¿Qué es lo que yo sé sobre Claude Lévi-Strauss? – por Catherine Clement, eltiempo.com, 301109

¿Qué es lo que yo sé sobre Claude Lévi-Strauss? En 1962, cuando lo conocí, a los 53 años ya era el más grande antropólogo de su tiempo, fundador de la teoría estructuralista francesa con Georges Dumézil y Émile Benveniste. Yo tenía 22 años; gracias a uno de sus libros, ‘El pensamiento salvaje’, había ganado las oposiciones de filosofía. Estábamos, ¿cómo decirlo?, en plena juventud. Hoy, colmado de honores, miembro de la Academia Francesa, mi viejo amigo es respetado en forma unánime como un “tesoro nacional viviente”, según la bella denominación japonesa; y si la edad encorvó levemente su alta estatura, la acuidad de su espíritu no cambió. En 1970 publiqué la primera obra francesa consagrada a Lévi-Strauss, 30 años más tarde, me resulta imposible escribir otra sin primero dar cuenta de tantos años de afecto compartido. Lo que equivale a decir que no seré imparcial.

¿Qué es lo que yo sé sobre Claude Levi-Strauss? Filósofo de formación, llegó a ser etnólogo en Brasil, donde lo habían llevado un rechazo por el oficio de profesor de filosofía -demasiado repetitivo- pero también una emocionada curiosidad por la manera como vivían sus semejantes. ¿Cómo llegaba uno a ser etnólogo en los años 30? En esa época no había estudios tan estructurados como hoy; el aprendiz debía asegurar su ‘terreno’ por sus propias fuerzas. Lévi-Strauss organizó varias expediciones difíciles en el Mato Grosso y en la Amazonia, estudió a los indios caduveo, bororo, nambikuará y tupí-kauahib, y volvió a Francia cargado con una tesis que la Segunda Guerra paró en seco: la amenaza nazi lo obligó a exiliarse, y la tesis vio la luz del día en EE.UU., antes de sostenerla en París en 1949. ‘Las estructuras elementales del parentesco’ produjeron el efecto de una revolución; 53 años más tarde se las sigue discutiendo. Fundadas en la intuición de que determinadas estructuras inconscientes rigen hasta el menor detalle del funcionamiento de las sociedades, el pensamiento de Lévi-Strauss se desplegó luego en toda su amplitud explorando la magia, la religión, las formas artísticas, las formas clasificatorias y, por último, los mitos, que son su soporte para la expresión de la emoción colectiva. Pocos pensadores abarcaron un campo tan amplio con explicaciones argumentadas de una manera tan elegante: “Si hay leyes en alguna parte, debe haberlas en todas”, esta es la frase de Tylor que ubicó como epígrafe de ‘Las estructuras elementales del parentesco’. Este “inventario de los recintos mentales”, tal como es definido en las ‘Mitológicas’, es de una prodigiosa riqueza. Más allá de las ciencias humanas, leer a Lévi-Strauss permite comprender infinidad de cosas para quien quiere tomarse el trabajo de observar el mundo. Cada uno de sus libros es un manual de pensamiento que fuerza a la inteligencia a abrirse y una suerte de evangelio laico que ayuda a conmoverse ante la vida.

¿Qué es lo que yo sé sobre Claude Lévi-Strauss? Este conservador declarado no dejó de manifestar una preciencia ampliamente superior a la de sus contemporáneos. ¿Quieren comprender el presente? Lean ‘Tristes trópicos’, allí está todo. En 1949, esto es lo que escribía acerca del Islam: “Que el Occidente se remonte a las fuentes de su desgarramiento: al interponerse entre el budismo y el cristianismo, el Islam nos islamizó, cuando el Occidente permitió que las cruzadas lo llevaran a oponerse a él y por lo tanto a asemejársele, antes que prestarse -si no hubiera existido- a esa lenta ósmosis con el budismo que nos hubiera cristianizado más y en un sentido tanto más cristiano en la medida en que nos hubiéramos remontado incluso más acá del cristianismo. Fue entonces cuando el Occidente perdió su posibilidad de seguir siendo mujer (1955:473).

¡El Occidente como mujer! Pero, ¡qué extraña idea! ¿De dónde salía? De intuiciones surgidas en un humilde templo budista sobre la frontera birmana, lugar donde la androginia de los oficiantes se expresaba sin vueltas; de una visión precaria, pero atinada, del Pakistán recién nacido, teocracia musulmana fundada en la pureza, el etnólogo había extraído los elementos necesarios para presentir, con más de 50 años de anticipación, el horror que los fundamentalistas musulmanes tienen de las mujeres, el futuro rigorista del actual Pakistán, la persecución de los budistas y la escisión forzada entre el Occidente y el Islam, problema de nuestra actualidad. ¿De dónde le vino ese talento de profeta? No sé. Pero al comenzar este libro en el momento en que los talibanes, hace no tanto tiempo, aterrorizaban a las mujeres y las ejecutaban en público en el estadio de Kabul, esta frase, aparentemente insensata, sobre el Occidente que no pudo seguir siendo mujer, finalmente encuentra todo su sentido.

¿Qué es lo que yo sé sobre Lévi-Strauss? Nunca el difícil diálogo entre los dos sexos fue tan apasionante como con este gran hombre. Jamás olvidó pensar la dimensión mujer del universo, que convirtió en la materia prima de sus trabajos. Sin embargo, nada de compromisos: Lévi-Strauss desaprobó la entrada de las mujeres en su Academia, porque no se cambian las reglas de una institución secular. Conservador, les digo.

A decir verdad, lo que yo sé sobre él no dejó de cambiar. En 1970 creía tenerlo sólidamente agarrado, como se atraviesa el abdomen de una mariposa muerta con un alfiler para desplegar el esplendor de las alas: a mi manera de ver, Lévi-Strauss era un filósofo disfrazado de etnólogo, un constructor de sistemas inconscientes que destronaba al sujeto pensante en provecho de poderosos determinismos. ¡Tonterías! Yo había confundido los puntales necesarios para la construcción de la casa con la propia casa, me escribió. Después de la reprimenda y con pruebas fundadas, decidí ser más prudente. Lo que yo sé es que en caso de avería del pensamiento, cuando se me aparece una pregunta insoluble, releo a Lévi-Strauss y encuentro.

No, no es un filósofo. Si la filosofía pudo servirle de andamiaje, su pensamiento nació del enfrentamiento con lo real. Sobre el terreno, el oficio de etnólogo pasa por una realidad que no carece de relaciones con las de la guerra: condiciones de vida difíciles y cambiantes, cierta peligrosidad sanitaria, una alimentación precaria, una proximidad animal, desacostumbrada para los occidentales, y, enfrente, unos semejantes cuyo pensamiento se apoyan en otros valores, fastidiosos, pero tan fuertes como uno… Algo que pone en constante alerta, al punto de que, luego, uno ya no es lo que era.

Por Catherine Clement

 

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Archivado bajo alma, budismo, espiritu, iluminacion, meditacion, paz interior

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