El espíritu ¿realmente existe?

De que el espíritu existe, existe. De otra manera no estaríamos hablando de él a cada rato y por cualquier cosa. Tampoco veríamos enormes estructuras erigidas en y a su nombre como las religiones y las sectas (diferencia semántica solamente) y los gobiernos. Existe, no hay dudas en eso. La cuestión es si existe con las características de regalo divino conque estamos acostumbrados a adornar el concepto, y a aceptarlo sin cuestionarlo. En este plano hay que tomar posición porque la respuesta nace en cada una de las dos fuentes del conocimiento que tenemos a mano, la fe y la razón. Si acudimos a la fe, que se define como aceptar sin cuestionar, lo que a su vez implica creer en lo que alguien (un iluminado) o algo (un libro) diga, entonces la cuestión esta zanjada: existe porque ese algo o alguien lo dice y punto. ¿Quién es quién para discutirle al gurú o a la escritura sagrada? Pero si acudimos a la razón y a la lógica, e incluso a la intuición, entonces debemos tener argumentos para ponernos en una u otra posición.

Personalmente, no creo en la existencia del espíritu, por la sencilla razón de que no lo veo por ningún lado. Para mi, el espíritu no es más que una parte de la mente que se eligió para albergar la ignorancia. En este punto, quisiera apartarme de las discusiones vanas de porqué creer en la Gran Muralla si nunca he ido a China, por inoficiosas y hasta ridículas.  Entonces ¿cómo concibo la existencia de este ente inmaterial y tan recurrido? Porque el espíritu lo encontramos en todos los ámbitos, desde el “espíritu de cuerpo” en los equipos deportivos hasta el “espíritu divino” de las religiones. La concibo como la Gran Estafa en la evolución humana. El espíritu es una gran estafa, urdida desde el inicio de los siglos, para esconder la ignorancia y elevarla a niveles reverenciales. Su objetivo, el control social de los grupos humanos. Es un mero instrumento.

Inicialmente, en nuestro estadio animal, contábamos con un cerebro llamado reptiliano, cuya función era mantenernos en un estado de supervivencia al mantener una percepción atenta y permanente sobre el entorno tanto interno como externo y hacernos reaccionar de manera instintiva con los dos comportamientos propios de ese estadio, atacar o huir. Fue el cerebro que permitió que nos salváramos de los tigres dientes de sable y de los grandes animales, y también de las otras agrupaciones homínidas catalogadas de enemigas o siquiera adversarias. Durante todo ese estadio no fue necesario hacerse preguntas ni tomar posiciones frente a los estímulos, tal como nuestro gato no lo hace en estos momentos. Él sólo vive y nosotros vivíamos solamente, o mejor dicho, sobrevivíamos.

Pero las preguntas llegaron, eran inevitables, y fueron producto del proceso de comunicación que se creó en los grupos humanos. Este proceso es general, forma parte de la caracterización de grupo, y lo observamos en las abejas y en las hormigas o en los mamíferos que asignan la tarea de vigilar a uno de sus componentes mientras los demás se alimentan. Las preguntas llegaron en la forma de dudas acerca del origen de los estímulos y de sus efectos. ¿De dónde viene el fuego? ¿Se morirá ese valiente con ese porcentaje de quemazón en su piel? ¿Por qué la tierra de vez en cuando estalla y ruge? Las dudas necesitaban respuestas porque se estaba creando un instrumento que sería crucial en el desarrollo de la especie, la organización. En la medida que cada cual del grupo delegaba su seguridad en los demás, era necesaria una institución, el liderazgo y la dirección, la asignación de tareas y la obediencia. Y esta institución, para ser eficaz, necesitó permanencia, y ¿de dónde vino esa permanencia? Del poder.

Todo liderazgo se alimenta del Poder, así con mayúsculas. Ese poder (o capacidad de hacerse obedecer) nace de la fuerza, como en los grupos de grandes simios, o de demostrar tener las respuestas, como fue el caso de la especie humana. Quien tiene las respuestas, tiene el Poder. Así fue naciendo el segundo cerebro, el cerebro límbico o emocional, y así se desarrolló, a caballo de las emociones que creaban la ignorancia, la duda, el ejercicio del poder. Este cerebro comenzó a manejar, crear, gestionar todo tipo de emociones con la finalidad de crear dependencia y obediencia hacia el liderazgo. En un inicio fueron emociones simples, de temor y miedo. El volcán creaba pavor en los grupos humanos pero aún nadie se preguntaba quién estaba detrás de tanto escándalo y destrucción, y mientras tanto el cerebro límbico seguía desarrollándose y creando patrones neuronales que apoyaban al cerebro reptiliano en su función de mantener la supervivencia. Y comenzó a aparecer el tercer cerebro, el neocortex, el cerebro “racional” que distingue a la especie, el que es producto de la evolución y la optimización de los cerebros anteriores, todos con la misma función de mantener a la especie incólume. Merced a este proceso el neocortex se dio cuenta, tomó conciencia, de que en la ecuación de costo-beneficio era positivo darle a las respuestas un carácter de monopolio. Y el Poder encontró su instrumento: había que crear un espacio en el colectivo mental que estuviera vedado para todos, excepto para los “elegidos”, y a partir de ahí crear la dependencia y la obediencia de todo el resto del grupo. Nacieron las jefaturas institucionales y hasta hereditarias, nacieron los sacerdotes y sus equivalentes laicos. Ese espacio se llamó “espíritu” y lo llenaron con todo tipo de problemas, eventos, fenómenos, situaciones, creaciones cuya explicación o interpretación estaba en manos de los “elegidos”. En suma, lo llenaron de ignorancia. El espíritu no es más que el receptáculo de la ignorancia.

¿Cuál ha sido la historia de la evolución social de la especie humana? Ha sido la historia de la lucha del neocortex por recuperar la explicación lógica y racional a las grandes preguntas que la especie se ha ido formulando. La lucha ha sido ardua y sangrienta porque los “elegidos” se han opuesto a entregar sus posiciones ganadas en esa lucha por el dominio de la especie, por el Poder. Han habido grandes cerebros perseguidos,  torturados y quemados o eliminados. Han habido destrucción de bibliotecas porque en su seno estaban las respuestas o la semilla de ellas. Han habido pueblos enteros masacrados por símbolos o ideas. Han habido guerras de “elegidos” contra “elegidos” y las siguen habiendo. En su esfuerzo por mantener el predominio se ha forzado la asignación de carácter divino a simples objetos como un libro. Incluso se ha forzado la cuasi adoración a restos y guiñapos como un diente o un pedazo de tela o madera. La imaginación de los “elegidos” es delirante en encontrar maneras de mantenerse en el Poder pero la razón, el neocortex, sigue haciendo su trabajo silencioso y fecundo, alejando la ignorancia y dándole a la razón el verdadero papel para el cual la evolución lo creó.

El destino de esa lucha es previsible. Cada vez más la ignorancia retrocede y la razón avanza. Lo que es innegable es el verdadero significado del llamado “espíritu”: un mero instrumento para mantener la ignorancia a cargo del desarrollo de la especie humana. Estructuralmente es la parte de la torta llamada mente encargada de guardar a la ignorancia; por eso todas las religiones alegan que al espíritu sólo se llega por la fe, porque ese camino no requiere análisis, sólo aceptación ciega.

Autor:  Mariano Merino, practicante zen.

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5 comentarios

Archivado bajo budismo, Ciencia, espiritu, meditacion, negocios, paz interior, zen

5 Respuestas a “El espíritu ¿realmente existe?

  1. Muy bueno, lo puedo publicar?

  2. Eduardo Freideles

    IMPRESIONANTE!!!… EXCELENTE!!!
    Saludos

  3. ELAMADO

    Bravo!!, hace una semana me hice esta misma pregunta , gracias por tu punto de Vista., Felicidades

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