Lo que se fue: el muertero… y tantas cosas.

En una estancia ganadera en la zona fronteriza con Brasil son las 6 de la mañana. Ya es de día y el sol está alto. El grupo se fue juntando de a poco, frente a la larga mesa del desayuno oriental, bajo parrones de fresca sombra. Desayuno es un decir generoso, ya que normalmente consta de platos fuertes y condimentados, café negro que desgarra las gargantas, carnes de varios tipos, huevos de aves de corral y silvestres, e incluso a veces uno o dos huevos de pillo (ñandú) fritos y dispuestos en enormes pailas. Toda clase de frutas amazónicas y de las otras, panes horneados o asados en piedras, ollazas con arroz con queso, yuca a discreción, y mil otros distintos manjares y alimentos de la sabana. Siempre me asombraron los desayunos orientales, por su abundancia tan lejos de nuestras espartanas costumbres del café y pan con mantequilla pero tenían una lógica: la más de las veces es el único alimento del día, ya que toda la jornada transcurre a caballo y solamente unas mascadas de charque mitigarían el hambre. El desayuno tenía otra función, ya en la esfera social: era la reunión diaria del personal de la estancia. Muchos no se verían hasta el día siguiente; muchos ni siquiera volverían a verse.

Luego del desayuno, de la algarabía, del contarse y recontarse historietas y anécdotas, de largarse pullas generalmente a costa de las respectivas mujeres, se formaban los grupos y se asignaban las tareas en la estancia. En esa ocasión a mi grupo le tocó ir hacia el sertao, campo traviesa, hacia la frontera con Brasil ya que la alambrada de la estancia justamente era la frontera. También aludir a una alambrada era un decir; la verdad es que uno nunca sabía en qué país estaba en esos parajes. Lo de las fronteras son obras del hombre, no de Dios. Los caballos listos, las alforjas amarradas, las largas polainas de cuero para evitar los espinales, los lazos, rebenques, y las escopetas o fusiles de rigor. Cada caballo era un verdadero tanque de guerra hecho de carne. Cada caballero, un tranquilo y avezado aventurero.

Los paisajes se van sucediendo mientras el paso de los caballos nos llevan por senderos mil veces hollados. A veces, por aguadas e inundaciones, el sendero ha desaparecido y entonces hay que hacer camino al andar, como dijo el poeta. La constante es la vegetación, a veces rala y a veces casi impenetrable, las grandes islas de palmeras de varios tipos, especialmente motacúes, el pasto alto que llega a rozar los vientres de las cabalgaduras, y las aves. Miles, millones de aves, de todos tipos y tamaños, dispuestas en pajareras improvisadas en arboledas junto a aguadas o charcos del último aguacero, brindando sus sinfonías de tonos musicales y colores. Es lo único que quiebra la monotonía del paisaje y enriquece el agotador viaje sobre el caballo.

Nuestro objetivo era encontrar huachas perdidas, becerros de todo tamaño paridos en la última temporada y perdidos de sus madres por mil motivos. Se internan en el monte y los que sobreviven van creciendo semi cerriles hasta que el atavismo vence e involucionan hasta su estado salvaje completo. Son un peligro porque su cercanía a los pastoreos es “contagiosa”, ya que el ganado tiende a seguirlas en su estado de libertad. Y son una bendición porque son kilos de carne recuperada. Luego de encontradas, se carimban en improvisados marcadores encendidos en la tierra y se agregan a la manada, generalmente amarradas a vacas viejas y sabias, hasta que se acostumbran al grupo.

En un par de ocasiones encontramos cangaceiros en acción, antiguos y épicos bandoleros de caminos devenidos en simples asaltantes de viajeros o en pobres y miserables ladrones de ganado. En esos casos la orden es simple: apuntar y tirar a matar. Mis compañeros eran avezados tiradores y hasta les divertía el constatar que tras su tiro un alma más se iba a los santos cielos. Un bandido de ese tipo era un peligro para el ganado, para las personas, para la propiedad, por lo que eliminarlo era un acto de solidaridad social. Además, su cuerpo abandonado servía de alimento a la tierra. Tenía muchas ventajas el deshacerse de un bandolero, sin nombrar que salía más barato que enviar posteriormente al muertero a buscarlo.

El muertero era toda una institución en los años anteriores a que yo llegara por esos parajes. Por su naturaleza, era el secreto mejor guardado en esos parajes. Yo alcancé a conocer a 3 de ellos, aunque nunca me gané la confianza de ninguno como para que me contara sus epopeyas. Por lo general eran tipos huraños, solitarios, fuertemente armados de pistolas y cuchillos y sus cabalgaduras normalmente llevaban hasta 2 Winchester, el arma de estilo de estos personajes. Sus alforjas eran más grandes que las normales, señal de que estaban diseñadas para largas travesías en el sertao, como que a veces demoraban hasta varias semanas en estar de vuelta. Cuando un peón llegaba con la noticia de haber encontrado reses descuartizadas, señal inequívoca de cuatreros en acción, se avisaba al muertero. Este armaba su equipaje, y sin decir palabra salía de las casas de la estancia rumbo a los montes. Las mujeres se persignaban y miraban para otro lado, y los hombres no decían nada, no movían un músculo en sus caras, porque sabían que si volvía significaba que uno o más bandoleros quedaron botados en los campos con sus pechos perforados a tiros. Y si no volvía, bueno, se buscaba a otro muertero y se olvidaba al anterior. Posteriormente, cuando la civilización comenzó a penetrar por esos caminos, los muerteros desaparecieron tan silenciosamente como vivieron y la justicia formal y con cara de humana los reemplazó. Deben haber sido muy eficientes porque los ganaderos los recuerdan con nostalgia y reniegan en contra de los “justicieros” modernos, que necesitan coimas para “comenzar” a investigar.

A veces la noche nos encontraba en medio de esos campos y entonces se armaban campamentos. Las sillas de montar eran las cabeceras, el suelo duro y rojo de esas tierras ferrosas eran las camas, a veces adornadas con mantas para evitar las piedras y espinas. Todas dispuestas en corro redondo, en el centro del cual ardía toda la noche una hoguera para alejar los animales peligrosos. Se armaban las rondas de guardia, por si algún cangaceiro andaba por esos lados con ganas de vengar a sus compañeros conocidos o desconocidos. Se mascaba charque, se hervía el café fuerte y agresivo de esos parajes, se mascaba coca, y se escuchaba la guitarra sertaneja y el canto quejumbrón de algún entendido en música. Hasta que el sueño llegaba sin pedir permiso y los caballeros iban cayendo uno a uno profundamente dormido. Después de todo, había sido una larga y agotadora jornada. Y el músculo no perdona.

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Archivado bajo alma, budismo, espiritu, iluminacion, meditacion, paz interior, zen

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