¿La mentira es algo natural?

En mis años de estudiante, un profesor de Derecho atrajo mi atención sobre el tema de las mentiras y los engaños, afirmando que en el amor y la política el que podía mentía, a fin de mostrar la imposibilidad de anular ciertos actos jurídicos como el matrimonio o una elección presidencial, a pesar de la imagen falsa, (si alguien puede conocer cual es la verdadera) dada por cualesquiera de los enamorados o de las promesas hechas al  viento por el candidato. La investigación hoy confirma la inclinación de los hombres por sobredimensionar sus proezas sexuales mientras la mujer tiende a minimizarlas. Desde entonces, no cesé de reflexionar acerca de las funciones ambiguas de la verdad y la mentira no sólo en el amor, la guerra o la política, sino en la vida social en general, sobre cuánto de teatro hay en la presentación del Yo en  las interacciones personales, en las palabras de E. Goffman.

Recientemente, D. Livingstone Smith,  profesor universitario de Filosofía y Psicología Evolutiva, presentó un libro fascinante y polémico, dedicado a probar con auxilio de la Biología, las ciencias del conocimiento, la Literatura y las experiencias cotidianas el carácter mentiroso de los humanos de ahora y de siempre, heredado de la lucha por la sobrevivencia. La habilidad para autoengañarnos y engañar a los demás ha sido un rasgo invalorable en el proceso evolutivo de la especie. A través de ella “la Biología susurra muy profundo dentro de nosotros mismos.” O para decirlo en los  términos  de Las flores del mal “(La mentira) dormita hace tiempo a la sombra de nuestras pestañas”.

La ética y la moral en  las distintas culturas han hecho de ella “un acto innoble opuesto a los principios más elevados de la vida colectiva como la honradez, la rectitud, la lealtad, la sinceridad”. La transparencia, ahora un valor de la política correcta; sin embargo, ha escaseado en la especie desde el momento de su aparición en la tierra. ¿Acaso Eva no fue víctima del primer engaño? Los dioses griegos tampoco desdeñaron tender trampas a los mortales. Smith rastrea  los orígenes de esas prácticas, divinas y humanas, al margen de las apreciaciones morales para poner de manifiesto facetas del entramado social,  a menudo presentadas en forma equivocada.

La empresa no es nueva, los filósofos, los escritores y los hombres de ciencia reconocieron temprano en la mentira y los subterfugios de la acción algo inquietante que no parecía responder únicamente a intereses circunstanciales. El autor va más allá, apoyándose en la literatura científica última trata de mostrar su firme arraigo en todo el reino animal y vegetal, así el sentido común rechace los argumentos por desconocimiento de las conductas que ahí se manifiestan.

El engaño resultó en las especies animales y vegetales una ventaja sobre los competidores en la subsistencia. En razón de su utilidad en el trato consigo mismo y con los demás, el homo sapiens no quedó a la zaga. Por tal mecanismo encontró una forma de aliviar las tensiones del medio, de obtener mayor confianza y seguridad en sus papeles, al punto de ocultar a sí mismo lo que hacía. Nada sería más devastador para una persona que cumplir el mandato griego de conocer a sí mismo.

No se debe creer, empero, que toda mentira, todo engaño es consciente ni querido. La Biología evolucionista plantea que hay una región de la mente, que trata con los demás, que nunca entrega sus secretos a la conciencia. Ya lo entrevió Freud, aunque sus investigaciones no encajan del todo con los actuales hallazgos.

¿Y qué hacer ahora con la verdad? ¿Fondearla entre los trastos viejos? ¿Y con la mentira? ¿Hacer la vista gorda con la mentira inconsciente y rechazar la consciente? Sería un error sacar conclusiones rápidas de la lectura de Smith. A nadie le gusta saber que le han mentido, aun con buena intención. No por ser mentirosos natos los políticos y los hombres del común podemos pasarnos de la necesidad de creer en la verdad, en la sinceridad del Otro. ¿No será esta aspiración otra secuela del cambio evolutivo, de la necesidad de desenvolverse en un orden social cuyos fundamentos no sean deleznables? El texto nos obliga a enfrentar las paradojas de la moral, base de la convivencia humana, y del interés táctico y natural del hombre, sin ingenuidad y sin complacencias respecto de nuestra identidad.

Autor:  Salvador Romero Pittari, larazon.com

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Archivado bajo espiritu, meditacion, paz interior, zen

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