La felicidad no existe en el hoy; feliz sólo se es en el recuerdo – Entrevista a Peter Kramer, psiquiatra, pionero del Prozac (Lluis Amiguet, 310106)

PeterKramer

Tengo 57 años, pero a los 20 ya paseaba entre tumbas arrepentido de lo poco que había conseguido en la vida. Nací en Manhattan. Soy profesor de Psiquiatría en la Universidad de Brown. Tengo tres hijos: soy tan feliz como el menos desgraciado de mis hijos. Tras el Prozac, hoy lucho contra la depresión por un mundo nuevo: la sociedad posmelancólica

– Doctor: deme un consejito para ser menos desgraciado.

– La felicidad tiene que ver con la capacidad de relativizar: la distancia que somos capaces de poner entre lo que nos sucede y lo que nos afecta. Distancia es la palabra. No puedes controlar lo que te sucede, pero sí que puedes decidir lo que te afecta.

– Más fácil decirlo que conseguirlo.

– Lo consigues cuando sabes usar la inteligencia de la humildad para poner tus valores por encima de lo contingente. Y, desde esa distancia crítica, aprendes a gozar la satisfacción intelectual de dominar tus emociones y contemplar con lucidez tu paso por la vida.

– ¿La religión ayuda?

– Le aseguro que algunos de los depresivos más tremebundos que he tratado tenían fuertes convicciones morales y religiosas. En su caso el sufrimiento era terrible, ya que, además de estar deprimidos, se sentían culpables porque al ser creyentes deberían ser felices y sin embargo no lo eran.

– Hay culturas que te hacen desgraciado.

– Una escuela alemana considera la depresión como el reverso de la utopía. Las sociedades muy abiertas y libres creen que sufrirían menos depresiones si fueran más cerradas y ordenancistas, y las muy rígidas, en cambio, suelen pensar que serían más felices con más libertad y menos normas.

– Durkheim demostró que la anomia, la falta de reglas, conduce al suicidio.

– Lo que yo he aprendido es que una sociedad equilibrada entre la exigencia del cumplimiento de la norma y el apoyo de la comunidad a cada uno de sus miembros es la menos desgraciada. No puede ser ni muy represiva ni muy laxa, y debe cuidar de sus miembros y dejarlos, al tiempo, ser libres.

– ¿Somos más felices cuanto más aceptados por los demás o cuanto más libres de ellos?

– Creo que la continuidad de valores en una comunidad que apoye a todos sus miembros es mejor que el individualismo feroz y la entropía social.

– ¿Y usted cómo intenta ser feliz?

– El absurdo ha dado mucho sentido a mi vida. Hoy sé que hay que contar con el absurdo para tratar de encontrar algún sentido a todo esto.

– ¿?

– Vivimos en una especie de ruido constante, de cháchara ridícula para impedirnos pensar: mirar el rostro de la realidad y aceptarlo.

– No nos deprima.

– Se deprimirá si no es capaz de hacer ese ejercicio. Sólo si sabe enfrentarse al vacío, y asumirlo, podrá vivir plenamente.

– Existencialismo.

– Sentido común. En algún momento hay que mirar a nuestro destino a la cara…

– Todos sabemos cómo acaba esto, doctor.

– Hay que aprender a mirarlo y, de nuevo, ganarnos la distancia: debemos descubrir que sólo somos un ser humano más de los que son y han sido, un congénere más de los que se han asomado al vacío. Sólo la contemplación del vacío llena la contemplación de la vida. Si no has estado allí, no estás acá.

– ¿Qué sugiere?

– Yo llevo toda la vida paseándome entre tumbas. Cuando era joven, paseaba por los cementerios y me reprochaba lo poco que había conseguido a mi edad. ¡Y tenía 20 años!

– Acabó usted siendo psiquiatra.

– La psiquiatría es mi terapia ocupacional. En realidad, donde sufro es como escritor.

– ¿Por qué escribe?

– Me ayuda a poner esa distancia de la que hablamos. El escritor, aunque crea que anticipa, sólo reescribe. Cuando usted se pregunta si es feliz, sólo será capaz de descubrir que fue feliz. Juzgue su propia vida y verá que lo que le pareció sufrimiento enamorado cuando su primer amor le dejó tirado, en realidad, era pura felicidad.

– Siempre lo descubres demasiado tarde.

– Ahí puede usted obtener esa satisfacción intelectual de la que hablamos. La contemplación de lo vivido, si es lúcida, objetiva, distante y generosa, depara momentos de genuina felicidad. Feliz sólo se es en el recuerdo.

– ¿Usted lo ha sido?

– Me psicoanalicé durante años.

– ¿Su conclusión?

– No soy hombre de grandes conclusiones. Lo que me sorprendió del Prozac es que reafirmaba la confianza en uno mismo y eso me llevó a intentar averiguar por qué nuestra sociedad valora mucho más la autoconfianza y la fe que la duda razonable. Hoy el psicoanálisis se ha quedado sin base teórica. Antes la gente creía en Freud y en Edipo y la envidia de pene. Hoy es un saber difuso.

– ¿A usted le sirvió?

– Me ayudó a poner distancia entre mi juicio y mi existencia. Una persona inteligente supo escucharme y aprendí a confiar en ella para poder confiar en mí mismo.

– ¿No tenía miedo de revelarle secretos terribles de sus debilidades?

– Por eso hay que psicoanalizarse joven, para no tener tantos pecados que revelar. No sé si ahora repetiría.

– Celebro su sentido del humor.

– Es terapéutico, créame. La distancia irónica ayuda a mirar más allá del propio ombligo y tal vez con su ayuda puedas ver también el de los demás: “Eres tan feliz como tu hijo menos desgraciado”. Ahí tiene usted otra enorme pista: alcanzará su bien en el que pueda usted hacer a los demás.

– Tomo cumplida nota.

– Dese prisa, el final siempre está a la vuelta de la esquina. Y nunca sabes de qué esquina. Mis padres huyeron de Hitler con lo puesto cuando todo parecía tan seguro y próspero. Tal vez por eso he intentado invertir en valores que duren más que mi ego.


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Archivado bajo alma, budismo, espiritu, iluminacion, meditacion, paz interior

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