Vera Schiller de Kohn, pionera del zen en Ecuador

Murió Vera Kohn. Aquí copiamos unos reportajes de fecha 04 marzo 2012, pocos días antes de cumplir 100 años, en memoria de la ilustre psicóloga y pionera del estudio y práctica del zen en Ecuador, del periódico El Comercio (Quito, Ecuador, 30 junio 2012):

De:    Cristina Arboleda P.

Los zapatos habían quedado afuera, esperando a que acabáramos el taller de psicografismos con Vera Schiller de Kohn en una mañana de escaso sol en Tumbaco. Dos horas después, escolté a la centenaria mujer de cabellera gris afuera de la cabaña, donde, a través de garabatos dibujados con los ojos cerrados y con ambas manos, la doctora en Psicología nos había llevado a hurgar en nuestro subconsciente. En una banca del vestíbulo, se sentó apoyada a su bastón. Le alcancé sus mocasines y pregunté si necesitaba mi ayuda. “A esta edad, cualquier favor cae bien”, rió. Me agaché para despojar los calcetines de esos pies que llevan a cuestas un trajín de 100 años y los vestí con sus zapatos de cuero para que continúen con su incansable caminar.

Nuestro siguiente encuentro fue en su hogar. Desde allí viajamos con el recuerdo a su Praga natal, regida bajo la monarquía austrohúngara, y que en 1919 se convirtió en la capital de la República de Checoslovaquia. En sus ojos, parecía reflejarse la transparencia del río Moldava, junto al que se construyó la ciudad en el siglo XI.

En 1939, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Vera junto a su esposo, el arquitecto Karl Kohn, decidieron migrar. “Uno no puede imaginarse la locura que vivió Europa, bajo el nazismo. Era el infierno en la tierra. La gente aquí no sabe el tesoro que tiene de poder pensar. Nosotros nos escondíamos debajo de las cobijas para oír la radio de Londres, para que el vecino no oiga… Cuando el mal es convertido en ley, todo se destruye”, cuenta.

Desembarcaron en Salinas. Era la misma playa que Vera había visto en un sueño muchos años antes. Días después se instalaron en Quito. “El Ecuador significó la libertad”. ¿Y qué hacía ella con 28 años en un país totalmente ajeno? “Cocinar para la familia y para el perro. Caramelos de café, cáscaras de naranja con chocolates, artesanías…”, contesta. “¡Ah! y después hice teatro aquí, pero como aficionada”.

En realidad su trayectoria sobre las tablas le llevó a ingresar al Actors Studio de Nueva York, donde finalmente se dio cuenta que esa no era su vocación. Pero en una librería de esa ciudad encontró un libro que le cautivó. Era ‘El arte de la arquería japonesa’, en el que halló “algo más que fuerza muscular, algo invisible, una energía que dirige el arquero para templar el arco y llegar al blanco”.

Inspirada por el libro, emprendió una búsqueda de sí misma, de su yo más profundo. Llegó donde el filósofo K. G. Dürckheim, en la Selva Negra de Alemania, y le preguntó si conocía aquel texto. “Me contó que había estudiado con el mismo maestro. Eso me bastó. Alquilé un cuarto encima del establo de unos campesinos y me quedé por tres años”.

Así se adentró en la Psicología iniciática, la teoría del Desarrollo Integral del Ser y la Psicología Jungiana. Además, emprendió la práctica milenaria de la meditación Zen. “El Zen es la unidad de energía. Las estrellas, el océano, la respiración humana y los animales son un todo, una sola energía. Si formamos parte de esa energía, estamos en armonía. Y la armonía no es una cosa que se compra o que llega con una nueva pareja. La transformación nunca viene del exterior, solamente se logra desde uno mismo”.

De vuelta a Quito, con 50 años, ingresó a la universidad y se graduó ocho años después como doctora en Psicología. En adelante, además de haber sido catedrática, ha ayudado a cientos de personas, como terapeuta individual y grupal. El Centro de Desarrollo Integral (CDI), que fundó en 1975 junto al padre Marco Vinicio Rueda, y cuya sede se encuentra en Tumbaco, trabaja en tres áreas: una es la Escuela Iniciática que forma a profesionales en el Desarrollo Humano; también ofrece sesiones permanentes de meditación; y mantiene el programa de desarrollo comunitario denominado ‘Ecuador Sano y Despierto’.

En el CDI, el 24 de marzo celebrará sus 100 años con una fiesta, junto a quienes han compartido con Vera Kohn algún momento de su vida. “No me festejan a mí, sino al camino de la verdad interior, a la idea que se fundó con el Centro de Desarrollo Integral”.

Testimonios sobre el aprendizaje con Vera Kohn

Marielisa Vizuete, fotógrafa quiteña

“Conocí a Vera en el 2005; alguien me había contado de los talleres de psicografismos y decidí ir un día. Sentí entonces que te confrontas con el momento, y que vuelves al presente, al aquí y al ahora… a lo que sientes. De esa forma, a través de los dibujos que se realizan en cada sesión, con los ojos cerrados y con las dos manos, se van resolviendo las inquietudes desde el subconsciente. Siento que al trabajar desde lo profundo de nuestro ser, nuestras emociones se sanan verdaderamente”.

Además, de esta actividad grupal dirigida por Vera, Marielisa también emprendió la terapia individual que aún hoy la doctora continúa ofreciendo. Sobre su experiencia, la fotógrafa cuenta: “Me ha ayudado a canalizar mejor mis emociones. Tengo un carácter muy fuerte y no sabía cómo manejar mi ira en ciertas ocasiones. Vera me ha enseñado a canalizar esa energía para aplicarla en algo útil. Gracias a su ayuda, en mi vida cotidiana vivo más liviana y más auténtica; puedo decir lo que siento, y expresarme si las cosas no me gustan. Puedo hablar con honestidad y manifestarme auténticamente como soy”.

Marielisa, que se ha dedicado a retratar mujeres embarazadas y tiene un gran sentido de la maternidad, ve en Vera también a una madre: “Vera es un ejemplo de una mujer maternal y acogedora. Es una persona muy directa y me ha enseñado el valor de los sentimientos, a tener confianza y fe en la vida, a que todo tiene un proceso y que todos estamos conectados. Ahora sé que un pequeño cambio puede generar grandes cambios”.

 

Soledad Mena, docente de la Universidad Andina Simón Bolívar

El padre de Soledad Mena siempre meditó junto a Vera Kohn. Hace 10 años, su hija decidió acompañarlo. Desde entonces ella se ha integrado no solo a las meditaciones que guía Vera desde su casa y desde el Centro de Desarrollo Integral (CDI) en Tumbaco, sino que colabora de forma permanente para que su legado, se mantenga y siga creciendo. Soledad destaca cómo bajo la filosofía que sostiene la labor de Vera, el desarrollo personal solo se logra con el desarrollo social:

“Las religiones ya no responden a las necesidades de las personas y a nivel político también hemos recibido muchos desengaños. En la actualidad, estamos huérfanos, desde un trasfondo espiritual. Desde ese contexto, para mí ha sido importantísimo el contacto con Vera. Ella hace una propuesta de desarrollo personal, pero no desde un punto de vista individualista sino social. La filosofía Zen y la Iniciática son los dos ejes que mantiene Vera. Y nos llevan a la idea de fundirnos en el todo: uno es todo y todo es uno. Ya no somos la gota de agua sino el océano. De ese modo, esta filosofía tiene una responsabilidad muy grande. La persona es en función de los otros. En este sentido, el desarrollo personal solo se logra con el desarrollo social”.

Soledad explica cómo en la meditación que se hace en grupo también se puede llegar a esa idea, a través del canto del mantra: “El poder escuchar la voz de uno en el conjunto y en el conjunto su voz; cómo ese ‘Om’ se funde en los ‘Om’ de los otros y a la vez nos podemos escuchar a nosotros mismos. Es como la fusión del yo con los otros y de los otros conmigo. A través de esta práctica, el ego deja de ser tan importante y empieza a desarrollarse esta vivencia del Todo, del cosmos, de los otros y uno fluye en ellos”. Así se llega también a una “visión de lo espiritual desde lo humano, no desde lo angelical”.

 

De:    Byron Rodríguez Vásconez:

Vera Schiller de Kohn escapó de nazis e hizo de Quito su hogar.

‘ Vera Schiller de Kohn parece una niña feliz en espera de una gran sorpresa. Sonríe con picardía como si el secreto fuera a aparecer en la forma de un inquieto colibrí en  el jardín -una pequeña y fragante selva- de su casa de la Lizardo García y 12 de Octubre.

De amplias ventanas y dos acogedores pisos,  fue construida por el esposo, el arquitecto Carlos Kohn, con quien llegó a Quito, desde Praga, huyendo de los nazis, en el lejano 1939.

“Sabe  -dice-  el 23 de marzo cumpliré 100 años y el  sábado 24, mis familiares y amigos me  preparan la  fiesta en el Centro de Desarrollo Integral (CDI), de Tumbaco”.

“Qué maravilla -respondo- cumplir un siglo guapa, inteligente y sensible”. Se ruboriza por el piropo.

“No sé si será bueno,  sigo trabajando con pasión”, replica la doctora en Psicología e instructora en meditación zen, en la casa y en el CDI, fundado  por ella y el padre Rueda hace   30 años. Mira el jardín  y sus ojos verde  mar  se iluminan.  Se acaricia el abultado pelo gris.

-“¿Qué recuerda de Praga?”, pregunto. Suspira. Mueve las manos como si  dibujara en el aire   el río Moldavia, palacios de los  nobles de Bohemia, edificios del siglo XI,  en calles sinuosas, como las de Quito.

“La nieve”, responde. “El inmenso manto de nieve que cubría cada esquina, cada calle, y solo dejaba el silencio”. En invierno patinaba por el Moldavia, convertido en una pista de hielo, con  mis hermanos y amigos.

“Mire  -dice- acaso ustedes no saben el horror de la implacable persecución nazi,  el dolor que viví  en una  noche que  se llevaron a mi  esposo (1894-1979) para interrogarlo, había que  huir,  lo más preciado y hermoso de la vida, la libertad, moría;  todos debemos defender la libertad, es sagrada”.

-¿Qué era el nazismo?

“Una aplanadora que lo devoraba todo, vidas, destinos,  ideas, libros, cosas”.

La familia Kohn (siete hermanos, esposas e hijos, 20 en total) escapó de Praga,  ocupada por las huestes de Hitler. El éxodo no fue fácil: los nazis cobraban el 100% de impuesto de salida y las coronas checas (Kch) escaseaban. Un tío de Vera, dueño de Schiller & Compañía, que hacía materia prima para jabones, vendió la empresa y hubo dinero para salir del país. Otros se quedaron.

Vera Kohn no olvida una imagen de dolor: otro tío se quedó en la solitaria estación del tren, en Praga. No hubo dinero para escapar.  Los Kohn partieron en tren y luego en barco a Liverpool, Inglaterra.

Ya con los pasaportes -el de Ecuador se llamaba transfer-  enfilaron a Sudamérica. La primera opción era Buenos Aires. Llegaron a Salinas. En 1939 no había el  puerto.

Los pasajeros eran transferidos del barco a botes para ir a tierra. Vera   llevaba en brazos a  su hija  Tanya, hoy una reconocida pintora  en México. Kathya, también pintora, nació en Quito.

La familia Kohn aguardó en Guayaquil. Carlos quería conocer Quito y viajó en tren. El Quito colonial le fascinó: quizás  le conectó con Praga, la París del Este.

Carlos volvió por la familia y viajaron a Quito. Vera evoca que el esposo estaba  emocionado en la ciudad.   En las noches la llevaba a que mirara  la lluvia deslizándose  por   las calles de piedra.

“Todo comienzo es difícil -dice Vera con voz grave y pausada-, la quinta Cadena, de Guápulo, fue nuestra primera casa; era una tierra extraña, agreste,  pero éramos felices al sentir  la libertad”.

Vino el aprendizaje. En 1957  volvió a  Europa.  En  Selva Negra fue alumna (tres  años) del filósofo Dürckheim y de la esposa, María Hippius. Él estudió zen en Tokio.  Volvió a Quito en 1961. Trabajó en el Hospital San Lázaro ayudando a decenas de pacientes pobres. Guió en meditación zen a cientos de personas; por 12  años dio cátedra en la Escuela de Psicología de la U. Católica.

Ha escrito sobre el sentido y significado de los sueños. “Los sueños son nuestro íntimo mensaje, hay que descifrarlos”. ¿Qué es el zen?  “El aquí y el ahora, aprender a vivir cada momento como único, irrepetible; el pasado, una escuela de experiencia”.

“La gente -explica- hace una cosa, pero su cabeza anda en otro lado. Meditar es buscar la paz y armonía para desechar los malos pensamientos y alcanzar los buenos, la mente es como un estanque de aguas turbias, hay que aquietarla  para que la arena turbia baje y quede el agua clara”.

Vera juega con un chal. Hace un nudo y lo deshace. Hablamos del más allá,   de la muerte. Le digo que he soñado al más allá.    “Tú eres muy fantasioso”,  me advierte, y ríe con ganas. Se queda junto a la ventana esperando al colibrí de sus sueños.

 

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