¿Y si Obama de verdad cambió a USA?

The New New Deal’, de Michael Grunwald, es uno de los libros de esta campaña en Estados Unidos. Según The Economist, el periodista Grunwald ha escrito “el libro más interesante que se ha publicado sobre la Administración Obama”. Grunwald va a contracorriente del consenso en Estados Unidos. La idea aceptada por políticos y periodistas en Washington es que, en su primer mandato, el presidente Barack Obama ha decepcionado las esperanzas de cambio que hace cuatro años le llevaron a la Casa Blanca. En ‘The New New Deal’, el periodista de ‘Time’ intenta demostrar que, pese a las apariencias, Estados Unidos sí ha cambiado. Grunwald sostiene que el controvertido plan de estímulo, adoptado en el 2009, no sólo evitó que la primera economía mundial cayese en una depresión sino que sirvió para sentar las bases para la economía del futuro.

Hace unos días hablé con Michael Grunwald. He aqui la entrevista…

 

-¿Qué no sabemos del plan de estímulo?
-Casi todo lo que la gente cree saber sobre el plan de estímulo es erróneo. Su nombre formal era la Ley de Recuperación y Reinversión Americana. Y lo importante es saber que impulsó una recuperación a corto plazo y que ha representado una reinversión a largo plazo que transformará el país. A corto plazo, nuestra economía estaba cayendo a una tasa anual del 9%. En enero del 2009, cuando Obama asumió el cargo, perdimos 800.000 empleos. Al mes siguiente, aprobamos el estímulo, y, en el siguiente trimestre, tuvimos la mayor mejora en empleo en 30 años. Esto se ha perdido porque la economía está en una mala situación, pero está mejor que antes. Pero la parte de reiversión es lo que creo que la gente no entiende. La ley de recuperación, el estímulo, fue el ejemplo más puro de lo que Obama quería decir con ‘cambio’. Durante la campaña dijo que transformaría la energía, la educación, la sanidad, el funcionamiento de nuestra economía. El estímulo incluía 90.000 millones de dólares para la energía verde, cuando sólo estábamos gastando en esto unos pocos miles de millones anuales. Llevará nuestro sistema médico a la era digital. Ahora trabajamos con papel y lápiz. Incluye la reforma educativa más agresiva en décadas. Y el mayor recorte fiscal para la clase media desde Reagan, y los mayores inversiones en inversiones desde Eisenhower, y los mayores inversiones en investigación de la historia. Guste o no, estos son los cambios de los que Obama hablaba en la campaña. Y, aunque la gente no lo vea, están ocurriendo.

-¿Por qué Obama no lo reivindica en la campaña para la reelección?
-El estímulo se hizo muy impopular muy rápido. Hay un par de motivos. Uno es que fue una ley de empleo en un momento que los empleos [desaparecían]. Aunque ayudó tremendamente, creó una situación en que en vez de ser absolutamente horribles, las cosas solo eran malas. Y es difícil venderlo en un momento en que tienes un problema de empleo. Realmente toda la idea de estímulo keynesiano es difícil de vender. Tienes familias y negocios que se estrechan el cinturón y el gobierno se afloja el cinturón y se embarca en una orgía de gasto. Luego están los republicanos, que, como describo en el libro, incluso antes de que Obama llegase al cargo, decidieron que le obstruirían en todo, y han hecho un trabajo brillante a la hora de distorsionar el contenido de la ley de recuperación. Han logrado que parezca que se trata de 800.000 millones de dólares para trenes elevados a Disneyland, museos de la mafia y todo tipo de sinsentidos. Los demócratas lo han hecho muy mal vendiéndolo. Muchos también se han quejado diciendo que era demasiado pequeño, o que incluía demasiadas rebajas de impuestos. Esto Y los medios han hecho el peor trabajo posible, como hicieron al cubrir los preparativos de la la guerra de Iraq, con la misma mentalidad de rebaño, el mismo pensamiento de grupo: los tiempos son malos, a nadie parece gustarle eso, no hay interés en excavar para saber qué efectos tenía de verdad el estímulo. Así que se ha convertido en algo tan tóxico que, un año después de ser aprobado, el porcentaje de americanos que creía que [el estímulo] había creado algún empleo era inferior al de americanos que cree que Elvis Presley está vivo. Obama decidió: tengo esta ‘cosa’ keynesiana, pero este no es el lugar en el que ahora mismo se encuentra el electorado. Así que no ha intentado vender sus logros.

-Y no usa la palabra estímulo.
-No. Se ha convertido en algo completamente tóxico. Habla de los recortes de impuestos para las clases medias, habla de la extensión de los subsidios de desempleo, habla de que se ha doblado el uso las energías renovables, habla de ‘race to the top’ [carrera a la cumbre, un programa de reforma educativa], habla de las tecnologías de la información en la sanidad, de la digitalización medicina, y de todas las cosas que solían ser bipartitas y que, a los republicanos, les gustaba antes de que Obama llegase al cargo. Pero no habla de estímulo. Mucha gente no sabe qué es. Piensa que se trata de los rescates bancarios que se aprobaron antes de que Obama llegara al cargo.

-¿Alguna vez se ha sentido usted incómodo defendiendo al Gobierno, en vez de buscar las platos sucios del Gobierno, o lo que el Gobierno intenta mantener en secreto?
-Sí. Ha sido muy incómodo. Soy más bien un periodista de investigación. Suelo escribir sobre lo que el Gobierno hace mal. Pero me pareció que era una gran historia escondida a la vista de todo el mundo. Normalmente escribo sobre la energía, que es como me acabé fijando en el estímulo. Gastábamos unos pocos miles de millones al año en energías limpias, y el estímulo metió 90.000 millones de dólares. Le dio un vuelco al partido: en ámbitos como la energía eólica, la solar y otras renovables, la eficiencia energética en cualquier forma imaginable, la ‘red de suministro inteligente’, el carbón limpio, los vehículos eléctricos, las fábricas que construyen todas estas cosas verdes en Estados Unidos, la investigación en energía limpia… Todo esto resultó transformador. Sin duda fue la mayor ley energética que jamás se haya aprobado en Estados Unidos. Pero nadie escribía de ello. Así que se me ocurrió que esta historia no sólo era importante y divertida sino que era una manera de explicar la historia de la era de Obama, la mejor manera de entender al presidente, sus políticas, sus logros, sus dificultades para vender estos éxitos en esta ciudad, Washington, que es una locura. Y también era una manera de entender a sus enemigos, que han sido diabólicamente brillantes a la hora de hacerle quedar mal al tiempo que, conscientemente, decidían que le combatrían en todo en vez de intentar mejorar leyes o lograr acercarlas a su ideología. Se quedaron al margen y dijeron no.

-¿Qué me dice de Solyndra [la fábrica de paneles solares que quebró tras recibir ayudas multimillonarias de la Administración Obama]?
-Ah, Solyndra… Visité la fábrica de Solyndra. Es desafortunado, una fábrica solar que fracasó. Es importante recordar que no era una compañía aleatoria: Solyndra había atraído 1.000 millones de capital privado antes de lograr un préstamo del Estado. Tenía inversores demócratas y republicanos. Y, de hecho, la Administración Bush eligió Solyndra entre 143 compañías para recibir el primer préstamo de energía limpia que el Estado dio. Fue un programa bipartito que Bush empezó en el 2005. El préstamo no se realizó bajo la supervisión de Bush, sino ya con Obama. Y Solyndra quebró porque los precios cayeron. Las instalaciones solares han crecido un 600% desde que  el estímulo empezó.  El gobierno ha invertido en miles de compañías de energía limpia, no sólo solar, también eólica, geotérmica, combustibles biológicos, vehículos eléctricos, redes más eficientes… No se trataba de decidir quiénes son los ganadores y quiénes los perdedores sino de apostar por la energía limpia, de intentar reducir nuestra dependencia en el petróleo, intentar reducir nuestras emisiones contaminantes, intentar reducir nuestra vulnerabilidad a los shocks de precios, e intentar crear empleos en este nuevo sector de futuro. Algunos fracasarán, y así funciona. La idea, sin embargo, es invertir en toda la ‘cadena alimentaria’ de las energías limpias. Y el mercado acabará decidiendo los ganadores y los perderdores. Solyndra fracasará, pero habrá otras Solyndras en el futuro. Pero si algunas de estas compañías tiene un gran éxito, puede cambiar la manera como se usa la energía en este país.

-¿Corresponde al Estado decidir cuáles son los sectores de futuro? ¿No debería permitirse que lo decidiese el mercado?
-Hay todo tipo de empresas que reciben exenciones fiscales del Estado, todo tipo de subsidios del Estado. Hay granjeros que reciben subsidios, operaciones industriales, individuos que reciben subsidios y excenciones fiscales. Yo tengo una deducción por los intereses de la hipoteca. Entrevisté a un tipo en la Casa Blanca que me dijo: damos ayudas a las matrículas universitarias, y quizá alguno de estos chicos acabará borracho en la calle. La cuestión es que el Estado siempre ha estado implicado en la economía. Internet vino de un programa del Pentágono. Nuestra industria aeroespecial vino del Pentágono. El Estado ha patrocinado la biotecnología. Nuestras inversiones en la Universidad de California ayudaron a construir Silicon Valley. Se está poniendo en marcha una especie de política industrial verde. Personas razonables pueden discrepar, pero la idea de que Solyndra es la primera vez que el Estado invierte en una empresa privada que tiene beneficios potenciales para Estados Unidos es ridícula. Y si el Estado, en vez de invertir en el sector privado, como hizo el estímulo, hubiese invertido en els sector público, lo habrían llamado socialismo y lo habrían odiado igual. La idea era: iban a meter 800.000 millones de dóalares en la economía, y era una oportunidad para hacer las cosas que Obama había prometido hacer. Guste o no, las hizo.

-El ‘new new deal’. ¿No es un poco exagerado compararlo [el plan de estímulo de Obama] con lo que hizo Roosevelt?
-No es otro new deal. Es un new deal nuevo. De hecho, el estímulo, en dólares ajustados a la inflación, y aunque sólo fue una ley, fue bastante mayor que todo el new deal, que se extendió durante años y en decenas de leyes. No ha creado agencias estatales vastas con millones de empleados públicos, ni ha creado nuevos programas de protección social como el new deal, ni ha creado un gran Estado, porque el new deal ya lo creó. Pero tiene dos cosas en común. Primero, fue una respuesta a un derrumbe económico que no habíamos visto en décadas. Y segundo, su legado será el cambio. Está cambiando como usamos la energía, como conducimos y cómo vamos en tren, cómo nos tratan nuestros médicos, cómo las escuelas enseñan a nuestros hijos, y cómo funciona el Estado. Tanto este como el viejo new deal intentaron mostrar que el Estado puede ser una fuerza positiva para el cambio en la vida americana. Y, en cierta manera, la elección del 2012 trata de esto.

-Mientras la Administración Obama hacía lo que describe en el libro, los gobiernos europeos recortaban el déficit, ponían en marcha políticas de austeridad. ¿Qué podríamos aprender los europeos del libro y del plan que Obama ha aplicado en su primer mandato?
-La austeridad no ha funcionado tan bien para España. En Estados Unidos tuvimos gran estímulo y ha habido grandes mejoras. Y después hubo un poco más de estímulo y un poco más de mejora. En el 2010 los republicanos ganaron y, desde entonces, las cosas se han quedado más o menos como estaban. Los republicanos no han logrado imponer la austeridad y bama no ha logrado aprobar la ley de empleos americanos, que habría representado más estímulo. Estamos atrapados en una recuperación coja. Pero, como mínimo, sumamos empleos. En Gran Bretaña y España hubo un giro hacia la austeridad, y han recaído en la recesión. No se puede saber qué habría ocurrido si España hubiese aprobado estímulos o Estados Unidos austeridad. No se puede demostrar que el estímulo funcionase y la austeridad no. Pero la balística encaja. Las personas que apoyaban el estímulo en Estados Unidos cuando Gran Bretaña y España adoptaron la austeridad dijeron que esto les devolvería a la recesión, y tenían razón.

Fuente:   Marc Bassets, Nacido en Barcelona en 1974. Corresponsal de ‘La Vanguardia’ en Washington. Antes fue corresponsal en Nueva York y en Berlín. Entre 2000 y 2002 trabajó en la corresponsalía del diario en Bruselas, después de especializarse en la Unión Europea en el Centre Universitaire d’Enseignement du Journalisme de Estrasburgo.Licenciado en Humanidades y en Periodismo en la Universitat Pompeu Fabra, comenzó a escribir en ‘La Vanguardia’ en marzo de 1999. Con anterioridad, colaboró con ‘El Punt’.      Copiado de lavanguardia.com

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