Los venidos a menos, los vergonzantes…

El escritor Juan Manuel Ruiz (colombiano) se adentró en las familias acomodadas que padecen la ruina económica. ¿Qué se siente al no tener nada luego de tenerlo todo?


“Lo pensé tres veces antes de venir al comedor. De la casa hasta acá son apenas unas cuadras, pero no me sentía capaz de recorrerlas: yo, que todo lo tuve, que tanto conocí, ahora ando en estas, viviendo de la caridad del Gobierno”, me dice, sin dejar de mirar fijamente con sus intensos ojos azules, Santiago Artunduaga, un contador y administrador de empresas, que me permitió sentarme a su lado mientras almorzaba.

El ajiaco ya se enfría, pero sabe bien. Creí que me encontraría con un mazacote capaz de hacerme llorar o con uno de esos pollos rojos de 10 presas que se consiguen en 4 mil pesos con papa y arepa. Pero no, el seco es arroz, pollo guisado, coliflor y papa. El postre es de mora con queso y la sobremesa, jugo de piña, mucho mejor que un corrientazo con huevo adicional. Las tres señoras de la cocina del comedor comunitario de Teusaquillo son efusivas y procuran su mejor servicio: no se sienten haciendo un favor.

Pienso en lo duro: si uno se colorea cuando le pide plata prestada a un hermano, ¿cómo será pedir regalada la comida en la esquina de su propio barrio? “Muy teso”, como dice Santiago.

El barrio de Laureano

Mi memoria no me deja olvidar que estoy en el barrio de Laureano Gómez, en el Teusaquillo que fue la zona de moda en los años 30.
Recuerdo la novela Una noche de fiesta en una antigua casa de familia y reconozco que debe ser chocante haberse criado en una de esas casonas y volver muchos años después para encontrarla convertida en un prostíbulo, como le ocurrió al protagonista.

María Lucero, de unos 50 años y quien me advierte que “nada de fotos”, vive en una de estas casas, sin pensión y sin dinero para los servicios, luego de haber vivido cómodamente. Ahora, va al comedor de caridad, a unirse a los otros 140 comensales, pero imprimiéndole a su gesto un sello de mínima dignidad: llevar sus propios cubiertos.

Amparo Nicholls es más escueta. Rubia, como su madre, reconoce que le encanta vivir bien y que el comedor le gusta porque va “gente bien”. Hace tres años que, declarada en quiebra y sin poder vender su apartamento por un lío catastral, acude a diario a que le regalen el almuerzo. Pero, no le es fácil. “Es muy cruel vivir así”, afirma, y, mientras acaricia su pelo, dice que el “error” fue no haberse pensionado.

En el comedor es famosa porque tiene el apartamento más lindo en una zona de estrato alto. Tiene cuadros y espejos y mesas antiguas. Quizás nada de eso tenga en verdad algún valor, salvo para el recuerdo.

La señora Nicholls me cuenta que ha podido conocer en ese lugar a gente muy buena: arquitectos, periodistas, incluso una modelo de los años 70, que hizo comerciales para aceite Johnsons, con quienes entabló una discreta cercanía, basada en la complicidad de no tener para el almuerzo.

Explica que entre algunos de los pobres vergonzantes se prestan la ropa o intercambian maquillaje, se dan ánimo y fortaleza, como lo hacían los alemanes en la Segunda Guerra Mundial, mientras sus casas eran bombardeadas. Fueron los primeros pobres ocultos reconocidos por nuestra cultura en el siglo XX.

No todos estos desposeídos son tan valientes como para levantarse una mañana y decidir que vivirán de la caridad del Gobierno. Pero, alguien tiene que dar ejemplo, como me lo confiesa el alcalde local, Juan Carlos Almonacid, arquitecto javeriano de 48 años. “Yo pasé por esas. Duré 3 años sin empleo, sin tener para los servicios: comencé a remontar los zapatos y pasé de almorzar en Andrés Carne de Res a comer en Sanduchón”, relata, sin rubores.

Allí, le surgió la idea de trabajar el tema y descubrió que sólo en Teusaquillo hay 25 mil personas en ‘pobreza silenciosa’ u ‘oculta’.

Que no se note la pobreza

El drama es tan viejo, que en siglo XIX, entre los vergonzantes, hizo carrera la frase: comer boñiga, pero eructar pollo. Por eso hay otro sector que, con residuos de dignidad, prefiere acudir a los bonos, en vez de ir al comedor.

Doña Elvira de Ariza, esposa de un reconocido odontólogo septuagenario que tuvo que entregar su consultorio, es uno de los 150 adultos mayores que los usan. Aunque no falta quien les dé una mano, no les alcanza para el mercado. Los bonos de 110 mil pesos pueden convertirse en legumbres o carnes, no en licor ni cigarrillos. Ella va un par de veces al mes al supermercado; si sólo fuera una vez le quedaría muy pesado ya que hace la vuelta a pie.

En su casa de la 57 con 16, a simple vista una buena casa, en un sitio que gozó de mejor fortuna, me abre la puerta y me invita a seguir. En el comedor, comparte el plato con Marina, una psicóloga que trabajó en bancos y en la Empresa de Acueducto, pero tampoco obtuvo pensión.

Se sientan en la sala y me cuentan. “Nada de lo que ve aquí es reflejo de lo que es -dice doña Elvira-. Reconozco que soy una vergonzante. No me alcanza para comer”.

Se entrevé que la casa pudo haber sido lujosa. En el cuarto donde reposa la vieja unidad odontológica de su marido hay cosas por el suelo, corroídas, abandonadas. Hasta la vieja nevera es un estorbo. Se encartaría quien la recibiera como regalo. Todo es viejo, inservible, inútil. No obstante, nadie lo imaginaría al pasar por la calle y ver esa puerta roja y esas ventanas de cierta elegancia.

“Esta es la decadencia, Dios nos guarde, esa de la que tanto se habla y se comenta: ahí está”, me digo, en un destello.

Doña Elvira, dicharachera, alegre, me ofrece un jugo de tomate de árbol y galletas de soda. Marina, en cambio, observa, desde la gala de su traje blanco y negro de cuadros y su collar de oropel. Se nota que se ha peinado y maquillado para la ocasión. “Es muy difícil llegar a tener y luego a no tener -dice-, porque cuando uno no ha tenido no hay problema: ¿qué va a extrañar?”.

Matronas de Tunja y Manizales me recuerdan que los pobres ocultos no son nada nuevo. Gloria, una reconocida dama de la sociedad caldense, recuerda que, con la crisis del café de finales de los 90, muchos hacendados que vendieron sus fincas al mejor postor pasaron por las mismas y quedaron en la ruina de la noche a la mañana. Entonces, se apostaban a la salida de la inmensa catedral de Manizales, para echar ojo, en busca de un amigo que los invitara al almuerzo, con la comprensión propia de su “clase” y dignidad.

Cuando el problema se hizo evidente, se crearon programas especiales para personas “divinamente” venidas a menos.

En Tunja, la situación de los vergonzantes fue asumida en los años 50 por la Acción Católica. Voluntarias de esa organización se encargaban de detectar a ilustres empobrecidos que pasaban hambre y se lo hacían saber a las monjas. Con prudencia y mucho respeto organizaban los mercados y se los llevaban a sus casas.
Muchas de estas sociedades de ayuda se inspiraron en similares de España, que ayudan especialmente a personas que para muchos son un estorbo. Una de ellas lleva el rimbombante nombre de Fundación Marquesa de Balboa Ancianos Solitarios Venidos a Menos.

‘Halloween’ sin máscaras

Ahora, doña Marina me cuenta que muchos casos de los pobres ocultos se conocen a través de la Legión de María. “Allí, supe lo de los bonos. No tenía para comer y veo por mi sobrina y sus tres hijos. Lo primero que hice fue sacarlos de colegios privados y los matriculé en uno del Distrito, donde la educación es gratuita y muy buena”, me dice sin fingida gratitud.

Confiesa que, al principio, cuando le preguntaban por su situación respondía: “Bien, todo bien”. Pero, pronto aceptó que, aún siendo psicóloga en retiro, dedicada ahora a pintar en seda, la plata no le alcanza. Por eso, además del bono distrital, se inscribió en el Sisbén para poder ser atendida en el Hospital de Chapinero.

Lo mejor, en el comedor comunitario de Teusaquillo, que yo creía un triste rancho militar, fue la fiesta de halloween, que no pasó inadvertida (todavía flameaban serpentinas multicolores y uno que otro globo adornaba la pared). “¿Sabe qué fue lo curioso de esa celebración?”, me dice Geania Rojas de Armas, una guajira atenta y servicial que procura el orden y la tranquilidad en el lugar. “Que todos estaban contentos y todos eran iguales. Fue una fiesta de halloween alegre, pero sin máscaras. Ya nadie las necesitaba”.

Le pregunto a Amonacid: “Si estos son los pobres de ahora, ¿qué pasó con los pobres pobres?”. Me mira preocupado. Me estremece su sentencia: “Esos pobres ahora son miserables”.

El escritor Juan Manuel Ruiz publicó recientemente su segunda novela ‘Ciudad adrenalina’. Hizo su debut literario en el 2006 con ‘El sepulturero’.

Fuente: eltiempo.com

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Archivado bajo alma, budismo, espiritu, iluminacion, meditacion, paz interior, zen

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