El Club de las Mujeres Muertas

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Ojalá fueran sólo cifras frías, sin vida contenida o truncada, las que refieren que en Bolivia, una de cada tres mujeres es víctima de violencia física. O este otro dato que habla de la realidad que enfrentan en el mundo las mujeres que están entre los 15 y los 44 años: tienen una mayor probabilidad de ser mutiladas o asesinadas por hombres que de morir de cáncer, malaria, accidentes de tráfico o guerra combinados. Un dato que se aplica también a la realidad boliviana: más del 60% de las muertes de mujeres denunciadas entre enero y septiembre de este año corresponde a femicidios; es decir, cada tres días se denuncia la muerte violenta de una mujer, victimada sólo por el hecho de ser mujer.


Estamos hablando solamente de los casos que son denunciados. Y ya se sabe: no todos los hechos de violencia hacia las mujeres llegan a ser denunciados a la Policía y menos aun completan el recorrido hasta la Justicia para lograr una sanción a los autores de la violencia. Un panorama que se complica aun más si se toma en cuenta otro dato oficial en Bolivia: de las 247.369 denuncias presentadas en los últimos cuatro años (2007 a 2011) por mujeres que están en situación de violencia, sólo 51 han recibido sentencia ejecutoriada. Y eso: no todas las sentencias han sido favorables a las víctimas, ya que algunas de ellas han sido de sobreseimiento a los denunciados como agresores, lo que deja a los delitos contra las mujeres en total impunidad.

Digo otra vez: ojalá fueran sólo cifras, sin vidas cortadas. Pero no se trata apenas de un par de cifras. Se trata de cientos de miles de vidas truncadas, como la de Sara, Miriam, Virginia, Carmen, Justa, Yolanda’ todas ellas miembros de lo que Víctor Manuel canta como “El Club de las mujeres muertas”, ésas que son “Quemadas, arrastradas por los pelos, torturadas, devastadas, violadas legalmente, apuñaladas”, mientras que “algún juez las mira y pasa’”, algún forense escudriña y pasa, algún periodista “cubre” y pasa, algún cura bendice y pasa, algún sepulturero entierra y pisa, alguna oenegé contabiliza y olvida. Se trata también de otras cientos de miles de mujeres que sobreviven a la ira de su maltratador, burlan las balas que las persiguen, cierran el paso a la hoja filosa que las penetra, resisten al acoso, al abuso, a la extorsión’ pero van a parar, a pesar de todo, al mismo Club de la mujeres muertas.

Ay, caramba’ “cuántas vidas humilladas, cuántas lágrimas calladas”, sigue cantando Víctor Manuel y no hay otra opción sino la de concordar en que “lo más triste es la tristeza en el club de las mujeres muertas”. Una tristeza que no debiera ser tal, si acaso se cumpliera eso de que ser mujer es una bendición. En el caso de las que están en el Club de la mujeres muertas, serlo parece más bien una maldición. Un absurdo mayor como bien lo anota otra mujer, tan poderoso que es capaz de vencer la tristeza y cambiar de piel para llegar a la otra orilla del río, después de dejar pedazos de ella en la aventura de cruzarlo, y decir suavemente, sin ira ni rencor: “Las mujeres no nacemos para ser víctimas, sino libres y felices”.

¿Acaso es mucho pedir? Claro que no. Querer vivir en libertad y felices debiera ser uno de los principales derechos humanos, accesible a todos, sin importar la condición de género o clase social. Un derecho al que nadie debería tener el poder de coartar, ni dentro ni fuera de casa, ni en la escuela ni en el trabajo. Lamentablemente, no sucede así. Que lo digan las mujeres, las que están obligadas a ser parte del Club de las mujeres muertas y también las que lograron librarse de esta membrecía. Incluso los hombres deberían desearlo así; al final de cuentas, todos ellos han llegado a la vida gracias al vientre de una mujer que supo y pudo darles cabida, cobijo y vida. A ellos habría que recordarles que todos perdemos al permitir y alimentar la existencia de un Club de la mujeres muertas, al que están condenando no sólo a sus cónyuges, sino también a sus madres y a sus hijas.

Una ráfaga de esperanza cruza por mis entrañas y hasta llego a creer que eso es posible: frenar en seco todas las formas de violencia hacia la mujer, acabar con el maltrato dentro y fuera de casa, poner fin al acoso en las escuelas y en el trabajo, superar las taras machistas y el miedo que paraliza, vencer las estadísticas de la muerte y clausurar el Club de las mujeres muertas.

“Hay quien lo espera todo de quien ama, y no pierde la esperanza”, tarareo al compás de Víctor Manuel, recordando una vez más “a las que se rebelan, no se callan / Las humildes y las mansas/ Las que imaginan cosas imposibles, el derecho a ser felices”. Pero reviso las estadísticas y repaso las historias de Sara, Miriam, Virginia, Carmen, Justa, Yolanda y tantas otras, y esa ráfaga se trastoca, porque la realidad –hasta hoy- puede más que la esperanza.

Autor:    Maggy Talavera,  periodista, Bolivia, paginasiete.bo

 

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