Una historia real increíble acerca de las sincronicidades

hermanas

Lo hemos dicho varias veces en estas páginas: existe una consciencia universal en la que estamos todos inmersos. Formamos parte de ella, y ella nos une con los demás. Al final, todos somos uno. De ahí, la existencia de fenómenos que escapan a la ley matemática de las probabilidades, como las llamadas sincronicidades. ¿Quieren una prueba más? Lean el siguiente reportaje, del periodista Mario Espinoza Osorio, de La Razón (La Paz, Bolivia), que nos cuenta una historia increíble:

Maribel existe. La pueden ubicar en una distribuidora de bebidas y productos alimenticios de una empresa en la avenida Arce de la ciudad de La Paz.

Blanca también es real. Al igual que Maribel, nació en La Paz. Creció con su nana y encontró su lugar en el mundo en la plataforma de atención al cliente del banco BISA de la zona Sur, también en La Paz.

Cierto día, Maribel se comprometió a regañadientes a cobrar un cheque de 16 bolivianos de una amiga. (Sí, 16 bolivianos)

“Traté de tomar un taxi varias veces para ir al centro”, y nada. “Terminé caminando como 15 cuadras hasta llegar al banco en la avenida Camacho, pues la central de El Prado estaba cerrada.”

Maribel, que nació en marzo de 1978, tiene la tez blanca y el cabello negro. Aquel día tenía tantas ganas de cobrar el cheque como de viajar a la luna. En un par de ocasiones tuvo la idea de sacar 16 bolivianos de su cartera y dárselos a su amiga; pero siguió caminando y caminando.

Ese mismo día, Blanca, a punto de irse a casa, aceptó quedarse en el banco sin mucho entusiasmo para reemplazar en el turno de mediodía a una amiga que cumplía años. La joven atendía una de las ventanillas en el subsuelo del BISA de la Camacho. Tez blanca y cabello claro, esta chica había nacido a finales de septiembre de 1977.

Maribel recuerda que llegó casi al paroxismo cuando, luego de hacer una larga fila en la entidad bancaria, vio que tres personas de la tercera edad, aunque con mucho garbo, se pusieron delante de ella en la caja. Ya a punto de ser atendida, el guardia le pidió que bajara al mostrador del sótano, con lo que la posibilidad de cobrar los 16 bolivianos parecía demorarse aun más.

Cuando por fin le tocó llegar a la ventanilla por sus cuatro chavos, casi ladró cuando Blanca le pidió su cédula de identidad.

El subsuelo de un banco no es precisamente la escenografía perfecta para desarrollar una historia conmovedora, pero…

– “Tienes mi mismo apellido”, trató Blanca de ser amigable.

La respuesta fría como el hielo se tradujo en un incómodo silencio de algunos segundos y, mientras Blanca tecleaba las claves en su computadora, Maribel se animó a una respuesta de compromiso:

– “Es un apellido común”.

– “No tanto, no tanto. ¿Cuando naciste?”

“Esa no es una pregunta que se hace en un banco”, pensó Maribel y masculló su respuesta:

-“Está en mi carnet, ¿no?”

– “Perdón… ¿cómo se llama tu papá?” volvió al ataque Blanca.

Años después, Blanca, colgada del hombro de Maribel y entre carcajada y carcajada, le va sacando punta al recuerdo y le cuenta al periodista que era la primera y única vez en sus largos años de bancaria que se animó a hacer tantas preguntas impertinentes a una cliente.

“Es que no sabes; en un momento me quedé mirando los ojos de Maribel y fue increíble, mi pulso se aceleró. Mis manos comenzaron a transpirar. Temblaba y no sabía por qué”.

Maribel notó el nerviosismo de Blanca. “¿Qué pensará esta señorita?, se preguntó, “creerá que le voy a estafar 16 bolivianos?”

En el ínterin, ninguna se había percatado de la impaciencia de los clientes que aguardaban su turno en la larga fila. Las miradas de ambas se cruzaron nuevamente, esta vez con más curiosidad. Maribel pronunció el nombre de su progenitor y Blanca sufrió un shock: Era el mismo apellido paterno y el mismo apellido materno de su papá.

“Es mi hermana”, pensó y lo dijo en voz alta:

– “¡Eres mi hermana!”.

Maribel no entendía nada. Veía a Blanca con lágrimas en los ojos. Y miraba sin ver al guardia que había dejado su actitud de gerente armado del banco y a los clientes de la fila, quienes silenciosos y muy atentos esperaban el desenlace de la historia.

Blanca se dio modos para salir de su cubículo y lo que siguió fue un abrazo largo. Maribel cayó en cuenta y respondió al afecto de la desconocida. Los aplausos de los clientes, incluso el llanto emocionado de una señora, acompañaron la magia del encuentro.

“ Mi padre”, cuenta hoy Blanca “era una ficha”. “Ahora sabemos que somos 14 hermanos”, atropella Maribel.

“Nacimos con seis meses de diferencia y es obvio, ¿no?, la buena ficha estaba al mismo tiempo con nuestras mamás. Pero no lo juzgo —aclara Blanca—, no tengo por qué. Era mi padre”.

El uso del pretérito en la última oración nos evita la incómoda pregunta sobre su paradero. El padre de estas jóvenes y de los otros 12 hermanos murió hace mucho tiempo.

Maribel acota, algo más seria que antes, cuando contaba lo del encuentro entre risas y guiños de complicidad, que su familia nunca le contó sobre la existencia de Blanca y de sus otros hermanos. “Alguna vez escuché un rumor en casa. Los mayores mascullaban algunas palabras, como si el tema estuviese prohibido. Nunca entendí por qué. Respeto a mi madre que decidió no decirme, nada, pero no la entiendo”.

Blanca no es tan dramática. Incluso tiene algo de pícara al contar que llegaron a compartir un enamorado, sin saberlo, claro, y en épocas distintas.

Pero no hay drama en la historia. Todo lo contrario. Hay risas y mucho sentimiento.

Han pasado varios años desde aquella vez que, quizás por acción de ese destino que se dice que está escrito, o una serie de coincidencias afortunadas, unió a estas hermanas.

Blanca es madre de una preciosura y, quien asistió al parto y estuvo atenta a la niña luego del nacimiento, es su hermana Maribel. Ahora, las familias de ambas se conocen.

Si bien viven en barrios distintos, las hermanas se ven casi a diario y a estas alturas han recuperado el tiempo que las circunstancias de un Don Juan empedernido, y el amor de muchas que le creyeron, las separó.

¿Azar? ¿Alguien o algo movió los hilos para este encuentro? Vaya uno a saberlo. Yo, por lo menos esta vez, me quedo con el resultado. No me voy a flagelar la existencia en filosofía popular que no sirve para otra cosa que para contar, como en este caso, una historia con un final feliz.

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Archivado bajo alma, budismo, espiritu, iluminacion, meditacion, paz interior

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