Conviene que sepas bien lo que tú quieres, encontrar tu propio camino – Entrevista Brad Pitt, actor (Jesús Ruiz M., El país)

El estreno en Cannes de Malditos bastardos, la nueva locura de Quentin Tarantino sobre los nazis (que llega la Cinemateca este jueves) es la excusa para el encuentro con Brad Pitt.

A primera vista, el actor no parece un ser fatuo. Algo curioso, atrayente, se esconde detrás de su cara bonita, de su imagen de chico tímido y encantador, un poco Peter Pan resistiéndose a esos embates que colocan de golpe las fronteras de la juventud. Se diría que Pitt ha asumido su físico con naturalidad y le ha sacado el justo partido. “El físico es parte de tu trabajo”, reconocerá después. “Una cualidad más con la que cuentas. En Hollywood penetras mucho más fácil en los sitios con un buen físico. Pero es recomendable y malo a la vez. A veces no te toman en serio para otros aspectos. Pero si tú respetas lo que haces, no te debe importar”.

Sus esfuerzos ahora por imponer una impronta sofisticada, por mostrarse como una destacada figura del Hollywood progre, chocan con sus lejanos orígenes.

De la Norteamérica profunda

Pasó su infancia entre Oklahoma —nació en Shawnee, en 1963—y Missouri, desde donde escapó hacia California a los 20 años en busca del sueño que ha cumplido a estas alturas con creces. Su biografía está salpicada de algunas gotas de rebeldía, que incluyen confesión de adicción a la marihuana y rechazo al severo ambiente cristiano en el que creció.

Hijo de una conserje de instituto y del gerente de una empresa de transportes, estudió publicidad y diseño gráfico, pero después viajó a Hollywood en busca de una oportunidad. Probó suerte en series televisivas como Dallas, sin ir más lejos, al tiempo que se ganaba la vida en empleos de chofer, camarero, guarda nocturno y disfrazado de pollo para un restaurante. Se hizo un hueco a base de anuncios publicitarios y papelillos hasta que, a los 28 años, dejó deslumbradas a Geena Davis y a Susan Sarandon con su mirada a lo James Dean y sus vaqueros bien ajustados en Thelma y Louise.

Ahora se esfuerza en cambiar esa imagen de sex simbol y de rompecorazones (sus romances con Gwyneth Paltrow y con su primera esposa, Jennifer Aniston son memorables) por la de un maduro interesado en el arte y devoto padre de familia con seis niños. Todo, sin haber pasado por el altar con Angelina Jolie, algo que justifica, en un guiño a la comunidad gay, diciendo que, cuando todo el mundo tenga el mismo derecho a contraer matrimonio, puede que ellos lo hagan.

El comediante descubierto

Se acerca la hora de la entrevista. Hay que ser rápido. Llevar las preguntas claras, apuntaditas, precisas. No dejarle divagar demasiado, pero sí que se explaye. Sobre su pasión por la arquitectura. Sobre su evolución interpretativa que le valió una candidatura al Oscar por El extraño caso de Benjamin Button, pasando a sus registros dramáticos con González Iñárritu en Babel, hasta sus habituales trabajos con David Fincher en thrillers espeluznantes como Seven y locuras como El club de la pelea.

También están sus personajes épicos —el Tristan Ludlow de Leyendas de pasión y el sensual, sexual y arrebatador Aquiles de Troya—, sus taquillazos —la serie Ocean\’s, Señor y señora Smith o Entrevista con el vampiro—, sus sonoros fracasos —¿Conoces a Joe Black? — y su agridulce experiencia en El asesinato de Jessie James por el cobarde Robert Ford (2007), que lo coronó como mejor actor en Venecia, pero después no funcionó ante el público.

Ahora, la estrella brilla en Malditos bastardos, la nueva película del director de Pulp fiction que resulta original y desconcertante al mismo tiempo. Rabiosa y divertida. Pitt explota aquí su faceta de comediante, la que le hizo lucirse la temporada pasada en Burn after reading, de los hermanos Coen. El suyo es un papel alocado, un caramelo a su medida: el de Aldo Apache Raine, un mercenario cazanazis con ecos de Toro Sentado y general Custer, todo mezclado, y que se da un aire de Errol Flynn.

Finalmente, allí está Brad. En la habitación de un exclusivo hotel. Solícito, encantador. Llama a cada uno por su nombre al presentarse. Es su día de promoción, y las estrellas de Hollywood son muy profesionales en eso.Va vestido de negro. Con perilla, pelo corto y ligera patilla. Tratar de encontrarle defectos físicos, a mala fe, resulta realmente difícil.

El ruido es insoportable alrededor. Unos camareros gritan y remueven platos, vajilla y mesas. En vez de llamar a sus asistentes, Pitt se encarga personalmente. “Perdona un momento”, me dice. Abre la puerta, pasa a la otra habitación y se presenta ante los empleados. Imagínense la cara de ellos (y sobre todo de ellas). No todos los días se aparece Brad Pitt en los lugares reservados al servicio de los hoteles para pedir silencio. Lo hace amablemente. Sin levantar la voz. Desaparece el ruido ipso facto.

— Podemos seguir.

Naturalidad. Eso se llama agarrar el toro por los cuernos. A pesar de que hayamos perdido tres minutos en poner orden. Pero lo malo no es sólo eso. La noche anterior se había reunido con Tarantino y el equipo. La juerga debió de ser larga y pronto queda claro que va a haber que arrancarle respuestas con sacacorchos. Cuando se relaja después del ruido, le brota una amenazante pereza mental. Se remueve la ceja, se repantinga en el sofá y deja pasar pacientemente el tiempo a base de respuestas concisas.

— ¿Es cierto que se tomó cinco botellas de vino con Tarantino antes a aceptar su papel en Malditos bastardos?

— Pero no sólo fue por eso. La verdad es que antes ya había visto el guión y me gustó. Lo otro fue una excusa para tomarnos unas copas aquí en Francia.

Para Tarantino sólo tiene buenas palabras. ¿Qué esperan?, está en su día de promoción. “Busco siempre directores con miradas propias y aproximaciones personales, con impronta —comenta Pitt.— Y la palabra Tarantino tiene su propio significado”.

Brad Pitt defiende la incursión de Tarantino en terrenos tan delicados como la Segunda Guerra Mundial: “Que se haya metido a hacer una película sobre los nazis y la haya llamado así tiene que ver con que la historia, en sí misma, se ha bastardizado, embrutecido, se ha corrompido”.

Todo eso le ha llevado al actor a perfeccionar su registro comediante. Pero Pitt le quita importancia a esa faceta que los críticos empiezan a alabar. “La comedia es más divertida, pero no es más difícil que el resto —explica —. Es el mismo reto, te aproximas al trabajo de igual manera”.

Son, dice, pruebas que le ha ido poniendo el destino. Siente que ha crecido como actor. Que sabe mejor que nunca lo que quiere y cómo lo quiere. Elige bien, con tino, con olfato de estrella. Al principio no era tan fácil. “Cuando empiezas a tener éxito, la diferencia no es tanto que te ofrezcan buenas cosas o no. Es toda esa gente que te rodea y que te aconseja lo que debes hacer. Conviene que sepas bien lo que tú quieres, encontrar tu propio camino”.

El arte y el negocio

De repente, sin esfuerzo, Pitt sorprende con una respuesta sabia y brillante que puede que encierre el secreto de su éxito.

—¿Ser actor en Hollywood tiene más que ver con el arte o con un negocio?

—Ser una estrella en Hollywood forma parte de un negocio, pero sobrevivir a ello es un arte.

Los años le van colocando ante otros retos mucho más importantes. Como, por ejemplo, ser padre. Lo mejor que le ha pasado en la vida, según él. Lo dice con un brillo y un orgullo especiales. “Soy padre, y no hay nada que se pueda comparar a eso”, asegura. “Tengo seis hijos, dos mellizo. Eso sí que es divertido, eso es grande”.

Juró una vez que no utilizaría prótesis ni cosas raras en la pantalla, pese a que en Inglourious basterds aparece con una llamativa cicatriz que le rodea el cuello. Envejecer, sí. Pero aquello, lo de Benjamin Button, ha sido otra historia. “Eso de aparentar la fealdad —dice — es una enfermedad, que nos ha entrado en Hollywood. A mí felizmente no me pasa”.

Brad Pitt contempla serenamente estos tiempos de vacas flacas para la industria del cine. “Es un mal momento para el negocio, al menos en Estados Unidos”, reconoce. “Los estudios hacen menos películas, no se arriesgan con cosas raras ni experimentan. Pero al mismo tiempo creo que nuevos directores podrán intentar hacer cosas de bajo presupuesto y ser más atrevidos, sencillamente porque la situación se presta a ello”.

Las estrecheces, en su opinión, favorecen la creatividad. Agudizan el ingenio. Siempre ha sido así y siempre será. “Pasaba eso cuando surgieron en los setenta Bonnie and Clyde y Easy rider”, explica. “Cuando la gente pensó que todo se desmoronaba, apareció el talento. Demostraron estar en buena forma. Ahora deberíamos ver qué pasa. En lo que se refiere a nosotros, a mi productora (Plan B), vamos a centrarnos en cosas provocadoras”.

Eso sin dejar pasar otros sueños, como la arquitectura. De mayor es lo que quiere ser: arquitecto. Por una razón de peso y medida. “Porque ellos moldean el mundo”, comenta Pitt. Un mundo que él ve con mejores ojos ahora con Obama que en la época de Bush. “Me siento más feliz en mi país, pero nos queda mucho por recuperar”, opina. “Aquéllos fueron malos tiempos, pero hay que volver a construir nuestros principios fundamentales”.

Tras esa declaración de intenciones, tocan a la puerta. Llega la siguiente entrevista. Brad Pitt espera dentro de la habitación recitando palabrejas de una revista del hotel que le sirve para ejercitar su francés en voz alta.

—Au revoir, pues.

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Archivado bajo alma, budismo, espiritu, iluminacion, meditacion, paz interior

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