Aproximación cuántica al problema del tiempo en la vida diaria – Reflexiones de Mariano Merino

La realidad la creamos tomando una decisión. De todas las infinitas opciones que tenemos, elegimos una y la transformamos en perceptible. Según la física cuántica, que nos regula, esas infinitas opciones se nos presentan en la forma de nubes, de ondas de probabilidades, y permanecen en ese estado hasta que una medición (la decisión de un observador) no las hace colapsar y transforma en una partícula. En ese momento la probabilidad se transforma en un suceso. Físicamente lo podemos asimilar a las ondas que se forman en un lago cuando lanzamos una piedra, y al momento en que esas ondas chocan con algún obstáculo. Lo que se forma después del choque (ondas superpuestas, ondas anuladas, ondas agregadas) son los sucesos después del choque cuántico. Pero lo que nos ocupa no es la naturaleza cuántica del suceso sino el momento en que el observador decide. ¿En virtud a qué criterios lo hace? ¿Cómo lo hace?

Una opción, que es válida pero ilógica, es que el observador mida (decida) al azar. En este caso, toda evaluación de los infinitos resultados posibles quedan librados a la ley de probabilidades, y podría pensarse en un escenario de 50% de ocurrencia desde el punto de vista de sus intereses. Lo anterior sucedería si es que no operan las leyes de la intuición, por las cuales la mente (conciencia) toma decisiones basadas en una cantidad mínima de datos que son imperceptibles para el consciente. ¿Por qué esta opción es ilógica? Porque no es lógico dejar que el azar defina nuestro destino. Por lo menos, no es la conducta esperada de un ser que debe pasar todas sus experiencias por el tamiz del raciocinio.

Otra opción es que el observador pase por un proceso de racionalización para elegir “por calidad” y tomar su decisión. Esto plantea un problema, en el sentido de que la elección necesariamente implicará sumergirse en el futuro y evaluar las infinitas posibilidades asociadas a su eventual decisión. ¿Por qué es un problema? Porque el futuro no existe, y al no existir las opciones ¿cómo van a ser elegibles? Sólo hay una manera: asociar las opciones con probabilidades altas de ocurrencia. de esta manera, aunque no estemos en presencia de eventos reales, seremos capaces de visualizarlos creativamente y por lo tanto de construirlos.

Para esto, la mente dispone de una batería de herramientas, que van desde la selección intuitiva de datos significativos hasta los instrumentos más conocidos y usados en las disciplinas profesionales como las finanzas u otras.  Importante es comprender bien este proceso mental en el caso de las finanzas, porque se trata de la manera como gestionamos los recursos que nos permitirán vivir y desarrollarnos.

La mente trabaja con pocos datos y elabora estrategias y tácticas que muchas veces son de vida o muerte. Para las situaciones vivenciales, muchas veces el tiempo es un problema. La lógica indica que una decisión bien fundada debe partir de un análisis concienzudo de la mayor cantidad de información posible, pero en la mayoría de los casos esa fórmula no funciona. Cuando estamos ante un estímulo del entorno, muchas veces no hay tiempo ni para acumular la información pertinente ni menos para someterla a análisis; imaginen que están a punto de ser devorados por un león ¿van a perder tiempo en analizar la situación para tomar una decisión? La mente la toma por ustedes. Y lo hace juntando una cantidad mínima de datos. La decisión resultante, normalmente es la adecuada. La intuición trabaja, y lo hace bien. ¿Significa que el acopio de datos y su análisis están de más? No. Significa que las redes neuronales que hemos ido construyendo durante toda nuestra vida ya incluyen suficiente información como para elaborar decisiones vitales, y la que sea necesaria será muy poca. Esta ha sido la base de la supervivencia humana. ¿Y si no existiera información del fenómeno en nuestras redes? Entonces, es muy posible que las consecuencias sean nefastas porque la mente perderá tiempo en recabar información y en procesarla. Es muy común decir que los niños no tienen miedo; en realidad lo tienen. Lo que no tienen es el significado del contenido de la información que perfila el evento en cuestión. Es el caso de un niño pequeño que se pone a jugar con una serpiente venenosa: si tuviera información, huiría. Como no la tiene, juega con el crótalo, a veces con resultados fatales.

Otro caso es en los negocios. Ahí se requiere mucha información y análisis acabados para poder tomar decisiones. Una inversión de US$ 50 millones no se decide por olfato ni intuición. ¿Cómo funciona, en estos casos, nuestro mecanismo mental? Para ello, el hombre ha elaborado una serie de herramientas basadas en el factor tiempo y en la definción de valor. Es así que habla de Tasa Interna de Retorno (TIR) o de Valor Actual Neto (VAN), que le permitirán sumergirse en el tiempo futuro para volver actualizando resultados que sean comparables en el presente y que permitan decidir si una opción de inversión es mejor o peor que otra. Pero aquí se nos crea otro problema, el de la definición de los objetivos perseguidos.

En efecto, si el objetivo es “levantar esa fábrica que cuesta US$ 50 millones”, es claro que la herramienta descrita (y otras que existen) puede ser la pertinente y la eficiente para el cometido. Pero ¿y si el objetivo es “levantar esa fábrica para ganar dinero”? Entonces una herramienta que nos evalúe un par de decenas de años por delante no nos será útil para el objetivo y deberemos recurrir a otros criterios. En estos casos, la variable tiempo necesita ser manejada de otra manera, y los criterios cuánticos vienen en nuestra ayuda: independientemente de cuánto avancemos en el futuro hacia una evaluación que consideremos perfecta, el presente estará formado por infinitas posibilidades, todas elegibles, todas objeto de una elección y una decisión. ¿Qué significa ésto, en la práctica? Que aunque se tome una decisión para una inversión que tendrá un horizonte de 20 años, esa decisión no es cerrada sino que queda abierta para cualquier elección y decisión. O lo que es lo mismo, aunque la inversión lleve dos días de ejecución, nada nos impide venderla y emprender nuevos caminos. ¿Qué se requiere para eso? Una evaluación permanente del presente.

Si para adentrarnos en el futuro hacemos uso de los flujos descontados a una tasa de interés que nos resume todas nuestras expectativas de ganancias o pérdidas, para el presente necesitamos contar con herramientas que nos evalúen permanentemente la situación de oportunidad, es decir, todas las situaciones asociadas a las ganancias o a la pérdidas en el estado presente.

Dicho en forma más simple aún, no nos apeguemos. Todo cambia, y por lo tanto todo es cambiable. El tiempo es una variable cuántica y por lo tanto regula nuestra vida. Sea que pensemos en inversiones, sea que pensemos en una profesión, o que sea, el tiempo se maneja en términos de probabilidades de ocurrencia de las infinitas posibilidades, y corresponde a nosotros, los observadores, tomar las decisiones más adecuadas. En términos de Valor, así con mayúsculas, podemos pensar en un criterio que todo lo domina: el menor tiempo corresponde al mayor Valor. Por eso decimos que la felicidad está en el aquí y ahora, que es el tiempo mínimo al que tenemos acceso.

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1 comentario

Archivado bajo alma, budismo, espiritu, meditacion, paz interior, zen

Una respuesta a “Aproximación cuántica al problema del tiempo en la vida diaria – Reflexiones de Mariano Merino

  1. Fantásticas reflexiones Mariano, me encantaron las referencias financieras, excelente forma de aterrizar el Aquí y Ahora =D

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