Antes que nada, definamos hipocresía (según el Diccionario RAE): (Del gr. ὑποκρισία). “Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”. ¿A qué viene esto? A que si uno se pone a pensar, la sociedad se ha dado mañas para crear atajos, excusas, comprensiones por llamarlos así, para los sentimientos fingidos y sin embargo aceptados. Fijémonos en el concepto de pecado, por ejemplo: es una transgresión a la palabra divina, la que nos permite ciertas actuaciones y nos prohibe otras. No deberíamos pecar si nos consideramos siervos de Dios… y sin embargo pecamos. ¿Por qué? Porque tenemos el atajo de la confesión, en el caso de la Iglesia Católica. Pecamos, nos confesamos, y punto! Puros de nuevo! Para hacer más instrumental la herramienta, esa Iglesia se dió el trabajo de clasificar los pecados, y así tenemos desde los mortales hasta los veniales o simples faltas. ¿Es que con esa escala hay algún pecado que merece la pena de muerte eterna? No. Lo único que cambia es la cantidad de ave marías que rezamos después de la confesión. Es la joda hecha religión.
El mensaje es claro: métale al pecado nomas, que siempre tendrá a su disposición el atajo. ¡Hasta después de muerto! Para eso existe la extremaunción…. Todo depende de cuánto pague. Todo tiene su precio, hasta el cielo. ¿Cómo se llama eso? Hipocresía. La acción ajusta exactamente al concepto de la RAE.
Lo mismo es válido para aquellos que predican pero no practican. Lindas palabras, citas de grandes hombres, impresionantes declaraciones… ¿Y?
¿Por qué existe esa hipocresía? ¿Por que el ser humano es malo, perverso? No. Existe porque donde las dan, las toman. El ser humano es un animal, y como tal es un oportunista. Si las están dando ¿por qué no tomarlas? Es la simple ley natural del costo-beneficio. Cuando la religión, ese sentimiento sagrado, es externo al ser humano, es ajeno, y además es corporativo (como sucede en todas las religiones), siempre existirá el atajo, la excusa, el comportamiento hipócrita. Siempre se cumplirán los requisitos de la economía clásica para la formación de un precio. Solamente cuando la religión es interna, es personal, no tiene organización ni intermediarios con la divinidad, no puede existir la hipocresía. En ese caso, es uno con su consciencia.
¿Todos los que están en esas religiones corporativas, catolicismo, judaismo, cristianismo, y otros ismos, son unos hipócritas? Quisiera pensar que no, que hay honorables excepciones, pero la simple lógica formal me impide pensar así: las religiones formales, corporativas, están llenas de atajos, de excusas, de posibilidades de expiación, las que son conocidas, toleradas, e incluso aceptadas por los eventuales “excepciones”. ¿Por lo tanto? Lleguen a conclusiones ustedes mismos.
¿Es que hay que ser talibanes? ¿Extremistas? ¿Fanáticos? No es necesario. Basta con ser consecuentes. ¿A qué golpearse el pecho y defender lo indefendible? Mejor quedarse callados y asumir el estado de hipocresía sin armar lío… A lo mejor, eso le basta a su conciencia.






Primero fue la inteligencia emocional, el desarrollo del liderazgo y potenciar el trabajo en equipo. Hoy, las compañías están preocupadas de un concepto más global: la felicidad de sus empleados.
Tengo 58 años. Nací en Hyderabad y vivo en Pondicherry, India. Estoy casado y no tengo hijos. Soy doctor en Filosofía. Dirijo Auroville, una comunidad internacional con 2.000 habitantes de 30 nacionalidades y que se basa en la unidad espiritual.
Somos los reyes de la creación, y al mismo tiempo reyes del temor. ¡Que reyes estos! Tenemos miedo de todo, hasta de nosotros mismos. Tenemos miedo a la vida, tanto que “nos preparamos para ella” instruyéndonos en temas que no nos ayudan a vivir. Tenemos miedo a la muerte, y ni siquiera sabemos qué es, sólo sabemos que llega inexorablemente. Tenemos miedo de Dios y sin embargo decimos adorarlo. Tenemos miedo de nuestra capacidad de crear, de hacer, tanto que la protegemos tras un contrato de trabajo o de obra. Tenemos miedo del amor, tanto que lo escondemos tras un contrato de matrimonio y hasta los hacemos sinónimos. Hasta tememos de lo que piensa callada la persona amada. Tenemos miedo de nuestra identidad, tanto que la escondemos tras una nacionalidad y un documento, nos creamos un país y un lugar imaginarios. Tenemos miedo de nuestra existencia, tanto que nos aterroriza la vejez. Tenemos tanto miedo de nuestros hijos, que los condicionamos a que no nos cuestionen y nos obedezcan ciegamente. Tenemos tanto miedo a nuestros semejantes, que los parecelamos en instituciones y los llamamos “los otros”. Tenemos miedo del tiempo, al extremo que le encargamos a los peluqueros y esteticistas y médicos que lo detengan. Tenemos miedo al que dirán… y al que no dirán. Tenemos tanto miedo que nos hemos dado mañas para crear la “seguridad”.
¿Qué es el futuro? Hay muchas maneras de definirlo, entre los dos extremos de la simbología: desde el ámbito de la mecánica cuántica hasta el ámbito de la poesía. Nos quedamos en las cercanías del primero. Para la mecánica cuántica, y a partir de un punto en el presente (hoy, ahora, en este momento), se nos presentan infinitas posibilidades por delante de que ocurran ciertas cosas, y cada una de ellas está asociada a una probabilidad de ocurrencia. Por ejemplo, podemos pensar en comprar una casa, con un 90% de probabilidades de ocurrencia (porque tenemos el dinero). Si nada sucede, ese futuro ocurrirá. ¿Qué puede suceder? Que aparezca una enfermedad y ese dinero se destine a ella. En ese caso, estaremos trabajando con 2 posibilidades, y la ocurrencia final será la combinación de ambas probabilidades. Nuestro futuro, por lo tanto, es una combinación de posibilidades asociada a probabilidades de ocurrencia. No es algo que no existe; el futuro existe, es real, en la medida de que lo manejamos probabilísticamente.