Aventuras de un budista aventurero

He vivido intensamente y bajo mis propias leyes solamente porque me negué a seguir el consejo irónico de nuestro Decano al despedirnos de la Facultad (o quizá, sin saberlo seguí su consejo velado y críptico): “Jóvenes, han terminado una etapa. Ahora tienen un título en la mano; ahora pueden buscar un puesto en la CAP o en la CEPAL o en la Papelera, ganar un sueldito, pagar las cuotitas de un departamentito DFL-2 y de una citronetita o un Fiat 600, y buscarse una mujercita que se llenará de kilos y los llenará de hijitos”. La mayoría de mis compañeros eligieron ese camino. Los que quedan vivos y a veces veo son aburguesados, ejecutivos, y están llenos de hijos.

Cuando hablo con ellos, cada tantos años, reconocen estar aburridos y me envidian: a la larga, yo he tenido más que ellos, en dinero y vida. No conozco a sus mujeres pero deben estar llenas de kilos o de horas inútiles en el gimnasio. Otros muchos murieron “por sus ideas” (el entre comillas es mío, porque no dejo de pensar que murieron por las ideas de otros). Yo me dediqué a vivir y a recorrer el mundo ya que aún en ese entonces me importaba un carajo el pueblo o la sociedad. Me fui definitivamente del país, con mi título bajo el brazo, un atado de ropa, y pensando… en nada. Solamente en lo que me esperaría a la vuelta de la esquina. ¡Aventuras! ¡Conocer! ¡Eso quería! Unos cuantos años sabáticos para terminar de escaparme de ese ambiente, de ese esquema de ideas y preconceptos provincianos que me ahogaban y que eran tan distintos a los que me contaba mi padrastro, mi verdadero padre, judío andado por mil caminos y sobreviviente de mil aventuras. Ya había rendido tributo a la tradición trabajando como lo exige la tradición, de empleado, de ejecutivo. Ahora, quería conocer, andar por el mundo, y Santa Cruz me parecía la plataforma ideal para comenzar el viaje. Era tierra de pioneros, yo era un pionero. Comencé a comerciar y a contrabandear. Era la profesión como para comenzar. Azucar y alcohol llevados al altiplano, artículos para mueblería traídos desde Brasil por tren, todo lo transportable era mi rubro.

EL AMAZONAS PERUANO

Era mediados del año 1982 más o menos cuando llegué a Desaguadero, en la frontera con Perú, al mando de 4 camiones cargados con quintales de azucar y latas y botellas de alcohol, directo desde Santa Cruz, comiendo y durmiendo en el camino a como se podía y cuando se podía. Mi pequeño capital y mi vida iban en esos armatostes, porque si fallaba no habría lugar seguro en el mundo donde esconderme. En ese entonces los caminos (sendas en realidad) estaban diseñados para destrozar riñones, sin pavimento alguno, llenos de piedras y huecos, y los viajes duraban días, no horas como hoy en día. Eran tiempos de pioneros, de osadías, de gentes que abrían caminos y no solamente los recorrían.

Durante todo el trayecto fui pagando el “impuesto al paso” (coima, soborno) a cuanta tranca y policía se me puso por delante, y regalando botellas de alcohol y haciendo amigos entre los representantes de la ley, apostando a que algún día los volvería a necesitar. Lo mismo hice con los representantes peruanos, y crucé la frontera con mis camiones mientras ellos miraban para otro lado, tratando de escrutar lo inescrutable en el cielo azul del altiplano con sus rostros hieráticos. Me contacté, entregué la mercadería y recibí el pago.

Mientras trasbordaban los quintales y latas a otros camiones pregunté “¿Y adonde va esta carguita?”. “A Buenaventura”, me respondieron. Para mí, Shangri-La hubiera sido tan válida como respuesta, pero luego me dijeron que era un puerto de contrabandistas en un brazo medio perdido del río Amazonas, lejos de Iquitos, y desde allí se embarcaría en una barcaza de carga hasta Manaos, Brasil. Hay veces en que no pienso las decisiones, las tomo simplemente: “¿Y puedo ir con ustedes?”. “Pues, claro hermanito”. Bien. Ya era hermanito; mi desazón era no terminar siendo su próximo cadáver, cosa que no sucedió felizmente.

Mi decisión tenía una lógica subterránea. Era solo, mi propio dueño, no me debía a nadie más que a mi mismo, estaba en tierra extraña en la que no había ni Dios ni ley, no tenía miedo a nada ni a nadie, no pensaba amarrarme a un patrimonio todavía (me seguía riendo del DFL-2 y la citronetita y los kilos de hijos y la peguita de ejecutivo y las planillitas), y el mundo era ancho y ajeno. Sobretodo ajeno y quería que fuera mío, pero no por dinero sino por conocerlo. Hablé por teléfono con Santa Cruz (desde Desaguadero Perú se podía hacer, desde Desaguadero Bolivia no), envié a mis socios un giro con su parte y me quedé con la mía, y me despedí hasta unos meses más. ¡Cuiden mis cosas, paguen mi alquiler, etc.! Y sin mirar atrás, me subí al camión de los peruanos.

El viaje fue infernal y duró 5 días, bajando al llano, cruzando la selva hacia el norte, y subiendo y bajando cerros hacia el este nuevamente, soslayando los caminos principales, hasta que por fin apareció Buenaventura, en medio del calor sofocante, los árboles inmensos cuyas copas tapaban el cielo, los mosquitos que pican con fierros y tienen columna vertebral de fieros que son, y una niebla húmeda y olorosa a resina podrida que se pegaba a la piel y no dejaba mirar al llenarse los ojos de un líquido viscoso, como legañas. Además, ese permanente y penetrante olor a tierra húmeda y madera descompuesta que lo trasmina todo, la ropa y la piel. Durante el viaje fui conversando y aprendiendo de los cargadores y chóferes peruanos, conocimientos que estoy seguro me salvaron la vida más tarde y muchas veces. Aparentemente me tomaron cariño, ya que sólo uno de ellos (eran como 12) había visto un chileno en su vida, y afortunadamente la experiencia le había sido positiva. ¡Hasta era su compadre!

Buenaventura era (¿seguirá siendo, después de varias décadas?) un “puerto fluvial”, por llamarlo de alguna manera. En realidad, era un villorrio indígena perdido en la selva, con sus pahuichis redondos de techos de palmera y llenos de humo, y situado en una parte del río que era navegable. Lo llamaban así porque hasta allí llegaron unos curas, cientos de años atrás, fundaron una misión y le dieron el nombre al villorrio, y por alguna razón fueron muertos y comidos por los lugareños (sus corazones, dizque; yo creo que todo, hasta las alpargatas franciscanas se comieron). Hasta allá podían llegar las barcazas, no así los pequeños pontones de quilla y calado, cuyo destino obligado era Iquitos.

La carga se hacía a hombro, cruzando un tablón cruzado entre la quebrada de la orilla y el borde de la barcaza; no eran pocas las veces en que carga y hombres se iban de cabeza al río, ocasión que era esperada por los enormes yacarés para zambullirse e ir a ver en qué consistía el almuerzo esa vez. Finalmente, se terminó la carga y el patrón tocó el pito de partida. Eran como las 0400AM de cualquier día, y la noche oscura como alma de diablo.

Después de la carga subimos los pasajeros, previo pago de unos $S 10 de esa época más o menos. Seríamos unos 25 en total, más hombres que mujeres, de los cuales 5 eran indígenas de cualquier tribu amazónica de las riberas. De ellos, 2 eran viejos y los otros 3 jovenzotes robustos, con sus caras pintadas de rojo y negro y sus cabellos cortados como una cacerola sobre su cráneo, y sus faldones de lianas y pastos. En sus manos, un pequeño carjac con cerbatanas largas y dardos terminados en un pompón de algodón del árbol de toboroche y del cuello les colgaba una bolsa en la cual se adivinaba el frasquito de veneno curare. Uno de los viejos, muy enfermo al parecer, tuvo que ser cargado en brazos por uno de los jóvenes, y dejado en un rincón de la carga de tablones, sitio desde el que no se movió hasta que murió durante el viaje. El otro viejo, después lo supe, era un chamán, un sacerdote médico de su tribu, que se dedicó a atender al enfermo durante todo el viaje y darle pociones de yerbas. Durante la travesía no hablaron con nadie ni nadie los molestó. Ellos iban allí, con nosotros, y luego supe que eran nuestros proveedores de alimentos. En medio de la selva no existen las exclusiones ni las diferencias sociales o culturales; todos pueden ser útiles en cualquier momento. El único que es excluido es el que no sirve de respaldo, el inútil.

UN LARGO VIAJE

El viaje duró 12 días, largos y tediosos días, navegando por el río, escuchando ese ruido sordo del motor y el chapoteo del agua contra la embarcación. Yo me entretenía leyendo. Tengo una Biblia, con la fecha escrita de 1967, año en que la compré en una casa de libros viejos de Concepción, y que me ha acompañado por siempre, lo que no es poco decir porque he andado mucho y por todas partes. Y el otro libro que me acompaña desde la Universidad es el formulario de Rinehart (edición de 1948). Un día leía las historias bíblicas, y otro día me sumergía en las fórmulas y ecuaciones del Cálculo y cabalgaba en sus gráficas soñando con caballos alados. Ambos libros siguen en mi biblioteca… desde hace unos 30 años atrás. Mucho en mí ha ido y venido; mucho he ganado o perdido menos esos libros. Se han ido viajes extraños, vacaciones de ensueño, relojes de oro y joyas, fortunas en ropa, casas, carros, mujeres de todo tipo, pero esos libros no, siguen conmigo. Son lo único que me ha acompañado siempre. Y no se por qué. En el caso del formulario lo comprendo, las matemáticas han sido mi afición de siempre, pero ¿la Biblia? ¿Yo, un descreído total aunque no militante, que se sienta en Dios y su santa corte? Pero ahí están todavía, el Rinehart con sus tapas negras desgastadas y sucias y la Biblia con sus tapas rojas y volutas doradas. Algún día descifraré el misterio, o le pediré a un brujo que lo descifre por mí.

Una mañana me despertó un tiroteo desde la proa. Pensé en un asalto o en matanza entre pasajeros por juego o mujeres (eran las entretenciones nocturnas de a bordo). No era para tanto; simplemente el patrón se entretenía disparando su salón calibre 22 a unas masas redondas que estaban en la orilla, las que al recibir la balita se desenrollaban como un resorte y de un enorme salto se lanzaban al agua. Eran anacondas, inmensas, de unos 10 o más metros, y tan gruesas como el torso de un hombre. Dormían plácidamente en la orilla, enrolladas al calor del sol. A cada balazo, el resorte se iba al agua y una carcajada del patrón de la barcaza y los que lo acompañaban. Era una manera cruel de entretenerse, pero ese era un mundo cruel, en el que no cabían los miramientos ni las bondades, y en ese mundo los hombres no pedían permiso: simplemente pisaban y pasaban. Como yo tampoco era muy sensible, comencé a encontrar interesante el espectáculo y me uní a la jauría, y terminé aplaudiendo cada tiro certero.

Otra mañana el indígena enfermo amaneció muerto. Por sus síntomas parecía peritonitis. El viaje era un vano intento de llegar a la civilización más cercana para ellos, Manaos, buscando cura. Pregunté a otro pasajero por qué no usaron los camiones que me trajeron a mí y lo dejaban en algún pueblo del interior del Perú y la respuesta me sobrecogió, no por su frialdad y crudeza sino por su lógica: el viejo no habría durado el viaje y un muerto en el camino era un cerro de problemas. Malo para los negocios. Que se muera, nomás, tranquilo, que a esa altura ya no había remedio. Tuve que reconocerle la razón y agradecerle calladamente la lección, que nunca olvidaría: la vida sirve cuando sirve. La barcaza se detuvo, los mocetones lo bajaron como subió, en brazos, y se internaron en la selva con el cadáver a cuestas; regresaron al cabo de un par de horas y subieron a la barcaza, tan silenciosos y leves como siempre… nadie dijo nada, todos miraban hacia otro lado, callados. La muerte infunde respeto cuando no amenaza. El viejo simplemente desapareció y fue olvidado, volvió al lodo de la selva de donde salió. El motor de la barcaza volvió a toser y el barroso camino de agua volvió a ser recorrido. Punto final a esa vida y que siga la nuestra.

La comida no era nada de variada: carne, carne, carne, todos los días carnes. Si alguien traía, podía comer arroz u otra cosa. Pero todos los días eran carnes distintas. A veces la carne liviana de un pecarí, otras veces la carne ligosa de la cola de un lagarto yacaré, otras veces la sabrosura de la grasa de una pieza mayor como un anta. Y hasta anacondas menores, cuya carne tostada tiene el sabor de chicharrón de pollo con pescado, aunque seco. Otra vez era la carne sabrosa de un pez de río, piraña, piracurú, y otros cuyos nombres no recuerdo. ¡Si hasta un bufeo, un delfín de río, entró a la olla una vez, empujado por la bala del patrón!

La barcaza se detenía diariamente un par de horas, a media mañana, y los indígenas iban a tierra y se internaban en el monte con sus cerbatanas. Y volvían al cabo con piezas sobre sus hombros, monos, cervatillos, pecaríes, pavitas de monte, lo que fuera. Todo servía. Era su manera de pagar el pasaje, y de ahí salía nuestra comida. A la carne muy poco se agregaba, y si alguien quería ser mejor servido, ¡que traiga, pues carajo! El menú era… carne. Si quería algo distinto, se le ofrecía… charque, carne secada al aire y al sol. ¿Y cómo nos deshacíamos de lo comido? Para ello servía la selva, en esas horas de parada diaria, o un tablón que sobresalía del borde de la barcaza, con un par de palos clavados a sus costados para asegurarnos de no caer al río mientras adoptábamos la posición más eficiente para tan magno quehacer. Ese improvisado W.C. estaba separado de la vista de los pasajeros por…. aire. Sí, aire. Ni una cortina siquiera. Allí nadie se interesaba por mirar a nadie, sea hombre o mujer, haciendo sus necesidades. En la selva todo es natural.

En esas 2 horas diarias tomábamos el baño. Un chapuzón y unas brazadas en el río. Un día nos advirtieron que usáramos pantalones apretados en el cinturón y ligas en las piernas; mejor si no entrábamos en el agua. ¿Pirañas, serpientes de agua? No, algo peor: candirú. Ahí supe de la existencia de ese pez amazónico larguirucho, como un gusano, viscoso, transparente, provisto de unas espinas dorsales y laterales volcadas hacia atrás, como un ancla, que impedían el retroceso. Tenía la manía de buscar los agujeros corporales de los bañistas, sean humanos o animales, y meterse en sus entrañas; vagina, ano, pene, todo le servía para introducirse. Obviamente, de ahí sólo salían con cirugía, algo impensable en esas inmensidades selváticas vacías de toda ayuda, o se quedaban adentro fundiéndose con la carne de la víctima y haciendo las veces de una garrapata interna, provocando fiebres y aletargamientos. Se decía que los nativos utilizaban una planta, cuyo efecto era matar y disolver el pez, pero nadie sabía de qué planta se trataba a ciencia cierta.

La travesía siguió sin mayores percances. La belleza exótica de la selva y sus habitantes se nos entraba a la fuerza, a raudales, por lo ojos. Nos aplastaba. Y los atardeceres de mil colores, en tonos que iban desde el azul negroide hasta el rojo resplandeciente… Nunca había visto ni he vuelto a ver esos colores en un atardecer, más que en los ríos amazónicos. Y el ruido de la selva, apagándose mientras la luz se iba escondiendo, hasta quedar reducido a unos pocos gritos de monos o pájaros nocturnos, y el sempiterno chapotear del río contra la barcaza. En la noche la embarcación paraba su motor y el sueño terminaba por rendirnos a todos. A menudo se escuchaban los gemidos de una o más parejas culeando entre la carga, pero eran ruidos peregrinos que terminaban en un grito gutural, animal, de sexo saciado, suspiros de animal lleno… y la selva volvía a imponer su silencio. Estos climas calientes multiplican el llamado de la carne, y hay que responderle aunque sea con la mano.

Fueron 12 largos días en el río. ¿Para qué? Simplemente para conocer el río. ¿Para qué más? Nada más me interesaba. A Santa Cruz volví al cabo de 3 meses, en los que subí desde Manaos hasta Sao Paulo, recorriendo pueblos en camiones de carga y micros destartalados. Me bañé desnudo en playas paradisíacas, amé por un día a mujeres de ensueño, conocí pueblitos pintados de añil y colores vivos, y conversé con personajes salidos de la ficción. Y desde ese monstruo industrial palpitante de millones de víctimas que es Sao Paulo, enfilé al oriente boliviano de nuevo, en ferrocarril hasta Corumbá.

¿Y SI HUBIERA SIDO DE OTRA MANERA?

A veces pensaba… ¿Y si le hubiera hecho caso al Decano? ¿Sería un alto ejecutivo de alguna empresa importante? Después de todo, mis notas no fueron malas, siempre fui un pequeño geniecillo cuantitativo…. ¡Bah! Hubiera sido un simple empleado, disfrazado de ejecutivo, disfrazado de Gerente, comiendo la mierda diaria que el patrón quisiera darme, lamiendo su sucio culo y el de sus hijos, y llenando planillitas. Sin buscarlo, igual he sido ejecutivo de multinacionales e igual me ha llegado el dinero que quise y no quise ni necesité. Mi vida ha sido diferente, yo la escogí y la diseñé a mi gusto, y luego de unos pocos años de trabajo asalariado recuperé la libertad y ahora soy mi propio patrón. Hasta la muerte.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo alma, iluminacion, meditacion, paz interior, zen

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s