J. L. Borges y el pensamiento oriental

Jorge Luis Borges no dudó en la década del 40’ de acercarse a las tinieblas del pensamiento oriental con relatos sobre pericias de árabes como si entresacadas de algunas páginas del sagrado libro ‘Corán’. Por caso, ‘La Biblioteca de Babel’ y ‘La lotería de Babilonia’ con dramas milenarios poco o escasamente diferenciados de los actuales; aunque más explícita su vocación a la filosofía oriental en ‘La busca de Averroes’, donde el argumento, para el lector no desprevenido, es la materia inherente al infinito, el infinito inseparable a la nada, y, de resultas, el género humano a guisa de nada ante el Creador. Alusiones todas muy evidentes en esos cuentos; a veces, se las descubre fácilmente, y otras tantas evocadas con el particular ingenio borgeano.

En cuentos de similar factura a esos otros, Borges continúa la búsqueda de combinar sus ideas e imaginaciones con remembranzas de emires y sus desvelos, del rey perdido en el desierto por culpa de otro rey, de los tormentos a esclavos, de cortesanas y cortesanos penitentes. Cuentos de sensaciones, sorpresas y sugerencias concebidos para hacer que el lector capte lo imaginario por verdadero y lo fantástico por real, y como si extraídos de la cuentística mayor arábiga, al menos en ‘Siete noches’ así hace saber:

…uno tiene ganas de perderse en ‘Las mil y una noche’; uno sabe que entrando en ese libro puede olvidarse de su pobre destino humano; uno puede entrar en ese mundo, y ese mundo está hecho de unas cuantas figuras arquetípicas y también de individuos. En el título ‘Las Mil y una noche’ hay algo muy importante: la sugestión de un libro infinito.

Virtualmente, lo es. Los árabes dicen que nadie puede leer ‘Las Mil y una noche’ hasta el fin. No por razones de tedio: se siente que el libro es infinito.

No basta eso solo, también el ‘Corán’ es para Borges fiel al mensaje de Jesús y Pablo el apóstol. Lo corrobora precisamente en ‘Un doble de Mahoma’, extractado de ‘Historia universal de la infamia’:

Mahoma es islámico, pero, a veces, se viste de hebreo, otras de cristiano.

Entonces, ¿cuál la conclusión de Borges?. No más que esta: Dios encomendando a Mahoma, como no podía ser de otra manera, distintos roles, que tanto exaltan y embellecen su profética doctrinaria.

Otro de los mayores deseos borgeanos en ir al encuentro del temple árabe reflejado en la caridad, la paciencia infinita, la resignación voluntaria, el abandono de la riqueza y el vivir en completo aislamiento. Literalmente, logró esos propósitos en ‘Abenjacán el Bojarí’, muerto en el laberinto’ con el asomo de líneas rectas, arcos y círculos a modo de descripciones del infinito, de paz interior, de entonación con la vida toda y del alma inmortal.

Esa confianza extraordinaria en las visiones orientales le llevó a venerar algunos cuentos orientalistas de Voltaire:

Tenemos los cuentos de Voltaire (…) Tuvo la idea, además de tomar el Oriente, y un Oriente fantástico. Claro que lo hizo de un modo irónico. [1]

Justa aquí la observación de Borges; basta los cuentos ‘Zadig’ y ‘La princesa de Babilonia’ del enciclopedista e iluminista francés con argumentos notablemente arábigos, además de conjeturas, epopeyas, máximas morales y parábolas coreanas, o su novela ‘El toro blanco’ de hábitos y situaciones bizantinas.

Está fehacientemente comprobado que Voltaire leyó ‘Las Mil y una noche’ en la traducción del orientalista francés Antoine Galland, cuyo principal soporte está en el estilo acaramelado árabe con discursos, polémicas, amores, críticas y amargas ironías a tonos con el francés clásico y moderno.

Sin embargo, no hubo de faltar ciertos reparos de Borges al voltereanismo oriental basado en las apreciasiones de Galland. Más demostrativos, por ejemplo, en ‘Los traductores de Las Mil y una noche’ donde sin remilgos dice que la traducción de Galland está inspirada en la literatura de ‘fin de siécle’, y en su incapacidad de descubrir el oculto orden cósmico del pensamiento arábigo; agregando luego:

Palabra por palabra, la versión de Galland es la peor escrita de todas, la más embustera y la más débil, pero fue la mejor leída. Quienes intimaron en ella, conocieron la felicidad y el asombro (…) Las reservas de Galland son mundanas; las inspira el decoro, no la moral.

Como sentenciara el escritor argentino, Galland no pudo dar otra traducción de ‘Las Mil y una noche’ por sus antecedentes desesperanzados, románticos y simbolistas mezclados con no escasas tonalidades psicológicas, cuales bien pocos méritos ofrecían al pudor y a la purificación del fantaseoso y no menos real pensamiento árabe. Razón de que el trabajo de Galland hubo de servirle para sus reparos a los cuentos orientalistas del escritor galo.

Otro acercamiento de Borges al orientalismo está en sus dilucidaciones en el budismo.

Buda no dejó escritos, pero los libros canónicos han recogido una multitud de enseñanzas, que, muchos años después de su muerte, han sido compiladas en temas sobre el dolor, el remedio y la liberación. Desde el ánimo y la percepción budista, ¿cuál es el significante de esta trilogía? En pocas palabras: no hay en el hombre un sujeto individual, verdaderamente real; todo lo experimentado en él es ilusión.

Borges ya en términos narrativos o poéticos ha puesto al budismo en primer plano con todas las cosas del mundo carentes de principio y fin, además del ‘yo’disuelto en la vida como la tinta por el secante. En el breve ensayo ‘El budismo’ Borges es claro y terminante en ese sentido:

El budismo concuerda así con Hume, con Schopenhauer y con nuestro Macedonio Fernández. No hay un sujeto, lo que hay es una serie de estados mentales. Creo que lo importante no es que vivamos el budismo como un juego de leyendas, sino como una disciplina; una disciplina que está a nuestro alcance y que exige de nosotros el ascetismo. Tampoco nos permite abandonarnos a las licencias de la vida carnal. Lo que nos pide es la meditación, una meditación que no tiene que ser sobre nuestras culpas, sobre nuestra vida pasada.

Lo implícito allí: absurdo es creer en un mundo de fines, cuanto éstos no han existido nunca, y disparatado en admitir el sentido de cualquier actividad sino lo opuesto.

De acuerdo con esos conceptos budistas, Borges reverencia el alma universal; el alma viajera por todos los reinos de la naturaleza, sin pasado ni futuro, y siempre vinculada al ‘alma divina’. De alguna manera, podría decirse que hizo propio no sólo el pensamiento budista también el alejandrino y platónico, según cuales la libertad de escoger no es un atributo del cuerpo sino del alma.

Conoció el budismo por libros del inglés Alex Hamilton, uno de los fundadores de la indología, y por los escritos de Goethe, Schlegel, Schopenhauer, Wagner y Nietzsche. En todos, halló la idea de la concentración mental, de lo no terminado y de la imperfección en cada acto humano. Tales rasgos, por caso, en ‘La escritura de Dios’, donde Borges a través del encarcelado Tzinacán evoca el sueño difundido y diseñado dentro de contornos muy claros, formas indefinidas, movimientos oscuros, seres imprevisibles y una suerte de cosmología pitagórica. Toda para concluir en esto: la vida es alma, la carne inexistente.

Nota: [1] Ferrari, Osvaldo. ‘Diálogos últimos’.

 

Autor:   Alfredo Canedo  –  http://www.ucm.es/info/especulo/numero32/bororien.html

 

2 comentarios

Archivado bajo budismo, Ciencia, espiritu, meditacion, negocios, paz interior, zen

2 Respuestas a “J. L. Borges y el pensamiento oriental

  1. Fantástico artículo, soy otro gran admirador de Borges. Si me permites añado una referencia suya al Shintoismo que siempre me ha encantado:

    http://petitcalfred.wordpress.com/2009/10/15/el-forastero/

  2. Mariano Merino

    Muchas gracias por tu aporte!! Nos enriquece.

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