En el mundo externo no hay sonidos, ni olores, ni colores. (Rodolfo Llinás).

Quizás nunca comprenderemos la manera como las leyes de la evolución llegan al prodigio que ocurre a cada instante dentro de nuestra cabeza. A través de mutaciones y adaptaciones genéticas, el cerebro de nuestros remotos antepasados evolucionó hacia el cerebro humano actual. Pero los neurólogos sí saben que el producto a la fecha organiza nuestro entorno de tal manera que nos es más manejable, más agradable y más favorable, pero no necesariamente más real. Nos movemos en un territorio de representaciones ilusorias, creado y manipulado por el cerebro.

Dice el neurocientífico colombiano Rodolfo Llinás: En el mundo externo no hay sonidos, ni olores, ni colores. Allá afuera no existen amarillos, ni rojos, ni azules, como los percibimos y apreciamos, sino ciertas frecuencias que traducimos a policromías. La realidad es más mágica aun que el realismo mágico, porque vemos en total oscuridad, oímos en total silencio.

Mi cerebro crea —arma, ensambla— la película del universo mío, que bien puede ser distinta de la película del vecino. Para explicar el proceso con un ejemplo extremo, el verde de quienes padecen daltonismo (la confusión de colores como resultado de una enfermedad de la vista) es distinto del verde de aquellos con visión normal. El cerebro transforma y completa todo lo que está en el mundo exterior con el fin de que en el mundo interior, que arma nuestro cerebro, los alrededores nos resulten beneficiosos, aprovechables y, con frecuencia, bellos o placenteros (lo que resulta a todas luces más extraordinario).

No tenemos certeza de cómo es la realidad objetiva que escanean permanentemente nuestros sentidos. Cualquiera que ella sea, el cerebro la distorsiona —la acomoda es un mejor verbo— para nuestra conveniencia y, en el proceso, nos fabrica un espectáculo de luces y sonidos, de olores y sabores, de sensaciones físicas y percepciones mentales que nos facilitan la supervivencia, la reproducción y la continuidad de la especie. Las imágenes mentales son solo películas embellecidas y mejoradas de un mundo exterior y de un entorno cuya naturaleza exacta tal vez nunca conozcamos.

La ilusión no es solo espacial. La ilusión temporal —la del calendario, la del reloj— ha sido también reconocida y admirada por santos, filósofos y sabios. Escribe San Agustín (354-430) en las Confesiones: ¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé. Si quisiera explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Sé que si nada pasara, no habría tiempo pasado, y si nada viniera, no habría tiempo futuro, y si nada existiera, no habría tiempo presente. Pero esos dos tiempos, el pasado y el futuro, ¿cómo pueden existir, si el pasado ya no existe y el futuro todavía no existe? En cuanto al presente, si siempre fuera presente y no llegara a ser pasado, ya no sería tiempo, sino eternidad. Y si el presente, para ser tiempo, necesita que llegue a ser pasado, ¿cómo decimos que existe el presente, si su razón de ser consiste en dejar de ser, de modo que en realidad no podemos decir que existe el tiempo, sino en cuanto tiende a no existir?

El tiempo está pues en nuestro cerebro. Lo dice el escritor mexicano Octavio Paz de una forma más filosófica: El tiempo no está fuera de nosotros, ni pasa frente a nuestros ojos como las manecillas del reloj; el tiempo somos nosotros y no es el tiempo el que pasa, sino nosotros los que pasamos.

El tiempo es una variable que se mide con almanaques en días por año o con relojes en horas por día; una definición que incluye lo definido no está definiendo nada. Y una cosa que estamos seguros de que existe, pero que no podemos definir, es entonces una creación mental.

Los físicos, con sus ecuaciones que dejan de lado preferencias y subjetividades, interpretan el tiempo como una cuarta dimensión en la cual también la luz se mueve a trescientos mil kilómetros por segundo. El cerebro toma longitud, anchura y profundidad para armarnos con ellas la sensación de cubos, que medimos con metros o estimamos a simple vista, y dentro de los cuales podemos movernos o detenernos. La cuarta dimensión es algo muy diferente, una especie de corriente que no podemos detener; en ella estamos siempre desplazándonos y nos resulta imposible quedarnos quietos; en un punto de la corriente aparecemos —nacemos— y en otro nos esfumamos —morimos—. Para complicar las cosas, si la teoría de las cuerdas llegare a probarse correcta, el cerebro se las arregla para ignorar seis dimensiones adicionales, no sé si espaciales, temporales o de otra naturaleza; nuestro organismo simplemente no las necesita y el cerebro, en su evolución, no se toma el trabajo de procesarlas u organizarlas. (¿Se imaginan las dificultades para encontrar las llaves del carro en diez dimensiones?). La noción del tiempo como la maneja nuestro cerebro es pues también una conveniencia de la evolución.

Fuente: http://pragmatic-buddha.com

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