Quienes creen encarnar el bien suelen sentir la tentación de imponérselo a otros – Entrevista a Tzvetan Todorov (Víctor-M. Amela, La Vanguardia, 050204)

Tengo 64 años, nací en Sofia (Bulgaria) y vivo en París desde 1963. Soy lingüista, historiador, crítico y filósofo, y director de investigación del Centre Nationale de Recherche Scientifique (CNRS). Estoy casado y tengo tres hijos, de 30 a 15 años. En política, me comprometo con la democracia liberal. Soy un humanista agnóstico.  “Memoria del mal, tentación del bien” y “El nuevo desorden mundial”, en Península, el resto de su obra en Paidós.

-Me crié entre montones de libros, entre montañas de ellos, millares de libros, ¡siempre rodeado de libros!

–¿Por qué?

–Porque mi padre era bibliotecario. Y fue el director de la Biblioteca Nacional de Bulgaria tras la Segunda Guerra Mundial.

–En la Bulgaria comunista, por tanto…

–Sí: mi padre era izquierdista antes de la guerra, y se alegró muchó al caer Hitler y al convertirse Bulgaria en república socialista. Pero cuatro años después vio ya que su sueño no coincidía con la realidad del régimen.

–Se desencantó… ¿Y qué hizo?

–Discutir. Y fue defenestrado en 1949: yo tenía 10 años y todos mis recuerdos en casa desde ese día son los de rechazo al régimen.

–Lo que debió de influir en usted, ¿no?

–Sí, pero quizá más me influyó mi madre, que es para mí la encarnación del ideal moral: una mujer carente de pulsiones egoístas, que jamás hizo notar que se sacrificaba y que era feliz si lo eran los que la rodeaban.

–La encarnación del ideal moral, dice…

–Sí: creo que toda mi actividad intelectual ha consistido en intentar comprender cómo una persona como mi madre es posible.

–¿Alguna conclusión?

–Que el ser humano no es un lobo malvado por naturaleza; hay cosas buenas que haces por deber, sí, pero muchas otras por gozo, por gusto, como las hacía mi madre.

–¿Cómo fue su vida bajo el comunismo?

–Más dura que la penuria económica –todo el día haciendo colas para comprar lo poco que hubiera– era la total falta de libertad ¡hasta en los ámbitos más ridículos!

–¿Sí? ¿Por ejemplo?

–La ropa: los jóvenes nos poníamos pantalones de pernera estrecha ¡y el régimen lo consideraba corrupción burguesa! O grabábamos twist o rock de emisoras de radio occidentales, y si te denunciaban por eso podían castigar a tu familia sin trabajo, o sin techo: dependías en todo del Estado… Amigos míos acabaron deportados al “gulag” búlgaro. ¡Sólo por contar un chiste político podían enviarte allí y ser torturado y morir!

–¿Soñaba con la caída de aquel régimen?

–Imposible. Era como las montañas o los ríos, como un fenómeno natural: veíamos aquel sistema –igual en la URSS y en todos los países del Este– como algo inmutable.

–Pero, súbitamente, ese sistema colapsó…

–Es que –¡para que durase más!– Gorbachev quiso mejorarlo mediante la “glasnost” (transparencia): ¡ja, ja…, qué error! Al hacer eso, ¡desmoronó el sistema sin pretenderlo!

–¿Se vive mejor hoy en los países ex comunistas que hace 15 años, antes del cambio?

–Hoy hay más libertad y menos seguridad que antes. ¡Nada es nunca blanco o negro…!

–¿Desde cuándo vive usted en occidente?

–A los 24 años logré salir de Bulgaria e ir a París como estudiante. Y eso que, tras haber conseguido ya todos los certificados exigibles, Bulgaria me negaba el pasaporte…

–¿Y cómo logró salir?

–Pedí una cita… ¡con el ministro del Interior! ¡Y me recibió! Y yo le dije: “¿Por qué no me dejan salir? ¡Soy un buen chico!”

–¿Y qué le dijo él?

–Que no pidiese el pasaporte como individuo, sino desde una institución. Lo pedí desde la universidad y entonces me lo concedió.

–Qué arbitrario, ¿no?

–Aquel hombre –que gestionaba el “gulag”– separaba “las reglas” de “las personas”: eso es algo muy oriental, muy balcánico.

–¿Y cómo se ve el mundo desde París?

–Desde ahí he formulado mi tesis de “tentación del bien” como camino directo al mal.

–¿Está usted en contra del bien?

–Lo que digo es que quienes creen encarnar el bien suelen sentir la tentación de imponérselo a otros –¡por su bien!–, incluso usando la fuerza: ¡qué peligrosa es esta tentación!

–¿Podría darme ejemplos históricos de esa tentación del bien?

–Las cruzadas cristianas: querían llevar el buen Dios a los salvajes infieles. O las sectas milaneristas medievales, empeñadas en instaurar el paraíso en la Tierra, a la fuerza…

–¿No fue eso lo que intentó el comunismo?

–¡También! Y, claro, para conseguir tan alto fin, ¿qué importan unos cuantos muertos?

–Si Bush ocupa Iraq es por un bien, claro.

–Claro: a Bush le mueve también la tentación del bien. No es conservador, ¡es neofundamentalista!: quiere que el bien (que para él es la democracia) sea impuesto a la fuerza.

–¿Y acaso no es la democracia un bien?

–Lo es, pero si es impuesto mediante la fuerza y la violencia, se malbarata. ¡La libertad no se impone!: es muy contradictorio.

–Ya lo intentó Napoleón en España y…

–Y se topó con que los españoles preferían un rey absoluto suyo a una libertad impuesta por un ejército foráneo. Los asesores de Bush deberían haber recordado esa vieja lección…

–¿Deberían irse de Iraq los americanos?

–Ahora ya no, porque la anarquía es peor incluso que la tiranía. La solución es promover un verdadero gobierno nacional iraquí.

–¿Y qué pinta Europa en este panorama?

–Muy poco, mientras no se unan sus gobiernos y formen al fin un ejército europeo.

–¿Con qué objetivos?

–Para ser potencia, una “potencia tranquila”, y ya no para actuar como en la era colonial. Dejemos de querer el paraíso en la Tierra y conformémonos con evitar el infierno: es menos ambicioso… pero más sensato.

–¿Equivale eso a ser pacifista, o no?

–No. Una Europa pacifista dejó el camino expedito a Hitler: ¡los pacifistas fueron responsables de la Segunda Guerra Mundial!

–¿Qué le diría usted a Bush?

–“Mi reino no es de este mundo”, dijo Jesús: buscar el paraíso aquí ¡es anticristiano!



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1 comentario

Archivado bajo alma, budismo, espiritu, iluminacion, meditacion, paz interior

Una respuesta a “Quienes creen encarnar el bien suelen sentir la tentación de imponérselo a otros – Entrevista a Tzvetan Todorov (Víctor-M. Amela, La Vanguardia, 050204)

  1. Any

    Hoy hay más libertad y menos seguridad que antes. ¡Nada es nunca blanco o negro…!

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