¿De dónde vienes? Los antepasados…

Tendría unos 3 años cuando la familia entera se fue a Lota Alto, a vivir en casa de mis abuelos paternos. Mi abuelo, de nombre Carlos (de ahí uno de mis nombres) era un hombre delgado, enjuto, alto, imponente. Disciplinado como militar y de comportamiento austero y hasta espartano, ocupaba el cargo de Jefe de Población de la empresa carbonífera; es decir, estaba a cargo de todas las propiedades inmobiliarias de la empresa, lo que lo convertía prácticamente en el Alcalde de Lota Alto. Lota Bajo era otra cosa, era el dormitorio de la compañía, un pueblo como muchos excepto que vivía de la empresa. El comercio y los servicios estaban allí, así como las familias de la mayoría de los mineros y empleados.  Lota Alto era la empresa; las oficinas, los galpones, los piques, los chiflones, las casas de los privilegiados que alcanzaron a ser provistos. Si hasta cuerpo de bomberos, policía, escuelas, postas y hospitales privados había. A mi abuelo, en razón de su alto cargo, se le asignó una enorme casa junto al edificio de la Administración.

Era un hombre corporativo, total y lealmente entregado a los designios de la empresa. Era leal más allá de la justicia y la verdad. Cuando años después trabajé en la empresa me enteré de que lo apodaban “el perro” en razón de su comportamiento estricto y hasta abusivo con los trabajadores. Practicaba el deporte hípico y hasta tuvo premios de campeonatos nacionales en la especialidad; aún retengo una medalla de oro por uno ganado en Santiago con su caballo “Canela”. Alcancé a conocer ese caballo antes de que muriera de viejo. Hermoso porte, color canela claro (de ahí su nombre), lo mantenía en un corral para que quemara sus últimos años y lo visitaba en forma diaria. Decían que quería más a su caballo que a mi abuela, y parece ser cierto. Cuando Canela no se pudo levantar más, en razón de sus patas débiles y no se qué problema de articulaciones, mi abuelo mismo fue quien le descerrajó un balazo en la cabeza y luego se abrazó a su cuello moribundo y lloró durante horas; tal era el carácter de ese hombre.

Su valentía era legendaria en el mineral. Durante una de esas huelgas sangrientas cuando el movimiento obrero se estaba organizando bajo las ideas de Recabarren en el norte, los obreros se tomaron una de las oficinas de la compañía. Saberlo y ensillar su caballo de tarea y partir al galope hacia el lugar fue un acto casi reflejo de mi abuelo. Llegar allá y enfrentar a la masa humana fue también reflejo, y arremetió con el caballo y a latigazos contra los hombres. El grupo lo rodeó y trató de bajarlo del caballo gritando “linchemos al perro” pero no se dejó sacar de la silla y con más ahínco le dio de patadas y látigo a la poblada y su caballo pisó a varios caídos. Al final, uno de los dirigentes de la huelga gritó para que se detenga el tumulto, y la gente se apartó, dejando el lugar y a mi abuelo en su caballo solos. Ese dirigente fue quien me lo contó, y posteriormente tuve que trabajar mucho con él porque era el Secretario de Organización del movimiento político que dominaba los sindicatos. “Su abuelo fue un hombre muy valiente”, me dijo; desgraciadamente, no tenía miramientos con la clase obrera.

Mi abuela, llamada Mercedes, era una dama peruana, de Tacna. De las buenas familias aristócratas de esa ciudad. Mi abuelo se la robó cuando era inspector del ferrocarril de Arica-la Paz. Digo “se la robó”  porque fue uno de esos amores escandalosos de la época, sobretodo en esos años y sobretodo que las heridas de la guerra del Pacífico estaban sangrantes todavía. Pero así era mi abuelo; si se ponía un objetivo lo conseguía, guerra mundial de por medio. Lo cierto es que debido a ese amor tuvo que venirse al centro y luego recalar en Lota, porque los familiares varones de la familia de mi abuela pusieron precio a su cabeza. Era una dama chica, de rara hermosura mezcla de blanco y cholo, con ojos claros y cabello castaño, y con un carácter a toda prueba. Digna del carácter del que fue su marido. Su temperamento era firme, nada ni nadie la sacaban de lo que consideraba correcto y gracias a eso pudo sacar adelante una familia numerosa ya que tuvo 8 hijos entre hombres y mujeres. Mientras estaba sola en la casa, todo andaba como reloj y su presencia se hacía notar; llegaba mi abuelo de su trabajo, y se transformaba en una sombra que flotaba en la casa pero que no era percibida. La familia comía en una gran mesa de la cual el lugar de privilegio era de mi abuelo, y a su lado derecho se sentaba mi abuela. Y nadie, absolutamente nadie, se sentaba mientras mi abuelo no llegaba y ocupaba su lugar, o avisaba por mensajero que no vendría a comer. Jamás vi a nadie que ocupara ese lugar en el frente de la mesa, y los comensales, mis abuelos y tíos y tías, debían vestirse formalmente para acceder a la mesa. Y pedir permiso para hablar. Obviamente, nosotros los niños ocupábamos otra mesa aledaña, más pequeña, llamada la “mesa del pellejo”. Y tampoco podíamos hablar mientras estábamos allí. Sus tardes se iban entre coser para la numerosa familia, y ocuparse de los innumerables deberes de una enorme casa de esos tiempos. Nunca la vi enferma; más bien, la vi de enfermera de muchos de mis tíos, mis padres, y varias veces yo mismo. Era una de esas mujeres de antes, fabricada con la madera de antes y alimentada con la cultura de antes. Ya no existen esas mujeres.

La casa de los abuelos tenía 2 lugares que eran verdaderas islas del tesoro para mí. Uno era el gallinero, al fondo del quintal, en el cual se criaban cientos de gallinas Leghorn para carne y huevos que eran vendidos al vecindario y entregados a comerciantes de Lota Bajo. Y el otro era su taller de carpintería, herrería, ferretería y todos los ías que se les ocurran. Allí mi abuelo fabricaba sus propias herraduras, y reparaba las piezas de su automóvil Ford del año 30, un bello automóvil. Allí aprendí, bajo la mirada atenta del abuelo, a usar las herramientas básicas, a machucarme los dedos y la cabeza, y a fabricar mis primeros juguetes mecánicos. Y allí di las primeras pruebas de que mi carácter y temperamento era muy parecido al del abuelo: en una ocasión en que me prohibió usar determinada herramienta por lo filosa, yo no le obedecí. Y cuando me obligó a la fuerza de un coscacho a dejar el implemento, le di una patada en su pierna y haciendo un mohín le espeté un “abuelo putamaire” que repercutió como un trueno en toda la familia y fue recordado por mucho tiempo. Nunca, jamás nadie se atrevió a tanto con el abuelo. Recuerdo sus ojos fulgurantes mirándome fijos y sus manos apretadas a sus costados, sin saber qué hacer con ese mocoso atrevido e insolente, hasta que en silencio salió del taller, no sin antes poner a buen cubierto la herramienta de la discordia. Me imagino que tras sus ojos de ira contenida hervía el orgullo… o las ganas de matarme. Prefiero pensar que el primero.

También conocí a mis primos y primas, que venían de vacaciones a la casa patriarcal. Pero no tengo grandes recuerdos de ellos. Supongo que serían relaciones normales entre primos y primas.

En Lota Bajo vivían mis abuelos maternos, pero grandes contactos con ellos no tuve. Mi abuela llevaba postrada en cama más de una década, por un cáncer a la matriz o sus alrededores, y era la persona más molestosa y manipuladora que jamás existió. Y mi abuelo Mariano era un hombre simple, muy enigmático, de una enorme inteligencia natural, lleno de esa cazurronería pueblerina de la gente de pueblo. No era culto, pero jamás metió la pata en esos temas de la intelectualidad; era muy bien ubicado y sabía callar y no opinar cuando no sabía. Todo eso lo supe más adelante, ya que en ese entonces no tenía conciencia ni siquiera qué significaba eso de los abuelos. Solamente sabía que con mis abuelos paternos lo pasaba muy bien, mientras que con los maternos me aburría a montones. Tampoco esa diferencia fue un trauma ya que ni siquiera mi madre se sentía muy bien junto a sus padres y las visitas las espaciaba lo más que podía. Tampoco habían contactos entre ambos abuelos: las diferencias sociales en esa pequeña sociedad burguesa de Lota eran evidentes. Tampoco habían peleas ni contradichos; ambas partes sabían que la otra existía, y punto.

En algún momento esas vacaciones debieron terminar y volvimos a Santiago.

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1 comentario

Archivado bajo alma, budismo, espiritu, iluminacion, meditacion, paz interior, zen

Una respuesta a “¿De dónde vienes? Los antepasados…

  1. Aquí tenemos una buena historia, contada con impecabilidad…
    amerita un libro…
    felicitaciones,Mariano!

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