuyan su ritmo vital. El mismo Einstein contribuyó a esta mala interpretación al describir su teoría con la famosa frase “1 minuto al lado de una mujer fea parecen 1 hora, y 1 hora al lado de una bonita parecen 1 minuto”.

La respuesta a la pregunta ¿qué cambio? es que cambió la referencia contra la cual construimos nuestra relatividad. Ahora nos parece más acelerado porque nos comparamos contra una evolución tecnológica cuyos criterios de evaluación avanzan más rápido que los de antes. El criterio siempre ha sido el mismo, la innovación. Pero ahora este criterio avanza más rápido. El tiempo sigue siendo el mismo; es la innovación, como criterio contra el cual nos medimos, que anda más rápido. Miren lo que deseen mirar y encontrarán lo mismo: la innovación es más rápida, no el tiempo. En otras palabras, la hora sigue siendo la misma, pero ahora se necesitan menos horas para pasar de un estadio tecnológico a otro más avanzado.

Si tuviéramos consciencia de este fenómeno, no afirmaríamos como el Maestro Villalba que el tiempo se acelera; como no la tenemos, porque no tenemos por qué saber de mecánica cuántica y esas cosas, es que nos parece que el tiempo se acelera.

¿A dónde nos lleva esta reflexión? A la conclusión de que la percepción de aceleración, que es dañina como lo afirma el Maestro, terminará cuando la humanidad cambie totalmente el perfil de sus criterios de evaluación. Si llegamos a pasar de criterios de innovación tecnológica a criterios de innovación espiritual, para evaluar el discurrir de nuestra vida en este mundo terrenal, dejaremos de sentirnos apabullados e insatisfechos con nuestra vida, como lo estamos ahora. ¿Llegará ese momento? Personalmente, creo que sí. Ya somos cada vez más los que nos hemos dado cuenta de que la cosa no puede seguir siendo como hasta ahora, aunque aún no estemos en condiciones de definir cómo debería serlo. Ya somos cada vez más los que nos hemos puesto a caminar. El mismo Maestro Villalba lo menciona en el último párrafo de su interesante escrito. Lamento tanto no disponer del texto completo, pero ya llegará a mis manos.

A continuación, el escrito del Maestro Villalba, que me inspiró estas reflexiones:

En estos finales del siglo XX estamos asistiendo a una imparable aceleración del tiempo. Esto puede ser apreciado en todas las facetas de la vida humana actual, tanto a nivel social como privado. Desde los procesos económicos y políticos, tanto regionales como internacionales, hasta los que suceden en el ámbito de la intimidad individual, pasando por las relaciones inter-individuales, por la acelerada degradación del medio ambiente (y la acelerada toma de conciencia medioambiental), por la velocidad creciente a la que se mueve la información, desde lo macro a lo cotidiano, todo, absolutamente todo se está viendo sometido a una creciente aceleración.

Estamos entrando de lleno en la era de la información, esto es, la era en la que grandes cantidades de información se están moviendo a una velocidad cada vez mayor. La medida del tiempo está dejando de ser el movimiento de cuerpos sólidos en el espacio. Actualmente la medida del tiempo la marca la información, o mejor dicho, la velocidad alcanzada por la información al pasar de un transmisor a un receptor. Al acelerarse esta velocidad mediante la revolución que han supuesto los ordenadores, internet y la presencia apabullante de los medios de comunicación en la vida de los individuos, todo en nuestra vida cotidiana ha experimentado una aceleración paralela.

Nunca antes como ahora hemos tomado conciencia de la fugacidad del instante presente. Lo que en este instante presente es válido, en éste otro instante siguiente ha dejado de serlo, porque de un instante presente a otro instante presente recibimos tales cantidades de información que nuestra perspectiva del mundo cambia necesariamente. La revolución informática continúa día tras día, superándose y alcanzando niveles de precisión, velocidad y complejidad crecientes. Los modelos informáticos quedan obsoletos en cuestión de meses. De la misma forma, nuestros patrones de conducta habituales y la percepción que cada uno de nosotros tiene de sí mismo y de la vida en general quedan desfasados a un ritmo veloz y se aseveran incapaces de ayudarnos a integrarnos en la creciente aceleración de nuestro ritmo de vida.

No es de extrañar que un creciente número de individuos de las sociedades cibernéticas experimenten un estado crónico de angustia, ansiedad y estrés. Diríase que se está produciendo un desfase entre el ritmo de vida acelerado que estamos creando y nuestra propia capacidad de seguirlo. Nos gustaría parar la maquinaria, pero no sabemos cómo hacerlo. Tal es la complejidad de nuestra creación.

Aunque a primera vista esta situación pueda parecer negativa siento que contiene las semillas de un importante salto evolutivo para todos nosotros y para gran parte de la Humanidad, siempre y cuando seamos capaces de efectuar la transformación interior (emocional, mental y espiritual) que nos permita adaptarnos al ritmo de los hechos.

Dokushô Villalba,  Borau, Marzo 1999, Prólogo del libro “Fluyendo en el presente eterno”, Ediciones Miraguano, Madrid 1999

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Archivado bajo alma, budismo, espiritu, iluminacion, meditacion, paz interior

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